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Alexs Syntek: el dios que nunca fue

¿Quién le avisa al emperador que va desnudo?

por Mariano Yberry

El comentadísimo episodio de Aleks Syntek va mucho más allá de un hombre frustrado y arrogante: es la catarsis ante un cambio cultural y artístico que lleva consolidándose varios años, un nuevo paradigma al que tuvo que enfrentarse una industria acostumbrada a imponer gustos y tendencias, a crear ídolos de barro.

Ese hombre de 56 años ya no soporta saberse un simple mortal. Su falsa lucha contra el reguetón es sólo un pretexto para no aceptar que personajes como Bad Bunny tienen mayor trascendencia (económica y cultural) que artistísimos como él, que desde niño ha estado bajo los reflectores, acostumbrado al halago inmediato, a la zalamería de la farándula que sostuvo por años tantas carreras de personas sin talento ni gracia (muchas de ellas ahora encumbradas como leyendas de la cultura mexicana). Su nostalgia es por la sacralidad de que dotaba la fama y que ahora está a disposición de millones de personas: en un abrir y cerrar de ojos te puedes volver la persona más solicitada del internet, aunque se trate de una fama efímera o completamente ridícula.

Syntek no tolera que presumir su carrera de 35 años ya no provoque nada. A nadie impresiona ya su trabajó con Alan Parson o si se cree el inventor del rap en español (una falacia que revela, precisamente, la burbuja en la que creció, alejado completamente de la escena musical que no estuviera bajo el dictado y órdenes de Televisa y compañía). Por eso no puede controlar su frustración. Hace años, presumir todos sus logros era suficiente para creer que se ganaba la admiración de las personas. Y es probable que durante mucho tiempo esto se logró por cierta inercia: los famosos se nos presentaban con un aura impactante, eran literalmente semidioses que estaban fuera de todo alcance.

Hasta que llegó el internet.

Cambia lo superficial, cambia también lo profundo.

El creador de clásicos del pop mexicano como «Sexo, pudor y lágrimas» o «Te soñé» pertenece a una generación de artistas que sabían que si satisfacían a la maquinaria televisiva y el monopolio radiofónico, tendrían el camino asegurado. El éxito financiero y mediático se mantendría estable si seguían las reglas del juego, si cuidaban las formas y se alineaban a lo que la hidra establecía como el parámetro mínimo para ser artista. Es decir, no era un reto de desarrollo artístico y crecimiento profesional: pasabas el casting y el resto era soportar los mandatos de unos ejecutivos que tienen la misma sensibilidad artística que una piedra.

Lo que el internet vino a revelar es que mucha de esa fama y popularidad se sostenía con palillos, era la ilusión de una industria nacida y posicionada en la comunicación vertical, en la unilateralidad, cuya fuerza y resiliencia venían más de la falta de oferta y de la cooptación tecnológica que de un verdadero impacto cultural (sin duda, a fuerza de monopolio, impuesto con eficacia en más de una ocasión).

Con ello no quiero decir que Aleks Syntek nunca fue bueno. De hecho, recuerdo que cuando era niño era de mis cantantes favoritos, únicamente por los hits que conocía de él y que sonaban diariamente en la radio. Hizo jingles para comerciales de una duración de apenas segundos e intros de series que perduran en la memoria colectiva (ni siquiera necesito nombrarlos para reconocerlos). No dudo de su talento, pero su reciente episodio en el Grito de Independencia de este 2026 dejó claro algo: el impacto de su obra es mucho menor a lo que en realidad él llegó a pensar. Las listas de popularidad, la monótona programación radial y, en resumen, la industria para la que trabajaba distorsionaban y engrandecían su éxito. Hoy la industria es otra.

Insisto, Aleks Syntek logró crear clásicos del pop porque es talentoso, nadie lo duda. Lo que también es un hecho es que la fama que devino de su genio estaba respaldada por una industria en la que no existía la verdadera retroalimentación de las masas, donde la oferta era limitada. Generaciones crecimos viendo a los famosos siendo estrellas en un mundo ajeno a los simples mortales que, creyéndonos carentes de habilidad, alabábamos sin chistar (salvo por aquellos sujetos contraculturales que siempre dieron lucha contra la hegemonía cultural y se mantuvieron a raya del dictado del momento de la industria del arte y el entretenimiento).

El internet vino a democratizar la generación de contenidos y la creación artística con herramientas que permitían ver el rating en tiempo real. No sólo fue la forma, fue el contenido, el negocio; el alcance que antes se limitaba a un grupo de élite ya estaba al alcance de un chamaco que grabó a Édgar cayéndose de un árbol o de un par de hermanos que hacían lipsync con canciones de los 90. En aquellos años dorados de la masificación del internet (una época en la que la industria se negaba a aceptar que perdió contra Napster), los grandes consorcios de los medios subestimaron el poder de una tecnología que hoy, en 2026, dirige el rumbo de sus negocios porque La Casa de los Famosos está hecha para el internet, constituida por aquellas viejas estrellas que están sedientas por entrar al mercado de la atención. La red de redes fue un invento que les quitó la autoridad sobre lo que debe y no debe ser masificado: Prometeo nos devolvió el fuego, aunque los dioses lo reclamaron en poco tiempo y ahora vivimos presos del algoritmo.

Cambia el modo de pensar, cambia todo en este mundo.

En este contexto, alguien como Aleks Syntek tiene que competir con personajes como Bad Bunny, quien mucho antes de sacar su primer disco ya tenía más reproducciones de las que el mexicano podrá tener con todos sus éxitos, ya sin siquiera señalar los hitos globales que ha sumado el puertorriqueño (también sustentados, sin duda, por la digievolución de la industria cultural). Más allá de las modas en los géneros, la frustración y molestia de nuestro Elton John es contra la democratización de los medios para crear, como él mismo ha reconocido públicamente. A él no le gusta que un don nadie pueda crear en su home studio un hit que Syntek no ha compuesto en años; le parece indigno que miles de artistas exitosos no requieran vender su alma a una empresa para lograr, en meses (o quizás horas), lo que Aleks lleva años sin lograr: conectar con la gente. Esa desconexión con el público no viene sólo del género en turno que domine el mainstream, sino de su soberbia. Él quiere volver al mundo en el que creía que éramos un público acrítico, un mundo en el que sólo se enfrentaba a las personas a través de los ojos de su equipo de trabajo. Pero ese mundo ya acabó. No significa que hoy no idealicemos a los famosos, pero nos queda claro que no se necesita un talento sobrehumano para conectar, para entretener, para chismosear, para bailar, para hacer reír, para ser famoso. A veces sólo se necesita un chiste y una cámara. En otras, incluso sólo un gesto aleatorio captado en un video para convertirte en ícono, como sucedió con el famoso Lady Wuu (irónicamente, captado por la televisión), o para transformarlo en un meme involuntario.

Ahí está Macario Martínez, músico romántico que apuesta por el folclore y la sonoridad clásica del cantautor de la vieja escuela. Gracias a un tiktok de hace dos años hoy tiene una nominación en los Latin Grammy (en una edición que, curiosamente, dominan cantantes, compositores y multiinstrumentistas como Jorge Drexler); es decir, se ganó el respeto de la industria musical institucionalizada y del mercado con una historia digna de Televisa. Un talento indudable que no pasa por el radar de Syntek porque él sólo ve el espejo, porque no le interesa salvar la música romántica ni a los cantantes ni la identidad mexicana: lo que quiere es el aplauso fácil y la admiración enfermiza. Como no puede reconocer que la industria lo rebasó, prefiere buscar a un enemigo y sentirse un forajido por desafiarlo.

Syntek cree que es víctima de una conspiración por decirle a la industria que está mal. En todo caso, es víctima de los delirios de grandeza alimentados por la meritocracia. Su lucha por los buenos modales es poco creíble, como si en su tiempo no hubieran existido artistas pop, la hipersexualización, como si sus ídolos, como los Rolling Stones, no hubieran puesto el pito de Mick Jagger en la portada de Sticky Fingers. Si de hecho su soberbia fuera una encarnizada lucha por el bien y la familia, este cantante podría alejarse de esa industria y volverse independiente, como han hecho otros referentes populares, como Ely Guerra, Julieta Venegas o Café Tacvba. Implicaría más trabajo, quizá, pero para alguien de su trayectoria es innegable que no sería el mismo escenario en el que una banda de rock independiente se encuentra cuando inicia desde cero.

Pero no es el caso. Él no quiere ser un productor o cantante que machetea la buena música tras bambalinas, quiere ser el dios que nunca fue, esa estrella que estuvo acostumbrada a que lo llamaran maestro y que exige que su público lo defienda ante sus propias declaraciones petulantes y tropiezos.

No es víctima de ninguna conspiración, lo sabemos. Es parte de una secularización de la farándula, de un momento en el que la autoridad televisiva ya no nos significa nada (o, en todo caso, muy poco) y no representa para la industria un peso contundente que acabe con carreras. Ahí está Pati Chapoy, otrora la mandamás del espectáculo: desde hace años ha visto cómo su figura se desdibuja y pierde fuerza. De nada ya sirve que diga que Mon Laferte es una vulgar y pornográfica porque la chilena sigue de gira nacional e internacional, conquistando sus propios retos. En otras épocas, Chapoy habría acabado con su carrera, pero en el presente es abucheada en el Auditorio Nacional tras demostrarnos, junto con el sin chiste de Pedro Sola, que son humanos miserables. Ángela Aguilar sintió que por su apellido y linaje todos la amaríamos de facto, que nos parecería interesante que se sienta argentina o que es infalible. Sus declaraciones soberbias (sumadas a los actos y afirmaciones del barbaján de su marido) han pesado más que su propia música, y ninguna portada o premio que pueda cabildear su padre nos hará verla de otra forma: sabemos que es una niña mimada y que nos exige un cariño que no se ha ganado.

Este cambio de paradigma agarra a unos mejor parados que a otros. Ahí está Cristian Castro como nuevo ídolo contra la autoexplotación, un filósofo del hedonismo que hoy tiene el privilegio de poder reírse de sí mismo mientras ve cómo la generación de niños que lo escuchaban con sus padres revienta sus conciertos, apoya su banda de metal y le guarda un cariño que pareciera inexplicable (personalmente, se me hace un tanto forzado, aunque por supuesto que canto a todo pulmón más de una canción del Gallito Feliz). Ahí está la bola de famosos tratando de captar a un nuevo público a través de reality shows denigrantes (saludos a Mario Bezares).

Hay quienes son conscientes de su condición y de cómo llegaron al lugar que llegaron. La clave está en no tomarse tan en serio, sobre todo si eres alguien que puede darse el lujo de no hacer nada y vivir plenamente en el exceso. E incluso, aun sin ser parte del mundo de la farándula, sin importar el ámbito en el que se desarrolle uno, es de todos sabido que nadie es inmune al cambio, o quizá sólo Aleks Syntek goza esta condición y por eso está tan convencido de que es un outsider en una sociedad decadente: relato atractivo para alguien que cree que ha sido ninguneado de la historia de la música nacional.

Si insiste en asumir este papel, si sigue regañándonos por no amarlo y, en cambio, escuchar reguetón, nos quedarán, como siempre, las canciones, y ese el único consuelo en un mundo de locos y de transformaciones vertiginosas de las que nadie escapará.

Pero no cambia mi amor, por más lejo que me encuentre.

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Mariano Yberry
. Bluesero errante entre la música y el periodismo.
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Spotify: Yberry

Las imágenes que acompañan esta entrada fueron extraídas en su totalidad del Facebook del aludido.

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