por Jorge Isaac Aróstegui
a.
Con los dioses insolentes azotando al mundo, un austero grupo de nómadas dibujaba poesía sangrienta en las paredes de una cueva de Toquepala: cazadores rodeando guanacos y bestias lanudas para sacarles la piel, abrigarse con ellas, conservar los cuernos, sorber las vísceras a la oscuridad y darles vida eterna (yo soy la muerte). Pequeños destellos raspados brillando como la carne previa a ser devorada.
Líneas ocres dibujando chacuys.
Pequeños seres nocturnos.
Las flamas que matizan el hueso.

b.
Si uno es lento, se muere. Pasas el Campo de Marte y se te antoja que te lean el futuro o el presente. En la feria de los puneños, bajo fluorescentes y tunantadas, compras desde un protector para celular con la isla de Taquile vistosa, coca y cigarros artesanales para los muquis (unos duendecitos terriblemente codiciosos en los cerros de oro), api con cachanga, licllas para los pequeños o poderosos conjuros para atraer al ser amado o que la camioneta de tu peor enemigo vuelque sin mayor drama.
Atraviesas la feria. Entre los árboles entrecierras los ojos y se dibujan pequeñas rotondas y casas del pasado. Volteas hacia el museo de Lima. Bares ruidosos, chifas y pollerías. El Centro Cívico de los 50. Cruzas las calles de las eternas refacciones y los automóviles tocando el claxon: ese es el arte, el verdadero arte posmodernista. El Palacio de Justicia iluminado, custodiado por felinos de piedra. Es idéntico al Palacio de Justicia de Bruselas (salvo por la cúpula ausente). San Martín propuso un príncipe para gobernar la avenida Abancay, a los evangélicos y los etnocaceristas vendiendo periódicos vestidos de soldados (todo bien, broder).
—¿El Club Nacional, no?
—Sí, amigo. Donde los apellidos italianos, ingleses y, sobre todo, vascos se reunían, tomaban el té, cultivaban la sabiduría y exportaban prostitutas de excelente calidad.
—¿Tú y yo no entramos, no?
—No. Nunca.
O tal vez de mozos, o tal vez de bufones o danzantes de tijeras deprimidos.
Prendemos nuestro último cigarro.

c.
El término Perú proviene del puquina (lengua extinta de la realeza incaica). Significa “cerros de cobre” o también “hombres asolados”, “piel brillante” o “tostador de aves”.
Nada es cierto, ¿o quién sabe?

d.
Todos, o sea, Palito, Demonio Pardo y yo: el Brujo Triste, rodeamos el numen descubierto que había dejado la laguna vaciada sobre la ladera del cerro y que nos mostraba ahora una piedra de unos tres metros de altura con relieves de lagartos, tigres y un Viracocha de ojos grandes y báculos cubiertos por un musgo verdoso.
Le pusimos una bandera del Perú y quiso volar.
Testimonio N. N. número 48041, 1985

e.
De todo el grupo, puta, el que era un artista enfermo era el Tigre. De un grupo de mujeres, de una, dos, tres. Una tarde, después de arrasar con un caserío se sentó en silencio en su banquita y con un alicate sacó un montón de dientes de las cabezas de los cadáveres. También uñas. ¿Qué haces, Tigre, loco de mierda? Silencio total, las manos llenas de moscas. Oe, Tigre, se te están llenando de gusanos las manos. Silencio total. Con los dientes en una latita de aceite se fue al arroyo y los lavó todos, uno por uno. Les sacó la carnecita. Agarró cascajo y piedras. Silencio total. En un carrizo enfermo vertió los dientes y las piedritas. Silencio total. Prendió un jebe en la fogata de los pescados. Oe, Tigre, no quemes esa huevada, apesta. Silencio total. Daba miedo tremendo animal con los ojos sin alma. Por fin abrió la boca: vengan, escuchen. Nos sentamos alrededor de él. Comenzó a cantar con el pecho. Algo en awajún. Un sonido largo y grave. Algo desesperante. Algo que nos llenó de miedo. Luego tomó el carrizo y comenzó a darle vuelta. Sonaba a lluvia. De los ojos le brotaba sangre y con una media sonrisa nos mostró la boca llena de lágrimas y sin incisivos. Esa noche el Tigre se fue a caminar. Como era de suponerse, nosotros éramos los muertos.
Silencio total.
Testimonio de R. P. S. H., quien finalmente fue hallado vendiendo habas cocidas y predicando la palabra de dios en una plaza del Nuevo Yungay, un 14 de octubre de 2001

f.
Yo soy la muerte
Al quinto día lo bajaron de la cruz. Estaba tan negro y su carne tan frágil que nadie se animaba a cargarlo. Vaya, soldado Huamán, es una orden directa, carajo. Y el pobre Huamán, que era evangélico o no sé qué, no se persignó. Pobre Huamán y pobre crucificado, porque el crucificado ya no era pobre, sino que estaba llenito de gusanos que bailaban en su rostro y se habían multiplicado donde antes le habrían brillado los ojos. Al arrancarle la corona de espinas se le salió el cuero cabelludo entero. Buen sombrerito del señor Jesús. A Huamán le pasaron un cigarrito prendido, pobre, vomitar era de hombres, las arcadas eran de hombres, las lágrimas también. No estaba llorando, ¿vieron esos burros que se suicidan por el sonido de un trueno en la quebrada de Los Bananos? Uno lagrimea por el olor, no por el alma del burro o del crucificado. Y hoy no había cielo nublado, era lo peor. La lluvia lo hubiera lavado un poquito al crucificado. Crucificado. Pero el sol estaba pleno y más caliente: como para secar charqui. El pobre Huamán sin cejas porque la otra noche se durmió en labor de centinela: al menos R75 estaba de buen humor porque había hecho el amor toda la noche con una cholita. Elige, Huamán: patada en los huevos o afeitada de cejas, ¿era sudor o lágrimas? Probablemente sudor. El crucificado sudaba sus últimas aguas benditas, esas que nos quedan después del bautismo como dios manda. Pero Huamán era evangélico, de esos que abundan en la selva donde mujer que no se casa a los quince ya es fruta malograda y su bautizo era distinto, o eso pensaban todos. Nada de patas de cabras o alguna palanca. No había necesidad. La carne estaba tan podrida y blandita que de un tirón el cuerpo cayó y el cuello le quedó de costado. Carajo, Huamán, me lo destripa por castigo, mire cómo le quedó la cara: el crucificado sonreía. Pobre Huamán le sacó, la sonrisita a culatazos, mejor dicho, le enterró tanto la culata de la máuser que la cara ya no era cara, sólo dientes y un sucuyucu o comadreja de las alturas huyendo, y eso estaba bien, algo de vida entre tanta reflexión: R75 escupió. Maldito afeminado, dijo, maldito maricón, dijo. Crucificado, ¿y tu familia?, dijo. ¿Cómo me llevo a la cholita de anoche?, ¿doce años? Sí aguanta. Le estoy haciendo un favor, ojalá sepa cocinar, pero ahora no quiero pensar en comida, pobre crucificado, dios no existe, maldito afeminado, dijo, maldito maricón. Por culpa de ustedes me estoy corrompiendo. Carajo, Huamán, destrípelo. Al menos la cholita no era virgen, no soporto a las que se ponen a llorar de dolor. R75 pensó en su cumpleaños. No faltaba nada. Huamán: tú que eres evangélico, ¿ustedes creen en la Virgen María? No, mi teniente. ¿Qué dijiste? No, mi teniente R75. Sitinticinco no: setenta y cinco, chuncho pagano. ¿Así que no creen en la Virgen María? No, mi superior. Destrípelo bien, vamos a dejarle lindo mensajito a los pasamontañas. Crucificado, ¿y tu familia? Ya estoy loco. Si sigo oliendo filos de abismos me reviento la cabeza el día de mi cumpleaños. Y tú, Huamán, si eso pasa, te ordeno que me entierres, que los gusanos me coman en la intimidad de las raíces, los ratones ciegos y los granos de oscuridad.
El hígado estaba intacto y hasta brillaba. Huamán: cabeza y manos, que se lo coman los perros. En esos cinco días no se oyeron los ladridos distantes. Supuse que era mejor esperar la muerte con el estómago lleno, aunque sea con carne de perro. Porque si algo era seguro: la muerte estaba rondando esos días en Puquina. Entre los dilemas de enterramientos, la existencia de la Virgen María y perros fantasmas, un chancho apareció en el horizonte. Sí. Un chancho solitario. Un chancho solitario y flaco. Lleno de sarnas. Dispárenle antes que el chancho meta el hocico en las entrañas. Pero si vamos a comerlo es mejor degollarlo, jefe. ¿Qué hace un chancho en medio de Puquina? Para que vean que me importa mi escuadrón, les voy a hacer caso. Venga, hijo mío, mi chancho flaco de la montaña. Y el chancho, caminando o casi trotando con apuro hacia nosotros, los ahijados de R75. Cien metros, silencio total, setenta metros, silencio total, cincuenta metros y una ráfaga de balas. ¡Carajo, al suelo! ¡Cúbranse! El chancho cayó fulminado, Huamán también. Huamán nos miraba. Huamán estaba temblando. Huamán estaba bocarriba y temblando. Huamán comenzó a llorar, pero no terminó porque se le vino la muerte en forma de espuma y sangre por la boca. Lo que hubiera dado porque cierre los ojos y no se nos quede mirando. Esos ojos del chuncho: miren, yo ya estoy libre de ustedes, de R75, de los tucos, de la tortura de emborracharse para no llorar frente al torturado, de llorar recordando a mi madre, de llorar por el olor de la lepra del crucificado. Pero la ráfaga seguía y si quieres vivir arrástrate y cúbrete la cabeza. Y si quieres vivir aún más cuídate de las niñas de doce años que te miran con amor la noche anterior diciendo sácame a la ciudad, papacito, papacito. Y ahora entre el humo, el alma de Huamán saliendo del cuerpo transparente y confundida, el hedor del crucificado, un chancho estallado con dinamita en la matriz es seguro que era ella quien, a lo lejos, está conteniendo el llanto y liberando la rabia o no lo sé. Me gusta pensar que fue ella apretando el gatillo que se traba, mueran, mierda. Ya nadie hablaba. Me vino a la cabeza en la puna el baile de graduación de oficiales y la muerte de mi hijo. Las cosas que a uno se le pasan por la mente antes de apagarse o iluminarse. Me vino a la cabeza el gran combo de Puerto Rico y la vueltita verde, y el coro de salsa, cerveza, las fiestas del patio Vallejo: yo soy la muerte, oigan, les digo que soy. Un hombre se cagó cuando lo torturaba. Yo soy la muerte, oiga, señora, yo soy. La muerte soy, yo soy la muerte. A Héctor Lavoe lo mató el Perú. Yo hubiera cambiado todo el oro de Pachacámac por no escuchar al alma de Huamán que lloraba y en clarito cristiano me dijo: “La felicidad nunca es completa” y el viento se lo llevó, no sé a dónde.
Mi pierna estaba húmeda y mientras me arrastraba ya no me respondía, la muerte soy, yo soy la muerte. La boca me sabía a tierra.
Yo estaba casi seguro de que era ella.

g.
Vino por el este.
Wiracocha nos enseñó a arar los campos, a conservar la verdad secreta y a combinar las papas. Adquirió deudas. Fue amenazado por mercenarios salidos de las cuevas mágicas de Toquepala que, cansados de pintar guanacos, salieron a emborracharse de lluvia. Una noche, el señor de los báculos huyó hacia el este.

h.
«Yo soy serpiente dorada,
del tayta Inti.
Tremendo bate,
y que el presidente legalice la marihuana, pe, ¿no?»
Dengue Dengue Dengue!

***
Jorge Isaac Aróstegui (Abancay, Perú) estudió la licenciatura en dirección cinematográfica en la Fundación Universidad del Cine. Concluyó la maestría en escritura creativa de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, Argentina, a cargo de la escritora María Negroni. Seleccionado en la edición 2024 del encuentro cinematográfico Talents Buenos Aires. Escribe guiones cinematográficos y ficción. Estudia y admira a José María Arguedas.
Instagram: @jorgeisaacarostegui
Todas las fotografías que acompañan esta entrada son responsabilidad de Altura desprendida. La que funciona como portada muestra la Catedral de Huamanga desde los miradores de sus campanarios.
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