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El silencio de un gigante

Un novelista peruano sobreaplaudido promete despedirse de los estrenos.

por Juan Schulz

En las ciencias a menudo emplean la frase: “si es que he podido ver tan lejos es porque pude ponerme sobre los hombros de un gigante”. La utilizó Newton y se suele recurrir como reconocimiento a los que abrieron un camino para que otras pudieran avanzar mejor. En literatura las cosas suceden de distinta manera: los gigantes pueden ser derrotados por la honda de un único adversario o incluso pueden erguirse simplemente como un molino para obtener harina de trigo. 

Por su parte, los escritores concebidos como gigantes pueden ser otra cosa. Mario Vargas Llosa (1936) para muchas personas es un gigante de la literatura: publicaciones y distinciones no le faltan al ganador del premio Nóbel, que también fue nombrado marqués por el rey de España y es miembro de la Academia Francesa. Ante tanto renombre, quizás para no pocos el enano que escribe esta reseña no tendría la autoridad de escribir sobre la literatura del excelentísimo. Sin embargo, ni me acomplejo ni vengo a jugar al David por motivos ideológicos: vengo a comentar mi lectura de la última novela de un escritor del cual he leído casi todas las que publicó. 

Le dedico mi silencio es el título más reciente de un autor que viene publicando una novela aproximadamente cada tres años desde los años 60 del siglo XX; al final de esta confiesa en una nota que es la última que escribirá. Trata de un entusiasta intelectual popular, Toño Azpilcueta, experto en música peruana, que quiere hacer un libro sobre un músico que lo emocionó como no lo había hecho otro en muchos años de escuchar música tradicional. En el primer capítulo dispara una pregunta muy eficaz en la que resuena el ya famoso inicio de Conversación en La Catedral: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”. Sólo que esta vez la pregunta no es tan ambiciosa: “¿Para qué me habrá hablado aquel miembro de la élite peruana?”. A partir de ahí seguimos al crítico musical por sus investigaciones, que lo llevan a entrevistar a todas las personas que conocieron al músico que lo impresionó: Lalo Molfino.  

De la trascendencia del leer.

En cuanto a su estructura, es muy similar a otras novelas del mismo autor, en las que se intercalan, capítulo a capítulo, al menos dos líneas narrativas. La primera sigue los intentos de Toño Azpilcueta por reconstruir la vida del músico; y en la otra figura el texto mismo que va escribiendo Azpilcueta sobre la música popular. Es una novela diseñada por un ingeniero de la trama y redactada por un literato muy pulcro, con una voz amigable para la lectura y lejana a cualquier experimentación; sin ninguna pretensión poética, como si el lenguaje tuviera como dictado hacer que la historia fluya. No hay posibilidad para mostrar dotes artísticas o pericias lingüísticas. Vargas Llosa cuenta historias, crea personajes definidos con líneas gruesas a los que les suceden cosas buenas y luego les suceden cosas malas. Un equilibrio dramático con muchos aires de melodrama que se queda contenido en un tono que nunca llega a ser dramático ni cómico —mucho menos musical—; es desenfadado, como quien pinta la vida de un pueblo desde una distancia considerable. El realismo, corriente en la que se ancló durante décadas el peruano, en el caso de esta novela roza la caricatura pintoresca, donde los personajes o tienden a vivir cercanos a la dicha o son verdaderos hijos del infortunio.  

Esta historia me recuerda mucho a una novela brasileña de principios del siglo pasado: El triste fin de Policarpo Quaresma, que trata sobre un burócrata que está obsesionado con la cultura autóctona de Brasil. Una divertida parodia, firmada por Lima Barreto, donde se recurre a la exageración y el personaje se enfrenta a las burlas de su sociedad. En la del peruano —podría asegurar que leyó la brasileña—, el personaje encuentra los infortunios en un trastorno que lo hace alucinar ratas y perder la cordura. En cuanto a su relación con la sociedad, es un personaje al que la historia lo ayuda: un amigo le presta dinero para escribir el libro, y cuando el escrito se presenta obtiene éxito de ventas. Digamos que cuando encontramos una dificultad en la trama parece como calculada para generar una situación dramática. A mí me deja la sensación de que es una novela demasiado planificada: como si ese gran lector de novelas francesas del siglo XIX que es el peruano hubiera utilizado esos artificios narrativos, pero no con espontaneidad o por necesidad, sino por una inercia de oficio, de un novelista que se las ha visto con el género. Y a mi parecer esto le juega en contra: parece una novela que recurre a trucos narrativos y al mismo tiempo el relato no avanza mucho. Tiene que rellenarla con las obsesiones del personaje, que por momentos son agradables, como cuando ensaya la historia social de la música popular. Momentos aparentemente bien documentados —y, sobre todo, sazonados con nostalgia— nos llevan a una Lima que ya no existe, pero rápidamente se repiten y muchas veces llegan a ser demagógicos. Por ejemplo, cuando el personaje defiende su visión de los toros, o cada que menciona a Sendero Luminoso, además de ser reiterativo muestra una visión opinada del asunto que no permite complejidad: se filtran comentarios ideológicos que no le aportan a la novela. De momentos no sabía si era parodia o humor involuntario. Quizás el viejo truco: opiniones veladas que el autor pone en boca de un personaje.   

Vargas Llosa en otras ocasiones levantó catedrales en las que la realidad lucía compleja. Eran los tiempos en los que el joven Mario declaraba que la literatura era fuego y “una forma de insurrección permanente y [que] ella no admite las camisas de fuerza. Todas las tentativas destinadas a doblegar su naturaleza airada, díscola, fracasarán. La literatura puede morir, pero no será nunca conformista”.

Tal vez no conformista, pero hace mucho su literatura se volvió disciplinada y transmite más convenciones que insurrecciones. Partiendo de la relación difícil que el autor tiene con su tierra, me gustaría pensar que en esta última obra quiso lanzar una suerte de homenaje al Perú a modo de reconciliación de despedida. Después de una travesía por muchos países, el escribidor se volcó sobre el Perú huachafo (kitsch peruano, por simplificar el concepto), quiso pintar una parte del pueblo de su país, pero durante tantos años se alejó tanto de él que sus trazos gruesos apenas expresan lo que él quiere ver. Es difícil no pensar en el desagradable personaje público de Mario Vargas Llosa y su delirio liberal. Como experimento, quise concentrarme en otra imagen: la de un hombre de más de ochenta años que usa sus fuerzas para contar una última historia que lo llevó a adentrarse de nuevo en su país. Pero fracasé. Si bien puedo apreciar el indudable oficio de un fabricante de novelas, me es difícil no ver también la distancia que se hizo cuando construyó una amurallada guarida para teclear tranquilamente lejos de lo que pasaba allá abajo. Es notorio en esta novela que la gente de a pie, sobre la que quiso construir su literatura, le quedó muy distante. Y en la literatura ese no sería un problema, pues queda la posibilidad de imaginar y crear, pero cuando quieres hacer realismo sobre un pueblo con nombre y apellido es difícil que no se produzca esa deformación, naturalmente, y no alcances a transmitir lo rico, diverso y complejo que es el pueblo peruano.

Los gigantes a veces no nos dejan ver más lejos.   

Para el mercado editorial multinacional estrenar es obligatorio.

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Juan Schulz nació en la Ciudad de México el 5 de junio de 1989 a las 11:30 de la noche. Escribe ensayos, cuentos, poesía e inicios de novelas. Ha obtenido algunos de esos reconocimientos que le sirven a los literatos para acumular capital cultural y ha participado en distintos proyectos que podría poner en un currículum elegante. La escritora Margaret Atwood dijo sobre él: “No tengo idea de quién es, no lo conozco”. Publica en Altura desprendida algunos apuntes.
Twitter: @JuanXulz

La imagen de portada exhibe a un Vargas Llosa en la víspera de su ungimiento en la Academia Francesa, debidamente ataviado como corresponde a los cuerpos celestes con luz propia. La de interiores lo muestra de visita en 2015 en la Casa de la Literatura Peruana, durante un homenaje a Sebastián Salazar Bondy alojado por la institución cultural, localizada en el centro de Lima.

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