México desborda a Alemania por la poesía

por Samuel Cortés Hamdan

Los novelistas mexicanos escriben mejor que los alemanes.

El futbol es un deporte de once contra once en el que siempre gana Alemania; no así la poesía, donde el abandonado puede encontrar la conjura más deliciosa en la pronunciación de las sombras y donde el supremacista puede revelar la costura de su tontería sin tal vez notarlo. No así la poesía, que no está hecha con las facultades del dominio y sus expansiones, sino con la compleja confesión y puesta en práctica de las condiciones vivas, que sienten aunque no entiendan, o entienden a su pesar, o reconocen la imposibilidad de una montaña y se rinden con humildad bellísima, y sin embargo exploran algún baile no por menor menos monumental.

Dos libros iniciales: Las llaves de Urgell y El tren llegó puntual. Carlos Montemayor se inaugura en la literatura con mucha mayor fuerza expresiva que Heinrich Böll. Ambos son escritores magníficos, de una profunda inteligencia en mirar al otro y en la enunciación de la realidad, la real y la interior, sólo que el mexicano en su libro ya ejerce un dominio verbal sobre su embriaguez poética, ya explora su materia con ires y venires sonoros, imaginativos, enigmáticos o tristes; mientras que el alemán —quien en 1972 ganará el premio Nobel de literatura, para entonces ya con su Opiniones de un payaso detrás— en el segundo libro de su abultada producción artística se muestra más torpe, más indeciso (o sea, tieso) en la toma de decisiones narrativas, más dominado por la cursilería, por la obligación, si bien su denuncia es inmediata y necesaria: el cacareado orgullo alemán que llevó a Hitler a tratar de dominar Europa desde un neoimperialismo ario y sus enamoramientos ensimismados se sostienen en los huesos tímidos de jóvenes confundidos que tal vez preferirían enamorarse de una prostituta en Polonia, jugar cartas, emborracharse del licor de la brisa en el trayecto y del licor concentrado en la botella de los camaradas asustados, sin posibilidad para los jardines colgantes de la ternura entre la confusión.

El hombre como el palacio de la industria: canciones estructuradas de la razón operativa.

La literatura no es un concurso de disfraces por extravagancia de sombreros ni un certamen internacional de lanzamiento de disco y gerundios. O sea que mi comparación entre dos autores de periodos históricos e intenciones distintas es completamente insolvente e injusta, técnicamente ajena a la prudencia de las afirmaciones colegiadas; carece de seriedad y surge únicamente de la siempre azarosa voluntad lectora, que se permite escurrir sudores hacia la intuición confrontativa y convierte al placer estético en la razón de la escultura, del programa del habla y sus quejidos. Y desde esa parcialidad indebida sentencio que, al menos en estos dos libros, Carlos Montemayor escribe mucho mejor que Heinrich Böll.

Editado recién por el Fondo de Cultura Económica en su antes ya icónica y hoy robustecida Colección Popular, con traducción de Lorel Manzano, y publicada temprano en el ámbito de la historia, en 1949, recién concluida la guerra, El tren llegó puntual recorre el tránsito hacia la muerte de un soldado nazi que no cree en el proyecto expansionista del Führer pero lo ejecuta. La narración reproduce la línea recta del tren que llegó puntual para acarrear a los efebos al destino del absurdo de la nadería desangrada, y su voz es la reiterada angustia de quien no sabe qué es morir porque aún no vive, y sabe que quisiera y es obsoleto. Una necia denuncia transparente —desde el grumo y la niebla emocionales— de la imposición militar contra las juventudes hitlerianas y, lo que es decir, contra los inocentes del mundo.

Y sin embargo, no obstante toda la legitimidad del asunto, la novela no sucede, no acaba de arribar, a diferencia del tren. La novela, el arte de la polifonía, o de la desnudez radical, o del descubrimiento por primera ocasión del tornasol en la paloma, o de la supuración cantante, no florece, sino que el alemán reitera la agenda de una queja sin oportunidad para la insinuación: “Quizá me lleven a la corte marcial… pondrán mi cuerpo en el estrado de un consejo de guerra y dirán: se comió la mantequilla del domingo e incluso una parte de la ración del lunes. Robó a las gloriosas fuerzas armadas alemanas”, fluye la conciencia del condenado sin oportunidad de ubicación concreta ni siquiera para la desesperanza.

“Claro, sólo hay víctimas y verdugos. Cuando te vi de espaldas junto a la ventana, tu silueta joven, encorvada como si tuvieras varios miles de años, me di cuenta hasta ese momento que también nosotros sólo hemos asesinado inocentes…”, va despertando la lucidez en el vagón.

Discernir el mundo desde Europa.

En Montemayor —quien más adelante compondrá en Guerra en el paraíso el poema de la violencia política en México y la tortura del Estado contra los campesinos pobres del Guerrero sublevado en el Partido de los Pobres de Lucio Cabañas, que desafinará los monólogos del dolor que pierde a sus hijos y mira las estrellas y se humea las lágrimas entre tortillas— Las llaves de Urgell cultivan, pese a su juventud, la dureza oscura del misterio, silencios, la calma incómoda y la calma abismada, la anulación del segundo y la miel del idioma, la imprecisión para proponer más infinitud, la sola aproximación sin oportunidades de cierre, la gesta de las amarguras. O sea, aquí la novela —es un cuentario— rezuma las delicias de una exploración ya para entonces madura a pesar de ser también libro localizado en el principio de una carrera artística compleja. Y se habla desde las incomodidades e ironías de la contradicción, la pesadumbre, la nariz sin recorrido discernible: “La risa de Marian, su charla atropellada, las anécdotas banales que relata, la gente banal de que habla, su seguridad para hablar, la profunda atención para oír, para creer, para comprender algo que no comprende”.

¿Urgell? ¿La de quién? “El año último de la invasión —ningún pensamiento mortal podía conocer el tiempo apartado a la consumación—, en la noche que precedió a su muerte, el Gran Sacerdote soñó con un demonio viejo”, apunta el chihuahuense ¿en torno de qué mitología? Antojo de cuentos, además, el trabajo de Montemayor se permite más extravíos que la linealidad de Böll, esta comparación sí completamente injusta y desproporcionada porque los trabajos de recolección son bien distintos e irreductibles, pero lo insisto para poder señalar que Las llaves de Urgell, premio Xavier Villaurrutia en 1971, muestra a un autor de las inquietudes geográficas donde lo mismo suceden la épica minúscula que el cansancio familiar que se reitera en una sedimentada hermosura, o el enigma matemático de la descomposición de la amistad y su apetito de negocios. Un libro breve, editado por Siglo XXI, que pese a su atadura desigual alcanza la libertad del mosaico.

Böll devendrá un escritor magnífico de los riesgos estructurales y denunciantes lo mismo adaptando a Sófocles para Rainer Werner Fassbinder que parodiando el telegrama policiaco para pensar la guerrilla alemana de la década de 1970 y la imbecilidad programada del periodismo sensacionalista infiltrado en investigaciones y lo que sea para vender pasiones y portadas, o despreciará el autoproclamado prestigio católico y protestante de la cerrazón moral de su siempre presumida patria de la funcionalidad y el sometimiento, económico o militar, contra Europa, o retratará la incomodidad viperina de la aristocracia a la orilla del río, o confesará sus infancias escolares y palpitadas en el ascenso del nacionalsocialismo, entre tantos otros trabajos suyos que no conozco porque, además, escribió muchísimo.

Y sin embargo, por una ocasión, porque la verdad artística no es gota de industria ni fervor de las utilidades financieras, en el ámbito libérrimo de la lectura y la escritura, donde importan las afinidades electivas y las observaciones paquidérmicas rumbo al significado, que es asociación y comunidad, erotismo ilocalizable por cósmico y reconciliación con la diferencia, y donde se desnudan las importancias pospuestas por la urgencia institucional y el acomodo del mundo en la pirámide de los miembros permanentes del consejo de seguridad de las naciones unidas, los novelistas mexicanos escriben mejor que los alemanes.

Los prestigios del gusto.

***
Samuel Cortés Hamdan (Guadalajara, 1988)
 
Licenciado en letras por la UNAM, ha trabajado como editor y reportero en distintos medios. Escribe sobre cine, lo que pasa en la calle, los reveses de la emoción y su apego a los accidentes del terreno, así como de libros que querrían su reedición. Guarda un inédito en el cajón y prepara una edición de autor de su primer libro.
Twitter: @cilantrus

Todas las imágenes, en portada e interiores, fueron tomadas de la Biblioteca Nacional de Alemania (Deustche Nationalbibliothek) y la Biblioteca Estatal de Bavaria (Bayerische Staatsbibliothek).

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