Impreso en los talleres de Arancibia Hermanos, en Santiago de Chile, en 1962, este poemario inaugura la abundante y diferenciada obra poética de Hernán Lavín Cerda, escritor chileno con una biografía repartida entre su tierra natal y el receptor México, a donde aterrizó luego del golpe de Estado que perpetró Augusto Pinochet contra el proyecto popular de Salvador Allende, reprimido con ayuda de los Estados Unidos en 1973.
Esta revista homónima se planteó desde su fundación, en febrero de 2020, como un homenaje a la literatura latinoamericana en general y a la chilena en particular, y tomó su nombre de aquel libro extraviado en los estantes santiaguinos para refrendar esa voluntad de genealogía, esa intención de eco entre las voces de lo extraviado a voluntad, de lo anómalo por exploración estética.
La altura desprendida que se reproduce aquí fue recuperada en una visita a la Biblioteca Nacional de Chile y fue copiada íntegra para el disfrute de posibles nuevas lecturas en este sangriento y tristísimo siglo XXI. Otra vez, de otro modo lo mismo, como dijo un poeta veracruzano amigo del autor.

A Nora,
faro despeinado
que ordena mi alta mar
HACIA
Hay que vencer al guerrero
Sobre ti,
alud,
voy a viajar.
Aquí estoy, sin horas.
De hombre a hombre, inabarcable.
Sólo soy uno de ellos
que se cuelga del viento.
Allí están los mares y el espacio.
En alguna parte debe estar
la antorcha del macizo guerrero
que hace guardia en la noche.
Desde alguna parte es posible
regresar a la historia.
—Sí, desde el fuego desprendido.
El primer ermitaño
De súbito aparezco en una travesía
saltando mis cadenas
y asiéndome a las barras de hierro calcinado
que defienden mis puertas de ónix.
Como un payaso buscando luz
en las cavernas ciegas
y persiguiendo el reconocimiento:
¿de qué,
si nunca he hilado en la rueca del conocer?
¿Qué hay en mi frente?
Una voz no extraña a la compañía
del órgano clavado en mi espalda
me tranquiliza.
Y más allá del principio,
si llego al fondo de mí,
¿qué ven mis ojos aún dormidos?
¿Dominaré el temblor de mis manos y podré descolgar,
con la destreza del marino viejo,
el ancla testimonio de mi identificación?
Debo partir y hundirme en mis corrientes.
Necesito años infinitos si deseo aproximarse al hallazgo
de las demostraciones y las respuestas.
Quiero saber por qué los pájaros me cruzan
y el rumor viene a mi oído.
Como un huésped espero el regalo de las claves.
Pero sé que antes
necesito viajar por las costas de mi tiempo
para restaurarme y comprobar
que fui el prime ermitaño
poseedor de todas mis semejanzas.
Sin llanto
Hay un pájaro herido en mi pecho.
Hoy, después, algún día,
creo,
huirá de mí.
Ahora solamente cae mi sangre.
Luego el vuelo.
Negro pájaro hacia la altura,
¡tan negro el cielo!
Lentamente,
distante del agua,
con algo de sangre, durmiendo.
Y aunque no hay horas,
largamente,
la sed vuelve a la punta de mi lengua.
Pido más vida:
nadie parece oírme.
Entonces despereza el pájaro
sus alas trizadas
y me sorprende y huye,
ahora huye de mi vida.
Tiemblo y mis ojos destruyen las figuras.
Mis oídos no escuchan el ruido
de mi alma
y mis manos no pueden unir
las palabras y los signos.
Se estremece mi tierra, abren mis manos
mi vientre y mis pies.
Ponen mis llagas al sol.
Y cuando todos esperan mi dolor no llega.
¿Quién se quejará por mí?
Pronto seré nube sin lluvia
y abismo
sin fondo.
Ya nadie podrá saber
que todo empezó
en angustia sin llanto.
Encuentro con la muerte
Sentado en una ráfaga
de nubes diurnas
mueve el sol arriba
su mantilla de miel.
Más abajo,
tiembla de frío el árbol
y un millón de hostias colgando
son en vuelo marcadas
por el viento del otoño.
Caminando entre domingos
me encuentro conmigo.
¿Cómo no saludarme
después de cuánto tiempo?
Escuchamos y lloran
nueces quebradas en las bocas
de los niños.
El sonido se explica
en mi reencuentro.
Terminamos de buscar
y todo se descubre.
Cruzamos una puerta de viento
y más abajo de la tierra,
en la gruta del gusano insomne,
vemos que sube la muerte
hasta los ojos del niño.
Se columpia veloz
el hijo muerto
de los cabellos tiesos.
Va y viene feliz.
Atrás sonríen,
cada vez más muertos,
los padres
de la muerte.
Espera
Frío crepúsculo de mayo.
Respira hundido
el último resplandor metálico
de este cuchillo tembloroso
y cristalino,
como la clara del huevo adormecido
en mi mano
y orgulloso de la blanca
muralla
que es su cáscara.
Estoy en mi pieza
de limones y cilindros.
Miro colgar el cuadro
de la sombra laberíntica.
Veo petrificarse mi estufa
y escucho el vagido
cuando se desprende de la boca
de hierro.
Me adelanto.
Entonces surgen el glaciar rojo
y los llameantes picachos
y las puntas inquietas.
Veo pasar el huevo
que pesa y cae.
Veo pasar el cuadro
que cae y pesa.
Veo pasar el fuego
que pesa y cae.
Mis dedos se quiebran
bajo el peso de las sillas
y el llanto del niño.
Mis dedos se quiebran
cuando levanto la muñeca muerta.
No sé por quién soy llevado
hasta el umbral
donde se gesta la familia.
Puedo abrir la puerta y saltar
sobre la noche.
Pero ahí,
afuera,
sé que orina el perro en la cerca
y están listos sus ojos
para destrozar mi nuca.
También desconfío de la lluvia.
Si ella quiere se suelta
de las bodegas del cielo,
donde las nubes esperan el sonido
que es señal para inundar
con sus gotas
todos los rincones de mi casa.
Ponen candados,
rejuvenecen los postigos
y barrotes,
aceitan las aldabas.
Y todo en vano porque
vendrá,
vendrá la lluvia
destruyendo obstáculos,
mientras aquí abajo,
sentados,
mirando la mochila derrotada
y vieja,
esperamos…
Ni un punto de agua
Me rodean hojas
continuadas
como niños que no abandonan
sus columpios.
Mientras la vieja arranca
flores de légamo
y las ramas me golpean furiosas
en las piernas,
mis imaginarios dientes
cortan peces de agua
que en mí navegan.
No quiero oír el grito del pájaro.
Como gotas que perforan
el viento del mundo,
me hiere su rumor de plumas altas.
Y si me doy vuelta y miro,
mi mar de espejismo se adelgaza
y ya no sé dónde poner mi mano
para encontrar mi principio.
No veo el agua
que antes estaba en mis almuerzos.
No hay en mí un río amarrado
a la costa de un círculo.
He perdido lo que pudo ser una laguna.
¿Para qué reconciliarme con mis peces,
cuando ellos protegen desiertos
de lunas ciegas?
Sobre el mantel de mi mesa
donde permanezco en mi alimento,
no está el agua que mis manos partían.
Ni una sombra de agua,
ni un punto de agua
para esperar mi noche.
Donde la oscuridad de fríos siglos
La lechuza tarda con su nocturna alegoría.
Estoy solo y espero el regreso de la sombra de mi sombra.
Ella trae en sus ojos la mirada eterna
de la estatua indescifrable.
Sólo un leve resplandor
cruza un relámpago y me sorprende
al borde de la fosa
donde la oscuridad de fríos siglos es mi amiga.

CAMINO
Ofrenda
Se derramó Vino
en el templo
de la piedra
Y el rumor
del pueblo
conmovió al Ausente
Regresó
de muy lejos
quien vivió
los años del mundo
Admiró el cambio
de su rostro
y tendió los dedos
para palpar sus labios
Sintió en ellos
que ardía
un hilo de fuego
—Tu boca
—»Sí, mi boca»
Y cayó
en la tierra
un hilo de Vino
Pies
Una vertical de sol,
arriba
y más allá,
junto a la orilla del río,
va en el camino
de la hojarasca.
Es una luz de recta.
Cuando llega el gesto
se ruboriza su nervio.
El furor la retuerce.
Así desconfía del viento,
así escupe el ojo izquierdo
de su sombra
y lanza
un veloz lazo
de luminoso silencio.
Siento apretarse el nudo
y la asfixia
de mis raíces a mis sienes sube.
Se cierra la fibra maciza
y como el gollete huesudo
del viejo mendigo,
crujiendo se desploman
las jaulas ennegrecidas.
Dentro huele a lomo de cerdo
y mis pies encadenados
—¿son delincuentes perpetuos?—
deben morir mañana,
infatigables y transfigurados,
vistos diariamente
y
día a día
olvidados.
Fue en setiembre: poesía
A mi madre
Recuerdo que yo también participé
en el brote de los árboles:
alguien puso en las hojas de mi boca
una flor de cantos
con su rosada sombra.
Fue sólo un pétalo
y me sentí como en un traje
del más bello sabor a corolas eternas.
Jamás busqué los herbarios
y cuando fui a los campos
apenas pude mirar las alas intranquilas
del pájaro del sol.
Curioso es que no haya visto
la flor entre la hierba:
supe de ella en la ciudad.
La divisé en la calle
detrás de una bufanda,
me hizo llorar en el cementerio
y llegó a tener una barba más fugaz
que las noches del verano.
Durante años, sin explicarme,
me levanté dormido.
No fui a ver los geranios delgados
que mi madre había puesto
en el florero del comedor;
murieron de pronto, a los pocos días,
y yo no estuve allí.
En mi casa lloraron.
Pero una tarde de setiembre
vino esa flor de cristal a mi pieza
y se quedó por minutos en mi mano.
Lloramos juntos. Me dijo:
«No quiero tronos altivos».
La abracé y me fui con ella.
Que volemos volemos
Son poetas que ruedan en el patio:
son círculos mímicos,
son marinas formas.
Del mar a la tierra,
de la atmósfera a la tierra:
con ojos de agitadas visiones
y piernas de recordados deseos,
quieren caer o saltar los poetas.
Es éste un ventisquero de islas.
Balones de alas epilépticas
destruyen las caras del rectángulo
que se pone delante.
«Que se abran las puertas
y se acuesten las ventanas
y las paredes se levanten».
Entonces más vino, más vodka, más whisky.
«Que rápido se vistan los poemas.
Poned llave a las maletas.
Antes de partir adornemos el equipaje
con un canto de tumbas resurrectas».
¡Que volemos, volemos!
¿El combustible en su puesto?
¡Que cantemos, cantemos!
Nadie en la tierra:
con la voz de nuestra leña
encendamos el satélite.
¡Que volemos, volemos!
Volemos, sí, cantemos.
Desde el patio, por ahora,
no buscamos sino el vuelo.

VIGILANTE DORMIDO
La dama de Babel
Acostado en la espuma
me uno al talle
de la dama inquieta.
Palpo sus senos vacíos
y veo que desgarra el agua
con las uñas frías.
Inquieta siempre,
la dama
de aquellos ojos
no volverá junto al hombre.
Se hunde en el vaso
del Ártico
tras la huella
del naufragio
y empieza la
cacería.
Defienden los moluscos
sus cavernas de lluvia marina,
pero el hombre
escapa del centinela
y
resucita entre las aguas,
allí en el templo de los peces.
Entonces la mujer ríe,
levanta el pecho
y es una espada que rasga
el escudo del mar.
«Seduzcamos a la extraña»,
anuncian los delfines
y clavan alarmas
en las rocas sumergidas.
Tibias inician su vaivén
las olas
y más pulcra se vuelve
la espuma.
Se agita el vientre de la dama
y tocan su sexo las aletas
del cetáceo.
Convulso el origen.
Y ahí nazco en mi
muerte,
cuando la joven viajera
quiere mostrarme
la vida.
Pianista sin tiempo
La luz se oculta
tras el piano.
Fuerte,
más fuerte,
se golpean blancas y negras
y un jurado de fusas,
semifusas
y corcheas
escucha.
Atrás el tiempo,
matrimonio de años,
es en las butacas
un espectador ciego.
Sé que soy un pedazo de ti:
de tu seno tiempo
y de tu vientre tiempo
alimentado.
Pero aun puedo oír y ver.
Oigo la música
que es transfigurada
en el oído de tus años
viejos y enfermos.
Beethoven aparece
en el teclado y regresa
en rebeldes acordes
al mausoleo de su tiempo.
Debajo,
estalla un pájaro
de gotas verdes
y Debussy
deja en las pautas
el brillo de sus fuentes.
Entonces la simetría muere
apoyada en un bastón
de reglas.
Se abren las piedras:
ahí viene el pianista
sin tiempo.
Instante
Un cuarto
de la hora
detenida
en un reloj
y en la calle.
Azules caras salen
del edificio
y las manos
se mueven
en rituales.
Galerías
de huesos
suben
con sus rostros
al aire:
y todo es
en un segundo:
la unión
y la fuga.
Justo
el
instante
para anudar
la cadena
cortada
de gaviotas
y
de cuervos.
Por qué: dónde
¿Por qué la tierra está limpia?
¿Por qué hay cristales húmedos
y no están las piedras que los niños golpeaban
con varillas ásperas?
¿Por qué duermen las alas
y no saltan las ranas en la charca?
¿Por qué el árbol
no atrapa al viento del vuelo?
¿Para qué su altura
si se burla de él
una esfera gélida?
¿Dónde la carretilla
del solitario trigo?
¿Dónde el compás primero de la música
y el tacto en los objetos diluidos?
Sólo al frente una paloma despierta:
en su ojo un testimonio,
un luego adivinado,
un futuro estatuario.

ESQUINA NATURAL
Olor
Una galería
de algodón
es mi bolsillo,
y se abre
cuando el abrigo
de mi vuelo
levanta su solapa
de azules alas viejas.
Oscila una hilacha
negra y larga
y es de lana
su horizonte trémulo.
Se atacan
líneas tendidas
como vetas
de calientes metales,
sobre un pasto
de olor
en esta noche.
Todo es de olor
cuando camino
y el sol
me da su espalda:
es olor mi abrigo
en esta noche.
Olor a vidrios
en la calle
y a cielo
de cemento atravesado
por puñales
de estrellas.
Mitad de un pan
de olor
entre botellas
esparcidas.
Olor a cintura
desnuda.
Último olor a ojos
de mujer
que ya se apagan.
Y olor inmóvil,
solo,
que no duerme
en las estatuas.
Trompo
Me enredo en un trompo negro,
bailarín de infancia,
girador de invierno
entre la tierra.
En el aire los niños unen
remolinos de sogas
y algo de ellos se pierde
en estos juegos blancos.
Gira el trompo ebrio
de madera golpeada:
gira como una pieza vacía
en la cabeza de un loco.
Oscurece la tarde
llevada encima de este vértigo:
giran carretas y fuentes
iglesias y campanarios.
Gira un tallo de apio
entre piedras
de edad gastada.
Llegan alas al eje
del trompo
y el hombre
ahí no muere.
Cerca del puente
un niño que cuenta
monedas de escarcha
ve a lo lejos
un juguete detenido.
El mundo veloz
entra en un cuadrado
de frío
y se desvanece.
La última paloma
ya no puede picotear
el polvo de harina
de la noche.
Primera lluvia
Tras el último pino enfermo
de la montaña más antigua,
se hundió el sol con las alas
trizadas:
y de una vieja copa cayó un corazón
de lumbre
Allí nació la primera vena del vino.
En aquel crepúsculo
terminó el diálogo vegetal
entre hortalizas rojas
y tréboles amarillos.
Y al renacer el alba,
cuando me confundieron esencias,
los árboles y las piedras
vistieron un traje de embrujo
verde.
Llovió
y se deslizaron cristales.
Contentos,
mascando naranjas,
esperamos al patriarca
que repartió su caravana de lágrimas
entre los pueblos de sal.
La savia
hizo germinar las piedras
y el poder de los faroles
en las puertas del espacio
cambió el rumbo de los ríos.
No retornó el sol,
vagabundo de la llama mustia.
Y los campos,
con el rostro feliz
de sus arbustos,
recibieron este primer murmullo
de la lluvia.
Me visita un paraguas
Invierno.
Un paraguas negro
visita mi cabeza
y le dedico un banquete
en la mesa de mi frente.
Yo como pan de palta
y trizo con mis dientes un vaso de membrillo.
Él bebe agua de aceitunas,
agua de cebollas,
agua de frejoles.
No hay sobremesa.
El paraguas atraviesa el puente de mis hombros
y lo recibo en mi mano.
Abro mi puerta y conversamos
en un cementerio
de hojas húmedas.
Vemos tumbas donde había escaños,
ramas negras donde había flores,
magnolias heridas pegadas en los pinos,
alas de zorzal enredadas en el viento.
Vuelan las manos de los árboles,
el barro se clava en el farol dormido
y pasan lagunas muertas por el balancín del niño.
Ya no sonríen botellas de leche
ni hay plátanos al mediodía.
En invierno la muerte se duplica.
Amigo, en tu copa de hilo recoges mi lluvia
y cuando ves que tiritan las estalactitas del perro,
tu temor destruye mi mano.
Y te vas
y te elevas
y estás solo.
No puede sonar el grito en el corno de mi boca
y se pierde entre los bancos mi murmullo:
«vuelve, encorvado paraguas.
Quiero la corona de tu noche
para que proteja mi ataúd en cada invierno».
Pluma risa
Pero ¿qué fue de tu cambio
en pluma risa,
cuando subí y salté desnudo
a la punta de tus senos azules?
Te sorprendí con un susto
de liebre blanca en las orejas
y besé tus nalgas tibias
como la piel de los duraznos.
Sentí en tus labios
la humedad que no es muda
y dormí en tu espalda de uvas duras.
Tal vez me perdí
sin enderezar antes
tus rodillas de nieve alegre.
Desapareció tu olor de muslo lento
como la hierba doblada en taza blanca.
Al nuevo día olvidamos
las cinturas cansadas.
Voy a la casa de Camilo Mori
Voy a la casa de Camilo,
agito mi paraguas
y se estremecen
campanillas en el aire.
Tiembla distraída la lluvia
y corro
y me escondo
hasta que de nuevo me alcanza
su caballo de agua.
Tengo una espuela
líquida
en la mano
y bailo entre botones húmedos
de luz
desvanecida.
No me resigno
a ser invadido por lanzas
heladas.
Hago una señal
y las gotas se desvían,
un ruido
metálico
y la puerta se aleja.
Como un faro,
la casa de Camilo
es guía
de sombras oblicuas.
Colores,
rumor en las esquinas,
leña ardiendo,
guantes abiertos,
eco de madera en la escala
y una boina negra
de pincel fino.
Corbata introvertida.
Camilo de óleo:
en tus pinceles
el fuego
es más hermoso
que sueño de volcán
o mar despierto.
Camilo claroscuro
de arcoíris,
paleta bermellón de humo
y domador de elementos:
tu mano
puede
pintar
en el
vacío.
Ala única
La lluvia
aprende a morir distinta
en un tejido
de puntos de agua:
y en la poza las gotas se conocen
y juegan y cuentan
que aún está la noche enferma
y que el sol no envía
un saludo en su rayo mayor.
Apenas cubiertos por las hojas
del limonero
dos pájaros escuchan.
De silenciosas alas
son guerreros volando
entre los edificios.
El agua reunida los atrae
y cuando
están cerca de la orilla
dos hebras de lluvia se enlazan
y entonces el cansancio es más rápido,
como de niños agitados.
Del centro a las esquinas
se extiende un labio transparente
y la lluvia desnuda
su vientre y sus altos senos.
Tal vez yo sea
uno de aquellos pájaros
pero no tengo las primeras alas
ni soy el primer viento
que levanta piedras.
¿De quién es
la primera
ala
que puede dormir
en el aguamuerta?

SIGNO
Última caída
Nadie
es capaz de mostrar
las habitaciones del aire:
en verdad hay filtros ingenuos
en nuestros pulmones.
De poco sirven
los advertidos pétalos que hacen sonar
las campanas de nuestras lágrimas:
tenemos más de dos ojos
y la cicatriz todavía está lejos:
pero viene: y estar lejos
no es estar detenida:
canta
tan bien
como la luz
en la caída de la oscuridad.
Antes amé la oscuridad: aún la amo.
Pero jamás la vi como hoy:
perdió lo más bello.
Fue tan oscuramente limpia
tan claramente oscura.
En la noche fue la muchacha
de risa
que besaba el día.
Fueron senos de ébano
y en ellos durmió
una cabeza sin polvo.
Humildes coronas ambarinas
adornaron las casas
y después del trabajo
hubo filas oscuras de colores
en los besos.
Hoy temo:
la oscuridad no es sólo noche
ni amor con sueño de trabajo joven:
es un sexo gigante parado en una esquina,
una novia de mentiras,
un pezón ácido y deforme
que se descubre. Imagino
escombros y oigo:
«es nuestra muerte sin prejuicios».
No resisto el mal olor de los vientres.
Entre velos de música, de humo,
todos quieren bailar con los pederastas.
Escuchen:
«¡son los héroes distintos!»
Me dicen:
«¡diviértase!
Goce, la destrucción
es a veces placentera.
¿De quién espera recibir la nueva rosa
blanca? Este es un baile indivisible
con viejos ministros
y nalgas adolescentes.
Mire el carrusel veloz:
el vértigo, la náusea colectiva».
Miré
y se doblaron las patas
del sistemático caballo.
Imposible fue detener la caída:
murieron estructuras antiguas.
Vimos el fin de la gastada
cinta de cine,
se descolgaron telones
y no apareció
este lado de la muerte.
Pan para el tigre
Hubo un salón antiguo,
un piano que vio dormir manos niñas
y dedos viejos, inflados
como velas de plata
en los navíos.
Hubo también sillones quemados
en la caldera del tiempo,
y en ellos murieron las palabras
que me abandonaron.
Sentí que sacaban uñas de mi alma
con una larga pinza de fuego.
Vi que golpeaban mi espalda
látigos de metal cansado.
Y todo porque
quise cambiar mis ojos
por un pan repetido
como los brotes del árbol
en primavera.
Y todo porque
quise cambiar mis ojos
por harina dormida en los dientes
quebrados de tanto triturar
viento.
Ahora quiero oír
qué dice la muerte
cuando encuentre una isla de uvas
en mi boca.
Quiero seguir cantando.
Mi canto es de los que sólo oyen
la voz de la lluvia
caer más fría sobre sus cabezas.
Pero una mujer me dice:
«¡Cuidado! No te acerques
al tigre de tu pueblo».
Miro mis manos
y son las hojas verdes
del árbol del pueblo.
Me veo lleno de ojotas,
de barbas de tierra herida,
de pies de álamo
partidos por el agua.
Y disparo mi arma cargada
con balas de corazones infinitos.
Quiero sonar
como trutrucas araucanas.
Me visto de guerra en un instante.
Oigo el tam-tam:
y un indio,
y un campesino,
y un roto
despiertan a mis venas
y preparan sus armas
en mi cuerpo de trincheras.
De súbito,
los peces salvajes atracan
en mi puerto.
La mujer picotea de nuevo mi costado
con palabras engañosas:
«aquí entrego dinero
para librar a mis hijos
de la sangre sublevada».
Y a su hija grita con la boca inflada en aire
de lagartos:
«no permitas que él lance tus hijos
a las fauces del tigre
hecho de pueblo».
Y así madres, hijas, hermanas.
Y muchas otras,
y muchos otros.
Quedo solo.
Listo para meter larvas
en la piel de las palabras.
Quedo solo.
Pero luego,
y muy alegre,
viene el indio
y me da su pluma de agua y sangre.
Viene el labriego
y me calza con sus ojotas hambrientas.
Viene el minero
y me pone en la mano un garrote
de metal furioso.
Viene el obrero
con su insignia de humo y llanto.
Viene el roto
con su vaso de agua roja
que yo levanto
en un brindis de victoria.
Bienvenidos
A mi padre
¡Vienen!
Corremos y de tanto girar
estamos detenidos.
En el árbol viejo suenan
clarines de hojas cóncavas
y el agua de las fuentes
se pone de pie.
Cada vez más rectas
saludan las aceras
y en el pecho de los pájaros
lucen las estrellas al mérito
del vuelo.
Ahora la tierra es un murmullo,
un mimo adolescente,
un lenguaje de luciérnagas:
de la risa más fina es esta fiesta
y del amor que hace saltar
el hierro de los bustos.
La espera recién termina:
el cielo estalla
y entre la brisa caen serpentinas.
Sí, ya están aquí los hombres
de la batalla; se acercan y nadie
recuerda el letargo de los arados.
¡Cuántos martillos
moldean este viento nuevo!
Después de tanto tiempo
ahora hay aserraderos donde esperan
las gaviotas de proas alegres.
Los hongos levantan sus cabezas
extraviadas, las flores se balancean
nerviosas, las hojas corren
como policías agrupados
y la agilidad quiebra
la silla del abuelo.
Habla un capitán,
la tropa aún trae guirnaldas de hambre
y de las bocas heridas
descienden copihues entrelazados.
Las ventanas se abren para llenar
de besos y de frutas a los que vuelven.
Ya no más carbones
y crepúsculos sin sueños.
Hagamos explotar la pólvora rezagada
en las canteras,
sepultemos los fusiles del mito:
paz para el hombre
y su reencuentro.
Un pueblo
El cemento en las caras,
los overoles gastados,
el sol en las frentes nuevas
aunque heridas,
aunque húmedas.
Alquitrán derritiéndose.
Toda la familia
en largas filas consumiéndose.
Un pueblo
con algo de tristeza
para pasar la noche.
Cerrado en señal del tiempo
Ser una figura y pasar blanco
entre puntos grises y negros
sobre una pantalla móvil.
Desaparecer en un tubo rojo
como la voz del hilo,
distante de una magia de interruptores
y de llaves. Aislarse de amarilla penumbra,
huir, huir del volt, sin rayo y sintonía.
Dejar atrás el cable y burlarse de los pájaros
electrizantes
que en este momento caen del aire.
Ser un polo desconocido, no pensar en el cesio
ni en el cobalto,
no dormir en la raíz de la cifra,
romboide y círculo de Apolonio,
lejos de la fórmula.
Esquivar la tonelada de T.N.T.
¡Culpabilidad tuya, díscola molécula de átomo,
rápido abalorio de radium,
arácnido en la piel de un radiólogo
calvo y sin guantes!
Luego cantar, irse, así sin corbata,
en el cuello el sol convexo
y hacia una estación de plata y noche
extender los brazos: luz y rama.
¡Volar, abrir el cielo,
en un engaste de joya situar una lágrima
y usar el resplandor de una franela contenta!
Distante,
bajar del libro la tapa roja
y cubrir el samovar con la cortina
que en el sueño empieza.
Olvidar la cuchara rusa
y tener la certidumbre de que los ojos
se abrirán de nuevo para ver en el viento
la altura de un acorde de lira.
Decir adiós al amigo
y al que espera de cuchillo en las pupilas.
Colgarse como un letrero:
«Cerrado en señal del tiempo».
Oír el llamado del coro
y comer un ala de lluvia en la mañana.
Crepuscular en la tristeza
subir,
llegar,
arena apenas de eternidad deslizada,
caer.
Después envejecer. Y ausente de uno mismo,
no dejar de morir.

RÉQUIEM
Estás viva, Lenka
Estoy sentado junto a mi siesta.
Mis ojos cruzan la ventana de la pieza
y ven techos que lloran
porque el luto ha llegado
a las casas de mi barrio.
Lentamente
desciende el rocío de la tarde.
Pronto estarán
solos
los muertos con sus muertos,
y habrá
en Casa del Cemento Viejo
y del jardín enfermo,
un huésped
que se quedará para siempre.
¿Cómo entregarme al sueño
cuando sólo tú debes dormir?
Aprisiona con toda la fuerza
de tu pecho triste
este sueño
del mundo
que hoy es tuyo.
Duerme.
Olvida que piensas.
Yace,
aunque tu descanso
dure nada más
que el pestañear del tiempo.
Pero te levantas,
Lenka.
Tú que nos llevas
en la bóveda limpia de tu cuerpo,
¿por qué no escuchas?
No.
No fuiste esculpida
en piedra muerta.
Jamás será violada tu vida
por la muerte.
Estás viva,
Lenka.
Eres de lluvia en la frente,
tus manos son el viento
y en tus venas hay tierra.
Luego,
de tan blanca que eres
te confundirás con el aire.
No te podemos ver,
Lenka de mármol,
pero oiremos el murmullo
de tus pulmones encogidos.
Lenka,
déjame que te cuente:
va en ti una bandera.
El cielo se envuelve
en tu abrigo negro
y llora.
Los viejos y los niños lloran.
Lloran árboles y piedras.
La lluvia
cae respetuosa sobre tu cuello.
Te pedimos,
torre de ópalo,
que siempre apoyes tu cabeza
en esta almohada
de lágrimas
que hoy te regalamos.
In memoriam
Lenka Franulic
Viejo Hemingway
Viejo Hemingway,
la boca del agua está abierta:
el mar grita y sus ojos heridos
clavan lágrimas
en el cielo de tu barba blanca.
Viejo Hemingway,
se quebró la copa de vino
que todos los días zarpaba
de tu puerto:
cómo se oscurece tu roca.
No brilla tu piel de gitano alegre,
guerrillero del mundo,
bayoneta de aventura,
amor conseguido a paz y fuego.
Cuando llegabas a la España
del redondel, todos decían:
«allí viene don Ernesto».
Por eso ahora no podemos creer
que tú estés muerto.
Viejo Hemingway,
amigo del zapateo y la risa,
no te damos coronas.
Mejor es llenarte de pájaros el aire
y cubrir la tierra de manzanilla,
vino, toros y gitanas.
No te despedimos con cantos débiles,
nada de filigranas en tu tumba.
Sólo una coraza de balas
para defender tu frente de espuma ardida.
Viejo Hemingway,
llevabas en el hombro un fusil de paz
y en la mano un lápiz
que extrajo tu metal
Viejo Hemingway,
te fuiste sin tu mar.
Los toros están rabiosos,
Viejo Hemingway.
Ellos saben que tú eras
el mejor de los amigos.
Viejo Hemingway,
testarudo sonriente.
A veces te obligabas:
«ya, viejo, estás cazado.
Ahora tienes que escribirte».
Entonces hacías el retrato
de tu historia.
Viejo divertido y corajudo,
naciste en la tierra de Walt Whitman,
pero tu patria estuvo en todo el mundo.
Para ti no hubo blancos, negros,
amarillos o rojos:
sólo conociste al hombre.
Viejo Hemingway,
debes estar cansado.
Qué larga la batalla,
Viejo Hemingway.

***
Hernán Lavín Cerda (Santiago, 1939) es un poeta, cuentista, novelista y ensayista chileno, autor de una obra abundante y diversa que, tras iniciarse en la década de 1960, continúa asomándose para los lectores todavía hoy. Su aparición más reciente en librerías se debe al Fondo de Cultura Económica, con Todos los payasos llevamos la nariz roja en el corazón. Ejerció la docencia en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), tras exiliarse en el país norteamericano luego del golpe de Estado de septiembre de 1973.
Todas las obras pictóricas que acompañan este poemario fueron tomadas de la colección digital del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA). La obra que sirve de portada a esta entrada se titula Sueño de verano y la firma Ana Eckell.
Replica a Cambiar de religión: un poemario de Hernán Lavín Cerda – Altura desprendida Cancelar la respuesta