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Mariposas revolando sobre un cerco policial

Madres buscadoras desafían la inauguración del Mundial de Futbol 2026.

por Éber Huitzil

Y frente a las amenazas —veladas y ni tanto— del gobierno de la Ciudad de México, frente a las burlas y el “sospechosismo” de la presidencia, al uso de funcionarios menores y burócratas —van a tener el día libre, pero van a tener que usar chalecos blancos y pararse frente a manifestantes para que no logren llegar al estadio porque ya no alcanzan los policías con equipo antimotín o tal vez sí alcanzan, pero las viejas tácticas priistas de acarrear funcionarios para intimidar movimientos sociales (“no vamos, nos llevan” ya gritaban los burócratas desde los autobuses frente al Zócalo en 1968) no pasan de moda—; frente a todo esto, las familias de personas desaparecidas no se intimidaron en el día uno del Mundial de Futbol de 2026, inaugurado en la capital del país.

Antes bien, respondieron con el ingenio que les caracteriza. Intervinieron las playeras de la Selección Mexicana con los rostros de sus desaparecidos, aunque ningún dorsal tiene espacio suficiente para los ceros que hay ante + de 130 mil desaparecidos.

Desde la primera hora de la mañana.

Pintaron canchas irregulares en el asfalto para echar cascaritas en las calles que han tomado desde una noche anterior a la inauguración porque hay que ocupar el espacio público, ya que en las oficinas e instituciones parece que nadie les hace caso, ahí el tiempo tiene otro ritmo, el más ralentizado del país; hicieron sus propias versiones del álbum Panini con los rostros y fecha de desaparición de sus hermanos e hijos; retomaron el logo del equipo mexicano y sustituyeron el águila; en su lugar, al centro, pusieron la pala, la que usan cotidianamente para intentar desenterrar todos los cuerpos de esta gran fosa clandestina llamada México. Si todo el márketing busca reforzar el nacionalismo tricolor, la intervención a cada símbolo de identidad nacional es el recordatorio de que este país está lejos de ser una uniforme identidad endulcorada, sin dolores ni vacíos ni impunidad ni violencia ni ausencias ni…

Y entonces, ahí estábamos, con las familias poniéndose la playera intervenida, a las ocho de la mañana afuera entre un metro y un tren ligero que dejó de ser un transporte de masas que vale tres pesos a ser de uso exclusivo para aquellos que pagaron un boleto de 30, 100, 120 mil pesos de acceso al estadio: otro de los tantos gestos que el capital impuso a esta ciudad para recordar que lo menos importante del futbol es el juego y lo más, cuánto dinero se embolsa esa empresa llamada Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA), que no ha dejado de celebrar y reivindicar que nunca en su existencia ha obtenido ganancias tan estratosféricas como lo espera hacer en los siguientes días.

Regateando al ajolote.

Pero eso es sólo el contraste, el ruido de fondo en este parque donde las familias se han reunido y toman sus fotos, se acomodan el jersey, extienden la lona y empiezan a marchar.

Pausa, el principal colectivo de familias congregado acá se llama Colectivo Mariposas Destellando, buscando corazones y justicia. En su logo visten tres porque dicen que para que las mariposas sean mariposas tienen que atravesar un gran sufrimiento; que para ellas son el ejemplo natural de la resiliencia. “Así como las mariposas son delicadas y sufren en su migración, las mamás, en nuestra travesía, no nos detenemos”, me dice Laura Curiel, quien busca a su hija Daniela.

Otra vez, tomar la Calzada de Tlalpan.

Un centenar de personas, entre familias y jóvenes entusiastas que también se han dado cita para acompañar, cruza la Calzada de Tlalpan y en menos de un kilómetro el acostumbrado surrealismo mexicano aparece: mientras el contingente se forma y extiende su manta con cientos de rostros —tantos que, aunque sean una pequeña fracción, alcanza para cubrir de cabo a rabo la avenida—, un grupo de aficionados ya toca el tambor y sopla las trompetas de plástico y brinca y ondea banderas tricolores. Entre ambos, un grupo de cristianos se escabulle y extiende insistentemente pequeñas tarjetas con código qr que hay que escanear para obtener la salvación. Más adelante, mientras las familias corean una consigna —¿Dónde están, nuestros hijos dónde están?—, los testigos de Jehová se encuentran parados, con su estante de publicaciones, expectantes de que alguien se acerque para preguntarles dónde está dios… el resto del cuadro es un vecino paseando a su perro, renunciando a tratar de entender todo lo que pasa a su alrededor, ¿o acostumbrado a estos collages citadinos?

Laura Curiel, elocuente frente al estadio.

El contingente sabe que adelante hay un cerco enorme: bloques de concreto, autobuses y cientos de policías pertrechados detrás de todo, con la orden de no dejar pasar a nadie que no tenga boleto.

Todavía faltarían unos dos o tres kilómetros para llegar a la última milla, el círculo de seguridad profundo, ese sobre el que el secretario de gobierno de la ciudad les dijo a las madres días antes que no iba a ser posible ver, porque se trataba de un “asunto de seguridad nacional” —y las madres se preguntan qué significa eso cuando en el día a día buscan a pesar del miedo y las amenazas mientras ningún asesinato de una madre buscadora ha sido resuelto—.

Jóvenes entusiastas, vecinos de la zona, se acercan a advertirles dónde y cómo están acomodados los policías, qué bocacalles están cerradas para evitar que el contingente escape… Calzada de Tlalpan está por convertirse en un callejón sin salida: bocacalles custodiadas por policías, también el muro y rejas del tren ligero al otro lado, más policías al frente. Entonces las buscadoras se miran y dicen: “nuestro objetivo es llegar al estadio” y es lo es lo que van a hacer. Toman un puente peatonal, cruzan la avenida y empiezan a caminar en sentido contrario al flujo vehicular, a esquivar autos, y poco a poco vuelven a extender la manta, a ser un contingente al que se le han unido más personas. Y ahí van los periodistas, los jóvenes entusiastas encapuchados con una voz en la que se les nota la corta edad y que hacen pintas pero que les dicen a las familias: “si la policía quiere golpearlas, nosotros vamos a defenderlas”.

Resistir.

Entonces, las familias, en un movimiento le han dado la vuelta al retén de policías más grande que hayan visto. Las rejas del tren ligero las separan y mientras ellas continúan su camino los policías, encuartelados desde hace tres días sin bañarse, esos que llevan semanas persiguiendo manifestaciones, las ven desde el otro lado, cansados y no sé si incrédulos, sólo apoyados en sus escudos; miran a las familias seguir, a esa mancha de camisas verdes que no canta, pero que sí grita consignas y aprieta el paso. No se sabe si los policías van a recibir órdenes o van a correr detrás del contingente, pero las familias continúan caminando. Más adelante vuelven a cruzar Tlalpan a nivel de piso, aprovechando una intersección entre el tren ligero y los autos, que está vacía. No hay policías, sólo unas vallas que una tercia de empleados de seguridad privada intentan defender sin éxito. Y pienso que si acá ya no hay policías es porque se quería dar la sensación a los aficionados de un ambiente relajado, pero también porque el Estado no esperaba que alguna manifestación se colara hasta este punto.

Como sea, el contingente ya no es de un centenar de personas, ha crecido a un poco más del doble. Más familias han logrado unirse, más jóvenes y civiles se han sumado y avanzan, empujan las rejas de acero con facilidad y dejan a la policía atrás. Otro grupo de familias que ha estado encapsulado por la policía desde las seis de la mañana ha cruzado de nuevo un puente para unírseles y avanzan, todas están ya juntas y a unos 400 metros del estadio.

Quizás porque no es la única entrada, quizás porque detrás de las mamás la policía se prepara para evitar a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), maestros con larga tradición de lucha que han venido a protestar que la presidenta cumpla su promesa de campaña, quizás porque uno y otro bloque negro se encuentran en otras avenidas que dan acceso al estadio, peleando con la policía, quizás porque la dignidad y fuerza de estas familias es grande aunque parezca una mancha de rostros frente al aparatoso despliegue policial, frente al estadio que retiembla por la afición y los fuegos artificiales y los aviones parte del espectáculo. Hoy estas familias lograron pararse a unos metros de esa fiesta a la que no estaban invitadas.

Están cansadas por el recorrido, el sol, la incertidumbre, pero su capacidad para esquivar cualquier dificultad ha roto el protocolo policial y están acá, haciendo un pase de lista con un megáfono frente al estadio, cada una de ellas se acerca y nombra al pedazo de corazón que le hace falta, y el dolor, pero también la fuerza, se colectiviza:

“Alan,
Diego,
Eduardo,
Felipe,
Ángel,
Christian,
Daniela,
Mariela,
Yatzil,
Víctor,
Isabel…”, y la voz comunal responde: “ahora y siempre”.

Otras alas, otras señales.

Más fuegos artificiales de fondo, helicópteros ondean la bandera de México alrededor del estadio, se escucha el silbatazo inicial, la gente arroja sobre los uniformados pétalos de los cempasúchiles que el gobierno local sembró para que los turistas pensaran que acá siempre es temporada de muertos, y sí.

Más muestras de apoyo de más personas que han logrado esquivar el bloqueo policial se hacen sentir desde el puente ajolotizado que es la entrada principal del estadio. Adentro nadie escucha los enfrentamientos entre la policía y bloque negro, las cargas, los pases de lista de las mamás buscadoras, pero están aquí, alrededor del partido inaugural, más cerca de lo que cualquier político dijo que iban a poder estar. Ellas saben que esto es apenas un paso en ese largo camino con el que mañana se volverán a levantar: ponerse la fotografía de su ser querido y volver a la calle.

Entonces uno mira de nuevo una y otra vez el retrato de cada una de las personas desaparecidas, ve que Daniela, la hija de Laura Curiel, no ha regresado a casa desde hace más de una década, un 11 de marzo de 2015, y el corazón se conmueve. Te hace saber que el cansancio de una caminata esquivando retenes policiacos es nada en comparación con el dolor y amor y valentía que estas familias han tenido hoy para llegar hasta acá, para decirle al mundo que en México hay más personas desaparecidas que asistentes al estadio —alcanzaría para llenarlo una vez y media. Que en la calle, estas mujeres no van a dejar que la indolencia y complicidad de un Estado que se niega a buscar a sus familiares les gane el partido.

Epílogo

Al momento en que el contingente de madres se retiró del estadio, ya las seguían más de 500 o 600 jóvenes. Le digo a Laura Curiel que su acto más maternal del día ha sido tomar a tal cantidad de mozalbetes y llevarlos a un lugar seguro. Antes de que se dispersen, agradecen a la multitud el acompañamiento. Entre vítores y muestras de cariño a estas madres, la voz de una mujer joven cierra gritando: ¡Con las mamás buscadoras, hasta la muerte!

Sólo queda sonreír, regresar a casa, tomar un baño y prepararse para mañana. Seguir buscando.

Inmediación alcanzada.

***
Eber Huitzil. (Ciudad de México, 1990). Hace un poco de todo con buena ortografía —foto, video, algo de escritura—. Estudió lengua y literaturas hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), pero terminó haciendo cosas de comunicación en derechos humanos para organizaciones, colectivos y demás.
Codirigió Así buscamos, así amamos (2023), un documental sobre la transformación de las madres buscadoras. Ahora es una promesa chavorruca que nunca aplicó al Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca), aunque la Fundación para las Letras Mexicanas (FML, 2012), Arca, Agencia Bengala (2014) y la Universidad iberoamericana (2017) le dieron oportunidad de escribir y publicar algunas cosas en el pasado.
Instagram, Twitter y Facebook: @eberhuitzil

Todas las fotografías que acompañan esta entrada, incluida la portada, fueron realizadas por el autor.

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