Guillermo Cabrera Infante y la censura

por Xavier Carbonell

“¿Y quién era Guillermo Cabrera Infante?”, se preguntaba Heberto Padilla el martes 27 de abril de 1971. “¿Quién era y quién había sido siempre Guillermo Cabrera Infante?” La definición de Padilla, utilizada como prólogo a su célebre mea culpa ante la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), invocaba el fantasma de un infante difunto y, ya en aquel momento, exiliado: “[era] un resentido, no ya de la Revolución, un resentido social por excelencia, un hombre de extracción humildísima, un hombre pobre; un hombre que no sé por qué razones se amargó desde su adolescencia y un hombre que fue desde el principio un enemigo irreconciliable de la Revolución”.

Durante este examen de la conciencia propia y ajena, Padilla añadía a los cargos anteriores los de ser un “agente declarado de la CIA”, un “contrarrevolucionario” irredento, que había aprovechado su exilio “oficial” en Bruselas para ponerse al servicio de espías y mercenarios anticubanos.

Padilla resumía en Cabrera Infante las cualidades del renegado, del intelectual que se salía del juego, escéptico y en constante burla hacia la posibilidad de la utopía. Era Caín, el hombre que no quiere recobrar el paraíso, cuyo antiguo seudónimo en la revista Carteles le había resultado premonitorio. La marca de Caín lo atosigó con persistencia bíblica. Y aunque sabemos en qué circunstancias habló Padilla, la crítica cubana a Cabrera Infante (y, con él, a su obra) ha mantenido casi siempre el mismo rumbo. Hay que sumar a esto que cuando se habla o se escribe sobre él parecen no existir los términos medios.

En su biografía sobre Ernest Hemingway, Norberto Fuentes —otro personaje turbulento y finalmente exiliado, premio Casa de las Américas 1968 con Condenados de Condado— daba su visión personal del villano: “en 1967 Cabrera Infante traicionó a la revolución y la cultura de su país, y se fue a vivir a Londres, a un piso decorado con banderas cubanas y gatos persas”. Fuentes incluía en su libro la crónica del encuentro entre Hemingway y Caín, que en ese entonces era un “Guillermo Cabrera Infante conmovido y sincero. Es decir, un Guillermo Cabrera Infante muerto”, cuyos textos “están escritos por alguien que no había llegado aún a la traición y a la mentira. Andaba, eso sí, en camino”.

Intelectuales como el chileno Jorge Edwards han acusado que la relación de Fidel Castro con los escritores de la isla fue tensa, incómoda. Cartel del Ministerio de Cultura de Cuba.

El joven escritor quería ser como Hemingway, o como Faulkner, pero “lo cierto es que terminó por ser él mismo, dirigiendo, después del triunfo revolucionario cubano, el suplemento literario del periódico Revolución con el afán de conducir la política cultural cubana”.

Ignoro en qué momento tuvo Norberto Fuentes acceso a la casa londinense de Caín y Miriam Gómez —sería la de Gloucester Road, me imagino— presidida por el siamés Offenbach y el olor del tabaco, pero lo cierto es que éste es el espíritu general de lo que los comisarios del quinquenio, decenio o el nombre que tenga aquel periodo gris de la cultura cubana escribieron acerca de Cabrera Infante.

Como en el relato del Génesis, el destino de Caín fue “andar errante y vagando por el mundo”, con una maldición “demasiado grave para soportarla”. Subversivo y traidor entre los suyos, comunista y pornográfico para la moral franquista, Cabrera Infante cargó durante esos años iniciales de exilio con la salación de ser la piedra en todos los zapatos. Había ganado, en 1964, el premio Biblioteca Breve de Seix Barral con el primitivo manuscrito de Tres tristes tigres —llamado, como un libro posterior, Vista de amanecer en el trópico—; pero recibió la censura de Francisco Franco y no pudo publicarse en su forma original. Seguir con atención el criterio de los censores resulta revelador, filológicamente hablando, sobre las transformaciones sucesivas del manuscrito.

Al celebrarse el cincuentenario de la publicación de la novela, en 2017, Seix Barral incluyó un apéndice con el expediente del censor. El epílogo de Cabrera Infante a la edición no censurada de la novela (Ayacucho, 1990) agradecía con sarcasmo a esa mano anónima, que había considerado al libro “obsceno, moralmente objetable y políticamente condenable”. Este dossier recoge el proceso de apelación de la editorial al departamento de orientación bibliográfica, perteneciente al Ministerio de Información y Turismo español. El primer informe, redactado por José Vila Selma el 10 de abril de 1965, es ya un malentendido:

Se trata de una serie de narraciones entrecortadas por alusiones a la lucha castrista, victoriosa, y alabada, contra Batista. Lo entrecortado de la narración se explica por una mala imitación de la escuela francesa del nouveau roman. Ahora bien, el contenido de todas esas narraciones es pornográfico a veces, irrespetuoso otras, procaz siempre. Dada la manera como está concebida la narración no admite tachaduras y, habida cuenta de la tendencia marxista esencial en la intención del autor, no debe autorizarse.

Portada de la edición de Ayacucho, biblioteca venezolana.

Al expediente se añade el argumento de que Cabrera Infante “es un diplomático cubano acreditado en Bruselas, y cuyo hermano [Sabá Cabrera, director del corto PM] residente en España, muy introducido en los medios artísticos madrileños, desarrolla actividades pro-comunistas, ayudado financieramente por la representación diplomática cubana en Madrid”.

El 19 de julio de 1965, los editores lanzaban una nueva acometida (“con el mayor respeto y debida consideración”) para lograr la publicación de la novela, que resultó frustrada, al igual que la solicitud del 28 de septiembre del mismo año. El texto primitivo chocaba con las preguntas de orden de los censores: ¿Ataca al dogma? ¿A la moral? ¿A la iglesia o a sus ministros? ¿Al Régimen y a sus instituciones? La respuesta fue siempre afirmativa.

Cuba y su lenguaje son algunos de los temas centrales de las novelas de Cabrera Infante. Imagen del Ministerio de Turismo.

Carlos Barral, ante la censura total de la novela, convenció a Cabrera Infante para cambiarle el título al libro y, como último recurso, reescribirlo y volverlo a presentar. Fue en esta segunda escritura que se añadió la nueva estructura de la novela y secciones imprescindibles (la muerte de Trotsky, por ejemplo). El 2 de noviembre de 1966 se emitió otro informe, que padecía de una redacción más confusa que los anteriores:

Esta novela es una edición aumentada y corregida de otra que fue presentada a este Servicio y que fue denegada en recurso de alzada, nos referimos a Vista de amanecer en el trópico. En esta el autor ha mantenido los capítulos pornográficos que figuraban en la anterior; lo único que ha hecho es suprimir el capítulo de la acción castrista, por otro dedicado a la muerte de Trotsky. La novela es realmente ileible [sic]. Si se hubieran tachado todas las groserías y frases soeces no se podría publicar. No obstante esta generosidad [¿cuál?], existen párrafos que por su pornografía, irreligiosidad, antimilitarismo deben ser suprimidos; así como el dedicado a Trotsky que tan pronto lo ensalza como lo ataca. Lo mismo hace con Stalin. De publicarse tal como está escrita cae de lleno dentro de los artículos del Código Penal que regulan las publicaciones.

Finalmente —y con numerosos cortes— la censura accedió a que la novela viera la luz, con una resolución del 25 de febrero de 1967. Años después, Cabrera Infante comentaba estos acontecimientos con la observación de que Tres tristes tigres era “un libro censurado en una parte del globo y prohibido en otras simplemente porque su autor, y no el libro, está en el Index Prohibitorum Authorum. Mi vida es la historia de la pelea de un escritor contra los censores”.

Al interior de la isla, mientras tanto, la opinión de la crítica oficial se mantuvo inquebrantable hasta hace pocas décadas. Como se sabe, no existe ninguna entrada sobre Cabrera Infante en el Diccionario de la literatura cubana (1980), mientras que la sección que se le dedica a su novelística en la Historia de la literatura cubana (2008), a cargo de Sergio Chaple, termina declarando que “vista en su conjunto, la obra novelística de Guillermo Cabrera Infante revela la presencia de un gran escritor en el orden técnico que ha subutilizado su talento al abordar de modo superficial sus temas, lo que resta trascendencia a su producción”.

Más mesurado, el reciente diccionario de Obras y personajes de la literatura cubana —producido, como los dos libros anteriores, por el Instituto de Literatura y Lingüística de la isla— establece una posición conciliatoria y reasume, junto a la de otros autores del exilio, la validez de Caín en el panteón literario nacional. Al mismo tiempo, indica la naturaleza real de su conflicto con algunos detractores, los cuales le imputan a sus novelas una cierta evasión de temas más “revolucionarios”:

Otro tipo de crítica, más politizada, le ha reprochado a Cabrera Infante haberse limitado a reproducir el ambiente festivo habanero y el mundo de la farándula artística, sin concederle espacio a la lucha insurreccional clandestina y a la sangrienta represión policial que ocurría en aquella etapa final de la dictadura de Batista. En realidad el autor al escribir esta obra no se sintió muy motivado por intereses político-sociales y sí, mucho más, por desarrollar un ambicioso proyecto literario al que incorporó además cierto grado de catarsis personal, de recreación hedonista, de homenaje a la literatura, el amor y la amistad, y de nostalgia por el mundo desaparecido.

Arte callejero en La Habana. Imagen del Ministerio de Turismo.

Es infrecuente desligar a Cabrera Infante de su obra, sobre todo por la fuerte carga autobiográfica que parece vertebrar su narrativa. Quizás por eso existe un sector de la crítica que, en vez de leer sus novelas, entona un lamentable bolero de culpabilidad, traiciones y maldiciones donde, tras cada uno de los tristes tigres ficcionales, parece ocultarse la cara burlona del autor.

No hay lector que, por muy ecuánime que intente ser, no caiga en la tentación de enrolarse en uno u otro bando. Hablar de él entraña el riesgo de que se le lea a uno entre líneas, buscando afirmaciones capciosas, absolutos de los que no hay escapatoria y posturas que, consciente o inconscientemente, determinan cada palabra en la escritura. Porque Caín exige odio total o lealtad absoluta; militancia ciega en las filas de sus fanáticos o antipatía por el mito de este enfant terrible, miope y fumador de habanos, capaz de sublimar —según Chaple— “las transformaciones maravillosas de la bobería”.

***
Xavier Carbonell (Cuba, 1995). Náufrago en su isla de relatos, ácido como todos los nostálgicos y furibundo fumador de puros. Ningún censor sensato aceptaría sus novelas que, como el resto de su escritura, se sostienen en el humor, el desamor, la fatalidad y la sospecha. Espera el apocalipsis en muy buena compañía y sobrevive tras las trincheras de su biblioteca.

Imagen principal: Tigre, dinastía Joseon (1392-1897)
Vía: Museo Nacional de Corea

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