Tal vez Werner Herzog sea el cineasta que más ha cultivado su propia mitificación. Si bien los artistas tienden a participar de un aura que los vincula a lo extraordinario, o lo pretende, el director del Corazón de cristal (1976) siempre se apresura a recordar que liberó ratas en una ciudad europea desobedeciendo las instrucciones gubernamentales, o convenció a un funcionario norcoreano de conservar imágenes accidentales de uniformados del Estado, o viajó a una isla para capturar un volcán activo, o filmó a toda un elenco en hipnosis profunda, y sus reconocidos o por conocer deliciosos etcéteras.
Ese mismo mitificador emprendió un viaje a pie de Múnich a París pese a la víspera del invierno 1974, con la confianza romántica de que esa tarea le salvaría la vida a Lotte Eisner. Experiencia que recogió en un diario y que publicó más adelante como relato, bajo el título Del caminar sobre hielo.
En efecto, la crítica cinematográfica vivió varios años más después de la maniobra del exponente del Nuevo Cine Alemán. No obstante su ineludible muerte, que finalmente llegó en 1983, Herzog leyó una despedida un año antes, que reproducimos a continuación. Editada por el sello Entropía, de Buenos Aires, la traducción es de Ariel Magnus.

Laudatorio de Lotte Eisner en ocasión de la entrega del premio Helmut Käutner
Damas y caballeros: hoy toca honrar a Lotte Eisner, la Eisnerin. El primero en llamarla de este modo fue Bertolt Brecht, que en su desfachatez solía decir casi siempre lo correcto, y así también quedó.
¿Quién es la Eisnerin? Quisiera decirlo ya desde el principio: es la conciencia de todos nosotros, la conciencia del Nuevo Cine Alemán y, desde que falleció Henri Langlois, también la conciencia del mundo en el cine. Sobrevivió escapando a la barbarie del Tercer Reich y hoy está entre nosotros en suelo alemán. El hecho de que usted, Lotte Eisner, haya vuelto a pisar este país constituye por sí solo uno de los milagros que nos han caído del cielo.
Benditas sean las manos de aquellos que le han entregado el premio Helmut Käutner, bendito sea el lugar sobre el que está sentada, acá en Düsseldorf entre nosotros, y bendito sea, damas y caballeros, su afecto, del que dan testimonio con su presencia.
Se nos ha ido Langlois, el dragón que custodió nuestros tesoros, el brontosaurio, ese coloso singular, y ahora sólo nos queda la Eisnerin. Lotte Eisner, la saludo y la honro como al último mamut de la Tierra; como a la última persona viva en el mundo que conoce el cine desde la hora de su nacimiento, o mejor dicho: usted ha conocido personalmente, y con frecuencia también ha patrocinado, a todos los que tuvieron importancia desde el inicio de la cinematografía; al mago Melies, que rodó sus películas entre 1904 y 1914 (aunque recién lo conoció después de esta época), luego a Eisenstein, Chaplin, Fritz Lang, Stroheim, Sternberg, Renoir, todos. Y no hubo ninguno que no la haya venerado, cosa que también ocurrió con la generación siguiente y con la actual, la mía.
La Eisnerin es la meta de nuestras peregrinaciones, y en su pequeño departamento de París son casi exclusivamente personas jóvenes las que se reúnen a su alrededor, porque su espíritu se ha mantenido joven. Sólo su cuerpo ha envejecido, convirtiéndose en un peso y un fastidio, cuando lo cierto es que preferiría escalar montañas con nosotros.
Lotte Eisner, no quiero callar aquí aquel momento vergonzoso en el que usted quiso cobardemente escabullirse de nosotros y de esta vida. Esto ocurrió en 1974, cuando nosotros, el Nuevo Cine Alemán, aún éramos una planta sensible, no enraizada en la tierra con firmeza, ridiculizados como cine juvenil. Nosotros no podíamos permitir que usted muriera. Yo mismo intenté en aquel momento conjurar el destino; por aquel entonces escribí, y discúlpeme que lo cite:

«Nuestra Eisner no debe morir, no va a morir, yo no lo permito. No morirá, no. No ahora, no lo tiene permitido. No, no va a morir porque no está muriendo. Mis pasos son firmes. Y ahora tiembla la tierra. Cuando yo camino, camina un bisonte. Cuando descanso, reposa una montaña. ¡Cuidadito! No lo tiene permitido. No lo hará. Cuando llegue a París, ella estará con vida. No será de otra manera porque no está permitido que lo sea. Ella no tiene permitido morir. Más tarde tal vez, cuando nosotros lo autoricemos».
Lotte Eisner, queremos que siga entre nosotros cuando sea centenaria, pero con esto la eximo de aquel horrible conjuro. Tiene permiso para morir. Lo digo sin frivolidad, con profundo respeto por la muerte, que es nuestro único saber firme. Lo digo también porque a través suyo nosotros ahora nos hemos afirmado, porque nos ha posibilitado relacionarnos con nuestra propia historia y, más importante aún, porque usted nos ha conferido legitimidad.
Es extraño que la catástrofe de la Segunda Guerra interrumpa la continuidad en el cine alemán. El hilo había llegado a su fin, en rigor, con anterioridad. El camino llevaba a la nada. Y, con excepción de muy pocas películas y directores, como Staudte y Käutner, ya no existía el cine alemán. Se abre ahí un agujero de todo un cuarto de siglo. En la literatura y en otras áreas esto no se percibió de manera tan dramática. Nosotros, la nueva generación de directores de cine, somos una generación sin padres. Somos huérfanos. Sólo tenemos abuelos, o sea Murnau, Lang, Pabst, la generación de los años veinte.
Sus libros, sobre todo su libro sobre el cine alemán expresionista, La pantalla demoniaca (que estoy seguro de que quedará como el estudio definitivo y concluyente sobre esa época), también su libro sobre Murnau y el libro sobre Fritz Lang, y, más allá de eso, su quehacer en la Cinematheque en París y su interés por nuestro destino, es decir el de los jóvenes, todo eso nos ha tendido un puente hacia un contexto histórico, histórico-cultural. El significado de esto es algo que nunca entenderán los franceses, que si bien se vieron afectados por la misma catástrofe prosiguieron casi sin solución de continuidad. Tampoco lo entenderán los italianos, que enseguida después de la guerra crearon el neorrealismo, ni los norteamericanos, ni los rusos, nadie. Sólo nosotros mismos lo podemos apreciar.
Cuando aquella vez llegué exhausto, escarnecido y desesperado, usted lanzó una frase como al pasar: «Escúcheme, la historia del cine no les permite a los jóvenes realizadores alemanes como usted que se den por vencidos».
Lo segundo que para nosotros tiene un significado muy especial es la cuestión de la legitimidad. Declaro e insisto, y desde hace muchos años: EN ALEMANIA HEMOS VUELTO A TENER UNA CULTURA CINEMATOGRÁFICA LEGÍTIMA. Para que se me entienda bien, damas y caballeros, digo esto en contraposición con aquello que la época nazi ha volcado sobre nosotros en términos de barbarie y de horror. Pero no somos legítimos gracias a una declaración hecha por medio de un veredicto arbitrario, por así decirlo; legítimos recién nos hizo quien constituye nuestra autoridad última, la Eisnerin. Fue a través de ella que se nos concedió la legitimidad. Tal vez me sea permitido explicarlo así: cuando en la Edad Media alguien era coronado rey, esto ocurría por sucesión y sobre todo por poder, pero a la legitimidad debía buscársela con el papa en Roma. Puesto que la Eisnerin nos ha declarado legítimos, lo somos. Y fue recién esto lo que nos posibilitó el acceso al público extranjero.
¿Quién es la Eisnerin? Hago la pregunta por segunda vez. Lo que hoy es usted para nosotros, Lotte Eisner, es algo que no se podía prever al principio de su vida. Sigue usted enojada con su madre por no haber nacido varón y piel roja. A los cinco años leía a Karl May y quería ser un piel roja. Con alfombras construyó un wigwam y les arrancaba el cuero cabelludo a sus muñecas. Le atraían las sagas de la antigüedad clásica, y esto en una época en que los chicos aún no suelen ni haber aprendido a leer. Más tarde leía a Dostoievski debajo del banco de la escuela. Se convirtió en arqueóloga y en historiadora del arte, y hoy ha vuelto con algún rodeo a ser una especie de arqueóloga. Usted descubre y saca a la luz. Una compañera de escuela le habló de un granuja entrañable que se hacía pasar por poeta. En un cuaderno escolar había escrito a mano una obra de teatro y usted debía leerla, porque su amiga no entendía nada de literatura y decía que, si era buena, quería tener un affaire con él. El título de la obra era Baal. «Escúchame —le dijo usted después de leerlo por la noche—, este va a ser el mejor dramaturgo de Alemania». Por esa época el autor no se llamaba aún Bertolt, sino Eugen. Eso fue en 1921.

Los arqueólogos le parecían cocineros que cortan hojas de lechuga en cuadraditos, y tampoco quería juntar polvo como directora de un museo. Su director de tesis le sugirió en aquel entonces: «Por su disertación puedo deducir una cosa, y es que usted sabe escribir. ¡Escriba!». Escribió entonces sobre literatura, sobre teatro, estuvo en estrecho contacto personal con Max Reinhardt y con todos los grandes que dieron el teatro y la literatura de los años veinte. Luego la invadió el fuego del cine y aún hoy sigue ardiendo.
En 1933 escribió usted sobre la película Gas tóxico de Harry Piel, queriendo abrirles los ojos a sus lectores acerca del horrible futuro que vislumbraba. El Völkische Beobachter respondió textual: «El Flim-Kurier se arranca la máscara del rostro. La periodista bolchevique judía Lotte Eisner…» escribe esto y lo otro. Y después, literalmente, y uno se atraganta al repetirlo: «Si ruedan cabezas, esta cabeza va a rodar». Cuando Hitler tomó el poder, esa misma tarde, usted, Lotte Eisner, abandonó Alemania para siempre, expulsada como muchos de los mejores que tenía este país. Sus hermanos vacilaron en seguirla. «Se van a alegrar si más tarde los dejan llevarse al menos una valija», les dijo proféticamente.
Durante la ocupación vivió varios años en Francia, escondida y bajo un nombre falso. Usted ha sobrevivido. Según es su deseo, sus cenizas han de ser esparcidas en un bosque francés.
Siguió trabajando. Junto con Henri Langlois salvaron miles de películas mudas, que de otro modo se habrían perdido de manera irremediable. Escribió sus libros, que se hicieron tan importantes para nosotros, y siguió descubriendo y patrocinando. Se dedicó sin dudarlo a nosotros, que rodábamos trabajosamente nuestras primeras películas en Alemania. Usted nos dio alas, en el sentido más directo.
Con su autorización, Lotte Eisner, me permito leerles, damas y caballeros, lo que escribí poco antes de la navidad de 1974, cuando mi furibunda peregrinación llegó a su fin: «Por un breve y delicado momento algo dulce atravesó mi cuerpo muerto de cansancio. Entonces le dije: abra las ventanas, desde hace unos días que puedo volar».
Lotte Eisner, no soy el único al que usted le dio alas. Le agradezco. Y también a ustedes, damas y caballeros, por su atención.
12 de marzo de 1982

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Werner Herzog (1942) es uno de los realizadores más importantes de la historia del cine del siglo XX. Junto a Volker Schlöndorff, Wim Wenders, Margarethe von Trotta, Rainer Werner Fassbinder y otros creadores, encabezó el movimiento del Nuevo Cine Alemán, que buscó devolverle el derecho a la creatividad a un país desolado por el nazismo y la posguerra.
Como él mismo presume, es uno de los pocos cineastas que ha filmado en todos los continentes del mundo, «incluida la Antártica».
Lotte Eisner (1896-1983) fue una de las primeras críticas cinematográficas de la historia de la cultura del siglo XX. Analizó el expresionismo alemán en su obra La pantalla diabólica, que se suma a poco menos de una decena de títulos donde analizó la obra de Fritz Lang, F. W. Murnau o Michelangelo Antonioni, entre otros autores.
La imagen que funciona como portada es un carnet francés de identidad de la Eisnerin y fue tomada del Centro Nacional del Cine y la Imagen Animada del gobierno de ese país europeo.
El resto de imágenes fue tomado de la página Internet Movie Data Base.
Replica a Saer: la sensación tan rara de estar en el mundo – Altura desprendida Cancelar la respuesta