por Yare Mon
Una presentación de La Guaranducha curada por Juan de la Cabada
San Francisco de Campeche es prácticamente tan desconocido como su pequeño y mediocre carnaval. Yo soy de esas campechanas que sólo soportan el festejo debido a los días de asueto, en los cuales puedo dormir hasta tarde e ir a la playa vacía, mientras la sociedad local se pierde en vacuas conversaciones sobre el vestuario de la reina, que todos los años es prácticamente igual y cuyo estilo es exactamente el mismo que el de las presentadoras más vulgares de televisa en los años ochenta. Soy de esas campechanas para quienes su carnaval municipal es mucho más un motivo de vergüenza ajena que de goce, disfrute o liberación…, aunque claramente no niego haber participado en él.
El carnaval en mi imaginación siempre prometió mucho más de lo que en realidad es. Cada año, mezclada entre los carros alegóricos y las bandas de borrachos disfrazadas de teletubbies y sacerdotes católicos, intentaba encontrarle algún sentido oculto y misterioso mediante el cual los días cotidianos se hicieran verdaderamente santos, rememorando aquellas épocas de infancia milpaltense en las que el rezo comunitario de las posadas lograba acuerparme en algo más potente que mi individualidad. En el carnaval municipal nunca lo encontré. No obstante su misterio, convencida de que la labor del historiador es la misma que la del nigromante, se me presentó hace no mucho un fiel difunto, vecino de mi municipio, que decidió hablarme. En efecto, recibí la llamada de uno de los mejores y más ilustres campechanos trascendidos: Juan de la Cabada Vera.
No era la primera vez que Juan y yo hablábamos. Nos conocimos primeramente por sus cuentos, los cuales me dejaron la claridad sensorial de la existencia de un gótico tropical, y que la humedad del golfo, cargada de historias de piratería y colonialismo, comparte su pathos tanto con El escarabajo de oro de Edgar Allan Poe como con El duende de este campechano. Así las cosas, envueltas en este misticismo brumoso de la costa este, llegó a mi poder una edición facsímil de un texto de Juan, que para mí era totalmente atípico y desconocido. Se trataba de un texto dramático y no de un cuento como de costumbre. Yo ya sabía que Juan había sido colaborador de Buñuel en calidad de guionista, pero nunca había tenido en mis manos ninguna obra de esta naturaleza, presta para que mis ojos la descifraran. No obstante, de primera instancia me desanimó que tratara del carnaval campechano, pues cada emisión suya, sin que esperara nada de él, aun así lograba decepcionarme; sin embargo, por temas de autopreservación tuve que comenzar a leerla un tanto obligada.
Como la lectora indisciplinada y ansiosa que soy, casi siempre me salto las introducciones —a las que considero un formulismo social, como cuando el primer día de clases todo mundo dice su nombre para que sea olvidado al segundo siguiente y uno termine llamándose con apodos—. El caso de mi primera lectura con La Guaranducha fue este. Pasé por alto la introducción que le hace Juan y fui directo al cuerpo del texto. Esta primera lectura no fue fácil. No le entendí. El guion me exigía una imaginación capaz de visualizaciones coreográficas, así como conocimientos fundamentales de solfeo para poder interpretar los diálogos de los muchos personajes que aparecían en un contexto musical señalado con partituras bastante sencillas. La Guaranducha es de esos pocos textos que desde su sencillez han logrado hacerme sentir inepta y humillada. Cuando esto sucedió aún no leía a Bajtín y no estaba al tanto de esta experiencia en la que el carnaval se burlaba de mí, bajándome desde mi nube de intelectualidad y alta cultura a mi tierra: era ya el ritual iniciático del misterio carnavalesco que tanto tiempo llevaba buscando.

Mi segunda lectura fue mejor. Acudí a mi especialista musical de confianza, quien interpretó para mí las partituras, y para nuestra sorpresa mutua no sonaba para nada como la pieza musical popular campechana que lleva el mismo nombre. Primer hallazgo: estábamos frente a una guaranducha muy diferente de la que promociona el INAH. Posterior a ello, regresé a la introducción de Juan, y lo que estaba expresado ahí no sólo hizo que el texto cobrara sentido, sino también multiplicó su valor. Juan explica en su introducción que él no es el autor del texto, sino una especie de padrino, o mejor aún, diría yo, de mayordomo como los que en Xochimilco reciben al Niñopa, sin que su gesto de hospitalidad sea de apropiación privada. Juan renuncia conscientemente a la figura de autor y su autoridad en el mercado editorial capitalista respecto a La Guaranducha. Esto no es ninguna exageración: Juan de la Cabada no sólo fue un excelente artista, sino un comprometido comunista que bajo ninguna circunstancia enajenaría al pueblo productor su propia obra, porque eso es La Guaranducha: una obra creada a través de las fuerzas productoras sociales organizadas de los vecinos de los barrios tradicionales habitados históricamente por las castas bajas de la ciudad extramuros: San Francisco, Santa Ana, Santa Lucía, San Román, quienes de manera autónoma gestionaban la producción de estos días, que eran santos porque los arrebataban con la fuerza de la alegría festiva a sus explotadores y opresores para vivir la vida que se extiende mucho más allá del trabajo enajenado. Así, Juan de la Cabada dice que tal obra no es de su autoría, sin embargo no se deslinda de ser parte de su creación… o mejor dicho, su re-creación, y que su edición facsímil forma parte de este juego colectivo que es el carnaval, del que nadie es dueño pero en el que sin excepción estamos invitados a jugar.
El juego de la comparsa de La Guaranducha se trata de una pieza de teatro cómico musical y popular hecha por los vecinos para los vecinos. No tiene fines de lucro y tampoco un afán legitimador de ningún poder jerárquico. Como todo juego que en realidad sea divertido y digno de llamarse así, es libre y gratuito. Se entiende que, al ser una pieza popular, es abierta y cada que se juega (como el play en las obras dramáticas del inglés) se agregan, se quitan o se modifican cosas: esa es la ventaja de una obra de dominio comunitario: nunca morirá mientras haya personas que quieran jugar a ella y evolucionará y se adaptará en la medida de las necesidades de su autopreservación. Entendido eso, cuando los malignos gestores públicos del Instituto de Cultura del estado midieron la posibilidad de apropiarse de La Guaranducha hospedada en el facsímil de mi Juan, respondí que era imposible: La Guaranducha no puede ser reproducida bajo la forma del trabajo institucional de una cultura jerárquica y alienante que sólo produce entretenimiento, sino que es un juego entre vecinos y necesita ser recreada como ocio liberador. Así pues, luego de emplear mis tiempos ociosos escaneando con mi teléfono celular sus bellas páginas, libero este juego con la esperanza de que llegue a cualquiera que aún en este mundo tan aburrido y esclavizante tenga la osadía de querer salir con sus amigos y Juan Carnaval a jugar en el bosque antes de que el trabajo alienado y explotador aparezca y nos coma y queme la alegría de nuestra libertad recreadora.

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Yare Monteón ha estudiado varios años de filosofía y se ha dedicado a investigar temas de metafísica, teología, política, ética y estética… y como si esto no fuera ya bastante malo, también desperdició su juventud vagando, haciendo gestión cultural independiente, facilitando talleres relacionados con las artes escénicas y la creación digital dirigidos a públicos vulnerables (infancias, adolescencias, gente cuir, etcétera), jugando a ser actriz, así como creando un canal cultural para YouTube de muy poco éxito comercial. Actualmente continúa siendo investigadora independiente y se dedica a transmitir sus conocimientos de filosofía, sociología e historia de México a las adolescencias campechanas en la universidad estatal.
Todas las imágenes que acompañan esta nota fueron tomadas del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires. La que funge como portada es la obra Solo de la cantante alta, de Juan Pablo Renzi.
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