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Grecia 907, 1975: un poema de Rodrigo Lira

Alarido o temor o sacudimiento desde Santiago de Chile.

El poeta chileno Rodrigo Lira alguna vez le escribió una carta relativamente abierta a Raúl Zurita sugiriéndole que le cediera su lugar en una lectura pública, a sabiendas de que éste no lo utilizaría.

También fue guionista de la sección de cómics infantiles de Quimantú, la editorial de Estado que impulsó el gobierno de la Unidad Popular, encabezado por el traicionado Salvador Allende.

Y es autor de una de las obras más propositivas, transgresoras, subvertidas y propias de la lírica chilena, que ya es decir —»La Poesía / está / mal / hecha»—, con un primer esbozo de rescate editorial elaborado en 1983, en un Proyecto de obras completas prologado por su compatriota Enrique Lihn.

Con sus desobediencias, sus maquinazos, sus ofertas arriesgadas, sus rasguños contra la tipografía y el acomodo textual, sus anotaciones desbordadas, Lira recuerda al peruano Luis Hernández, Luchito, Billy the Kid, mientras avanza una voz tan doliente como sardónica y tierna.

De un significativo dolor emocional diversamente bosquejado, Rodrigo Lira se suicidó en su departamento de Grecia 907, ubicado en Ñuñoa, Santiago de Chile, en 1981, en plena dictadura militar. Seis años antes, firmó un poema que se titula así: como la dirección de su casa.

Grito sui géneris de desesperación y amor que, recuperado de la edición de la Universidad Diego Portales titulada Declaración jurada, Altura desprendida reproduce íntegro y como sigue.

La Inmaculada Concepción, estatua localizada en la cúspide del Cerro San Cristóbal, en el corazón de Santiago de Chile, y visible desde varios puntos de la ciudad, incluido el barrio de Lira.

Grecia 907, 1975

De repente
no voy a aguantar más y emitiré un alarido
un alarido largo de varias horas
previamente —habrá que tomar precauciones—
habré electrificado mi balcón
cerrado la puerta con llave
(se me olvidaba que he de instalar una reja
en la ventana del baño)
sembrado mis paredes con amuletos fabricados
en noches de viernes a sábado
de tal manera que los tanques
queden atascados a varios cientos de metros de distancia
los pilotos de los jocker panthers
no puedan controlar sus lúpings y se estrellen
justamente encima de los camiones de soldados
que justamente habrán chocado con los tanques
que estarán atascados en el asfalto
que empezará a derretirse
a los pocos minutos
del alarido que emitiré cuando
no aguante más.

De repente
no voy a aguantar más:
ya no bastará con las pajas mías de cada noche
con los pitos nuestros de cada día
y cuando ya no basten los opiáceos
los sicofármacos
los tranquilizantes mayores o menores
las botellas de vino cerveza pisco o agua mineral.

Previamente
me habré mesado los cabellos y las barbas
las cejas, las axilas, los vellos pubianos
me habré dado largos baños de tina y extensas duchas
y cuando todo eso ya no baste
emitiré un largo y potente alarido.

Entonces
las ventanas del edificio Diego Portales
estallarán en varios miles de pedazos
llorarán las guaguas las monjas las doncellas y los ancianos
los profesores deberán suspender las clases
los teléfonos comunicarán con números equivocados
pero no importará porque nadie podrá hablar por teléfono:
mi alarido impedirá que se escuche
lo que tenga que decir la gente que llame desde Mendoza
desde Arica San Vicente de Taguatagua o desde las Antípodas
preguntando qué pasa
qué es ese zumbido extraño
que parece provenir desde Santiago de Chile
Y la gente que pasa por la calle Ahumada
tendrá que correr a refugiarse en los agujeros del Metro
Y los niños que cantan en las micros
cantarán más fuerte que nunca
quizá si por primera vez con alegría
al ver que las ventanas
primero se trizan
las trizaduras se extienden por las carrocerías de hojalata
y el techo cae sobre los pasajeros
sin causarles daño alguno y permitiéndoles respirar
pues mi alarido hará que el smog se disipe
es decir se concentre en las oficinas públicas
por donde entrará a través de las ventanas rotas
haciendo que todos los burócratas se vean compelidos
a elegir: o se asfixian
o saltan al vacío, pues
los ascensores se habrán atascado
y las cajas de las escaleras
actuarán como cajas de resonancia
al igual que las cajas de fósforos
al igual que las cajetillas de cigarrillos
al igual que los cajones de los escritorios
al igual que los ataúdes
despertando a los que hayan sido enterrados
por error del médico o por malas intenciones
haciendo que se sumen a mi alarido
mientras los perros aúllan y los jóvenes
huyen a las montañas
sin saber que mi alarido puede hacer brotar un volcán
en cualquiera de ellas
aunque probablemente el volcán brotará
en el Cerro San Cristóbal
haciendo que la estatua de la Virgen
salga disparada como un cohete
que se perderá majestuosamente entre las nubes
causando gran desconcierto entre los ángeles de la guarda
que habrán quedado cesantes a causa de las catástrofes
que se han anticipado
sólo en parte, pues serán innumerables
pues debe entenderse que los efectos de mi alarido serán multiplicados
en tanto que todos los locos se sumarán al alarido y tendré cómplices
provistos de algodón en abundancia para taparse las orejas y que harán
sonar todas las sirenas de incendio de la ciudad o por lo menos la mayor
parte mientras los repartidores de helado y gas licuado hacen sonar
sus balones y cencerros compulsivamente, al igual que los sacristanes
las campanillas y los bedeles de escuela las campanas, creyendo que ha
llegado el apocalipsis que alucinó Ioannis en Patmos y la Semana de la
Primavera, respectivamente, pues me olvidaba advertir que el alarido ese
será en primavera, ya que el Invierno que estamos viviendo está bastante
helado y tengo la garganta
pa-la-cagá.

Proyecto que asumía su incapacidad de reproducción plena de lo desbordado, primera recolección de una escritura desbordada.
Imagen tomada del sitio Memoria chilena.

La fotografía de portada recoge el número 907 de la calle en que Lira mecanografió gran parte de su trabajo creativo. Esa y la de la virgen del Cerro San Cristóbal son imágenes originales de Altura desprendida.

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Respuesta a “Grecia 907, 1975: un poema de Rodrigo Lira”

  1. Martin

    No puedo creer que pasé toda una vida por fuera de Grecia 907, en micro, en auto, quizás caminando alguna vez, y nunca supe que fue ahí mismo en ese edificio donde Lira un día no pudo más, ni siquiera gritar, puesto que seguimos aquí, no estalló ningún vidrio, no hubieron erupciones volcánicas, acaso alguna cutánea pero no se la podemos achacar a él, y los niños cantores siguieron cantando y ya son viejos con guitarras desafinadas, abandonaron los buses y los trenes, porque los niños hoy en día hacen malabares y trucos de equilibrismo en las esquinas, flacos como perros, mientras la burocracia persiste en las oficinas públicas y también privadas, donde el smog a pesar de seguir cubriendo la ciudad, no logra irrumpir por entre sus sistemas de aire acondicionado que escupen hacia afuera el hálito hediondo de los funcionarios y nos roban el poco aire que nos queda, no gritó porque entonces y todavía los locos guardan silencio puesto que nadie grita con ellos y hoy los psico-fármacos han alcanzado una potencia tal que resulta inaceptable, y claro, la Virgen sigue anclada en su sitial, igual de virgen que siempre aunque hoy en día hay que ser bien leso para andar preocupado de la sexualidad de nadie. Quien sabe si Rodrigo hubiera podido vivir por más años en estos tiempos actuales, donde, salvo el fin de la dictadura, pequeño gran detalle, las cosas son bien parecidas, pero menos rígidas, al punto que cualquier pelafustán hijo de un actor y devenido en poeta, logra ser publicado. ¿Habrán existido los caramelos de miel o el spray de propóleo en el año 1981? Ni idea, aunque quizás ningún caramelo, bufanda o estufa hubieran hecho diferencia alguna, considerando que no existen registros de actividad sísmica en la cercanías de su departamento ni nadie parece haber escuchado ningún alarido, quizás el poema fue su alarido, tan interminable que logró alcanzarnos y nos tiene aquí y ahora, escuchando el eco que hace entre las orejas. Me parece que solo se escuchó un anuncio por la radio, como recuerda Bertoni, el día que Rodrigo Lira se mató en Grecia 907.
    Gracias por este espacio para jugar, y por mencionar a Luis Hernández, no lo conocía.

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