El torrent contra la autoridad: otras formas de ver cine

por Samuel Cortés Hamdan

Un fantasma recorre internet: el torrent.

Se trata de un pequeño archivo electrónico que detona la descarga de información de diferente naturaleza, comúnmente utilizado para compartir en la red de manera solidaria películas, discos, series, videojuegos, software. Una herramienta de intercambio cultural que de facto cuestiona la privatización del acceso al conocimiento, como hace la Pirateca, y que apela al internet que vislumbró Napster y que entiende el hackeo como una actividad política: una maraña de activaciones donde millones de internautas anónimos colaboran para aportar pequeñas fracciones del gran tinglado de datos que permita a los muchos, al ejército de los anónimos, el acceso a las bibliotecas, las filmotecas, los conglomerados artísticos del mundo.

Usar torrents no es difícil. Basta con rastrearlos mediante algún buscador especializado —constantemente desmantelados por la policía cibernética y en proceso permanente de camuflaje y migración— para luego activarlos y articular la descarga del archivo de interés con ayuda de un gestor de torrents.

Y pese a su acceso libre, el torrent es quizás todavía una herramienta no amplísimamente difundida, que se mueve entre los recovecos de la conversación en contrasentido a las industrias culturales que combinan la producción artística con ambiciosos criterios de rentabilidad. En contraflujo propositivo a los magnates nuevos y de siempre: Disney, Amazon, Apple, Netflix.

Sin embargo, el torrent permite que el hijo de vecino, el güerito de rancho, los expulsados de la jerarquía académica y de la percepción artística entendida como un problema de mercado, donde sólo consume quien paga, los don nadie del oleaje inaprehensible que es el conocimiento cultural, pues, se disponibilicen de manera autogestiva una filmoteca: el acceso franco y gozoso a Ettore Scola y Agnès Varda, Chantal Akerman y Aki Kaurismäki, Fernando Arrabal y Lucrecia Martel, Pablo Larraín y Petra Costa.

En un ámbito donde la oferta física para ver películas está acotada por razones de privilegio barrial y el acceso a la voz de ciertos autores se ve constreñido por dificultades de distribución, embudos de festivales, estrenos exclusivos, rentabilidades, el torrent se abre como una oportunidad para la anónima biblioteca pública con generosidad de enciclopedia: entre todos escribirlo todo, paladearlo todo, entrecruzarlo todo.

Cartel de Jodorowsky’s Dune (2013), documental de Frank Pavich sobre el intento del chileno Alejandro Jodorowsky de adaptar al cine la novela central de Frank Herbert y que tal vez sí o tal vez no conocimos gracias al torrent.

Altura desprendida conversó con el crítico de cine Alonso Díaz de la Vega a propósito de esta herramienta y de su impacto o influencia en la manera en que disfrutamos las películas en el llamado tercer mundo, tan saqueado como generador, creativo y resistente.

La cultura del torrent apela a un sentido de comunidad en internet. ¿Qué tan socializada crees que esté esta técnica para descargar películas y otros productos culturales?

Poco. Creo que, al menos en mi experiencia, es muy poca la gente que realmente sabe manejar esto porque además requiere de cierto nivel de privilegio. Si tú te dedicas a descargar torrents desde una pc va a ser más difícil que si lo haces desde una mac, porque la mac no se contagia tan fácilmente de virus como una pc; y, en todo caso, pues necesitarías un buen antivirus para hacerlo desde una pc. Obviamente necesitas una buena conexión a internet. Incluso siento que el dominio del inglés ayuda demasiado porque muchas películas que de repente busca uno, sobre todo las más, digamos, exóticas, sólo tienen subtitulado en inglés la mayoría de las veces.

Entonces creo que eso limita, por una parte, la cultura de la descarga y el torrent, y por otra parte está el hecho de que al final es un conocimiento técnico más o menos elaborado. Uno que ya lo domina pues no le ve más problema, pero mucha gente sí encuentra más dificultades para eso, entonces quizá también incluso en eso haya cierto nivel de privilegio involucrado.

Pero también creo que lo que pasa es que es una cultura más o menos nueva. Antes de la última década, más o menos, la mayoría de la gente que conozco que consume piratería se iba a Balderas o a La Lagunilla a buscar películas, sobre todo de un corte más marginal. A lo mejor con el tiempo puede convertirse en algo un poco más conocido por la mayoría de la gente, porque al final ¿quién no quiere tener contenidos completamente gratuitos? Sobre todo en medio de este clima de hiperconsumo de los servicios de streaming: ya de repente tienes más de una decena de servicios a los que les tienes que pagar una suscripción de 200, 300 pesos y ya es más caro que tener un servicio de cable.

Creo que de alguna manera tiene también esta parte contestataria muy importante. Con el auge del streaming yo creo que (el torrent) se va a ir haciendo todavía más importante, va a haber una socialización más generalizada al respecto.

La nueva fase de un villano tan archiconocido como multimillonario.

¿Crees que se politiza este uso de la información cultural, digamos que empoderando a su usuario, o que pesa más la explotación pirata que más bien busca abaratar gastos de producción mediante actos como la evasión de impuestos?

Yo nunca vería a la industria como las víctimas, honestamente, porque al final la mayoría de las películas que se consiguen de forma ilegal son películas que generan una cantidad exorbitante de ingresos.

Obviamente —y lo puedes ver en cualquier página de torrents— se descarga mucho más cualquier película de Marvel que una de Kira Murátova o Binka Zhelyazkova. De alguna manera el torrent también es una extensión de ese terreno de consumo capitalista donde se ven reflejadas las mismas preferencias que en el mundo, digamos, exterior. Entonces, las películas que más padecen de la existencia de las descargas ilegales son las que más reditúan en las salas de cine y en los bluerays y dvds originales.

Honestamente, yo no creo que (el torrent) represente una pérdida significativa. Puede representar una pérdida más importante en películas más pequeñas, en estrenos más pequeños que se consuman de este modo, sin duda, pero también muchas veces las películas más pequeñas están realizadas con apoyos a las artes, apoyos de fundaciones o de gobiernos, entonces no son películas hechas con fines de lucro, son películas que si lucran muchas veces es por una cuestión verdaderamente milagrosa.

Pero las más de las veces incluso te encuentras con cineastas que están contentos de que la gente pueda tener acceso a sus películas de algún modo. Yo recuerdo mucho una entrevista que hizo un buen amigo mío, Michael Guarneri, a Lav Diaz, el gran cineasta filipino, y hablando sobre este tema de la piratería a Diaz no le molestaba en lo más mínimo porque lo consideraba como un acto antiautoritario, un acto anticapitalista sobre todo que de alguna manera sugiere la importancia de las imágenes por sí mismas. Que a lo mejor puede ser algo muy romántico, pero al final Lav Diaz produce con unos presupuestos mínimos con tal de evitarse esta necesidad de lucrar a partir del cine y eso, obviamente, le da una autonomía estética muy grande.

Entonces creo que sí tiene una cualidad política el descargar piratería porque es enfrentarse a este sistema; incluso creo que en el caso de todos estos cineastas que están siendo acusados de cosas espantosas —desde violaciones, acoso, hasta crímenes peores, incluso— puede ser una manera de protestar: “Si me interesa tu obra, pero no me interesa darte dinero por ella”.

Creo que es una forma válida, que sin duda se puede politizar. Por supuesto, habrá otras perspectivas que defiendan más a la libre empresa y a la gran industria. Pero honestamente, por ejemplo, las películas mexicanas de entretenimiento, las películas comerciales, estas comedias románticas espantosas —que además, siempre lo he dicho y siempre lo voy a decir, son socialmente tóxicas, socialmente peligrosas por su homofobia, por su misoginia, por su clasismo, por su racismo—, me parece más inmoral que esas películas estén generando las cantidades de dinero que generan en taquilla a que se les trate de minar un poco ese éxito a partir de la descarga ilegal.

Yo insisto: no puedo ver a la gran industria como la víctima. Quizás películas que sí tengan algún fin de lucro, películas pequeñas y que dependan de los ingresos que puedan llegar a recibir, ya sea en salas cinematográficas o por la venta de formatos caseros, ahí tendríamos un caso muy específico donde quizá valdría la pena acercarse por la vía original, precisamente también por una voluntad política de apoyar cierto tipo de cine, pero creo que es un caso muy raro.

Cartel del estreno de 2018 del filipino Diaz.

Parece indiscutible que es parte insoslayable de la vida cinematográfica en México recurrir a estrategias alternativas para ver cine: las películas de mantita en el piso, los enlaces en servidores hechizos o la descarga autogestiva de títulos desafiantes; prácticas que tal vez devuelven al cine a su naturaleza de atracción de feria y de entretenimiento comunitario sin academicismo. 
¿Crees que esto es así, o bien que se afecta a productores y creadores con estas alternatividades, que tendrían que conocerse las películas sólo por canales oficiales?

No creo que esto devuelva al cine a un estatus de atracción de feria, creo que Marvel es el que devuelve el cine a un estatus de atracción de feria, es el cine mismo el que muchas veces se comporta como eso, no creo que dependa absolutamente del formato. Por otro lado, mencionas un entretenimiento comunitario sin academicismo: no lo sé, porque a través de las descargas ilegales uno se puede encontrar películas para estudiarlas, películas muchas veces de un corte más marginal, de una estética más autónoma, más vanguardista, entonces yo creo que puede representar cualquiera de las dos cosas.

Ahora, ¿tendrían que conocerse las películas sólo por canales oficiales? En el paraíso capitalista, sí, supongo; en el paraíso capitalista donde nadie le da ningún tipo de beca o de presupuesto a las artes y las artes se tienen que valer por sí mismas, (entonces) supongo que sería mejor que todos podamos pagar por el contenido, pero entonces tendríamos que vivir en una sociedad utópico capitalista donde toda la gente tenga los suficientes ingresos como para gastar tranquilamente en una película, pero no es así.

Para mí, idealmente, las artes deberían de estar completamente fondeadas por el Estado. Obviamente es algo que a mucha gente no le gusta porque temen la censura del Estado, pero, ¡por favor!, la Unión Soviética ya se acabó hace mucho tiempo. Por supuesto que hay intereses políticos en el tipo de películas que se producen muchas veces (desde el Estado), sí, pero por lo mismo tendríamos que imaginar un Estado que está bien regulado por institutos autónomos.

Cartel de El árbol de Guernica (1975), película del español Fernando Arrabal estrenada en el año de la muerte del dictador Francisco Franco.

En esas condiciones utópicas, la verdad es que preferiría eso; pero no lo sé, al final las dos son utopías: lo que importa es cómo vivimos ahorita y cómo funcionan las cosas ahorita y yo creo que en este momento es muy difícil ver ciertas películas de no ser por las descargas ilegales.

Muchos de mis cineastas favoritos los conocí así, muchos de los cineastas más radicales, más autónomos, porque a veces simplemente no hay disponibilidad de la obra, a veces simplemente no la puedes encontrar ni en dvd ni en blueray ni en streaming ni en nada, y entonces da curiosidad encontrarse con cierto tipo de cosas, y si esa es la única forma de acceder a ellos no creo que debería ser tan problemático. Porque además muchas veces son películas que ya ni se ven en general, películas que tienen más de treinta, cuarenta años, donde las y los directores ya murieron. Entonces, realmente, ¿cuál sería el argumento de tener que darle dinero a los productores? Porque además los cineastas son empleados, ellos ya están pagados con un salario, salvo que tengan un presupuesto de las producciones.

Creo que hoy en día yo no veo ningún problema y al contrario, veo muchos beneficios en la posibilidad de descargar no sólo películas sino, por ejemplo, libros también ilegalmente, porque tienes un acceso inmediato al conocimiento como el que te daría una biblioteca. El problema es que en México no tenemos bibliotecas donde puedas encontrar, por ejemplo, los libros de Siegfrid Kracauer o de Lotte Eisner o de Claire Johnston, etcétera. O sea, no hay espacios públicos que brinden ese acceso al conocimiento.

Entonces, me parece que esto empodera a los espectadores, a los lectores y a toda la gente que descargue cosas porque te da la posibilidad de consumir mucho, de aprender mucho, sin gastar. Si bien se requiere de cierto privilegio para poder acceder a los torrents, también creo que es una inversión que se compensa en el momento en que ya no tienes que pagar una millonada por ver películas o por ver libros, y eso hace mejores espectadores, mejores lectores, mejores críticos.

Un acceso inmediato y libre al conocimiento siempre va a provocar mejores sociedades.

Un poco más de películas de Marvel y a lo mejor nos comprendemos luego.

Estimo que hay al menos dos tensiones permanentes de experiencia del cine, aunque se entrecrucen, por supuesto. Una es la del trending, pertenecer a la conversación dominante que imponen el márketing y fuerzas trasnacionales como Disney, Netflix o el Globo de Oro, y la otra es la aproximación autogestiva a la experiencia estética, que va armando curadurías según ritmos domésticos y conversacionales.
¿Crees que esto es así? ¿Es necesaria esta tensión? ¿Qué papel juega la cultura torrent en esta contradicción?

No creo que estén en tensión, creo que se ignoran mutuamente.

Vamos, hay una tensión en términos de la búsqueda de los productos cinematográficos por la atención de la gente, sí, pero no hay una tensión entre los grupos de espectadores. Y no sé si diría que hay una tensión entre el hacer las dos cosas porque al final, vamos, yo veo Paddington (Paul King, 2014) y también veo las películas de Binka Zhelyazkova, que mencioné hace rato, que son muy difíciles de encontrar y entonces solamente a partir de este medio se pueden ver.

La cultura del torrent lo que hace es reflejar los modos de consumo que hay alrededor de él. (El torrent juega el mismo rol) que juega la exhibición en cualquier otro modo, como ya lo habíamos discutido hace rato.

Paddington es la historia de un osito peruano que viaja a Londres.

¿Requerimos como espectadores de cine divulgar herramientas de descarga como el torrent? ¿Es deseable recomendar estas herramientas a las audiencias?

Sí, porque permite el acceso a una cultura muy vasta de manera gratuita e inmediata, yo no veo qué argumento pueda haber en contra de eso.

Creo que a lo mejor, idealmente, las bibliotecas tendrían que sustituir eso, como, por ejemplo, lo ha hecho Kanopy en Estados Unidos, que es este sistema de streaming para estudiantes al que están conectadas todas las bibliotecas de Estados Unidos y de repente tiene unas películas muy, muy, muy raras —raras en cuanto a que es muy difícil acceder a ellas— y eso me parece muy útil y muy importante, pero el problema es que en México no tenemos esa cantidad de bibliotecas y mucho menos esa calidad.

Mientras no haya eso, nuestra biblioteca será la piratería.

¿Puedes compartir una relación de tu experiencia como crítico y espectador con el torrent?

Lo puedo reducir a algo muy sencillo: veo dos películas diarias y no es porque sea multimillonario para comprar tantos dvds y bluerays y servicios de streaming.

Creo que donde más he aprendido sobre cine definitivamente ha sido a través de este tipo de descargas porque es, como ya lo decía antes, el único lugar desde el cual puedo acceder a cierto tipo de filmografías. Y yo creo que si uno quiere dedicarse a la crítica, si uno quiere hacerlo con cierto grado de ética y responsabilidad, uno necesita unos hábitos de consumo cinematográfico que impliquen un amplio nivel de diversidad, de pluralidad, y eso no te lo permiten los servicios de streaming.

O sea, Netflix por cada película arriesgada que tiene —como milagrosamente ahí hay dos películas de Cristi Puiu, por ejemplo— tiene veinticinco, o más problablemente, de estas comedias burdas hollywoodenses de los últimos diez, quince años. No sé si podría mediante solamente canales oficiales.

Ahí está afortunadamente Mubi, que sí tiene muchas cosas, incluso cosas que puede ser difícil conseguir en los torrents. Pero entonces, lo que se necesita es balancear un poco entre servicios que realmente pueden proporcionar esa diversidad y las descargas que puedan complementar las ausencias que hay dentro de estos sistemas, porque no son perfectos.

Obviamente sería mucho mejor tener cualquier película al alcance y saber que se le está otorgando un cierto monto de dinero a la gente que produce, pero los servicios de streaming tampoco es que le den una millonada a este tipo de películas. La verdad es que se compran por valores más o menos bajos.

El fin es la exhibición, y por eso de repente a muchos cineastas les gusta ver cuando sus películas están disponibles en pirata. Me acuerdo de que el pirata que está afuera de la Cineteca estaba muy orgulloso porque Alejandro Jodorowsky fue a comprar una película suya ahí. Al final ese tipo de obras, ese tipo de cineastas, lo que buscan es tener audiencia, tener espectadores, no generar ingresos tanto como lo desea una película de corte más bien industrial.

La grande bellezza (2013), de Paolo Sorrentino, reelabora La dolce vita de Fellini y explora la frivolidad como un privilegio de clase, donde el arte es otra forma del capital simbólico que hincha a las élites.

***
Samuel Cortés Hamdan (Guadalajara, 1988). Licenciado en letras por la UNAM, ha trabajado como editor y reportero en distintos medios. Escribe sobre cine, lo que pasa en la calle, los reveses de la emoción y su apego a los accidentes del terreno, así como de libros que querrían su reedición. Guarda dos inéditos en el cajón.
Twitter: @cilantrus

Imagen principal: fotograma de The zero theorem, distopía dirigida por Terry Gilliam, estrenada en 2013 y protagonizada por Christoph Waltz.

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