En torno a la Virgen de los Remedios: meditaciones para una liturgia liberadora

por YareMon

De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca,
pero embriáguense
Charles Baudelaire

Prefiero la honestidad a la Verdad, por eso el estilo de este ensayo es una especie de meditación que parte de mi ego pensante. El punto de partida de mi reflexión no es el “yo pienso” cartesiano, descarnado, con pretensiones de universalidad o de alguna clase de autoridad epistémica o moral, sino mi carne, que sólo puede alcanzar conocimientos parciales sobre el mundo y que se encuentra sumergida en múltiples redes de relaciones de poder y dominación en las que nada, se ahoga y vuelve a salir a flote.

Quiero reflexionar sobre la Liturgia en un sentido feminista, desde mi posición y mis intereses. Mi posición: una teología después de la muerte de dios. Mis intereses: la libertad. Para esto, el texto versa sobre la liturgia de Mayahuel desde la perspectiva de una liturgia liberadora. Este ejercicio intelectual está guiado por las siguientes dos lecturas: La fiesta liberadoradel teólogo J. Moltmann, e Indias, mulatas, mestizas y criollas en la industria pulquera del México colonial, del historiador Arturo Soberón Mora.

Celebrar la integración, la comunidad, el espacio mágico de la comunión.

En su texto, Soberón Mora relata que el pulque era una bebida que se consumía intensivamente desde el periodo prehispánico en pueblos y ciudades. El consumo del pulque era tan importante que estaba asociado con rituales religiosos. La bebida se tomaba sin restricciones de género o edad en contextos litúrgicos. Moltmann, por su parte, nos dice que en las culturas precristianas y no cristianas el culto es la fiesta de los dioses donde retorna el origen puro del mundo y se renueva la vida. Así, las fiestas para Mayahuel —nuestra abuelita maguey— eran una liturgia en la que todos —mujeres niñas, jóvenes y viejas, y varones niños, jóvenes y viejos— estaban invitados a beber de su leche embriagadora. El culto a la Señora del Maguey estaba relacionado con las mujeres; es posible afirmar esto porque tanto su mito como iconografía están vinculados con la mujer, además de constituir ellas el gremio de productoras.

De acuerdo con el historiador, en la liturgia de Mayahuel todos andaban por la calle con pulque en sus manos y daban de beber a sus vecinos; también, tanto varones como mujeres bebían hasta la saturación. Esta fiesta se diluyó en el baño de pureza del cristianismo hispánico; sin embargo, no todos los vínculos entre las mujeres y el pulque desaparecieron. Mayahuel resucitó vestida a la moda novohispana como la Virgen de los Remedios, quien sugerentemente se encuentra representada sobre un maguey en algunas de sus iconografías. Con el territorio en proceso de hispanización, la producción y el consumo de pulque fueron regulados por la moralidad occidental. Fue así como se prohibieron los pulques curados con plantas mágicas, alucinógenas, lo cual no sólo erosionó la liturgia de Mayahuel, sino que también desplazó y enterró esta episteme farmacológica.

Cuando el calendario litúrgico católico se impuso sobre la antigua temporalidad, las épocas para rememorar el Acontecimiento ya no se podían festejar como antes y, entonces, el modo de consumo cambió. Se bebía siempre; y no para festejar y rememorar el Acontecimiento sino para aguantar las tristezas que había traído la guerra de conquista: enfermedad y muerte para las mujeres morenas descendientes de Mayahuel, poder y dominio para los blondos. El consumo se transformó en un escape deprimente para los oprimidos, además de que la moralidad cristiana también se ocupó de privar a las mujeres, por medio de la vergüenza, de participar del exceso tal como los varones. La resistencia que opusieron las mujeres consistió en no dejar de fermentar aguamiel para obtener pulque. De acuerdo con Moltmann, el mito cuenta el Acontecimiento y la liturgia lo representa con el culto. La fiesta recrea el Acontecimiento, en el que todo es como ese primer día, de ahí que la fiesta tenga carácter de renovación. El mundo moderno del trabajo despojó a la fiesta del pulque de su potencial regenerador: un momento festivo y alegre en que esa bebida se tomaba y se compartía entre los vecinos del barrio, lo que constituía un suceso de re-ligación comunitaria.

La liturgia no puede habitar únicamente en los templos de piedra vieja y cansada, y tampoco puede regresar tal cual fue; sin embargo, los atavismos perviven en las fiestas populares. Pienso en las novenas: fiestas organizadas por tías y sobrinas en las que se ora, se canta y el pan se parte y se comparte; pero también pienso en las fiestas alegres con los amigos verdaderos, en las que que sin necesidad de rememorar algún origen perdido nos reunimos para comer y embriagarnos; no para evadir la tristeza producida por las múltiples opresiones que nos dominan, sino para compartir alimentos, solidaridad, cariño y guaridas en las que descansar. Ahí, en nuestra asamblea festiva de poderes compartidos, se realiza no una fiesta para olvidar que no somos libres, sino una para producir espacios liberadores en los que paulatinamente sea posible subvertir las relaciones de poder y dominio que somos obligados a reproducir en la sociedad, creando también, poco a poco, lugares con lógicas más democráticas y comunitarias.

La fiesta y el baile como espacios primordiales de liberación y comunidad.

Las mujeres no sólo hemos estado excluidas de la liturgia cristiana, sino que a la fecha somos cuerpos marginados en casi todos lo espacios festivos donde esté presente la embriaguez aunque sea como símbolo. Baste pensar en la Eucaristía moderna, en la que sólo el sacerdote puede beber, no los feligreses —pero, ¿no hasta Jesús de Nazaret aprendió de mujer cananea que incluso las perras pueden comer de las migajas de su mesa?—. El código sexista moderno produce el estado de ebriedad como privilegio masculino. Un hombre bebedor no sólo es aceptado, sino que es reconocido como hombre entre los hombres; una mujer bebedora no sólo es vergonzante, sino que, debido a su vergüenza, su cuerpo embriagado es blanco de violencia sexual (¡si Mayahuel viera cómo los varones machistas embriagados con su leche tratan a sus nietas, que otrora fueran quienes guardaban sus misterios!). No olvidemos que son los violadores y no los borrachos quienes violan; que no es nuestra ropa corta ni el alcohol lo que produce las violaciones, sino el que decide abusar del otro.

En una liturgia liberadora no hay espacio para las tristezas; se trata necesariamente de un festejo para potenciar las alegrías, en el que vecinos, vecinas y vecinitos pueden juntarse a comer, beber y embriagarse en la casa de dios, junto a dios. Esto no quiere decir otra cosa más que habitar junto a los otros en un lugar hospitalario y respetuoso, donde no nos dañen ni violen por más ebrias que estemos, sino que nos cuiden; en donde haya solidaridad, democracia y alimento. Una fiesta en la que estén presentes el amor y la amistad, porque donde hay amor no hay cabida para el miedo, y sólo así puede ocurrir la libertad.


***
Yareni Monteón (Campeche, 1991). Maestra en filosofía y diplomada en teología feminista por la Universidad Iberoamericana. Ha trabajado como maestra de humanidades en el sistema privado de educación media superior y se ha desempeñado como gestora cultural en su estado, desarrollando talleres de danza y prevención de la violencia para infancias vulnerables, así como talleres de educación ambiental y un laboratorio de creación literaria para adolescentes. Últimamente ha dado pláticas de formación política en feminismo para mujeres por parte del Instituto Nacional Electoral (INE).

Instagram: @Yaremonkey

Todas las imágenes, portada e interiores, pertenecen a la serie Juchitán, de Graciela Iturbide, y están disponibles en http://www.gracielaiturbide.org

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