El complot mongol: artefacto contra la descomposición política

por Samuel Cortés Hamdan

Matar no es un trabajo que ocupa mucho tiempo,
sobre todo desde que le estamos haciendo
a la mucha ley y al mucho orden y al mucho gobierno
.
Filiberto García

El complot mongol (1969), la novela más celebrada del prolífico Rafael Bernal (1915-1971), políglota y funcionario del servicio exterior mexicano, es mucho más que un magnífico chiste sobre las neuralgias de la paranoia política y sus desdoblamientos internacionales. Más que una caricatura de las verdades a medias convenientemente sesgadas por las propias autoridades: presuntos servidores públicos que tendrían que trabajar por el bien común, anónimo pero identificable; y más que una colección sabrosa de los balbuceos creativos del lenguaje popular, tenaz en ofrecer la síntesis de situaciones caóticas desde sus aseveraciones tan chimuelas como precisas.

La mayor virtud de esta novela —publicada en 1969 y llevada al cine apenas con la participación de Damián Alcazar, Roberto Sosa, Eugenio Derbez, Bárbara Mori y bajo la dirección de Sebastián del Amo, aparentemente sin fortuna—, más allá del ingenio de su lenguaje (pinche Mongolia Exterior, pinche telenovela Palmolive, pinche complot internacional, pinches leyes, pinche Coronel, pinches gringos, pinche casualidad, pinche pasado, pinche maricón, ¡pinche soledad!) y de las electricidades de su arco dramático, que suman torturados, calibres cuarenta y dos, una china y una gringa semidesnudas según mandato del género, cachiporras, muertos de bala, conspiraciones, cantinas recalcitrantes y el misterio con corcholatas del Barrio Chino del Centro Histórico, es la denuncia del sistema político mexicano de aquel PRI de la segunda mitad del siglo XX: ese experto productor de un discurso mitológico autorreferencial que, mientras se yergue monumentos bien simbólicos, bien tangibles, propaga en el terreno la incompetencia tolerada por las complicidades amigas, la violación de la ley como requisito de inscripción en el flujo profesional, la concepción del estado de derecho como un problema meramente conceptual, la consolidación de una pragmática incompatible con la cursilería ideológica y la masturbación trascendental del discurso de justicia y horizontalidad. Y que traiciona sistemáticamente a la revolución que lo engendró, al mismo tiempo que saquea sus legítimos apetitos de distribución solidaria de la riqueza y las oportunidades.

Cartel de la adaptación cinematográfica de 2018.

La novela es una denuncia panorámica articulada mediante la aparición de profesionales de la orden que confunde, de la doble intención; del retrato del resentimiento militar ante los gobiernos civiles inaugurados por el veracruzano Miguel Alemán (1946-1952), apóstol del presunto cosmopolitismo iconoclasta y del desarrollo estabilizador, tras las décadas convulsas protagonizadas por Venustiano Carranza, Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles, entre otros; del convencimiento de que los políticos cupulares son también asesinos a sueldo con diferentes rangos de injerencia en la sangre y la posibilidad de mantenerse las manos limpias por la triangulación del trabajo sucio; de la procurada descomposición del sistema de justicia, que organiza un universo paralelo donde la vileza ventajosa es norma tarifada y la generosidad o el equilibrio jurídico lucen como atrofiadas aspiraciones imbéciles; de abogados que, como mercenarios capaces del refinamiento funcional, en vez de liquidar a los delincuentes los convierten en clientes para esquilmarlos; de la desmitificación del dominio del mundo desde la superinteligencia calculadora que presumen potencias como Estados Unidos, China y Rusia; de cuestionamientos frontales sobre la eficacia e institucionalidad de servicios secretos como el Buró Federal de Investigaciones (FBI), que no pudo —o no quiso— evitar el asesinato de John F. Kennedy en Dallas en 1963; de la primacía del dinero como amalgama cósmica en la sociedad planetaria, dispuesta a la pérdida de matices y objeciones localizadas ante la fluidez del dólar.

Más allá de sus propios accidentes políticos, su adscripción ideológica cercana al sinarquismo mexicano, rabiosamente anticomunista y defensor de las jerarquías por imitación eclesiástica, Rafael Bernal habla en El complot mongol desde su conocimiento del animal político internacional: menos un ser cuajado por imperativos filosóficos y requisitos éticos que un actor transido y guiado invariablemente —así en los países autonombrados civilizados como en el etiquetado y segmentado tercer mundo— por lo que Enrique Dussel distingue como el fetichismo del poder: la corrupción del poder entendido como obligación parlamentada en virtud de la comunidad para deformar su empleo hacia lo despótico, parcial, interesado, en beneficio de individuos y ambiciones sin responsabilidad conectiva.

“Sí. Como que lo descuatificaron. Pero resulta que en una amigocracia, un abogado que no es cuate sale sobrando. Ahora que lo pienso, mi padre fue leal a don Porfirio, pero yo no pude ser leal a las leyes que estudié. En lugar de la justicia, busqué la cuatificación […]. Y conforme se fue pasando el tiempo, Capi, aprendí a cuatificar, pero se me olvidaron las leyes. Y como para cuatificar no era necesario ir a la Universidad sino a la cantina, me fui haciendo borracho. Usted, Capi, porque tuvo oportunidades sin fin en su juventud, nunca se hizo borracho. Y ahora que vivimos una licenciadocracia, yo ya estoy demasiado cuatificado para servir de algo. Salud, Capi”, le confiesa hacia el final del libro el Licenciado, astuto, lúcido y patético personaje en descomposición, abiertamente denigrado, al protagonista Filiberto García, quien resuelve el pinche complot internacional desinflando las expectativas de un posible magnicidio en territorio mexicano para encontrar los tramados de una traición golpista que apetece devolverle al país su debida, prístina santidad uniformada.

Bernal refrenda lo que saben Lukács, Kundera y quienes leen para volverse más reales (como preconizó Gabriel Zaid): además de entretenimiento —complejo, legítimo en tanto que liberador, pertinente para el fomento de la imaginación y la producción de vínculos—, la novela como espacio de conversación es la búsqueda de una comprensión dialógica (es decir, simultánea, contradictoria, irreductible, plural) del mundo y sus complejidades. En este caso desdobladas sobre la difícil entraña varias veces expoliada y traicionada del México histórico, país que no es descabellado pensar como el ombligo del mundo si se atiende que, dado su acomodo planetario, es cruce intercontinental, puente interoceánico, ligadura entre el norte y el sur americanos, sin mencionar su condición de escenario de múltiples e irreconciliables identidades intestinas aún en pugna.

Distintos episodios de la novela transcurren en el Barrio Chino de la Ciudad de México, unos metros al sur de la Avenida Juárez, en el Centro Histórico. Foto: sitio oficial del Barrio Chino.

Desde su profesionalismo irónico, arbitrario, golpeador, y su cuestionable urgencia de matar antes de ser matado, el michoacano Filiberto García encarna las tareas de la búsqueda rumbo a la comprensión integrada de una realidad provisional, evasiva, del mismo modo en que los doctores de La peste (1947) de Albert Camus hacen frente desde el pensamiento científico y la experiencia solidaria a la devastación genocida. Sólo que aquí la comprensión y sus investigaciones ocurren desde la risa de la mandíbula tumefacta por brutalidad.

¿Pueden los gestores de la violencia procurar el arte deambulatorio hacia la reflexión solidaria, conmoverse por la insoslayable soledad de la muerte, observar de cerca las escoriaciones del sistema de hipocresías, tan aceitado, y anhelar las conexiones del amor auténtico como interrupción y propuesta ante el derramamiento consuetudinario de sangre?

Por supuesto, permite entrever el Bernal de El complot mongol, obra que es algo más que una canción negra que mutile toda oportunidad de reformulación en plena orgía de las corrupciones.

Bernal selló su carrera literaria con un libro que rebasa el homenaje rendido al género policiaco —trastocado de manera definitiva por El halcón maltés de Dashiell Hammett en 1930— y que refrenda la versatilidad de las herramientas críticas de la novela ante un mundo en proliferación de muerte.

***
Samuel Cortés Hamdan (Guadalajara, 1988). Licenciado en letras por la UNAM, ha trabajado como editor y reportero en distintos medios. Escribe sobre cine, lo que pasa en la calle, los reveses de la emoción y su apego a los accidentes del terreno, así como de libros que querrían su reedición. Guarda dos inéditos en el cajón.

Twitter: @cilantrus

Imagen de portada: La Dama Serpiente Blanca en la cueva de la serpiente, CAFA Art Museum

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