A punta de retratos, biografías mínimas de Yves Pagès

por Yves Pagès

En alguna parte del sur de Italia, Fabiana y el casi desconocido echado junto a ella ya no se atreven a moverse. Amantes de una noche en vela, les resulta incómodo confesar su turbación. Callan. Sin embargo, hace apenas unos segundos, durante su enlace amoroso, los vidrios temblaban, las puertas se azotaban, los muros vibraban cuando, a medida que la sacudida general ganaba intensidad, alcanzaron el orgasmo al unísono de la habitación entera, en un fuerte estruendo de libros regados, de sillas patas arriba, de adornos por las repisas y de un espejo roto.

Ahora con todo en calma, Fabiana y su amante de paso no saben qué pensar de tal placer centrífugo que acaba de animar los objetos alrededor de una pasión desordenada. Y el recuerdo del éxtasis contagioso los paraliza en su propia duda, mientras, suspendido encima de ambos cuerpos inertes, un simple foco culmina su lenta oscilación, como un péndulo hipnótico en la penumbra, hasta la próxima sacudida, de magnitud 5.3 en la escala de Richter, que agrieta el techo de un extremo a otro, y bajo la presión irresistible de seis pisos vencidos por los escombros, deja en suspenso su dilema amoroso.

Entre los saturados, los discretos.

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Élena, supuestamente pobre y soltera, queda eliminada de los beneficiarios de la Renta de Inserción Social. Tras dos correos conminatorios y una visita de control domiciliaria, la hemos excluido por falsa declaración, en vista del flagrante delito de concubinato con un individuo asalariado.

Asimismo, durante el año transcurrido, sus estados de cuenta nos revelaron algunos gastos exorbitantes en restaurantes, compras innecesarias de cosméticos de gran marca, así como tres ociosos viajes de placer por vía férrea, uno a Venecia, dos a Padua, es decir, un tren de vida incompatible con los apoyos para individuos de bajos recursos.

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Mauricio se gana la vida embalsamado frente a la fila de turistas que serpentea hasta la imponente pirámide de cristal de la explanada del Louvre. Como cada día, hace una pausa a las 14 horas, come rápido un sándwich y luego da cinco o seis fumadas a un Marlboro rojo, antes de ponerse nuevamente su disfraz, una funda negra y oro reforzada con varillas rígidas, representando el sarcófago de Amenofis III o IV, padre o hijo, poco importa cuál mientras no mueva una sola pestaña. Frente al muerto en pie, hay un sombrero donde se acumulan monedas y un pequeño letrero dirigido a los transeúntes: “Récord de inmovilidad: 3 horas con 37 minutos”. O sea, a razón de dos espectáculos estáticos cotidianos —excepto el martes, día de descanso de las momias del museo—, son más de 39 horas semanales de trabajo en su puesto, que rebasan las 35 reglamentarias, para ese obrero-autómata modelo.

Traslados en espera.

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Traducción de Melina Balcázar, libro reseñado por Juan Xulz para esta revista.

Las imágenes de portada e interiores son retratos de París cortesía de Bulmaro Martínez.

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