Algo sobre Parasite, de parásito a parásito

por Jaime Woolrich

Las grandes ciudades modernas: Nueva York, París, esconden, tras sus magníficos edificios, hogares de miseria que albergan niños malnutridos, sin higiene, sin escuela: semillero de futuros delincuentes.
Luis Buñuel

Eppur si muove
Galileo Galilei

Una señora de aproximadamente 40 años lleva amarrado un bebé a su espalda en el metro de Corea; va levantando de las piernas de los pasajeros unas pequeñas hojas de papel con algo escrito (tal cual lo hacen en el metro de la Ciudad de México los nahuas de la sierra poblana con sus hojitas que señalan, por si hiciera falta, su extrema pobreza); una chica que venía dormida y a la cual la señora ya le había levantado la hoja de papel se despierta en ese momento, la mira, y, al darse cuenta de que lleva un bebé a cuestas, casi le ruega que se siente en su lugar; displicente y hastiada, la señora desprecia el gesto y continúa su camino al siguiente vagón. Apenas y se miraron; de un lado hubo una empatía mal colocada: una empatía afuera del recipiente.

Otro pasaje: alguien (un godínez coreano) se encuentra en un karaoke cantando una canción que dice “quiero ser millonario y doy lo mejor de mí para concretar mi sueño” y llora como si estuviera a punto de lograrlo o como si ya lo hubiera hecho en su sueño.

Perro que ladra no muerde.

Este par de escenas pertenecen al primer largometraje de Bong Joon-ho: Barking dogs never bite (2000). Con todo, no vengo a hablar aquí de esa película, sólo quería ilustrar cómo hay un tema desde el origen o, para decirlo pomposamente: un tema en la poética de Bong. Y una de sus vertientes nos habla de los lenguajes que chocan con la pared donde los mismos personajes pintan la imagen del otro y a esa misma pinturita malhecha es a la que le hablan.

Ahora traslademos eso a Parasite (2019). Sus dos personajes: “ustedes los ricos” (los Park) y “nosotros los pobres” (los Kim), sin melodrama, están todo el tiempo hablando con las pinturas malhechas que hacen del otro, uno desde su altura (privilegiada) y el otro desde su bajeza (mañosa). Los de abajo viven en su cotidianidad abyecta y marginal, sin servicios suntuosos como el internet o el drenaje; los de arriba viven en una lujosa casa, con ama de llaves (intermediaria de la otredad), con los lujos inherentes a su condición (que desde el privilegio son “necesidades básicas”) y sufren enfermedades inventadas (es curioso cómo el niño de la familia Park se asume loco y le creen genio y la única que se da cuenta de la farsa es la hija de la familia Kim).

Los Kim se dedican a la estafa, se buscan la chuleta con colmillo; y esa búsqueda de la chuleta es cómica, abusadora, vivaracha. Los estafados, los chamaqueados, los Park, familia de clase alta, de una colonia que bien pudiera ser jardines del pedregal, en una casa que bien podría haber diseñado Luis Barragán (en la película, el inmueble también es obra de un importante arquitecto coreano), son de algún modo la aspiración de los Kim, pero ¿para qué “ganárselo”, si podemos “tenerlo a la maña”? Y allí se cuela la “tragedia” de la imitación. (Recuerdo que hubo una telenovela llamada La usurpadora —1998— y eso me remite de alguna manera a los Kim, pero con gracia). Usurpan la comodidad privilegiada, se beben su vino, se comen sus carnes. Y, sin embargo, pareciera que buscaran ser escuchados, o cuando menos vistos, pero sólo son olidos con asco.

Y explota la trama.

Jefa de familia, la señora Park.

Debo decir que vi la película en Plaza las Antenas, cuasi nuevo lugar del esparcimiento gentrificante en Iztapalapa la Bella. Poca gente en la tribuna. La mayoría jóvenes alrededor de los treinta; la vi, muy a pesar de mí mismo, desde mi realidad, desde mi ventanita de godínez resentido. Quizá ese sea un buen experimento: ir a varios cines de colonias privilegiadas y barriales (si es que aún existen) y sólo observar a los otros. Y tratar de averiguar qué pensará un espectador de interlomas, de plaza satélite, de lomas de chapultepec.

¿Cómo saldrán de ver la película de estos parásitos? ¿Bautizados? ¿Sentirán alguna empatía o solamente pasará por ellos como por el drenaje pasa la mierda y se aloja donde le corresponde? ¿Agradecerán que no es 4D y, por ende, no puede apestar a pobreza? Y, por otro lado, ¿qué pensarán en el barrio? ¿Sentirán empatía? ¿Reafirmará en ellos su sentido de la estafa?

¿Shí?

***
Jaime Woolrich. Tehuano radicado en la Ciudad de México, estudió letras hispánicas en la UNAM. Fue parte del consejo editorial de la Revista Síncope. Ha participado en la edición de libros recopilatorios y de poesía con la Asociación de Escritores de México, además de publicar poesía y crónicas en distintos medios. Aparece en la antología Guelaguetza Poética 2019, anuario de poesía, de la Editorial Girku. Tiene varios blogs pero no se acuerda de la contraseña de ninguno.

Twitter: @jaimewoolrich

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