Una tradición para decapitarlos a todos: Diana Spencer

por Samuel Cortés Hamdan

En 1979, hace 43 años y seis después del golpe de Estado contra Salvador Allende, un chileno publicó en México un largo, descuajaringado e irreverente ensayo poético sobre la verdad de la literatura: Metafísica de la fábula, se llama. 

La ciencia del pensamiento imaginativo; el descubrimiento del ser mediante la enunciación deliciosa por embriaguez estética, podríamos traducir el título.

Cuatro décadas después otro chileno, Pablo Larraín, advierte al inicio de su película Spencer: ésta es la fábula de una tragedia real. 

Para representar la opresión específica de un poder político cargado de rituales donde el placer del presente es una llama ahogada por la obligación del pasado, aparece la elocuencia de pájaro muerto de la imaginación dramática: un relato que supone tres días en la vida de Diana Spencer, princesa de Gales obligada al hieratismo por la posición que asumió tras vincularse en enlace político y familiar con la corona inglesa, uno de los imperios más brutales de la historia de la humanidad, cuyas prepotencias todavía pesan hoy en las Islas Malvinas, en la lengua de Kenia o en el mandato cultural que lo mismo presumió a Queen y Pink Floyd que a las Spice Girls y a Jessie J en los juegos olímpicos de Londres hace diez años, en 2012.

Hacer cumplir los rituales de algún antojo del siglo XIX.

No one is above tradition, advierte un ujier, exmilitar y policía secreto a Diana Spencer a su arribo tardío a la ceremonia de navidad de la todavía hoy estúpidamente llamada familia real, porque conservamos el elogio teocrático de las élites en algunos rincones del mundo, en la siempre interrumpida obligación de construir la sociedad igualitaria donde nadie goce de lo superfluo mientras alguien carezca de lo inmediato. 

Y desde ahí acudiremos a la fábula de la opresión de una voluntad de ser de manera distinta, autónoma, contra los modales de la monarquía, con inteligente referencia a Ana Bolena para guiñar que lo de Buckingham, el problema de sus divergencias cercenadas, no es de ayer. Modernidad de telas, consolidación de modales.

Una artísticamente perturbadora Kristen Stewart dará cuenta de los ahogos que padece la princesa de Gales obligada a la presunta solemnidad de modales de la corte, cuyo sentido es el desprecio de la espontaneidad del pueblo, capaz del ombligo y el cuete, de la pestilencia bacterial y del bostezo con harapos de caliginosidad entre las muelas. Aunque se sepa en transparencia que lo suyo es pura simulación de una seriedad llanamente imposible, ajena a las pulsiones que se pierden entre amantes y que admiten el pulso del corazón. 

Perlas de autodesprecio.

Larraín vuelve a hacer de la historia política su asunto cinematográfico para narrar el encierro del corazón en los rituales domésticos del ejercicio del poder monárquico, que se entienden en fingimiento, como dirá explícitamente el príncipe Carlos en un intercambio en torno a una elegante mesa de billar de estricto paño rojo, para satisfacer un reiterado ritual ante el reclamo de las masas, de los anónimos e incómodos gobernados, aquí dispuestos a la humanidad expresada en consejos espontáneos de empatía en favor de Diana entre los pasillos, las habitaciones y los sótanos de las cocinas.

La fábula de una tragedia real: la delicia incómoda de un cuento con sopa de perlas, espantapájaros, vómito, enamoramientos solidarios, consejería política, faisanes desfallecidos sobre la carretera, ascensos sobre una escalera de madera podrida, extravíos que son una modesta propuesta de liberación. Fábula cuya ambición es la misma de la literatura: describir la pesadumbre de la realidad desde la lengua del mito. 

A Larraín le interesa el problema emocional del proceso histórico, de Neruda a la sociedad oprimida por la policía política de Pinochet, de la esposa del presidente asesinado de los Estados Unidos a la complicidad de la curia católica con la dictadura. Y con la princesa de Gales, traza el cuento metafórico (metafísica de la fábula) del hermoso faisán dislocado que se explota en las parafernalias de la corte por su belleza y su estupidez, su inutilidad decorativa.

El personaje magníficamente representado por Stewart se escurrirá de su obligación de efigie con un triunfo simplón, de videoclip, y sin embargo incómodo, con la sombra detrás del derramamiento de sangre: la tragedia de una historia real. O en la búsqueda de su emancipación con pollo Kentucky a la orilla del Támesis, ¿no sabemos qué le espera a su sueño de ligereza?

En la intrincada búsqueda de un milagro.

***
Samuel Cortés Hamdan (Guadalajara, 1988)
 
Licenciado en letras por la UNAM, ha trabajado como editor y reportero en distintos medios. Escribe sobre cine, lo que pasa en la calle, los reveses de la emoción y su apego a los accidentes del terreno, así como de libros que querrían su reedición. Guarda un inédito en el cajón y prepara una edición de autor de su primer libro.
Twitter: @cilantrus

Imágenes de portada e interiores: fotogramas de la película, tomados de imdb.com

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