Castellanos Moya y la tiranía en América Latina

por Jorge Isaac Aróstegui

“Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento”: el epígrafe de Baudelaire que presenta la monumental novela de Roberto Bolaño, 2666, condensa la narrativa de la violencia en Latinoamérica; un hiato siempre momentáneo que busca —a través de la reconstrucción alejada o de la contemplación— la llave de entendimiento a los modos y formas de contar y que tiene como sustrato (y a la vez como espejo) el horror empozado, la costra eterna que queda adherida al recuerdo y a la memoria en América Latina durante su propio acaecer político e histórico: Bolaño en Chile y en México, Thays y Roncagliolo en Perú, Martín Kohan en Argentina, entre otros.

Horacio Castellanos Moya ambienta Insensatez (2004) en los indistinguibles países que conforman “Centroamérica”, región confusa o alejada de novedad y comprensión para los analistas, comentadores ocasionales o allegados a la corrección política selectiva.

El personaje sin nombre de la novela vacila entre el dualismo de la emoción estética producto de la lectura de “mil cien cuartillas impresas”: testimonio de los sobrevivientes del genocidio maya y la sensibilidad política nacida de la violencia. Exiliado a un país sin nombre, aunque los datos que se van revelando al avanzar la lectura sitúan al lector en un espacio real: la Guatemala de Ríos Montt, Pérez Molina, las denuncias de Rigoberta Menchú y el asesinato (real) del obispo Gerardi. Ciertamente es un narrador reacio a afrontar la realidad; crea una distancia a la que sólo accede por medio del horror tatuado en los testimonios de los sobrevivientes. Es así como a través de este procedimiento, se mezclan el testimonio y la ficción (se retribuyen y se acarician simbióticamente).

Locura (los que gobiernan y los gobernados)

Desde el “Yo no estoy completo de la mente” que inaugura el relato, Castellanos Moya ya señala el horizonte de la historia: la crueldad, el cuerpo como objeto imaginario, el desquiciamiento desmesurado. A lo largo de la novela, este desquicio parece siempre al borde del delirio cuasi perpetuo y retornando a las coordenadas de confort en las que oscila el narrador. Testimonios similares están esparcidos por toda América Latina, víctima de tiranías casi como por costumbre, casi inscritas en sus lemas patrios. Un ejemplo: el informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación en Perú: víctimas de la época más oscura y tenebrosa de la historia moderna peruana. Son, pues, evidencias que guardan semejanza con las del genocidio maya.

Afiche del Partido Comunista del Perú – Sendero Luminoso (PCP-SL), donde se exhibe su orientación maoísta y una representación de su principal ideólogo, Abimael Guzmán, conocido como el presidente Gonzalo, al cobijo de Lenin y Marx.

“La propia madre mató a su hijo, lo mató en Patawasi. Era de noche y no sé adónde lo habrán llevado, tampoco sé si lo han enterrado […], era un bebito, habrá tenido aproximadamente medio año […], lloraba mucho y, para que no lo oyeran los soldados, llamaron a la madre y le dijeron «miserable, calla a tu hijo» y, cuando le obligó acallarlo, ella lo apretó entre sus senos al bebé y éste murió asfixiado, le quitó la respiración”, expone la Comisión.

Volviendo a la novela de Castellanos Moya, el narrador de Insensatez opera a través de esa distancia en la que se puede apreciar la belleza sumergida en el horror, el dolor y la violencia. Belleza en las palabras de los espectadores y protagonistas del infierno en tierra: la guerra civil y el genocidio.

Así pues, el poder de los conflictos y el de los gobernantes de turno se plasman en la sensación “de persecución” que afecta al personaje, siente al torturador y luego presidente Ríos Montt detrás de él, acechándolo, conociendo su funcionamiento mental, sus secretos en un país de 15 millones de habitantes. ¿Por qué justo a él? El pánico lo va venciendo gradualmente. Un caso contrario se narra en Un lugar llamado Oreja de Perro, de Iván Thays. El personaje, también aislado, llora a un hijo recientemente muerto: otro tipo de demonio (el de la pena y el duelo que va a durar siempre) que lo va a acechar, mientras recolecta testimonios de sobrevivientes de la guerra política en un inhóspito pueblo en la sierra peruana. No se apodera de él la paranoia (como sí le sucede al narrador de Insensatez), sino más bien la depresión y la penumbra espiritual cuyo único alivio es ver o sentir en el dolor de los campesinos ayacuchanos una especie de consuelo, de salida momentánea.

De origen centroamericano, Castellanos Moya es uno de los narradores más sólidos de la actual escena literaria latinoamericana. Imagen de la portada de la novela, tomada de la editorial Tusquets, absorbida por el conglomerado multinacional Planeta.

Cuerpo colectivo, memoria

Castellanos Moya conoce el horror, pero no sucumbe al juicio moral ni a las buenas intenciones. Está más atento a la fragmentación. El torturado con las manos cortadas, la lengua cercenada, las atrocidades cometidas, lo conducen a olvidarse de la individualidad de cada fallecido: ésta se transforma en un cuerpo colectivo cuya carne es esa memoria celosamente guardada. El “individuo” se convierte en un libro de registros en masa; como si fuera un personaje más, quizás el más importante.

Asiste a una ciudad de apariencia olvidada, seca. Busca el sonido de las balas. Reniega de sus habitantes. Sólo a través de la lectura de las mil cien cuartillas logra un escape: la existencia indiscernible entre horror y belleza. Es por tanto un exilio físico, pero también un exilio espiritual.

Con la muerte del arzobispo dos días después de la publicación del informe sucede la reivindicación, un premio consuelo, una justificación a su paranoia. El terror era real. Siempre fue real.

Insensatez deja algo implícito: ni siquiera sirve el olvido. El olvido implica tener en la espalda un recuerdo controlado, sometido a voluntad. Propone un pacto, una tregua con el recuerdo, un adiós momentáneo, pero siempre presente. ¿La solución?: la amnesia patológica.

¿El oasis de horror? Existe. Y es más abrumador que un desierto de aburrimiento.

El antisolemne poeta francés Charles Baudelaire aportó la ironía lírica, mediante epígrafe, a la obra monumental de Bolaño, entre otros temas desarrollada en torno a los feminicidios perpetrados en México.

Bibliografía

Bolaño, Roberto (2004). 2666. Barcelona: Anagrama.

Castellanos Moya, Horacio (2004). Insensatez. México: Tusquets.

Comisión de la Verdad y Reconciliación (2004). Hatun Willakuy. Lima: Comisión de Entrega de la Comisión de la Verdad y Reconciliación.

Manzoni, Celina. (2015). “Narrativas de la violencia: hipérbole y exceso en Insensatez de Horacio Castellanos Moya”, en Teresa Basile (coord.), Literatura y violencia en la narrativa latinoamericana reciente, Colección Colectivo crítico, del Centro de Teoría y Crítica Literaria de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad Nacional de La Plata.

Thays, Iván (2008). Un lugar llamado Oreja de Perro. Barcelona: Anagrama.

***
Jorge Isaac Aróstegui
(Abancay, Perú) estudió la licenciatura en dirección cinematográfica en la Fundación Universidad del Cine. Cursa actualmente la maestría en escritura creativa de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, Argentina, a cargo de la escritora María Negroni. Escribe guiones cinematográficos y ficción. Estudia y admira a José María Arguedas.
Instagram: @jorgeisaacarostegui

La imagen de portada fue tomada de Casa de América.

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