Una huelga aniquilada y un gringo rojo para narrarlo todo

por Samuel Cortés Hamdan

El periodismo está hecho para criticar, le dijo una vez José Ramón Fernández a Miguel El Piojo Herrera. 

El periodismo recoge la microhistoria del mundo y comparte el momento preciso en que un soldado en Salónica se recorta el bigote y empieza la Primera Guerra Mundial, por decirlo de algún modo; o bien, describe los fríos carcelarios del Paterson, Nueva Jersey, de William Carlos Williams, Jim Jarmusch y Allen Ginsberg, entibiados sin embargo por la pasión de la persuadida voluntad obrera. 

Eternizado en la historia de la escritura como testigo de la revolución bolchevique de 1917 y por el levantamiento insurgente de los campesinos villistas en la llamada Revolución mexicana, el periodista estadounidense John Reed pensó la lucha obrera y sus solidaridades callejeras; puntualizó el relato del exterminio de una huelga minera en Colorado, con la complicidad piramidal de leyes a modo, entre otros enlaces estratégicos; denunció con astucia editorial la hipocresía discursiva del Reino Unido y Francia, que condujeron a la confrontación bélica con Alemania en 1914 por no muy ocultas intenciones comerciales; apuntó las circunvoluciones humanas, bailadas, griegas, del frente de guerra, distintas de las distracciones diplomáticas y palaciegas en Ginebra, Suiza, más adelante una de las sedes de las desdentadas Naciones Unidas; recogió la cotidianidad del dolor en Serbia, Salónica, Rusia; escupió en la hipocresía pragmática de Theodore Roosevelt, dispuesto a reventar cualquier credibilidad esperanzada, honorable, en la democracia estadounidense; testimonió la falsedad del encono entre naciones que expresa la objeción de conciencia de los uniformados reales; recorrió la resistencia en tribunales y procesos asimétricos de la asociación gremial Industrial Workers of the World (IWW); compartió la imagen del arraigo comunitario y la persecución desdeñosa contra Gene Debs, y satirizó el imperialismo autoelogioso de los líderes del mundo —en única ocasión dentro del libro representado como farsa teatral, ¿diferente? del periodismo.

El Fondo de Cultura Económica (FCE), mediante su Colección Popular y en colaboración con la Universidad Iberoamericana, reeditó este 2020 un compilado de crónicas del autor de los Diez días que conmovieron al mundo, originalmente elaborado por la elegante editorial Era en 1981 y en traducción de las poetas mexicanas Isabel Fraire y David Huerta: crónicas breves del periodista estadounidense publicadas en un arco temporal que va de 1914 a 1919, y que recorre lo mismo las cárceles y el testimonio de los cadáveres anónimos que las ideas de un socialista contra la guerra mandatada por potencias económicas a pesar de los obreros concretos que empuñarán las armas, más bien abiertos a la camaradería y la tregua en la dificultad concreta, sudada y cotidiana del frente de batalla.

La masacre de Ludlow, pacto de clase entre autoridades gubernamentales y empresarios contra los mineros de Colorado, es uno de los principales pasajes de las crónicas de Reed. Imagen tomada de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.

Guerra en Paterson (y otras crónicas) compila diez episodios de la labor periodística de Reed donde conviven el descontento ensayístico del analista geopolítico con el accidente diplomático del arresto arbitrario en Rusia y sus tedios correspondientes, el camino entre brea para evitar contagiarse de tifo y la rabia policiaca que lo encierra en la ciudad que Jarmusch mitificó en su poema a la nadería, la poesía anotada en cuadernos, los gemelos azarosos y la sublevación anárquica en Italia, en una película estrenada en 2016 y titulada, precisamente, Paterson

Con su oficio de relator del estado del mundo, de sus cuestiones sanguinolentas y su violencia de clase donde los opresores insisten en humillar a los explotados, en los años del asesinato del archiduque austraico Francisco Fernando en Sarajevo, de la toma del Palacio de Invierno de San Petersburgo, de la organización o el apasionamiento obrero contra el abuso patronal que se asegura de operar leyes, tribunales, policías, ejército, gubernaturas, prédicas religiosas, presupuestos y organizaciones cotidianas conforme a los intereses de la explotación empresarial de la riqueza mineral del Colorado, Reed recuerda una de las capacidades centrales del periodismo: la de la denuncia reflexiva, la de la comprensión ensayística allende los fenómenos inmediatos, la del recorrido por el trasfondo filosófico de una violencia desatada por la lucha de clases, por la división cruel de la injusticia económica y sus derivaciones, además de ofrecer un relato central contra el mito oficialista y contra la autoproclama conveniente en el seno de la hegemonía.

Reiteradas veces los Estados Unidos se han autocalificado como la capital planetaria de la democracia y la libertad, sin embargo sus violencias intestinas no quedan subrayadas sólo en los tiroteos escolares del siglo XXI o en la fundación criminal de su identidad, como acusa Quentin Tarantino en The hateful eight, o en la pervivencia de la esclavitud ante una región más adelantada en mirar a los otros como iguales, o en la segregación racial que todavía tuvo que combatir el evangélico Martin Luther King ¡en la década de 1960!, sino que también son visibles durante la segunda década del siglo XX y quedan acusadas en los apuntes periodísticos de un reportero originario de Portland, Oregon. 

Adam Driver representa a un conductor de autobús y poeta en Paterson, la película y travesura de Jim Jarmusch. Imagen tomada de IMDB.

Curias religiosas expondrán descalificaciones contra los líderes obreros de Paterson desde el púlpito; Roosevelt dará cuenta de su genialidad humanitaria y multilateralista en sus confesiones discursivas (“No, los países débiles deben ceder ante los más fuertes, aun cuando desaparezcan de la faz de la tierra”); confrontaciones despiertas desnudarán que detrás de las concordias diplomáticas de Londres y París no hay sino sed comercial de aislar a Alemania en la jugosa explotación del Levante y el África, entre otros movimientos de la despreciable sinceridad de la dominación. 

Y la denuncia del envilecimiento de los señores del mundo convivirá con la esperanza elogiosa de los camaradas de clase, los desposeídos del devenir de la propiedad privada: “¡Háblenos a nosotros de guerra! Estos 101 hombres son veteranos de una guerrra que ha proseguido durante toda su vida, sangrienta, salvaje, llena de batanas espeluznantes que toman por sorpresa; de emboscadas; una guerra librada contra fuerzas que tienen poder ilimitado, que no dan cuartel y no obedecen ninguna de las reglas de la guerra civilizada. La lucha de clases, la antigua guerra de guerrillas de los obreros contra los patrones a escala mundial, interminable… ¡pero destinada a terminar algún día!”, anota.

Esta es una obra literaria que recuerda que el periodismo ocurre también en el testimonio, en la especulación analítica, en la revelación del detalle aunque no participe del bombardeo espectacular, sino en cambio recoja las huellas de sus calcinaciones o el dolor del rostro de sus comunidades afectadas a posteriori; y que la herramienta del discurso —conocimiento mediante la palabra— se alimenta en la toma de definiciones ideológicas y políticas, en la defensa de premisas teóricas como las causas económicas de la desigualdad y las herramientas organizativas para contravenirla, para concurrir en su desmantelamiento, pues el método es apenas una herramienta parcial que poco puede ante la contagiosa astucia de la subjetividad: Holy the supernatural extrabrilliant inteligent kindness of the soul, escribirá otro oriundo de Paterson, o casi, nuestro ya mencionado Ginsberg, autor de aquel tierno poema contra los Estados Unidos:

America
[…]
When can I go into the supermarket and buy what I need with my good looks? 

Más allá de los discursos patrióticos y en favor de la libertad, entre los detonantes de la Primera Guerra Mundial Reed identifica la ambición comercial de Londres y París contra el comercio alemán, fenómeno representado en esta caricatura de la época. Dibujada por Arthur George Racey y tomada de la Wellcome Collection.

Escribió William Carlos Williams, escribió Ginsberg, escribió Reed: en escribir se abre la oportunidad de la denuncia persistente, de la acusación creativa, de la recolección de detalles rumbo al asomo en el tiempo que nos permita, de la reflexión a la praxis, reconfigurar las fuerzas de descontento ante la violencia asimétrica de un supremacismo organizado, defendiéndose a sí mismo en ventajas presupuestadas, estructuradas.

Y en escribir se articula la observación del griterío dinámico de la camaradería que, para construirlo, empieza por imaginar un mundo más justo. 

“El francés solitario era un descendiente directo de los doctrinarios republicanos de la Revolución francesa. Había sido un demócrata por 13 años. Luego, de pronto, se convirtió al socialismo. Con extrema emoción, rebosó con argumentos a todos los presentes. Contaba con la misma fe ciega en las instituciones que caracterizaba a sus ancestros, el mismo intenso fanatismo, la misma disposición a morir por una idea. Muchos de los huelguistas eran socialistas de por sí, pero el francés estaba decidido a convertir a cada hombre en esa prisión. Todo el día se podía escuchar su voz, las palabras fluían como un río caudaloso, el tono de su voz subía hasta convertirse en gritos, hasta que el guardia lo callaba con una maldición. Cuando el gordo ayudante del sheriff de la oficina externa entró al cuarto, el francés intentó convertirlo a él también”, describe un Reed arrestado en Paterson. 

Las estampas, los testimonios, las reflexiones ensayísticas, las burlas dramatizadas de este periodista gringo nos recuerdan que la historia mayúscula, la que separa la Pangea política en nuevas configuraciones del orden mundial, sucede en diez, o más, días que, por su elocuencia y profundidad vinculante, transformadora, vibran capaces de por lo menos conmover al mundo.

Óleo de Jan Gordon que figura una habitación improvisada para heridos de guerra durante la Primera Guerra Mundial. Tomado de la Wellcome Collection.

***
Samuel Cortés Hamdan (Guadalajara, 1988)
 
Licenciado en letras por la UNAM, ha trabajado como editor y reportero en distintos medios mexicanos e internacionales. Escribe sobre cine, lo que pasa en la calle, los reveses de la emoción y su apego a los accidentes del terreno, así como de libros que tal vez querrían su reedición. Autopublicó un libro de varia invención, Me acuerdo, de libre descarga, y empolva otro de naturaleza similar en el cajón de los inéditos.
Twitter: @cilantrus

Imagen de portada: fotografía de James Gardiner que exhibe a soldados de la Primera Guerra Mundial apoyándose para encender sus cigarros. Tomada de la Wellcome Collection.

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