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En los extramuros del mundo

Breve muestra del poemario inaugural de Enrique Verástegui.

El debut editorial de uno de los más interesantes poetas peruanos de la segunda mitad del siglo XX, Enrique Verástegui, ocurrió cuando apenas tenía veintiún años, en 1971.

Héctor Hernández Montecinos nos compartió considerar que, si hay un poeta paralelo a Raúl Zurita en el Perú, su nombre es Enrique Verástegui.

Nacido en Lima en 1950, el poeta ejerció también el ensayo, el guión, la música, la acuarela y las matemáticas, entre otras actividades. Falleció en 2018.

Verástegui fundó el grupo Hora Zero junto a escritores como Jorge Pimentel, Juan Ramírez Ruiz y Carmen Ollé, cuyas memorias, afantasmándose, habitan la taberna El Queirolo del centro de Lima, con huellas como fotografías en las paredes.

Paseante, viajó a París, Menorca, Barcelona, Londres. Participó en un homenaje colectivo al gringo Allen Ginsberg en el extranjero.

Altura desprendida recoge de los extramuros del mundo una selección de aquellos versículos inaugurales suramericanos, hacia la Hora Zero.

Todo descenso es incertidumbre.

Salmo

Yo vi caminar por las calles de Lima a hombres y mujeres
carcomidos por la neurosis,
hombres y mujeres de cemento pegados al cemento aletargados
confundidos y riéndose de todo.
Yo vi sufrir a estas pobres gentes con el ruido de los claxons
sapos girasoles sarna asma avisos de neón
noticias de muerte por millares una visión en la Colmena
y cuántos, al momento, imaginaron el suicidio como una ventana
a los senos de la vida
y sin embargo continúan aferrándose entre
marejadas de Válium
y floreciendo en los maceteros de la desesperación.
Esto lo escribo para ti animal de mirada estrechísima.
Son años-tiempo de la generación psicótica,
hemos conocido todas las visiones de Kafka y Gregory Samsa
pasea con Omar recitando silbando fumando mariguana
junto al estanque en el parque de la Exposición — carne
alienada por la máquina y el poder de unos soles
que no alcanzan para leer Alcools de Apollinaire.1
Recién ahora comprendo mañana reventaré como esos gatos
aplastados contra la yerba
y las cosas que hora digo porque las digo ahora
en tiempos de Nixon — malísimos para la poesía
— corrupción de los que fueron elegidos como padres — gerentes
controlando el precio de los libros
de la carne y toda una escala de valores que utilizo
para limpiarme el culo.
Yo vi hombres y mujeres vistiendo ropas e ideas vacías
y la tristeza visitándolos en los manicomios.
Y vi también a muchos gritando por más fuego desde los autobuses2
y entre tanto afuera
el mundo aún continúa siendo lavado por las lluvias,
por palabras como estas que son una fruta para la sed.

  1. Unos soles de más o de menos son unos soles de más o de menos en las arcas del espanto.
  2. pero nadie tuvo una luz para aliviar la pesadilla para aliviar el horror.

Para María Luisa Rojas de Peláez muerta el 21 de agosto de 1969 en Cañete — donde moran a las cinco de la mañana en el estanque los ángeles de Jericó

Ya puse estos versos como ramas de olivo sobre tu tumba oh mi abuela y me tendrás aquí
para siempre — gritando, dando alaridos, llamándote, prosternando a tus maneras,
levantándome, maldiciendo a pesar de las prohibiciones y de que no debo hablar con locos
o pillar frutas en los mercados.

Estaré silencioso estos días como cuando hacia las 4 de la tarde cogías tu alfombra
para continuar tejiéndola con yerbas y ángeles de Jericó y rojos y verdes y dorados.
No fumaré ni saldré ahora a caminar con Mario hablando de Marx de la victoria.
Llegué hasta la tumba donde duermes y duerme una parte de mis años, de mi sueño
y permanezco como brasa bajo la lluvia o bajo el jazz de las discotecas escuchando cantar a Odetta,
meciéndome como la brisa como un murmullo de mariposas sobre mis rodillas,
sobre mi soledad.
Y no quiero estar solitario, no quiero ni puedo.
Tú viajas junto a mí a mi lado y soy la yerba por donde vas caminando sin que se noten tus ojos y tu canto
— en el patio deliro conversando con lo que eran tus pasos trazados sobre la noche
como por la constelación de mis labios sobre la frialdad del vidrio que daba a tu rostro en el ataúd
y eso era todo o casi todo; yo volando por la ciudad con mis juguetes, enardecido como un ángel, con mis palabras de ángel.
Vi cómo te despediste de mí por última vez aquel día de agosto
en Tigre cuando te trajeron a Lima a Neoplásicas y yo recién tanteaba
mi ingreso en la universidad que ahora desprecio.
Toda la mañana de aquel día viajé en ómnibus, sudando, abochornado, desmayándome en los semáforos,
con una sensación de muerte en los labios, con el llanto.
Y eso era todo o casi todo, o nada.
Llegué hasta tu tumba cruzando amplios jardines — perdido entre otras tumbas
y chocándome a cada instante con viejos conocidos de cabellos de neón — amigos suicidas
— parientes parientes venidos a menos después de la lluvia — devorando
frutas y palabras extrañas en los manicomios,
en el fondo de cuartos que ya nadie recuerda.
Este es Jarry que retorna a tu álbum de recuerdos, a tu gusto; cargado de soledad
y sin sentido, hablando de cosas ininteligibles, blasfemando — recíbeme abuelita yo soy el más engreído.

Agitaste tu mano desde dentro del automóvil, tu último saludo
para mí — adiós al nieto que más querías
y a quien continuaste lavándole pañuelos y camisas aún cuando ya te sentías enferma
a 28 días de tu muerte y mírame colgado en la percha en la sala junto al estante de libros
entre la yerba y los ángeles de Jericó. Hoy me levanté temprano y corrí a saludarte porque también
toda
palabra es un parque de sueños
y aquí estoy para siempre a tu lado, como las ramas de olivo que ayer puse en tu tumba.

También los gatos demoniacos son gatunos.

Datzibao

De pronto perdí todo contacto contigo.
Ya no pude llegar al teléfono, recordar ese número y llegar a tu casa que no conocí.
Ya no pude volar sobre ti como todos los días a las tres de la tarde estas pobres alas no dieron más
y aquí me tienes ideando estas líneas que reflejan mis ojos cansados de ir caminando con la mente y las manos repletas de yerba.
Yo fui el primer sorprendido.
La extrañeza de ser dos aves hurgándose el pecho y corriendo uno detrás del otro entre las matas y bancas del parque
y éramos arrojados fuera de nosotros mismos y por esto fue que conocí tu ciudad
y me apreté contra ti buscando desesperadamente encontrarme en tus ojos y amé todas tus cosas
y tu mirada angustiada y esa seriedad para responderme a ciertas preguntas y cuestiones que nos diferenciaron para
siempre de las personas nacidas antes de 1950
tu maravilloso instinto agresivo desarrollado contra los males del tiempo y portándote como en la más furiosa embestida
en la batalla por un lugar en el taxi que nos alejó miles de cuadras más cerca de la pasión de la vida
hoy miércoles y no otro día.
Porque ya es hora de ir poniendo las cosas en claro y más que nada empezar a ser uno mismo
un solo obstinado bloque de rabia.
Tú por todo lo que para mí reflejabas lo más claro eres mi sopor antes de echarte a gritar por estos sitios malditos
aun después de haber transformado esa palabrita bestialmente lúcida en una flor obsesiva
que yo no quiero acariciar ni comprender el suicidio mi amiga es una espera maldita
como puede ser aguantarnos un par de horas más en el parque en medio de un viento furioso que pugna por arrancar de raíz lo más nuestro de nosotros
y tú junto a mí convertida en mi aliento escuchándote aprendiendo de ti a la Molina no voy más esa canción negra arde en mi pecho, me aplasta, levanta, avienta a decir no contra todo.
Cada uno recuerda su primera caída.
Cada uno recuerda paso por paso los pasos que fue dando y los que no dio porque en uno mismo está el propio enemigo.
Y yo me levanto para luchar contra mí — y me tengo miedo.
Lo perfecto consiste en desabotonarnos el torso mientras vamos
salvajemente penetrando en esta selva de arenas movedizas
y tu vida o mi vida no ruedan como esas naranjas plásticas que eludimos porque tú y yo somos carne
y nada más que un fuego incendiando este verano.
La vida se abre como un sexo caliente bajo el roce de dedos reventando
millares de hojas tiernas y húmedas,
y no dijimos nada pero exigíamos a gritos destruir la ciudad, esta ciudad ese monstruo sombrío escapado de la mitología
devorador de sueños.
Y el musgo creció como un verso clarísimo en tus ojos.
Tú querías leer mis poemas aferrarte a ese instante de dulzura donde jamás hubo límites entre uno y otro ser
y fuiste sólo una muchacha que pasó por mis ojos silenciosamente pegada a mí a mi secreta manera de enredarme en las cosas de explicar un mundo indeciso sembrado con piedras
yo que creí que nada era nada en cualquier lugar de este mundo
y de pronto de mi con tus sueños como con un golpe de mar sobre el rostro
y luego adiós porque todo y nada puede explicarse en el amor y porque todo y nada se explica en nosotros y con nosotros.

Si te quedas en mi país

En mi país la poesía ladra
suda orina tiene sucias las axilas.
La poesía frecuenta los burdeles
escribe cantos silba danza mientras se mira
ociosamente en la toilette
y ha conocido el sabor dulzón del amor
en los parquecitos de crepé
bajo la luna
de los mostradores.
Pero en mi país hay quienes hablan con su botella de vino
sobre la pared azulada.
Y la poesía rueda contigo de la mano
por estos mismos lugares que no son los lugares
para filmar una canción destrozada.
Y por la poesía en mi país
si no hablaste como esto
te obligan a salir
en mi país
no hay dónde ir
pero tienes que ir saliendo
como el acné en el cascarón rosado.
Y esto te urge más que una palabra perfecta.
En mi país la poesía te habla
como un labio inquietante al oído
te aleja de tu cuna culeca
te filma tu paisaje de Herodes
y la brisa remece tus sueños
—la brisa helada de un ventilador.
Porque una lengua hablará por tu lengua.
Y otra mano guiará a tu mano
si te quedas en mi país.

Al menos cíclica es la violencia.

Todas las obras pictóricas que acompañan esta entrada son trabajos artísticos de Bruno Zeppilli. Las imágenes fueron tomadas del Museo de Arte de Lima.

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