¡Mi bien, despierta!: sobre la poesía de Iván Soto Camba

por Carlos Rodríguez

Querido lector: acaba de llegar un mensaje por Whatsapp. “Crecer es una trampa”, dice Miguel. Fue su respuesta a un meme del Servicio de Administración Tributaria (SAT) —en el que un amarre de las Jóvenes brujas, fílmica declaración de principios de la nostalgia milénial, decreta que Hacienda no deberá causar más daños— que le mandé temprano porque se hace tarde en la vida. Hace no tanto, al final de una reunión que para variar se prolongó, mientras nuestra amiga Karen caía en el canapé, hablábamos del futuro. Decíamos que nos estamos acercando a la mitad de nuestras vidas y que a pesar de todo lo que hasta ahora hemos hecho, del dormí pero no descansé y las declaraciones de impuestos —un dolor de cabeza mensual más—, queda mucho por hacer. Al sacar estos temas del contexto de la fiesta, una sensación de desconcierto queda, similar a la que llega antes o después de cumplir años. ¿Quién no ha sentido un malestar silencioso y anónimo, huésped indeterminado, que le hace la corte al cumpleaños que se festeja con un pastel que tiene una vela de seriedad matemática, columna de fuego fugaz, clavada en el centro? Inocente velita que te dejaste avivar, sabiendo que en este día nada se debe sobrepensar.

Dice Iván Soto Camba en Todo para fiestas (2022):

No hay fuego más pequeño
que el de estas velas
no miden siquiera lo que un meñique
pero eres cuestión de tiempo
no de tamaño.

El destacado poema del tapatío es una sorpresa agridulce y que no empalaga como el pastel pastiche de la felicidad. Con esta obra Iván le da la bienvenida —frase quizá demasiado optimista— a los 40 años. El escritor, que nació en 1982, tiene en su haber el Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal 2015 por Gelatina y el Premio Nacional de Novela Mauricio Achar 2018 por Pistolar, libro de extraño encanto en el que el autor usó las cartas reales de un esquizofrénico.

Curiosamente recibí Todo para fiestas, título que en la portada recuerda al logotipo del refresco de la chispa de la vida, en la víspera de mi cumpleaños. Decidí leerlo en una cafetería de Donceles porque ahí venden un pastel de chocolate muy bueno. Los versos que cité arriba, leídos entre bocados y sorbos de café, me recordaron una canción del grupo Timbiriche, lo cual, querido lector, te puede dar una pista de mi edad, pero —aclaro— esa balada de autoafirmación la escuchaban mis hermanos. Luego miré el reloj. Tic —eres cuestión de tiempo— tac.

Cada generación vive el desencanto a su manera. A veces un libro, una película o una melodía encapsulan para siempre la desilusión colectiva como un insecto en una gota de ámbar prehistórica que la vuelve una huella permanente. Todo para fiestas —que uno imagina como una tienda para abastecerse de confeti, silbatos, velas, disfraces, dulces, vasos y platos de unicel— invita a leer versos que son como cajas de regalos que al abrirse permiten digresiones. El poeta habla, por ejemplo, de quienes mueren el mismo día que se celebra su nacimiento. Pensé en las ilustres Ingrid Bergman y María Félix que, como dice Iván, son casos fúnebres de verdadera elegancia histórica, de sospechoso tino, casi como el acomodo final para consumar el mito. Y algo de verdad espantoso: los que tienen el pésimo gusto de morir durante cumpleaños ajenos, como la tía Alicia, que aunque lejana se murió un día de mi cumpleaños y cada que llega el 2 de abril la recuerdo. O quienes mueren el 1 de enero, que para muchos es como la primera hoja de un nuevo cuaderno, como Norma Miriam, otra parienta lejana, cuya muerte, noticia que llegó por teléfono, nos agarró ya sin uvas ni sidra y bailando al amanecer. Hay algo aún peor: aquel al que podríamos arruinar su onomástico con nuestra muerte. Entre clichés cumpleañeros, por ejemplo los siguientes:

Despierta mi bien
despierta.

Estas son
estas no
estas fueron
estas pudieron ser
pero quizá tampoco.

La firma editorial ejerce en la capital de Jalisco.

Y versos que son chispas que se extinguen:

cierra el incómodo paréntesis
que abriste del cumpleaños anterior a este
el malestar que las elipsis producen
tiene los mismos síntomas que el jet lag:
viajaste de ningún lugar
a tu misma parte
y llegaste muy cambiado a tu edad verdadera
por fin

El poemario del tapatío es un recorrido satírico pero sentido por la ambivalente experiencia de crecer, ¿o envejecer? ¿Es lo mismo? Algo tiene Todo para fiestas del hedonismo depresivo de una época que nos ha enseñado que la insatisfacción es materia creativa, que tiene una plasticidad particular; bien vista —y trabajada—, la miseria personal posee un magnetismo único, es el glitter de una generación que se ha acostumbrado a sadtuitear todo el tiempo.

Una poderosa imagen en Todo para fiestas es el momento en que rodeados por sillas vacías y vasos a medias, tú y quien se quedó hasta el final de la fiesta se confiesan algo en voz baja, aunque ya nadie los oiga, sin el amparo del fuego de las velitas, como Miguel y yo ya sin saber qué música poner para seguir la velada.

El panorama de un proyecto de lectura.

Iván Soto Camba, Todo para fiestas, México, Sombrario Ediciones, 2022, 35 p.

***
Carlos Rodríguez
es periodista cultural, crítico de cine y traductor literario. Escribe en Otra Parte, Nexos y Arquine. Es uno de los traductores de Las mariposas beben las lágrimas de la soledad (Anne Genest, 2022), por publicar en Ediciones del Lirio.
Twitter: @comalalaland

Las imágenes de portada e interiores fueron tomadas del Facebook del sello editorial.

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