Mi amigo el Paraná

Las sorpresas y ternuras de una visita al segundo río más largo de Suramérica.

por Juan Schulz

Ya se va por la barranca el viejo pescador, racimo de espuma y de metal, colgando del hombro el pan del agua que le dio su amigo el río Paraná. Ramón Ayala

Me encuentro en Paraná, ciudad por cuyo frente pasa el río Paraná, que es, según dicen los que saben, el segundo río más grande de América del Sur, después del Amazonas. Viene desde las montañas de Brasil, cruza Paraguay, cae en las cataratas de Iguazú y de su unión con el río Uruguay se forma el Río de la Plata. 

Lo mínimo, y diría que casi lo máximo, que se puede hacer con la presencia de un río es mirarlo largo rato. Ahora sólo trato de contagiarme de la aparente tranquilidad de la corriente. En mi mente me quedo flotando ahí, como si fuera uno de esos islotes que se forman dentro de su cauce; lo único que escucho es el suspirar del viento y el agua que se estrella en los pilotes del muelle. Después de un rato de mirar, me brotan preguntas. ¿Habrá pescados que vengan desde Brasil o Paraguay? ¿El pacú que me almorcé dónde habrá nacido? ¿Habrá tenido una larga caída en las cataratas y luego siguió hasta ser pescado por acá? Mi ignorancia ictiológica es absoluta. Pienso en eso mientras los niños celebran que sacan un dorado del río. 

Envidio con exceso de romanticismo la manera en que algunos pescadores obtienen su comida. Los veo con su hielera repleta de escabio y carnadas, esperando, sin apuros, que algo pique. Cuando uno de ellos saca uno pequeñito y conversamos, me cuenta que no tiene dinero para la nafta de la lancha, que por eso pesca desde la orilla, si no en otras partes encontraría peces más grandes. El pacú a la parrilla que me comí en Puerto Sánchez debió ser pescado en bote, en el silencio de la madrugada. 

Una costanera comentarista en Posadas, Argentina, ciudad bañada por el río.

También me fijo en los colores que va adquiriendo el río conforme cambia la luz, o simplemente desde el ángulo que se mira. Por la cantidad de tonos que uno puede llegar a ver es que me sorprende la mirada de algunos que lo ven simplemente como marrón. Darwin se equivocó cuando escribió: “no hay ni belleza ni grandeza en esta inmensa extensión de agua barrosa”. El joven Darwin, que tenía una mirada increíble para otras cuestiones, en su primera excursión por el mundo no tuvo la sutileza estética para ver otra cosa que agua barrosa en el Río de la Plata. 

Pero esas son nimiedades, mientras los niños ríen y pescan, la gente toma mate y mira el transcurso del río, mi celular me recuerda que el Estado de Israel masacra en la Franja de Gaza a mucha gente que no tiene derecho a la tranquilidad. Durante los siguientes minutos no puedo sacarme de la mente el tema, pero no pienso en nada importante; pienso en la simultaneidad. En cómo al mismo tiempo que se bombardea un lugar hay otros al otro lado del mundo que no tienen ni idea de otros países y se concentran sólo en su día a día. Lo pienso sin el menor reclamo moralista a la gente del pueblo que ríe en su río. Mi pensamiento es, apenas, un barato asombro de la simultaneidad de nuestro mundo. Me impresiona saber que mientras en un lugar explota una bomba en otros florecen los campos. En el mismo río donde se puede estar ahogando alguien, en la otra orilla otra persona se puede estar refrescando tranquilamente.   

Caminamos por la ciudad y más de una vez le comento a Luján mi sorpresa de que la ciudad sea tan linda. Nadie nos había advertido de lo que tiene su arquitectura para presumir y de sus calles bien arboladas en pendientes. Por algo el poeta Juan L. Ortiz la eligió como hogar y habitó una hermosa casa frente al parque de barrancas que está antes del río. Ese parque, además de ofrecer buenas vistas con altura, logra que los ruidos de la ciudad, que son pocos, no estén conjuntos de la larga costanera que corre junto al río. Paraná destaca por sus abundantes árboles. No me refiero sólo a sus parques y plazas impecables. A casi cualquier calle la acompaña una buena diversidad de árboles, con sus respectivos pájaros. De todos los tipos, por mencionar alguno, yo me quedo con los enormes palos borrachos (ceibas gordas), majestuosos y floridos.            

Se duerme el día en Carmen del Paraná, rincón paraguayo.

Roberto Arlt, en una de sus aguafuertes del litoral, escribió que la ciudad de Paraná comparte ciertas características con Montevideo y Córdoba. De Montevideo, concuerdo, tiene algo, no sólo su tendencia a que sus calles con pendientes desemboquen al río y que haya vida social en sus orillas: la rambla/costanera (además, en la casa en que nos recibieron estaban escuchando a Zitarrosa, así que he aceptado la observación de Arlt). De Córdoba no sé por qué aún no tengo el gusto de conocerla. Pero si de encontrarle un aire se trata, yo diría que tiene algo de una inexistente Cuernavaca; de una Cuernavaca imaginándola más veracruzana y que no hubiera tenido un desenlace urbanístico tan malogrado, por decirlo de forma elegante. 

Volviendo de Puerto Sánchez nos encontramos con una vista panorámica de la ciudad de Paraná. Se ven los edificios sobre la barranca, abajo un cinturón de árboles y luego su costa. Después pasamos por unos viejos edificios casi en ruinas, con la mayoría de los vidrios quebrados y la vegetación trepando sus muros. Pareciera que lleva muchos años así, pero irónicamente el lugar se llama Puerto Nuevo y en el mapa figura como el Ministerio de Obras Públicas de Paraná. Imposible no detenerse en el encanto de un pasado oxidado. En el frente, una pequeña bahía donde hay lanchas viejas, encalladas, y el agua cubierta con una capa de limo le da una apariencia pantanosa. A Luján uno de los barcos le hace pensar en  Fitzcarraldo. Su imagen me parece precisa. Por el resto del mobiliario yo también pienso en Fordlandia. Es como si visitáramos tumbas sin ataúd, donde se ve el hueso de lo que fue. Me atraen las viejas estaciones, los puertos abandonados, la arquitectura de la tragedia; quizás porque crecí en el neoliberalismo voraz, en una cultura enferma de darle un prestigio exagerado a lo que tiene apariencia de nuevo.    

Por vicio e inercia, intercalo mirar el río con hurgar lo que dice mi celular; ahí se me recuerda las cosas terribles que pasan en el mundo, en este país. Supongo que tendría que decir cosas obvias, dignas, porque los buenos dicen cosas sobre las cosas malas. O no decir nada y que se me acuse de anestesia intelectual, porque creo que tengo ritmo de riachuelo y no tengo nada que decir más allá de lo obvio sobre las tragedias de este mundo. Si considerara que mi opinión puede tener un impacto que no sea lucir como uno de los buenos, responsables, la diría. Prefiero que se me acuse de vago por quedarme horas frente al río tomando mate y comiendo chipá; por usar mi fin de semana para hablar del agua fresca que corre entre las piedras y por citar a Juan L. Ortiz para no tener que redactarle un final a este texto, porque, estoy seguro, esta no será mi última vez en el Paraná:   

Fui al río…

Fui al río, y lo sentía
cerca de mí, enfrente de mí.
Las ramas tenían voces
que no llegaban hasta mí.
La corriente decía
cosas que no entendía.
Me angustiaba casi.
Quería comprenderlo,
sentir qué decía el cielo vago y pálido en él
con sus primeras sílabas alargadas,
pero no podía.

Regresaba
—¿Era yo el que regresaba?—
en la angustia vaga
de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.
De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
Me atravesaba un río, me atravesaba un río!

Barcas, pescado, testimonios de vida.

***
Juan Schulz nació en la Ciudad de México el 5 de junio de 1989 a las 11:30 de la noche. Escribe ensayos, cuentos, poesía e inicios de novelas. Ha obtenido algunos de esos reconocimientos que le sirven a los literatos para acumular capital cultural y ha participado en distintos proyectos que podría poner en un currículum elegante. La escritora Margaret Atwood dijo sobre él: “No tengo idea de quién es, no lo conozco”. Publica en Altura desprendida algunos apuntes.
Twitter: @JuanXulz

Todas las fotografías, de portada e interiores, son originales de Altura desprendida.

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