¿Por qué son reaccionarios los intelectuales mexicanos?

En la mítica revista Amauta, fundada y dirigida por el marxista peruano José Carlos Mariátegui, Tristán Marof entrevistó a un novelista mexicano en torno a un tema espinoso: la cercanía ideológica de los escritores del país norteamericano con el conservadurismo, la dictadura, el gatopardismo y las posturas de la derecha.

El novelista se llama Mariano Azuela, autor de Los de abajo, que retrata los primeros pasos caóticos de la Revolución mexicana.

Altura desprendida reproduce la entrevista en ánimo de contribuir a pensar el rol político que, por discreción o en abierta militancia, han jugado los escritores del país.

Hablando con Mariano Azuela, el autor de “Los de abajo”. ¿Por qué los intelectuales mexicanos son reaccionarios?

¿Son los intelectuales mexicanos reaccionarios? Esta fue la primera pregunta que le hice al novelista mexicano Mariano Azuela, uno de los valores intelectuales de la revolución liberal de 1910. Mariano Azuela ha escrito mucho. Escribió desde hace treinta años. Su novela Mala yerba, tan llena de vida, de color, de emoción, es suficiente para que lo consideremos un escritor original. Sin embargo, Azuela hasta hace poco tiempo era ignorado. Lo conocían unos cuantos íntimos y lo apreciaban en la intimidad. La prensa mexicana capitolina no le dio cabida. En la prensa mexicana sólo tienen cabida los mediocres y los cursis, salvo rarísimas excepciones. La prensa mexicana es comercial, calculadora, acomodaticia, tímida; tan lo mismo sirve a una dictadura que a un gobierno revolucionario. En verdad no sirve a ninguno, sirve a sus propios intereses. Reyes Espíndola, aquel periodista que aún flota en el ambiente de todas las redacciones como una sombra, domesticó el talento, enseñó el servilismo. La prensa mexicana no tolera la rebeldía, no acepta ningún compromiso, no es tribuna desinteresada de ningún ideal superior. Es por eso que sus columnas son vacuas, inútiles, preñadas de cálculo y de aire en lugar de ideas. ¡Prensa moderna en resumen y no hay por qué admirarse! No extrañemos, pues, que el celebrado novelista Mariano Azuela no escriba en ningún diario ni revista. Las publicaciones extranjeras solicitan sus artículos y le pagan, y la prensa capitalina ignora a Azuela. Muchísimos escritores mexicanos de positivo talento, de integridad, están en el mismo caso del novelista.

Mariano Azuela fue descubierto por una rara casualidad. No falta uno de esos locos que padecen de sinceridad crónica y que hablan de justicia cuando todo el mundo ha olvidado esa palabra. Pero donde tuvo más resonancia la obra Los de abajo fue en el extranjero. Este escritor es más conocido fuera de su país que en su país. Su novela espectacular, dramática, incisiva, relata en forma episódica el desarrollo de la revolución mexicana. No contiene ideología: sus personajes luchan sin saber por qué. Mas esa lucha cruel, despiadada, instintiva, viene de muy lejos y brota de muy hondo. Es una lucha contra el patrón feudal en campos y ciudades, contra el amo que azotó varias generaciones sin piedad; contra el privilegiado que consideró en todo tiempo al indio una pobre bestia. La revolución mexicana fue por eso cruel y sanguinaria. Donde quiera que persista un régimen feudal, igual que en México, se presentarán los mismos fenómenos. La novela de Mariano Azuela tiene simplemente valor informativo. El escritor no hace literatura, pinta vida. Cada página suya es una página documentaria arrancada a la revolución. El mismo novelista tuvo su papel como actor en calidad de médico y guerrillero.

Recordado por una novela central, el autor firmó algunas decenas de libros.
Imagen tomada del Archivo General de la Nación (AGN).

La obra de Mariano Azuela ha sido ampliamente difundida en el extranjero. Una primera edición tímida se hizo en España, luego se hicieron otras. Se tradujo la obra al alemán y, en estos días, la casa Brentano de Nueva York publicará una gruesa edición en inglés. Y Mariano Azuela no por ser el más conocido y uno de los escritores apreciados fuera de su país pierde su modestia. Es un hombre afable; pasa de los cincuenta años. Espontáneo, comunicativo, honesto, uno de los pocos hombres de la revolución maderista que se mantiene incontaminado. Tal vez su ideología se mantiene aún en 1910, pero no por eso deja de ser sincera. Él cree en la democracia, en la libertad, en los ideales de Madero. Todavía perdura en él esa dulce ingenuidad democrática que jamás fue un hecho en ningún país americano.

Cuando le hago mi singular pregunta sobre los intelectuales mexicanos, Mariano Azuela sonríe, como queriendo encontrar en mí algo que él piensa una aceptación. Me dirige una de esas miradas íntimas, cómplices, mudas.

—“Usted lo ha dicho”; usted ya está enterado de la vida mexicana, de la realidad mexicana. ¡Los intelectuales! ¡Ah! ¡Ah!
Y después de todo no debe haber secreto. ¿Quién no lo sabe? Desde el tiempo del general Díaz los intelectuales han jugado un papel secundario en México. ¡Este es un país donde sólo tienen cabida los hombres de acción… los generales! ¿Me entiende usted? Y los generales repiten: “Para qué sirven los intelectuales que conocemos? Dice que hacen bonitos versos, que pronuncian discursos brillantes, que fabrican estrofas. Dice que cada estrofa corresponde a una situación”. Y es verdad, al intelectual domesticado le interesa tan lo mismo el color rojo como el amarillo o el verde. Al intelectual le complace repetir sus versos cándidos, ingenuos, turbios y “torturados”, delante de cuatro admiradores que no han cobrado la “quincena”. Esta clase de intelectuales tienen su tiempo muy repartido. Por la mañana sirven al general y al político —hombres de pistola y de agallas— y por la noche hilvanan diversos artículos sobre el arte de matar pulgas con destreza. Otros beben “mezcal” y se entusiasman con países desconocidos y distantes que conocen solamente por imaginación. Y estos últimos son los más sinceros. ¿Ha bebido usted “mezcal” de Oaxaca? ¡Licor de intelectuales después de la revolución! Los “científicos” bebían solamente cognac.

—Y la cultura revolucionaria, el talento, la ideología, ¿dónde están?

—¡Pobre cosa!

Francisco Villa durante la guerra civil que echó abajo la dictadura de Porfirio Díaz.
Imagen tomada del Archivo General de la Nación (AGN).

Sonríe de nuevo el novelista. Una de esas risas crueles, amargas. Él desearía un México nuevo, renovado, heroico no por la tragedia continua de la sangre sino por el desprendimiento generoso, por la valentía moral de sus hijos, por su sinceridad revolucionaria.

—Sabe usted, los intelectuales mexicanos, salvo rarísimas excepciones, han seguido a todos los gobiernos. El mal es muy hondo y viene de muy lejos, desde los tiempos del porfirismo. Díaz Mirón, el gran poeta, fue servidor de Huerta, el chacal que asesinó a Madero. El poeta González Martínez, García Naranjo, Querido Moheno, Urrutia, Tablada, y fulano y zutano y todos los que ve usted pertenecen a las falanges del porfirismo. Y estos muchachitos “gidistas” que trabajan en las oficinas son tan revolucionarios como podían ser reaccionarios! Y no hablemos más de revolución. Ya no se sabe dónde está la revolución y dónde la reacción. La revolución se ha convertido en una paradoja. Por ejemplo, los “europeizantes” son calificados de reaccionarios y los “yanquizantes”, en cambio, de revolucionarios. Pero, ¿cree usted que todos estos empleadillos que imitan servilmente unas veces a Gide y otras al pobre acróbata de Jean Cocteau valgan algo? A mí me dan náuseas. ¡Su vida, su literatura de alfeñique, su cobardía!, y el gobierno cree obtener de ellos un gesto, una actitud, un arranque de sinceridad para el pueblo. Intrascendentes, sin originalidad, pueblerinos. ¿Quiere usted oírme una palabra más? Cuando yo andaba por la sierra, allí en 1912, me acuerdo que un general tenía costumbre de decir a ciertos hombres de su séquito:
—Intelectual, prepárame un discurso que vamos a engañar a esta gente que no quiere batirse por la noble causa… Y el intelectual que había servido a Díaz y que ahora servía a la revolución preparaba un discurso revolucionario. El general Pancho Villa, hombre de acero, montaraz y bravío, despreciaba a los intelectuales porque no sabían pelear y “cambiaban muy rápidamente de ideas”. Tenía en su tren un carro que él llamaba la “vaciada”, donde iban los animales maltrechos y cansados; pues allí alojaba a los intelectuales que le seguían. El mal viene de muy hondo —vuelve a insistir el novelista—, los intelectuales se habían rebajado ante la dictadura. La sostenían por un pobre sueldo que les permitía vivir.

—¿Entonces el desprecio del dictador y de los hombres de acción viene de que los intelectuales aceptaron voluntariamente su papel de eunucos? —interrogo rápidamente.

Japonista, diplomático, autor de poemas de vanguardia, Tablada era también un racista defensor del statu quo que desafió la revuelta popular de la Revolución.
Imagen tomada del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL).

—Exacto. En tiempos del general Díaz se construyó una sólida ideología de resignación. Las protestas, si es que las había, eran solamente literarias, y eso en secreto. Pero en los más ni un guiño de disconformidad. El audaz que osaba disentir del pensamiento feudal ya sabía lo que le esperaba: la miseria o la cárcel. Pero el ambiente intelectual era de aceptación, de acatamiento. La ideología de la resignación había ido formando poco a poco una casta de “filósofos”, de arquitectos, de ingenieros, de poetas, de oradores castrados que ocultaban su pecado con el nombre jactancioso de “científicos”. El escritor Francisco Bulnes, padre de los intelectuales porfiristas, bautizó a su grey con un nombre acertado: “chancletería intelectual”. Pues bien —concluye el novelista—, esta clase intelectual no ha sido dominada por la revolución de 1910 ni después de ella. Sobrevive aún, sobrevivirá mucho tiempo. En las revueltas los más audaces y valientes mueren; los intelectuales sobreviven. La clase porfirista que acompañó a Díaz más de treinta años, que sirvió a Huerta, se halla hoy día casi íntegra en las oficinas, en los puestos secundarios, en la prensa, en la cámara, dispuesta a seguir cualquier ideología, la más confusa. ¿No ha observado usted? Sería raro.

—Falta en verdad una clase intelectual honestamente revolucionaria —le respondo a Mariano Azuela. Una clase que tenga una ideología y pensamiento definido. Yo no odio a los intelectuales pero me irrita su conformidad y su pobre prosa. Creo que sin cerebro no se ha hecho en el mundo ninguna renovación. Pero, ¿qué quiere usted? La pequeña burguesía en el poder no ha tenido tiempo de prepararse en el terreno que más falta le hace. La tragedia de la revolución mexicana en estos instantes es de no haber podido en diecinueve años de revolución cristalizar una economía nacional. El yanqui, por otra parte, la ha impedido. Dejemos a los intelectuales literarios. No me preocupa si es que no están vinculados al problema social.

Él inclina la cabeza y me da la razón.

***

Imagen de portada: Desesperación, del canadiense Arnold Belkin, colaborador de David Alfaro Siqueiros. Tomada de las redes sociales del Museo Nacional de Arte (Munal) de México.

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