por Juan C. C. Gurrola
Disculpen esta serie de recortes desarticulados, pero sinceros. Gracias, José, por la confianza y la invitación, gracias a ustedes.
José señaló su próximo tatuaje al hojear la Axolotiada de Roger Bartra, mientras hablaba de las características de los anfibios y su mitología. Eso fue hace unos años, en el tiempo que hacía su servicio en el Fondo de Cultura Económica; bueno, por ahí, más o menos, menos o más. Fueron los tiempos en que escuchábamos una pléyade atemporal de músicos que iban de Toña la Negra a Real de Catorce y de ahí a la Estrella negra de David Bowie, música que nos hablaba muchas veces de tristezas y otras de cualquiera tiempo que por pasado fue mejor y muchas, tantas, de la alegría de ser tristes, de tener a personas entrañables con quienes desahogar, de ficciones que serán, de un tiempo que creíamos nuestro y no lo era, o lo era tanto que lo vivimos tan invisible, y de la esperanza a destiempo.
Siempre hubo algo, fe o motivos, algo que nos dio muchos años de tanto. Algo y tanto son tan ciertos porque son, son lo sin nombre, tan real como el agua de limón de las 12:45 pm.
El ajolote, tan qué será, tan “puede ser mi gran noche”. Él y sus ojitos prefieren la oscuridad, contexto perfecto para seguir engañando a los que cuestionan su preadolescencia inmortal, porque si hay un animal que puede hablar es este, y bueno, tal vez el bisonte. El ajolote es aquél, es el momento que puede ser y que fue, pero nunca presente, no se lo permiten. Ese también es el tiempo de los relatos del libro, la nostalgia, lo que será, finales abiertos, lo tanteable entre la nada, ahí están. En fin, qué bueno que sea por nombre el nahualli de este libro, protector de sus lectores.
Y no es necesario nombrar y describir todo, hay cosas que no tienen nombre, significante, pero que se infieren y se sienten, eso es lo poético: el acto que necesita de mil y un accidentes de palabras, significados, para poder hacer el guiño preciso a la dendrita nerviosa que te hará asentir a enunciaciones articuladas al azar, o recordar toda la experiencia vivida, o hacer propias las fenomenologías ajenas, a según creo, con permiso y bendición de danzas caóticas, intuiciones, destinos creados por uno mismo, malas decisiones, vivencias, nuestras experiencias lectoras de a diario.
Lado A
Para esta presentación releí “La noche de los Axolotes”, que comienza: “Días antes visité a Héctor. Se enteró de mi viaje y me invitó a comer”, y me pregunté: ¿antes de qué? Así no empezaba esto. Recordé teorías del cuento que José me explicó, clases y reflexiones que tomó de talleres con grandes cuentistas. Creí en recursos literarios de su manufactura para hacer válida la in medias res recomendada para crear compromisos con los lectores o para ir midiéndolos y acertar en el noveno round el nocaut de la teoría cortazariana.
O mejor, pensé, es el inicio ideal para articular los tiempos, los acuerdos no escritos entre rudos y técnicos, gajes del pancracio, para que en la tercera caída y a espaldas de Pepe Tropicasas, Pierrot, después de un sutil foul insolente, enarbolara en una urracarrana a La Parka y así ganar la pelea estelar. Volvamos.
“El vuelo del axolote”1 nombre previo del relato “La noche de…”, en cambio, comienza:
«I
Un sonido largo anuncia en falso el cierre de puertas. Servicio pésimo: transporte público: el del metro. Más de un usuario recordará la promesa de campaña de Mancera de no aumentar el pasaje; ya electo, lo contrario: “pero mejorará”. “Pinches mentiras”, pensará la gente mientras el ahogo continúa y el tren avanza de golpe.
El silencio lo rompe un borracho en el vagón. Es mediodía y no parece desvelado. Unas damitas no disimulan la risa. Aquél quiere platicar pero todo mundo lo ignora, hasta que se me acerca.
—No, si es una tortura venir en el metro, ¿verdá, rey? No, si con los cinco pesos compraran trenes buenos, pero éstos ni madres. ¿Qué vienes escuchando?, ¿a Café Tacuba?, ¿no?, no te saques de pedo. Acá la banda se siente wacha wara neim. A ver, ¿qué traes? —me quita un audífono—, no, sí está muy loco, acá como para el bello amanecer. Se antoja un toque, ¿a poco no?, o ¿usté no se da las tres? Más con este frío, ¿verdad?, ya no se antoja la chela, más bien un cafecito, con piquete, a huevo, un toquecito, al otro día no me quiero levantar, porque ando acá… en el bello amanecer, pero no te saques de onda. ¿Alguna vez te has subido al expreso de medianoche?, ¿o por qué las maletas? ¿Adónde vas tan temprano, rey?
—Al país del sol naciente».

Viene a mi teclado la idea un José Emilio Pacheco que trashumeó su obra prosística antes de cualquier reimpresión para así lograr un número olímpico de reediciones. Llega a mi mente el escritor, Pepe, que lee y relee y te da a leer para interactuar, aprender, dialogar, con ideas propias y ajenas. Recuerdo entonces al José cursante que nos decía cada 45 minutos después de salir de su cuarto, ya casi acabo, es que tengo que terminar este cuento (o es que estoy escribiendo), ya ahorita en una media hora salgo a cotorrear, ese ahorita eterno del que podemos enorgullecernos ahora.
Y no sé si soñé o sí pasó, que en algunas fiestas bailábamos, bebíamos, jugábamos dominó o poleana, fumábamos, mientras Pepe estaba escribiendo o editando o reescribiendo o jugando. Porque ahora que quiero ser escritor, sé que él es actor de un juego doloroso, sin punto final, donde quiere y se reniega a jugar, pero quiere, tal vez, porque en verdad es el juguete o juego de una entelequia del más acá porque el más allá está muy lejos.
Aquí está la obra del editor escritor, en esa escena, el Jesús Mátero del 2010 y tantos, con él, están sus lecturas y las playlist cargadas en su ipod (recuerdo que se lamentaba haber escuchado un mes, la buena broma del reproductor aleatorio, a Pappo’s Blues mientras hacía ejercicio), pero también en la edición del relato del 2022 está el Jesús chiapaneco, el discreto, el detallista, sucinto, sensorial, en fuga.
Encuentro uno de los valores de la obra de Mátero en esa comparativa entre dos versiones: el oído en dos sentidos. Por una parte, la pericia de tomar al vuelo varios registros, tonos, susurros, dolor, jiribilla, voces cantaditas para guardarlas en un armario que vestirá al personaje en turno o que el personaje elegirá para salir a escena. Jesús oye, escucha, decanta y zas. Por otra parte, su sentimiento por la música, protagonista de este libro. No sé si escuchó la canción y se le ocurrió escribir un relato en ciertas directrices o si se presentó una melodía y le pidió de favor aparecer en una de sus narraciones, y ahí están. “Nadie en especial” de Chac Mool matizando el desasosiego de Héctor o “Un mundo raro” de José Alfredo encauzando los sentidos, las decisiones de David.
Nunca nada estuvo cierto, ahí están los ajolotes que van más allá de milagros, los noctámbulos que caminan entre realidades para caerse y levantarse y levantarse cada noche. La literatura es lo incierto, aún más, es la posibilidad de exponer el humor negro en asuntos serios…
«De pronto la lucha se puso interesante. Los Axolotes volaron hacia fuera del ring. Aunque luego de un rato, rindieron a uno; no supe a cuál. Superastro corrió de un esquinero a otro, de un brinco se subió a la tercera cuerda y en el mismo impulso se aventó un mortal con tremenda facilidad. En el centro, dos nipones castigaban al otro Axolote. En el clímax de la lucha, a través de un corte abrupto y deforme, apareció Héctor como de unos seis años, vestido de norteño, bailaba el ratón vaquero en una tabla rítmica de primaria pública».
Fue mi primera risa contenida de esta relectura. O lo cierto de aquello que escribe Jesús, que suena a mantra de mago posmoderno punk: “para lograr el engaño hay que llevarlo hasta las últimas consecuencias”, hacer pasar por verdad la mentira, o por mentira la verdad, como en una película de Buster Keaton.
El lado A consiste en el primer sencillo, el enganche, la carta de presentación, que tiene que ver con lo que se había hecho en trabajos, ideas, tiempos anteriores, aunque invisibles; sí, es un acierto que hizo notar César Albatros: “los Círculos concéntricos (el primer libro de Jesús) resuenan con lo Axolotes”. Eso interminable, que se desarrolla en la vuelta de un disco que tiene mil y un lados, LA VIDA. El A es donde pienso, qué bueno que me compré este pinche disco, para eso trabajo, es la premisa con hipótesis. Me siento, me veo las manos y decido dar vuelta al disco.
Lado B
Nos habían presentado unos meses antes de la era Real Garcilaso, ¿quién? Pero la primera vez que platicamos fue en un vagón del metro, a mitad del tren, a la altura del reloj. Yo venía de trasbordar en Centro Médico y lo vi de frente subirse en Etiopía: ¿qué pedo, cómo estás? Hola, José, pues ya ves, aquí nomás. Me dijo que vivía por la Narvarte, me contó del cuento que le habitaba en ese momento, le dije que estaba en clases de ruso, me preguntó que si escribía, le respondí que sí, que también, como él, mentí. Lo había visto en el pasaje de las facultades dos años antes junto a Adolfo y César, tomaban jugo de manzana y alguien corría sobre toldos de coches que no pasarían hoy la verificación. También lo vi vestido con falda a punto de hacer una representación moderna de alguna comedia de los siglos de oro, lo vi a los ojos, tal vez nos sonreímos.
En siete años me compartió lecturas, la más memorables: El ejercito iluminado,2 El ángel de Nicolás, algo de Soler Frost e, involuntariamente, cómics infinitos para entender la hecatombe Marvel y DC; también vivimos dos o tres noches en que quisimos descifrar la película de Vicio inherente más por el soundtrack que por la novela, nunca pudimos, nos quedábamos en el Hey, you de una canción.
Me compartió un cuarto de ácido que gastamos en una visita al Aurrerá: malos chistes agrios del payaso de la Alameda, mercaderías chinas, silencio, paciencia, malviaje de persecución. Yo le pasé Fotos de Rodolfo Wash y creo que le gustó.
En el lado B está la consigna de este disco: “Me pregunta qué hacía. Escribir, le digo, aunque más bien debería decir no escribir, que es lo que realmente hacía, Estoy un poco atorado en el libro, digo”, Jesús Matero el invencible, el que no se rinde, y arriba el Atlante, no, arriba los Pumas.
Mátero, el que escribe cuando vive y vive cuando escribe.
Y es que La noche es un nudo, el de la garganta y el de las agujetas, sensaciones distintas, aquí vas del extremo izquierdo al derecho, de una emoción a otra, del reconocimiento, te reconoces, a la tristeza de vivir en un pinche momento bien culero del universo, bueno, culero pero chido, aquí está la dicotomía amarrada, el desamor que convive con la sobrevivencia, todo va a estar bien, va a pasar, pero hay memoria.
Recuerda José en cada dos tres párrafos de este libro a Ella, protagonista de cuánto, impulso literario que se transforma en metaliteratura que narra procesos creativos y deconstructivos como metodologías artísticas, esto es solo una hipótesis que se acerca a la línea de las musas, Mefistófeles y laberintos con salida.
Varias veces lo saqué a bailar, recuerdo cuatro, y otras treinta que se negó. Era una constante en la época facultativa, me decía que no sabía, lo de los pies izquierdos, lo de la tabla, y yo dije, nadie sabe bailar, tú suéltate, siente la música y fuímonos y entre risas chiveadas le daba vueltas y hacíamos el un dos tres cumbianchero, pierna derecha atrás, pierna izquierda adelante en la plaza Solidaridad. Así nomás, como lo vio en TV. Es penoso el bato.

Después de la literatura de iniciación, está la de la existencia, la del viaje, la de los encuentros, aquello que leemos de los 16 a los 65, después ya no hay que leer. Estoy cansado. Ahí va el Mátero del sur, el viajero, gambusino, no el anclaje del viaje, ahí está Cravan, “Cuando estoy mucho tiempo en un lugar algo surge, es necesario marcharme. Porque uno nunca está ahí realmente, uno está ya en el próximo lugar, ¿entiendes?”. Este es el lado B, no te das cuenta que estás, pero aceptaste, no fue un acuerdo, tampoco hay queja.
Muchas veces me acompañó en mi pasión por el futbol italiano, por la Roma, y presenciamos a distancia y nos emocionamos cuando Alessandro Florenzi en una mañana corrió a la grada para celebrar uno de sus primeros goles con su nonna Aurora, y en una tarde de Champions, cuando el mismo Florenzi metió un gol desde media cancha contra el Barcelona, todos los partidos auspiciados por Roja Directa o Pirlo TV, piratería que también medió entre José y su afición a los Spurs, Manu Ginóbili.
Bonus track
Cuando Jesús ganó la beca Jóvenes Creadores estábamos pedos crudos, me levantó para darme la noticia, en su regazo yacía su lap, pienso que él ya lo presentía, su búsqueda merecía ese encuentro. Sabíamos que todo sería diferente, vendría La noche.
Pienso que no hemos terminado esa carrera, Hispánicas, que nunca terminamos ninguna carrera, en cambio, nos inscribimos y desertamos de intereses que se vuelven manías, pasiones o hobbies, que se cruzan con déficit de atención y cuatro u ocho horas de celular al día.
Quería verme en este libro con el nombre de José María en alguna línea, quería ser un personaje, añoraba la eternidad de la tinta en hoja, y sí me encontré, años de vida aquí están.
Alfonso Reyes en El deslinde dice: “El escritor sólo emite la voz cantante, y deja sobreentender el acompañamiento. Pero —aquí está el arte— la serie verbal expresa debe ir creando en la mente del lector, de alguna manera mágica, aquella otra serie fantasmal de exploraciones que no se escriben”.3 Aquí están la cultura popular y el guaje acertado de los ajolotes vespertinos.
La última vez que nos vimos, mejor dicho, la penúltima vez que nos vimos, me dio mi ejemplar de Círculos concéntricos, tomamos mil caballitos de mezcal y dos caguamas. Yaz recibió una llamada que le informó que había llegado la estufa al nuevo departamento nuestro, ahora sí. José llevaba siete caballos de fuerza y yo como cinco o seis rengos y no teníamos pensado salir. Nos dijo que nos acompañaba y que nos ayudaba a subir el aparato. Tomamos taxi. Llegamos a Diagonal de San Antonio 5555, vio su reloj, se despidió y se fue tambaleando. Nunca vio la estufa.
¿Quién es el protagonista?

Les sugiero y solicito que no se salten la oportunidad de estar cerca del demiurgo, el artista y su obra, nunca, vayamos a conciertos, vayamos a exposiciones y hagamos comunidad, para que podamos estar cerca de los códigos arancelarios que permiten aprehender aquello que quiso decir o te quiso decir alguna madrugada entre Faros, Delicados y Victorias tibias, que viva la mercadotecnia casual.
Este libro es tiempo, es música, es vida, es morición, es lo que no fue, lo perdido, lo que termina a medias, es Jésús, es yo, es José. ¡Y que viva la literatura porque nos juntó y nos sigue presentando la razón de nuestro ser! Nosotros elegimos este canal, el de las estrellas, el de los ajolotes, el de a deveras.
Y algún día diré que no, que no, que no era él, José Silva, con el que reformulamos novelas de picardías al ritmo del tecno industrial y las violencias del siglo, es Jesús Mátero el de La noche de Los Axolotes.
Por cierto, en estos cuentos también está el Distrito Federal, por si lo estaban buscando, por si andaban con el pendiente.
Gracias.
A ver tu tatuaje, José.
Notas
1 Que aparece en el número 214 de la revista Punto de Partida.
2 Y desde entonces no dejo de leer a David Toscana, hace dos días leí Lontananza, primer libro de cuentos del escritor regio, y también estaba José.
3 Alfonso Reyes, El deslinde, México: FCE, 1997, p. 36.
***
Juan C.C. Gurrola es escritor y cronista en ciernes, de mirada inquieta que entrelaza en sus textos el gusto por el diálogo, el rock argentino y el collage. Actualmente dedica parte de su tiempo al mundo corporativo y alimenta su espíritu construyendo relatos para darle sentido al caos cotidiano, bajo el pulso de la ciudad y en compañía de Tonino, Kiki y Florentina.
Instagram: @juanchiclesbomb.
Las fotos que acompañan esta entrada fueron tomadas de las redes sociales del autor del cuentario, sin su permiso expreso, salvo cuando se indica lo contrario.
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