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Por aquí no pasó Copérnico

Manuel Scorza testimonia un terremoto que castigó a Nápoles.

por Manuel Scorza*

traducción de María Miranda y José Darío Martínez Milantchi

Apenas en Nápoles, me arrepentí de haber aceptado la invitación. ¿Podría haber nunca visto Nápoles? Como latinoamericano, como heredero de una “cultura derrotada” por el Occidente, sabía, por experiencia histórica, que ver la realidad del otro es una dificultad intelectual extrema. ¿Acaso no sabía que por siglos los europeos han visto una América que no existe? La imagen que los europeos tenían de América hasta hace poco tiempo era, en realidad, una imagen construida por los europeos para los europeos. Los hombres que construyeron esta imagen —Rousseau, Keats, Goethe, Durero, Shakespeare, Lope de Vega…— jamás estuvieron en América, y aquellos que sí fueron vieron cosas que no existían. El explorador italiano Pigafetta aseguró haber visto en la Patagonia hombres de orejas tan desmesuradas que les llegaban a los pies. La imagen europea de América era, después de todo, una proyección de los sueños, de los miedos, de las esperanzas y de los mitos de Europa. La América de los europeos no coincidía en nada con la realidad. ¿No corría yo el riesgo de ver, como Pigafetta, napolitanos con las orejas enormes?

Pero había un peligro aun mayor: el de herir, con juicios apresurados, la dignidad de una ciudad. Nápoles, creo entender, es un enfermo que no se deja curar ni acepta la “diagnosis” de médicos extranjeros; y que, cuando no tiene médicos propios, prefiere cerrarse, y con razón, en su orgullo.

Por otra parte, Nápoles era para mí, hasta ese punto, una serie de lugares comunes: postales ilustradas, “O sole mio”, “Vedi Napoli e poi muori”, “Pane amore e fantasia”.1 Entonces, ¿era posible para mí poseer una mirada descontaminada? Aun así, no me quedaba otra cosa más que hacer que observar.

Respiraciones apretadas y verticales. Los icónicos callejones napolitanos.

Comparar Nápoles al Tercer Mundo es una tentación peligrosa. Nápoles no es Caracas. Caracas no es una ciudad. Es un parking salpicado de casas. Nápoles ha sido una de las tres metrópolis más importantes y pobladas de Europa. Y si bien la Nápoles que estaba recorriendo tenía poco o nada que ver con la extraordinaria Nápoles de las estampas del siglo XVIII, era Nápoles.

La mejor cosa es observar. Comienzo a explorar i Quartieri Spagnoli golpeados por el terremoto.2 Un espectáculo desalentador. El encuentro con los “sobrevivientes” es tristísimo. Collura me muestra un edificio y dice: “Hasta hace algunos días esta casa era un hervidero de voces de niños y de mujeres. Ahora hay muerte”. Es verdad, la muerte está allí. Pero observo la decrepitud de los muros, la ruina que pela las paredes. Es anterior, muy anterior al desastre.

—¿Cuándo fueron construidos estos barrios?
—En el siglo XVI.
—¿Y desde entonces nada ha cambiado?
—Nada.

Bruscamente me arriesgo a pensar: esta ruina, esta miseria, este horror no han sido provocados por el terremoto. El terremoto, simplemente, los ha expuesto. Desde que llegué todos me hablan de la “muerte de Nápoles” y, efectivamente, estoy frente a una muerte. Pero, me digo, este cadáver está en putrefacción desde hace 400 años. El terremoto, de pronto, de forma trágica y simple ha abierto el armario en que este muerto se ocultaba: y el cadáver ha caído boca abajo sobre el susto, el desconcierto o la indiferencia de la Italia de hoy.

Calles sucias, desoladas, que comienzan y terminan en montones de basura, tan familiares a nosotros, sudamericanos nacidos en metrópolis circundadas de cinturones de horror. “Lima es más parecida a Londres que al Perú”, decía Humboldt. Milán es más parecido a Copenhague, a París, a Múnich que a Nápoles.

El Coliseo Romano es la taza rota del desayuno de los siglos, dijo Gómez de la serna. En la imagen, el Parque Arqueológico de Posillipo.

Plaza San Domenico Maggiore. Un poco más allá, la majestuosa iglesia del Gesú Nuovo. Admiro su esplendor barroco. Pero no hay tiempo para saborear esas maravillas. Proseguimos: via Beneddeto Croce y Spaccanapoli, que inspiró el bello libro de Domenico Rea.3

En Nápoles como en Acapulco, donde basta cambiar de vereda para pasar de los más elegantes y sofisticados hoteles del siglo XX a la miseria de los tugurios hundidos en el siglo XVI —es suficiente alejarse a pocos metros de una de las calles principales, la comercial Toledo, para viajar hacia atrás en el tiempo.

Allí los famosos “bassi”.4 Pedimos permiso. Nos acoge una mujer joven, de aspecto triste. En un cuarto de cuatro metros por cuatro, tendida en su cama, con resignada dignidad, quizás esperando la muerte, una mujer de 96 años. Me informa: su familia —compuesta actualmente por tres mujeres y un niño— vive allí desde 1934.

Lo que yo veo —la mesa, las sillas, la cama, la cocina con poquísimos platos— es miserable. Digno, pero miserable. ¿De qué viven? La señora anciana me señala una repisa: las fotografías de sus muertos. Entre ellos, los rostros brumosos de dos jóvenes soldados: sus dos hijos muertos, caídos en la guerra, uno en Albania, el otro en Rusia: pobres conquistadores. Por sus vidas, el Estado le paga una pensión de 200,000 liras.5 No me atrevo a preguntar qué cosa sucederá el día en que la vieja muera. La hija gana, como empleada doméstica, cinco mil liras al día.6

En Vico Fico, otros “bassi” donde se acumulan cuatro o cinco personas por cuarto. Viéndome, al fotógrafo y al grupo que me acompaña, las mujeres de la zona se acercan. Una de ellas, con ojos dolorosos, inteligentes, grita: —Escriba esto, escríbalo; aquí nos morimos de miseria, estamos cansados de escuchar hablar de terrorismo, de las Brigate rosse,7 de D’Urso. Él está vivo, nosotros estamos muertos. La culpa de esta miseria no es del terremoto. Son siglos que estamos muriendo.

Mirar el mar desde la montaña. La Cartuja de San Martino.

Una verdulera, hasta hace poco sonriente, escucha y llora: —No escriba por nosotros, escriba por nuestros hijos.

—Lo haré, señora —prometo turbado. Y entonces, inconcebiblemente, me besa la mano. Dos veces. La mano con la cual, ella piensa, escribiré la “verdad”.

Y con estas palabras terribles en los oídos, “él está vivo, nosotros estamos muertos”, entro en otro “basso”: sala, comedor, cocina, dormitorio, todo en una habitación de cinco metros por cinco.

Un viejo todavía apuesto me dice que él y su familia viven allí desde hace setenta años.

—¿Nunca ha salido de Nápoles?
—Nunca.
—¿Ha vivido aquí siempre?
—En esta casa nací. Aquí me he criado, aquí he vivido con mi mujer, aquí viven mis hijos, esta pobrecita —y me señala a su hija— es retardada mental. Nunca ha salido fuera de esta casa, y no saldrá, nunca.
—¿Nunca ha sido feliz?
—No lo sé.
—¿Cuál ha sido el mejor periodo de su vida?
—Nunca.
—¿Y el más triste?
—Siempre.

Pienso en las dos guerras mundiales, en la revolución rusa, en la revolución china, en la derrota del fascismo, en la bomba atómica, en el hombre en la Luna, en el fin del colonialismo, en los portaviones americanos frente a la tumba de Virgilio,8 en la fotografía de Júpiter, y me quedo aniquilado.

Para este hombre que, al fin y al cabo, no ha salido nunca de su espacio de veinticinco metros cuadrados, la Tierra no gira. Copérnico no ha pasado por aquí. Para este hombre la Tierra continuará siendo desesperadamente plana.

Un ojo en los siglos. La Tábula Strozzi, atribuida a Francesco Rosselli y datada en la década de 1470.

Notas

* Texto originalmente publicado en 1983 en Il Matino, diario napolitano.

1. “Mi sol” en dialecto napolitano, referencia a la famosa canción y al clima templado de la ciudad; “Ve Nápoles y después muere”, frase y casi lema de la ciudad reportada por Goethe en sus crónicas de viaje sobre Italia, y Pan, amor y fantasía, película de 1953 dirigida por Luigi Comencini, con actuaciones de Gina Lollobrigida y Vittorio de Sica; extrañamente, la película se desarrolla en la Italia central, no meridional.

2. Literalmente “los Barrios Españoles”, el barrio céntrico más antiguo de la ciudad. En algunos momentos de la historia asociado con una higiene pobre, el cólera y grupos de crimen organizado.

3. La novela Spaccanapoli (1947) de Domenico Rea.

4. “Bajos”: viviendas de un solo cuarto en la planta baja de un edificio con entradas que dan directamente a la calle, conocidas como ‘o vascio en dialecto napolitano.

5. Alrededor de 350 euros al tipo de cambio actual.

6. Más o menos, nueve euros actuales.

7. “Brigadas rojas”, guerrilla armada marxista-leninista (1970-1988), responsables del secuestro y asesinato del primer ministro Aldo Moro en 1978 y de los llamados Años de Plomo en Italia.

8. En el Parco Vergiliano, en la zona de Piedigrotta, se encuentra la supuesta tumba de Virgilio. Los italianos medievales le atribuían poderes de mago o hechicero. En la zona de Santa Lucía está el Castel dell’Ovo. La leyenda dice que el autor de La Eneida colocó un huevo en el centro de la estructura y que, de romperse algún día, una catástrofe sacudiría la ciudad.

***
Manuel Scorza (1928-1983) es uno de los más importantes novelistas del Perú del siglo XX. Autor de una pentalogía de novelas que acusan la pervivencia del gamonalismo y la crueldad vejatoria contra los indígenas andinos, ejerció la edición, el periodismo y la poesía. Falleció, junto a Ángel Rama y Jorge Ibargüengoitia, en un vuelo de París a Madrid, donde enlazarían para llegar al Primer Encuentro de Cultura Hispanoamericana, con sede en Bogotá.

María Miranda (Arequipa, 1986) es poeta que disfruta de la traducción. Ha publicado cuatro libros de poesía-ensayo y un quinto espera su próxima aparición, HO-YO. Se han publicado versos suyos vertidos al inglés en Review 96 «Nuevísimos: New Spanish American Writing» (2018, en traducción de G. J. Racz) y A Perfect Vacuum (2023, en traducción de Jacqui Cornetta). Junto a José Darío Martínez, tradujo las Cartas de amor de César Moro y los 5 metros de poemas de Carlos Oquendo de Amat. Editó y codirigió junto a Cíclope ambicioso y El pasto verde una muestra de poetas contemporáneos arequipeños, con el título Espacios en miniatura (2024). Admira a Manuel Scorza y su guerra silenciosa.

José Darío Martínez Milantchi es escritor y traductor. Natural de San Juan de Puerto Rico, publicó una novela corta, Versión original, y recientemente terminó su segundo título, Hay enemigos. Ha publicado cuentos en las revistas Punto y Coma y SX Salon, de Puerto Rico y Estados Unidos, respectivamente. Ha vaciado del persa al español al prosista iraní Hushang Golshirí y del español al inglés al narrador ecuatoriano Pablo Palacio. También tradujo por primera vez un ensayo de Octavio Paz al español, originalmente escrito en inglés. Devoto de Juan Carlos Onetti.

Todas las imágenes que acompañan esta entrada pertenecen al archivo WikiCommons y exponen distintos recovecos de la ciudad italiana. La que figura como portada muestra la Cripta napolitana.

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