“El virus chino” o cómo normalizamos el racismo

por Dolores Romo

El 27 de abril de 1900 el periódico mexicano El Tiempo publicó una nota que se refería a una plaga que estaba creciendo en San Francisco, California, y en la que se aludía a un posible brote de peste bubónica que estaba ya en ese muelle de la Unión Americana y que, en cualquier momento, mediante un barco que llegase a México con ciudadanos infectados, podría causar estragos en el país. Este diario publicó que 

en vista del telegrama que el Alcalde de la ciudad de San Francisco California dirigió al Sr. Embajador de los Estados Unidos de América en esta Capital, informándole que dicho puerto está absolutamente libre de peste bubónica y que no son ciertos los rumores que corren en contrario. el [sic] Presidente de la República ha tenido a bien declarar que el referido puerto de San Francisco California deja de considerarse como sospechoso de existir en él la citada peste.

Previamente, el 25 de marzo del mismo año, el diario El Popular habló de cómo el Consejo de Sanidad de San Francisco ordenó una inspección en el barrio chino de la ciudad tras la muerte de una persona que había presentado síntomas, y, por primera vez, se nombró a la enfermedad la “peste asiática”. Producto de esta situación, desde mediados de mayo de aquel inicio de siglo hubo detenciones y cuarentenas en todas las embarcaciones en las que viajaran ciudadanos chinos, puesto que se les consideraba los únicos portadores del virus; había puestos de revisión en las fronteras con México y en las islas Hawái los barcos que llegaban o que salían de los puertos mexicanos eran inspeccionados minuciosamente, lo mismo aquellos que llegaban a San Francisco, y la cuarentena era obligatoria para todo barco que transportara personas de origen asiático para evitar un posible contagio. 

Formas del agua.

Situados ahora en el siglo XXI, la situación nos resulta similar: el 17 de noviembre de 2019 el gobierno de China detectó y confirmó una extraña enfermedad en un paciente hombre de 55 años, que vivía en la provincia de Hubei, en Wuhan. Los médicos de aquel país se dieron cuenta de que estaban luchando contra una nueva enfermedad hasta el mes de diciembre, cuando en Wuhan y las comunidades cercanas habían empezado a presentarse brotes y muertes derivadas de este virus desconocido. 

La situación comenzó a agravarse cuando, debido a este padecimiento, los contagios comenzaron a darse en ciudades en China más alejadas del enfermo inicial, y se complicó cuando empezó a haber brotes fuera de China y, peor aún, de Asia. La denominación de “pandemia” llegó rápidamente a boca del vocero de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus; sin embargo, pese a todos los esfuerzos por contener el contagio, hoy por hoy, el Sars-Cov-2, nuevo coronavirus causante de la enfermedad identificada como covid-19, se propagó hasta haber dejado los estragos que hoy conocemos: aproximadamente 117.5 millones de casos confirmados y 2.6 millones de muertes globales.

En aquel lejano 1900, el hecho de llamar a la peste bubónica “la peste asiática” construyó un discurso mediático a través del que se consideró a cualquier persona proveniente de China como un posible portador y, por tanto, un peligro potencial. Las embarcaciones que salían de los puertos asiáticos eran sometidas a una rigurosa cuarentena en la que los maltratos y vejaciones eran comunes para quienes viajaban ahí; no sólo eso, también hubo una serie de ocasiones en que se detectó que había ciudadanos chinos que se transportaban en embarcaciones ilegales, en condiciones deplorables y sin las mínimas normas de sanidad. 

La persistencia del viaje.

Se generalizó un discurso racista que ponía la figura del “chino” como un ser despreciable por los padecimientos que podía propagar, y esa idea se transformó, por ejemplo, en opiniones como las que el poeta mexicano José Juan Tablada escribió también en 1900: “Allá en los oscuros desvanes, en los hediondos tapancos, quedó la pipa atascada de opio y la asquerosa hembra china que cuando se levanta de su tálamo vacila, intenta clavar en la estera las púas de sus pies atrofiados, pies de cabra o de faunesa, y cae por fin”, o “Los chinos enjutos y secos devoran como la langosta emigrante, devoran en un momento tocinerías enteras, y después gruñen con la beatitud de los cerdos que han engullido… ¡La alegría china es también una epilepsia que avivan las pipas de opio y el aguardiente de arroz!”

En la actualidad, los discursos producidos en México como resultado del nuevo coronavirus no fueron muy distintos: por un lado, se compartieron bromas y memes con frases como “El coronavirus no es peligroso porque es made in China”, “Cuando tu compa, al que le dicen Chino, se empieza a sentir mal”, pasando por “El coronavirus viendo cómo ya infectó al mismo chino 200 veces” (discurso repetido hasta la náusea bajo el supuesto de que “todos los asiáticos se parecen”), hasta llegar a la burla por el consumo inusual de alimentos con “No habría coronavirus si alguien se hubiera hecho unas quesadillas”, o “Es incleíble que pol comel mulciélago haya destluido la Tiela” (este último, por ejemplo, con una evidente violencia lingüística). 

Astucia espacial.

La normalización del racismo en nuestro país ha llegado a producir y reproducir discursos de odio partiendo de la falsa idea de que son “una broma inofensiva”; sin embargo, habría que preguntarnos hasta qué punto estas burlas no inciden realmente en la concepción que tenemos y construimos del otro. La “otredad” se sustenta en una relación de superioridad y dominación, es decir, el “yo” edifica al “otro” basado en una posición de poder, y también mediante un conocimiento que muchas veces está lleno de prejuicios y no de una capacidad de reconocimiento empático de nuestro estar en el mundo; al “yo” dominador no le interesa saber del “otro” dominado porque lo considera inferior, porque no cree que tenga las mismas facultades y, sobre todo, porque, al no compartir la misma lengua de comunicación, no entiende ni es capaz de llegar a entender. En esta ocasión, la broma se construye a partir de la sensación de una supuesta superioridad moral al no haber sido nosotros los causantes de la enfermedad. 

En medio de la crisis actual derivada de la pandemia, cuestionar estos discursos de odio es necesario, pues la concepción que tenemos de los otros incide en la imagen que proyectamos de nosotros mismos, y seguir normalizando estos razonamientos perpetúa una imagen estereotipada que, lejos de llevarnos a una reflexión sobre nuestro entorno, facilita la reproducción de ideas erróneas que tristemente se convierten en la norma. Parte importante de este proceso se vincula con cuestionarnos acerca de nuestra relación con el mundo en que vivimos, cómo ha cambiado y cómo es urgente que siga haciéndolo. Ya no estamos en 1900: 120 años debieron enseñarnos a convivir en la Tierra. 

Fiesta.

***
Dolores Romo.
Maestra en letras por la UNAM; hispanista y profesora, se ha dedicado a estudiar la literatura de viajeros latinoamericanos a Japón durante el modernismo. Lee más de lo que escribe,
pero cuando lo intenta no le sale tan mal.
En ocasiones anda en Twitter e Instagram como @mariloliux

Imágenes de portada e interiores del artista Xu Bing.

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