Publicado originalmente por Alcándara Editora en 1984, en la capital paraguaya, Aháta aju muestra a un Jorge Canese todavía no entregado al delirio de la experimentación irreductible con el lenguaje y sus hibridaciones en un país de fronteras porosas, con una fuerte identidad indígena e influenciado de manera permanente por dos gigantes culturales: Brasil y Argentina. Con todo, es ya una obra entregada a la necia originalidad de su autor, en su riesgo de imágenes, asociaciones y cambios bruscos de tono hacia una emotividad no sólo dulce, sino al contrario: tendiente de forma permanente a la nebulosidad.
El libro que presentamos aquí, reproducido íntegramente y con el acompañamiento del trabajo plástico del paisano Feliciano Centurión, fue consultado en la Biblioteca Nacional de Chile en mayo de 2024.
a Francisca
en las noches de tormenta
revientan las estrellas
y revive el amor
A Valentina,
Renato y
Sergio
estos poemas duros
hechos a golpes de cincel
y garrotazos
I
Humareda de cristal
Pienso que los escritores escribimos
porque hay cosas que no sabemos comunicar de otra manera
y no precisamente porque seamos tímidos o rayados.
Pareciera como si se levantaran barreras invisibles
más allá de las cuales sólo está la palabra,
una palabra dura, doliente o cariñosa.
Y como si detrás de esa humareda de cristal
existiera nada más que nuestra mano
o nuestra abyecta y cotidiana máquina de escribir,
expresando lo que no se ve del bosque.
No es un cielo imposible, es nada más que eso,
un cariño especial, alguna duda,
algo que decir aunque nos duelan las espaldas.
Es otra cosa, algo distinto
que muchas veces tendría que servir para unirnos
y que muchas veces nos separa.
Tampoco es puro amor, cariño imposible.
Hoy insisto con paredes de cristal, amuleto o imagen falsa
que utilizo para comunicarme contigo, conmigo.
Para decirte que daría cualquier cosa (menos la soberanía),
hasta cortarme esta mano que escribe,
con tal de entrever alguna tenue sonrisa de tus labios
y saber que podemos estar juntos.
Entonces era el verbo (y ya era tarde)
I
Hay un romance
que desde la colina se despeña
atragantado de espinas,
charcos al paso
que atiborran el universo de pájaros,
ladrones, susurros, palabras
(historias al descuido).
Como quien descuelga enanos del anciano peral
en el patio del fondo.
Son casi solamente gotas, mentiras piadosas
que sirvieron para curtir las mariposas
de los sueños.
Entonces faltó el verbo,
ese dolor que articulara los silencios, los lamentos
y así creciendo nos hicieron creer
que el tesoro estaba (como esa hermana muerta)
detrás del muro,
ahí nomás entre los cardos y los charcos,
al costado del verbo,
casi como un adjetivo fácil
o hasta como esa coma
que se nos escapa por la rapidez del vértigo.
Después
son sacrilegios los que se acumulan en muros
como cascotes amarillos,
pesados de hedor y herrumbre.
Entonces: ¡uno llega!
y ni siquiera alcanza a ser
ese alguien que destripe los sapos,
plante un pensamiento violeta
y diga adiós a los errores.
Es tarde.
II
Mañana te veré
en el patio de la Iglesia
y no seré yo el que camina
entre el pasto y los ladrillos movidos.
Estarán también las dudas,
los dolores de estómago, el ascua;
y hasta la melancolía acercará sus alas
desde detrás de los lapachos.
¡Parece mentira que unos charcos recuerden tantas cosas!
El odio hirviendo entre las nubes
y una lágrima de ternura como un grillo juguetón
que atempera el malhumor de la llovizna.
Casi todo es mentira
y sin embargo hay algo en el oscuro
que insiste esperando quién sabe qué.
No es más que una silueta,
esa palabra que siempre falta para entendernos del todo,
ciempiés trancado en el ojo de una cerradura
que al abrirse será:
¡mañana!
Job
Achicarse, pensar
que si nos cortan una mano
de todos modos nos va a quedar la otra
y tal vez las dos piernas.
Siempre es un intento, una prueba más.
Y seguramente la máquina seguirá escribiendo,
yo seguiré temiendo perder esa nada
que de un minuto a otro pasa a ser poema,
tesoro,
y soñar con que algún día
podré sentirme parado,
seguro en alguna parte de mí mismo
o sentarme a la máquina de nuevo,
besarla y conversar contigo.
Cuaderno de notas
Este viejo cuaderno de notas,
páginas amarillas, cuadriculadas
que voy llenando
forzándolas con estas cosas que trato de explicarme,
ese viejo cuento de agarrar el tiempo,
correr a lo lejos sin desesperarme, procurando,
escapando sin huir,
muriendo sin morir,
viviendo,
elaborando sueños, futuros posibles,
armando, escribiendo,
tratando de comprender,
tratando de ser yo mismo
a pesar de este gesto artificial
de contarte cosas escribiéndolas,
poniendo letras, palabras que en última instancia
son y no son
lo que quiero decirte:
el cariño, los hijos
y algo más
que nunca sabré cómo se llama.

¿Quién soy yo poniéndole colores a las cosas?
Yo te diría
bichito de luz, caminante de la noche,
mariposita amiga verde-azul, verde-molino,
voluta de espiral alada en humaredas de cristal,
yo,
lo que se dice yo
a veces (muy de vez en cuando)
soy lo que parezco
y otras
un infinito perdido que viene remando,
que se arrulla suave viniendo ar emo
desde el país de nosedónde,
desde el silencioso nosoynadie,
desde el mentiroso nosoynada,
desde el oscuro y acuoso nosoynosoynosoy.
Para simplificar
tendría que decirte
que soy,
que simple y complicadamente soy,
que soy yo o que yo soy yo
(como tan igualmente podría decirte
que no soy o que yo no soy yo)
porque no hay otra manera de decirlo.
Y si insistes con la verdad,
con la verdad más verde, la última,
llámese muerte, angustia o epitafio,
tendría que callarme
para que puedas escuchar
el arrullo lejano del mar que es tu destino
y muy probablemente también
el mío.
Otra vez, ¿quién soy?
¿Quién soy,
mariposa azul
que reposas en mis sueños?
Dímelo tú
que conoces el color de un cielo sin estrellas,
el amarillo ritual,
el naranja agri-dulce de mis ramas,
el rojo líquido y fluyente de mis savias-sabias.
¿Qué color tengo en esos pantanales,
en esa tierra de verdades verdes,
de qué color es mi destino, mi aliento,
cuál es el color de mi angustia,
el c(dolor) de mi sombra gris,
de mi sangre roja, de mi muerte negra?
¿Es azul acaso, esmeralda, turquesa o verde
el color de mi esperanza?
¿Qué soy, canario gris,
mariposa verde y amarilla,
cuál es el color de mis celestes versos,
de estas líneas,
palabras de tierra y tinta negra?
¿Qué busco?
Muá-bicho de luz,
por favor dímelo ya,
no sea que otra vez me corte, me corra,
enloquezca porque se acabó el pantano.
¿Cuándo llegué al clima?
¿Yo?
¿Cuándo llegué al clima,
a los laberintos,
a las emociones fuertes?
Seguimos. Corro y me paro,
duermo frente a la pantalla.
Un suspiro más
no puede hacerle mal a nadie,
hasta Caperucita podría soportarlo
si no estuvieran los baches de por medio.
Ya voy
Cornamusas de pileta,
una arañita se filtra entre mis dedos.
Quisiera tocar
aunque no más fuera de oído
y hasta las letras se me saltan,
se me afean las palabras,
se cruza una hormiguita huérfana
y creo escuchar una voz ronca que me llama.
Ya voy.
Penumbra de los chicles desvalidos,
hay una luna que responde.
Campanas
Las campanas golpeando mis oídos
cada vez más fuerte,
reventándose,
astillándose en mil pedazos de bronce.
Las campanas golpeando y golpeando,
cada vez más suave, cada vez más fuerte.
Los gritos de tu aroma,
los cabellos encrespados,
un tenue resplandor entre tus piernas,
un color pálido en tus gestos encendidos
y las campanas presentes todo el tiempo.
El verdugo y el tiempo nos alcanzan
rendidos, sofocantes.
Eran solamente campanas,
era el viento
y el amor que pasa.
Yo soy la sed y el verbo
Volviste a mí
cuando ya no te esperaba.
Yo que te maldije,
que negué tus cimientos.
Como una ola de mar
en el infinito de las corrientes.
Con el miedo en las alforjas,
con un tinte cursi de primavera
que no sé de dónde sale.
Te esperaba —es cierto—
con toda la angustia
de un cuerpo sin pasado,
con las monedas dolorosas
de meses y años apoltronados.
Ahora me enfrento
y sé lo que te digo,
lo que te estoy diciendo
desde hace 20 siglos y un segundo:
yo soy la sed y el verbo.
A pesar del baile
Estoy metido,
desparramado en mitad del baile.
Suena la música…,
pero no, es el teléfono enloquecido,
esta vorágine que nos baila en andas.
Somos títeres, marionetas de ilusión
y después me dicen
que el ruido y los decibeles no cuentan;
mentira,
si enloquecemos con gusto
y el ritmo de rock nos retuerce los huesos.
A pesar de todo
de vez en cuando suenan campanas
y no es un engaño.
Están sonando, ¿las sienten?,
y no estoy loco a pesar de todo,
mi piel tirita pedacitos, colgajos de ilusión,
se me desnuda el amor
más acá de las caritas de muñecas.
A pesar del baile.

Una muerte que nos une
Somos de una misma carne
y sin embargo (y sin quererlo)
hay un misterio
que sigue torciendo caminitos,
bombones, eso
que nunca llegó a tener un nombre
y que así (hijo y todo,
incierto entre los caramelos
de un martes de carnaval,
sin callar ese «tu tía»
que golpea las cenizas más hondas)
seguimos siendo madres de ese mismo,
mismísimo odre ensangrentado
y casi siempre
son nada más que dos palabras
(tres monedas más o menos)
las que claman
que hay algo que ocupa su silencio
silenciando una muerte que nos une
y que no es nuestra.
Un poco de sol
La medalla milagrosa del sol
(rojo en su poniente)
recuesta mi sombra
hacia tus valles verdaderos.
Vuelvo con algo entre mis dedos,
pescado, sangre y arena.
Fugitivo y lloroso
me refugio en tus caderas,
en el cariño de tu leche tibia.
Es el campo,
medalla milagrosa de sol
recostándose en tus valles.
Una cárcel en el viento
El viento ha expandido sus cenizas
detrás de los muros de mi cárcel
y así creo en la paloma extraña
que deposita mi muerte
entre las partículas de algo
que ya no seré jamás.
Entonces el amor y el oro
son la misma cosa, o casi,
un infinito de ojos sin lamento,
un despertar sonoro
donde estas curubicas recobran su magia.
Día del sentido te llamaré desde hoy
entre las plumas curvas, rutinarias del paisaje,
y tendré siempre un no
para el día que regreses
alucinada por el carnaval,
engolosinada por el chantaje, amante del soborno
y te querré igual
como en aquellos tiempos,
cuando vos y yo éramos casi,
casi
una misma cárcel en el viento,
una gota muerta entre dos rejas.
Miel de arena
Miel de arena en mis cenizas,
chocolate por la nostalgia.
Miel oscura que crié en secreto,
empecinado caí en tu enjambre
y de bobera me morí
coagulado sin permiso, sin dueño
y sin espanto.
Verde m(h)iel
Miel de enredaderas verdes,
azul-verde, verde-limón, verdeagua.
Quiero ají y canto verde para mis lunas mañaneras.
No te miento
si hasta llego a prometerte en prenda
mis esperanzas negras.
Capa y sable, bridas, correaje:
sinsentido locuaz,
te he mordido la cola
y siento tu sangre escurriéndose en mis carnes.
Mojinete azul, sombrero verde.
Rojo. Rojo fue el destino de mis cantos,
amatuna por la nostalgia,
los perros psicóticos son vaga estopa
en este horizonte acolchado de mentiras.
Mariposa gris,
mariposa verdegrís verde-esmeralda, verdeceniza,
a la sombra de tus alas y de tus nidos de hojaldre
edificaré mis sueños.
¿Qué fue de tu luna verde?
Quisiera entreabrir las calendas
de este rengo trajinar,
a saltos de primaveras cojas,
despatarradas cavilaciones,
endiablados horrores sin arpegios,
sin melodía que atormente el miedo
de este niño ciego
cubierto por el peso de sus sacrilegios,
de esas blasfemias amarillas
que nunca rozaron tu cuerpo.
Negritud solemne,
triste sarcasmo
del espacio cuadrado: realidad.
Accesos imprecisos a la luz sin-cera,
a las estalactitas enrevesadas
en las zonas oscuras del más allá,
de esas alas que te hicieron niña, regalo ausente
que se pierde en una ira rubicunda
que invade los salones, alcanza las estrellas
y se ausenta—se pierde—se pierde
entre formas no consagradas, misa en latín
que ya no se realizará nunca
porque es campo abierto
y este cuerpo claudica una vez más, se miente,
se esconde, se baña
y ya no hay más colores
que el gris de la muerte,
un pimpollo verde.
Laderas del infinito azul
Un tumulto apaciguado de caracoles turbios
desciende por las laderas del infinito azul,
son las mentiras
que en coro vienen bajando,
acercándose peligrosamente
a ese omega que deja de ser sonrisa.
Miro otra vez el arcoíris
en medio del trajín de una ciudad
que no por sus lamentos
ha edificado todo lo mucho que se puede pedir
por un beso.
Eras un disparate verde
El amor llegó
con su cara instrumental
a remover los viejos patios de arena.
Un arlequín con bonete y todo
es un cuerpo que remonta la distancia.
Un poco de barro
muere en su propio sepulcro de cal y pimienta
y son mariposas verdes
las que mecen melodías con destinos cruzados.
Es lo que te dije siempre,
siempre cuando no quisiste oírme,
cuando no quisiste saber
que el rojo sería tu calvario de cantos,
cuando no te interesó enterarte
que eras una poca nada de carne,
una cosita alegre que perfumaba las sonrisas.
Fue hace tanto tiempo.
La sonrisa no se te ha escapado en vano
y sigue siendo vanidad creerte
que eras más de lo poco que has podido poner sobre la mesa:
unas cuantas uvas verdes,
un salpicón de mentiras tristes,
un holocausto teatral y poco verosímil,
ciertamente.
Echo una mirada
a mi arlequinado patio de arena
(toro de lidia, pátina del crepúsculo),
remiro esos conocidos bordes olvidados
y en su nombre te saludo
y corono tu cabecita de mariposas verdes
jazmines y flor de pimienta
(que no sé si existe,
ni si sus pétalos son rosados,
rojos de viejos tiempos
o verdes de muerte verde).
Verde en una verdadera madrugada verde
Remiro las costillas y el atrás
de mis lagartos verdes
y casi parece mentira
que sean poco más
que unos cariñosos perros de manicomio.
La luna solía mirar nuestras flaquezas,
esa soledad esparcida en palabras huecas,
casi-sonidos para no decir nada o todo (o todo lo contrario).
Casi parece mentira.
Casi parece mentira, digo,
que un mundo así
esté casi-casi totalmente perdido
cual Atlántida espejada en el murmullo de un niño,
de un trago de cerveza en la madrugada,
en una madrugada verde cualquiera
cuando eran lagartos verdes y mariposas amarillas
los que controlaban esa luna de crema derretida
sobre los muros del matorral,
detrás de la ventana negra,
dentrofuera del holocausto de utilería
montado desde siempre
para que se lo coma el kupi’i, el kurupí—las—12.
Que el veneno se esparza
y sean comparsas de lentejas multicolores-titilantes
las que inyectan su luz
a este trago de cerveza verde
de una madrugada azul,
que borre el pensamiento violeta
acurruque la pimienta entonelada en cargamentos de ultramar,
corte por lo sano, de un solo tajo,
esa nada negra y blanca del primer suspiro
(giman-griten las campanas dolientes)
y sea el verde-verde-verde
de la verde madrugada
el que extienda sin espanto
el verde-verde-verdugo
de la verdad verde-musgo, verde-canasto, verde-sueño
de tus ojos verde-cielo, verde-agua,
verdes
en una verdadera madrugada verde.
Cáscaras
1.
Fue entonces
la empuñadura triste de la tarde
la que nos dijo adiós
Francisca, ¿te acordás?,
sin un beso,
sin siquiera un chau como la gente.
2.
Un temblequeo caótico
fue entonces más que yo,
más que cáscara en cuanto cáscara,
que amor en cuanto cáscara
que cáscara en cuanto algo.
Tortolita cariñosa.
Luna, colgajo,
eras una brizna de pasto.

Cuando te retiras
Cuando te retiras
sólo queda en mis girones
un bananal esparcido de canoas y frases.
Un amplio río de lamentos
cultiva con sus lágrimas cementales
el nido de artrópodos ciegos
que eran la delicia de mi abuela rusa.
Oteo el camposanto cubierto de sandías rojas.
No es aún la hora de los mamíferos de gran volumen
y hasta los perros psicóticos han vuelto
a sus silenciosos manicomios.
Caracol, caracolito
Sueño con ser un caracol
que sueña con su cáscara,
que sueña con ser un niño bueno
con poderes mágicos sobre el malhumor ajeno,
acaracolado en sus cosas,
lejano y muy callado,
que tal vez escriba poemas tristes,
dibujante de caparazones solitarias,
contador de historias increíbles,
caracol al fin.
Escarmiento
Que no desbande,
que no haga polvo la manada,
que nadie se atreva
a contrariar lo convenido.
La ley implacable dictará su sentencia
para escarmiento
de los que miran de frente.
Este viejo y nuevo oficio,
¿cuándo llegaré a tu nombre?
Mañana
Sin que los colores cambien,
ni la consistencia
y menos el olor (la fragancia de tus flores),
y aunque me siga sentando
en la misma poltrona que ayer
y aún coma los mismos postres
y repita iguales palabras, frases, lugares comunes,
en verdad te digo,
como si realmente te mintiera,
que mañana es otra cosa
otro mañana distinto, desigual
aunque siga siendo el mismo.
Para siempre
Mentiras,
mentiras que inventamos
cuando no sabemos qué decir.
Y sin embargo
hay todo un mundo inacabado
que nos separa.
Algo así como decir: para siempre.
Punto de partida
Miro una vez más los caracoles:
son parte del museo de mis sueños.
Idas y venidas, vueltas,
círculos y circunloquios.
¿Será que algún día llegaremos
al punto de partida?
Gotas
1.
Un coro de eucaliptos cantores
me despierta.
Sale el sol y es la agonía.
Hay golpes de campana, ladridos,
luces de ciudad dormida,
un velador que alumbra,
una sorpresa,
un cigarrillo.
2.
Hay un diluvio universal que me convoca
y reconozco entre la espuma
un parto descuidado,
unos molinos desenredando estrellas.
3.
Gotas de sangre
corren por el piso antiguo
y miro apenas las flores peligrosas
de un jardín lejano,
allí nomás
a menos de un palmo de las rejas.
4.
Los trenes son recuerdos
y la muerte un caramelo más
que para en la esquina de mi tiempo.
5.
Suda la tinta entre mis dedos
y una última ilusión
cae,
se derrite y muere.
6.
Hasta Lucifer es un niño cariñoso
que espera una caricia,
una limosna de eternidad palpable.
7.
Puras macanas entretejidas
que desde lejos parecen mundos,
mariposas de la noche,
cantos de pájaros roncos,
ranas de la ciudad acuchilladas por el ruido.
8.
Casi como si las estrellas
fueran duendes o peras
y hasta casi más que peras, silencios.
9.
Hay una misma luna verde
que resurge,
acantilada de recuerdos.
10.
Soy el agujero tierno
que perfuma sus lamentos
con entierros.
11.
Dame una mano
que me falta nada más que el salto
para llegar al fuego.

II
Cenotafio
Fumando miro cómo pasa la tarde. Casi tontamente.
Y yo me ensaño pensando en ella, en este tiempo tonto
que me corre, que se escurre entre mis manos.
Casi no me animo a decírtelo, parecen fantasmas volando.
¿Qué me pasa? No sé,
los pensamientos, la reflexión, el alto en el camino,
la meditación, si no son pecado
son lujos que no estamos en condiciones de pagárnoslos.
Es una lástima, el tecleo no perdona,
el ruido nos arrastra, piensa por nosotros.
A qué resistirnos si no es posible.
Hay que reconocerlo, a esta altura de las circunstancias
no estamos ya para heroísmos.
Las ideas me persiguen, me flanquean por todas partes.
Que no hay derecho, es cierto.
Sobrevivimos por milagro.
El equilibrio inestable es nuestra tauromaquia predilecta.
CENOTAFIO, ¡esa es la palabra!
(Diccionario de la lengua: monumento funerario
donde esté expresamente ausente el cadáver del muerto).
Preludio
Estamos sobrevolando la nada.
El piloto dice:
no se desesperen, muchachos,
ya estamos llegando,
no duele.
Un poco de polvo
Aún no tuve tiempo.
Se trancaron los relojes
y así —de repente—
¡puf!
se desploma la estantería
larga y cuidadosamente equilibrada.
Lo siento, señor,
un poco de polvo.
Parece mentira
Dicen que el incendio
nos quemó las madrugadas y las pestañas,
son libros,
estampas que odian los retrocesos verdes;
el dinero antes de tiempo
es enemigo infiel,
corruptor de ancianidades decrépitas y decentes.
Parece mentira: ni el obelisco,
ni las tormentas.
Son las 12 y se acabó el pasto.
Puramente vahos
Ilusión del calor,
son puramente vahos.
En un mundo herido y engañoso
casi nunca es valiente
una verdad que desnude a su enemigo.
El humor y la cerveza (tenías razón):
hormigas,
pequeñas hormigas orgullosas de chiquero
somos
y nada más.
(Que el veneno tibio del akê-kê
le dé sabor a tu vida).
A toda máquina
Escribo.
Yo no sé, no quisiera
(centellazo amarillo),
hay un semáforo que empuja,
son mis monstruos queridos
que llegan cabalgando en patas de viento
(¡este empalagoso apego por los monstruos sagrados!).
Tranquilos, muchachos, no alboroten,
que así no sale nada.
En fin (primer intento): escribo,
a toda máquina
quisiera contarles mi vida,
mis muertos
teñidos siempre de negro, de verde.
No sé. El mundo que nos queda (ya lo dije)
no es nuestro.
Escribo: adiós,
amarillo a toda máquina.
Que me escuchen los sordos
Lentas semilunas desgarradas de silencio
bailotean más allá del todo imaginable.
¡Si no somos nada!
El origen
que lo inventen los fenicios.
La oscuridad y la duda no son armas poderosas.
Mensaje a los jóvenes que escriben poesía:
hay que comer manteca y asados,
el colesterol sube
y el fracaso y la arteriosclerosis
pueden estar
mucho más cerca de lo que creen los yankis.
No soy pesimista
pero creo en los planetas raros,
en magos y yerbas estroboscópicas.
Ni sé lo que estoy poniendo.
El fuego me mira con su energía dudosa
y el café con leche se me va de las manos,
la pelota estará pasando la línea del gol
y yo aquí sentado,
meditando.
No hay derecho —me dirán—,
los portaaviones no pueden hundirse.
Es tarde,
ya nadie tolera nada,
esas semilunas más allá de lo imaginable
siguen estando ahí,
contradiciendo la lógica de los elefantes engomados.
Escúchenme si quieren, yo me estoy yendo,
el mate y una nostalgia me esperan
y aunque no siga siendo el mismo
no perderé mi terquedad: esa autodefensa mínima.
Que me escuchen los sordos,
total
algún día
tendremos música.
Probemos adjetivación surrealista
Vanidad,
otros tejen el infinito
en mis cabellos de paja.
Una bruja atónita quisiera mirarte.
Pero no, es mejor
que los niños se caven su propia fosa.
Debe ser viernes o febrero,
caballos mentirosos.
Zonzo atrincherado entre jazmines de verano,
un picaflor contempla tu nada.
Sí, ya sé que te diste cuenta,
pero sigo (bolsones, baches),
algún canario anidará en mi conciencia,
me llenaré de palabras,
escribiré «el» poema épico perfecto
y llegaré a mí mismo. A ese
cosmos chiquitito, inalcanzable.
Vanidad, somos viernes,
es la bruja del 47.
Mentiras convencionales
Esperaba escribirte mentiras convencionales,
pero me engaño
y mis monolíticos embustes
casi parecen verdades.
Tanto engaño mentiroso,
tantas dudosas mentiras me fueron dando
cierta solidez,
cierto mentiroso oficio.
Y ante este ficticio tribunal imaginario
contemplo la ristra,
la larga serie de collares y caracoles,
mis sólidos bodoques acomodados,
esa mentirosa ruleta en la que siempre
salimos perdedores.
Mis mentiras inician el juego de la muerte
y la primera bola es un engaño más
y ya no sé si soy yo mismo o quién es
el que sigue distribuyendo pelotas engañosas
me repienso retrocediendo en la escalera
y son los pasos ciegos: uno, dos,
nunca se sabe
quién tiene la pelota,
quién dice las mentiras,
quién se engaña escribiendo cosas.
Alícuota de vino helado en el suburbio,
un cangrejo inerte asoma
entre el pirí de unos recuerdos mal paridos.
Las uvas verdes
Como si los olores tuvieran otro sabor,
como si los gustos fueran canastos,
mandarinas de un esplendor extraño, sabroso,
mágico de ilusiones siempre nuevas,
cariños en la punta de los labios,
palomas,
niños que jugamos a vivir,
seres de carne y piel,
cansados y nuevos comensales
en el banquete infinito de los dioses,
soñadores
soñando alcanfores amarillos,
rosas de la piel y los vasos
meciéndonos,
acariciados por la vida y por el viento.
Caminos,
hijos y pandorgas,
nuestros más allá de las uvas verdes
y los muertos.
Satanás
Satanás,
amigo que pondrás
un camastro en tus infiernos
cuando este cuerpo aterrice en esos lares.
Como si a vos te importara el peso de la nada,
el vacío cósmico y esas cosas.
Me desvisto de entrecasa
aunque sean Caínes los agujeros negros,
traidores Judas los que ceban tereré;
un Lucifer
en el pináculo de su esplendor,
belleza que llega al charco,
copo de algodón entre recuerdos.
No vengas
Se cierra una puerta más,
entra la gata blanca
a este mundo de marionetas olvidadas
y soy yo el que camina ansioso o cansado
por mis hondos laberintos
sin encontrar la boca
de ese aljibe infinito de agua clara.
Quisiera creer, flotar…
pero no,
prefiero que no vengas,
quisiera estar solo
darle vueltas y vueltas al mundo,
para tratar de entender la vida,
darme tiempo, hacer pie.
Nadie
Hoy sé que nadie me escucha,
que nadie me ve,
que ninguno sentirá
estos golpecitos a tu puerta
porque más que muerto
ya no estás,
ya te has ido.
Latas de tomate
Son latas de pulpa de tomate
a punto de estallar,
mariposas que picotean cuervos.
Escribo: la soledad no es buena compañía,
pero yo te quiero.
No te asustes por las latas de tomate:
son cosas que pasan,
la cuestión en este mundo es procurar
y en eso estamos.
El viento nos golpea la cara y duele,
pero aún estamos en pie
y no hay porqué rendirse
si se puede defender lo que uno tiene.
Uno es siempre lo que fue,
a pesar de los disfraces, a media altura
entre la luna, el sol y los pájaros.
Un-dos, un-dos
Uno,
dos,
tres,
cinco,
diez,
veinte silencios, soledades.
¡Qué importa!,
¡qué importa, ahora, mi vieja!
Todo podrá cambiar de color,
amanecer si es preciso,
abortar la traba sobre el monte,
dejarnos caer,
caer y caer
hasta esa espesura que se esfuma,
esas imágenes de caballos en la arena,
alpiste,
dos palomas que se besan
y una energía nueva, distinta
que nos teje la vida de otro modo.
¡Qué risa imaginar la realidad
vestida de lagartos verdes!

Muñecas de los 7 infiernos
Detrás del pantanal está el silencio,
la oscuridad de Drácula,
el primer infierno de la envidia, la mugre y el plagueo.
Detrás de la mugre y el plagueo,
latente y gris,
hay otro espacio de culebras, odio, monaguillos, flores secas.
Entre los pliegues de esa rotura infantil
estoy yo
acurrucado y curioso como Virgilio,
ahíto entre el rojo, el negro y las interminables catacumbas.
Llegando ya casi
a los 300 pies de profundidad
me pierdo entre paisajes amontonados
y algunos faunos salteando fechorías.
¿Dónde encontrar las ninfas endiosas,
muñecas de los 7 infiernos?
Final del siglo 20
Mancho mi nombre,
desciendo exprofeso a los infiernos
para mirar desde aquí tu nada,
tu silencio atragantado.
¡Salvarse!, vaya pretensión orgullosa.
Final del siglo 20:
el botón de retroceso no responde
y parado
espero una caricia que nunca llegará
porque no existe,
porque estoy perdidamente equivocado.
Monigotes.
Múltiples monigotes, camafeos,
cuadrúpedos alados,
insectos de conventillo.
Mentiras. Pavadas.
Mañana. Vení mañana,
que te preparo té inglés con tostadas y todo.
Regreso a una cebolla que no es de mi lenguaje
Tiro mis sotas al río,
una luciérnaga me escucha
y es como estar detrás
de ese biombo de luz que nos separa.
Unas lágrimas no son nada,
retumbo del hueco elemental,
tortuosa senda gris, me voy yendo
cancha adentro, bola abajo
resuellan cotorras, pajaritos de colores.
¡Aaah!, qué ganas de suspirar,
P4AD-jaque no sirve,
tal vez Sócrates o Shakespeare,
manualidades, ¿el ombligo?
¡No te hagas el bobo, nene!
Retroceso: es el mar,
una escalera al cielo,
una bandada de dioses del Olimpo canta
y un fuerte olor a cebolla
es lo único que vuelve,
gaviota.
El mundo se pone verde
Caíste feo, enano alquimista y reptador,
te noto las hilachas verdes,
es la angustia, no te niegues;
respirando a fondo: un, 2, 3, 4,
a ver las alas —ya no sirven—,
pero no importa, no hay que desesperarse,
el infierno no puede ser lo último que nos espera.
El mundo se pone verde.
Miro y remiro mis laderas sin lagartos,
las mariposas amarillas
que pueblan ese caracú ansioso, temido, verde.
Contemplo de lejos mis sueños apocalípticos,
mis grandes grandilocuencias banales,
mi vanidad,
mi victimada concupiscencia de genio frustrado
que aspira a desentrañar
la estupidez esencial del universo.
Cucurucho de mi corazón,
goloso, enanito tierno,
puede ser una depilación cualquiera,
la lujuria de un espanto, el diluvio,
las mejoras de un poema
o un gesto verde a la deriva.
Nadie inventa el cucurucho antes de tiempo
Y aunque todo parezca espuma destemplada
convoco a mis océanos,
a mis sinfonías perdidas.
Suenan lejanas voces de niños,
me transporto
al hedónico paraíso de mis irrealidades cotidianas,
muerdo el pienso,
masco el maíz amargo de mis recuerdos de chiquero.
Es otra mano la que empuja mis dedos,
se desvanecen las palabras
y el desaliento inmemorial
rescata un pequeño grito perdido
entre los laberintos de esta urdimbre oscura,
soporte de la muerte.
Dominus vobiscum
Adoro el tango
porque es triste
como la muerte.
Adoro la vida
porque es triste
como la muerte.
¿Muertos, quién sabe?
Pienso en los muertos
casi como si no fueran míos.
¡Siempre tratando de esquivar tranvías!
No sé, Carlos,
quiero creer que me escuchás.
Se me derriten catedrales de polvo,
como un vulgar helado de crema
que espera su garganta.
Juego de palabras
que en el fondo no dicen nada.
Pero vos, Carlos, sé que me escuchás,
que entenderás
lo que son mis muertos desenterrados,
mis dudosas y agrias cucarachas amarillas.
Los muertos (¡qué cosa!),
no poder creer en las versiones oficiales.
Oficiar misas, responsos,
construir sinagogas, glorias.
Sí, Carlos —gracias—,
sé que me entendés,
aunque sea el día de tu cumpleaños
y la guerra y los milagros
estén allí nomás
esperándonos
(mañana),
quién sabe.
Esa mirada péida de los muertos
Algo dice
que tal vez una muerte más
no signifique nada.
Y no te culpo
porque no supiste prever las consecuencias,
los impuestos, el absurdo,
la desnudez ridícula del primer beso,
del primer verso, del día claro
que amaneció lloviendo,
en el que un universo inútil
se licuó entre nuestros dedos.
Triste es la tecla, péida la mirada,
uno se equivoca y casi parece un lunes cualquiera
como aquellos
en que una mariposa psicótica y amarilla
desparramaba los sueños.
Engalanando al muerto
Ahora es el momento
de las libaciones catastróficas.
El catafalco espera:
cirios y música de serafines,
hay un sinfín de viudas cincuentonas
engalanando el cadáver.
¡Oh!, esa rigidez hermosa
me asusto del cinismo
de los fanáticos escuchadores de chistes verdes,
huele a incienso
y un regusto agrio-amargo:
los cadáveres tienen sus leyes.
¡Ay!, horas del champagne en la pileta,
infarto ansiado,
cáncer nuestro cotidiano,
quisiera latir, partirme entre sudoraciones frías.
Un muerto no tiene derecho a morirse
y mucho menos la sana posibilidad de matarse
un martes cualquiera
o una siesta
o un día cualquiera de verano de 1984.

Escuchemos la voz de los muertos
Hermano:
el tiempo de las claudicaciones
es un vago recuerdo.
Es la hora de la muerte de los muertos,
innovemos la geografía de las constelaciones,
luchemos por una mejor distribución
de las sensaciones olfativas.
¡Viva el gremio de los muertos bien muertos,
los pocos que supimos ser consecuentemente tales
con nuestras debilidades de ultratumba!
Denunciamos
la superpoblación del purgatorio
y si algún ingenuo alguna vez creyó posible
reencontrarse aquí con el espíritu de M. M.,
que deshaga sanamente sus maletas
que lo piense dos veces.
Tal vez el infierno soporte
una tasa de interés más acorde a los tiempos
y Lucifer luzca aún
esa su capa flamígera, espeluznante.
¡Quién creyera!,
si es el tiempo de los helados,
del calor atemperado del infierno.
No somos nada:
¿quién escucha la palabra,
la voz, el sonido,
ruido sordo insonoro indescifrable
de nosotros, muerte—muerto—muertos?
Una muerte más
quizá no signifique nada.
La muerte de los muertos
Atravesada por la pestilencia del muladar
(turbio de toda turbiedad),
mariposa ciega de un surrealismo trasnochado.
Ya casi nada vale a la hora de los relojes muertos.
Es tiempo de decir adiós,
la vida cobra su real sentido alucinado,
un cangrejo de tres patas retrocede
y Alicia y su séquito de diablos arrepentidos
cantan una canción marcial (de chau)
a los muertos de la tribu.
¡Un tuberculoso más!
Y es una marcha de cristales rotos
lo único que acompaña al cortejo verde
más allá del calvario convencional
después del minuto,
antes/después
de la muerte de los muertos.
(De los MARTES).
Jajohecháta koê’ro
Siempre llegando tarde,
el futuro nos carcome las entrañas.
Una caricia. Soñamos.
Quiero creer que vivimos porque nos gusta.
Es preciso estar firme o apuntalado con estacas,
sostenerse, sonreír, decir buenos días,
vivir en esta tierra, soñar con un cielo estrellado
a pesar del smog y de los monstruos.
¿Y quién perdona después lo que no fuimos?
Todo es posible cuando el sol ha muerto.
Cartones amarillos, pájaros grises y herrumbrados,
hormigón en latas es el remedio:
¡cómprelo en su farmacia favorita!
Hay que darle, muchachos,
hay que darle sin asco a la cosa,
¿qué tenemos que perder?
Decir «no somos nada» es un vicio.
¿Amanecerán cucarachas esparcidas
sobre la alfombra verde? Es todo un enigma.
Marquen la alternativa 2, no sean malos,
no se hagan los díscolos, ¿para qué contradecirnos
si ni siquiera sabemos lo que somos?
Nubarrones, amapolas,
vacas sagradas nos miran con ojos desconsolados,
alguna paloma duerme el santísimo sueño de los justos.
Es tarde,
muere la hija del panadero de la esquina.
Amanóta de quebranto, dice la polca.
Jajohecháta koê’ro, contestan los muertos.
Úrsula india
Úrsula india: despierta,
aquí tienes para tu corsario.
Úrsula-indiecita, duerme,
aquí tienes a tu niño grande.
Río, voz sedienta,
una bahía entera remonta
tu cuerpo moreno de espinas.
Una niñita, india Úrsula,
en ti llaman la concupiscencia de los ojos,
la barbarie civilizadora del arcabuz y el casco;
son las imponentes carabelas/calaveras
que cruzan boyando esa boca angosta.
Eras una india, una niña,
duro tronco llamado kuñataî,
flor que ironiza los tiempos,
flor del tajy crecida en el desierto.
El cuerpo es tu trabajo,
un destino como cualquier otro,
criar pichones de cuervo en tu nido.
Ndahechaporâi.
No importa, Úrsula, india,
total los hijos serán tuyos,
el pique, la póra, el techagaú,
algo que dejó de ser, que-nunca-más
y el aroma europeo te embriagará, perdida
y con estilo bárbaro
crecerán en ti y por ti semillas
que ni te imaginas para qué ni adónde irán.
Son los mosquitos que remontan desde la bahía
y en época tuya, sin espirales ni mosquiteros,
una niña, Úrsula, india,
será madre de ciudades
y yo habré nacido
medio gringo-medio avá,
oscurecido entre los cocoteros del paisaje,
a medio hacer, promesa de tesoros lejanos.
Tahyi-akê-kê dormida, Úrsula,
un marinero contempla tus cerros, tu bahía desnuda
y una madre se pierde
ante la urgencia, el negocio,
la impudicia.
Post scriptum
Vanidad.
Vanidad de vanidades.
Vanidad de vanidades, todo es vanidad.
¿Qué provecho obtiene el hombre de su esfuerzo?
Una generación viene y otra se va,
mas la tierra siempre permanece.
Sale el sol y es mediodía.
Es de tarde, sopla el viento y el sol se pone.
Todos los ríos van al mar,
caminan, ríen, se desbordan
y el mar sigue siempre igual.
Todas las cosas se obtienen con esfuerzo.
No se sacia el ojo de ver, ni se harta el oído de oír.
Lo que fue, eso será y lo que se hizo, eso se hará,
pues no existe nada nuevo bajo el sol.
No hay memoria de los antepasados
ni de los descendientes por venir habrá recuerdos.
Los siglos seguirán siendo siempre iguales
a pesar de las guerras y del hombre.
He mirado todo lo que se hace bajo el sol y aún de noche,
y he aquí que todo es vanidad y empeño vano.
Lo torcido no puede enderezarse
y lo que falta no lo podemos alcanzar.
Hablé con mi propio corazón. Acumulé sabiduría
por encima de cuantos han sido antes que yo.
Puse mi afán en discernir sabiduría y ciencia,
locura y necedad,
y al final he comprendido
que aun eso, que todo es vanidad.
Eclesiastés 1
Todo tiene su tiempo
y su momento cada cosa bajo el sol.
Su hora el nacer y su hora el morir.
Su hora el plantar y su hora el arrancar lo plantado.
Su hora el matar y su hora el curar.
Su hora el destruir y su hora el construir.
Su hora el llorar y su hora el reír.
Su hora el lamentarse y su hora el bailar.
Su hora el tirar piedras y su hora el amontonarlas.
Su hora el abrazar y no hora el no abrazar.
Su hora el buscar y su hora el extraviarse.
Su hora el guardar y su hora el tirar.
Su hora el raspar y su hora el coser.
Su hora el callar y su hora el gritar.
Su hora el amar y su hora el odiar.
Su hora la guerra y su hora la paz.
Eclesiastés 3

***
Jorge Canese (Asunción, 1947) es un poeta paraguayo, médico y profesor universitario en microbiología. Su libro Paloma negra, paloma blanca, publicado en 1982, durante la dictadura de Alfredo Stroessner, «fue sentenciado a la hoguera en vivo y en directo» por el subsecretario de Información y Cultura de la oficina presidencial, que lo calificó de subversivo y apátrida. Experimental, transgresor de la ortografía, creador de una enunciación híbrida entre el guaraní, el jopará, el portugués y el español (a lo Wilson Bueno), es uno de los autores más destacados del país de José Saturnino Cardozo. En los albores de la caída del régimen, publicó el cuentario Stroessner roto (1989).
Todas las obras artísticas que acompañan estos versos son del paraguayo Feliciano Centurión, quien se profesionalizó y falleció en la ciudad de Buenos Aires —destinos mancomunados, los de Asunción y la capital argentina. Las imágenes fueron tomadas del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA). La fotografía de la portada muestra una de las calles del silencioso centro histórico de la capital paraguaya.
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