Tríptricko

por Rodolfo Ruiz Vázquez

Desde que tenía uso de sinrazón, e incluso en los raros lapsos en que la había perdido, no había cejado en la máxima ambición de su vida: ganar el Premio Nobel con el solo propósito de rechazarlo. Era, en cierto modo, la sinrazón, el detente con que ahuyentaba la temida gloria. Por ello lo sacudió como un seísmo el enterarse, una mañana, de que un año antes había ganado el de Química.

—¡Cómo! ¿A qué hora?
—Fue en uno de tus… tus.
—Pues lo devolveré.
—Imposible. Las nuevas bases son muy claras. Premio único, indivisible e irrenunciable.

Entró a la página de la Academia. En efecto: desde el año anterior, el rechazo estaba tajantemente prohibido, sin consideración a apelaciones hechas por terceros aun después de finado el ganador. No importaba que el afortunado no se presentase a la ceremonia, ni siquiera que no contestase La Llamada por la que tantas luminarias perdían el sueño, un ojo al gato y otro al aparato, en los días declinantes de otoño; ellos —la Academia— te coronaban de oficio y apelaban a una compleja maquinaria legal con miras a que nada revirtiese la decisión. En apego a la normatividad vigente, que para mayor inri él había estrenado, y además en la inopia, la cantinela sobre la integridad y los principios no sólo era inútil, sino punible. Cualquier manifestación, proposición o insinuación de rechazo al premio, la ironía en torno a, y la ostensible indiferencia en relación con, a partir del dictamen y en lo sucesivo, ameritaban una serie de multas y castigos enumerados en el Anexo C.

Cartel de anuncio del premio sueco en 1936.

Conque, encima de los problemas de siempre, ahora cargaba con el oprobio. Detente pa’ pura verga. Comprendió por qué tantos mensajes de cariño y solicitud de quienes antes lo habían ignorado, y tan explícitas burlas de quienes antes habían disimulado los emoticones de risueño jaez. Menos mal que era el de Química, la palmadita de aliento para el hijo aplicado y obediente que seguía los pasos de papá Alfredo. Mientras no invadiesen sus dominios…

O eso pensó. Pronto comprendió la gravedad del asunto. Corriendo ya octubre, y acercándose el ansiado momento del anuncio oficial, tuvo noticia de que, a fuer de escritor, y de los buenos, era un serio candidato para la joya de la corona.

Fue, sin exagerar, una explosión de dinamita en el edificio de sus convicciones. ¡No uno, sino dos lastres! ¿Cómo luciría semejante baldón en la semblanza del gran escritor que se había propuesto desairar a la Academia? Una burla, simple y sencillo. De la noche a la mañana se había descubierto un triste ganador, y ahora corría el peligro de caer más bajo aún y bastardear en prohombre. Toda su obra pasaría al olvido, estigmatizada por la frase que ya visualizaba repitiéndose en las historias literarias por venir: «… célebre, sobre todo, por no haber logrado rechazar el Nobel, pese a imponderables esfuerzos en esa dirección». Cervantes, el Manco; Alarcón, el Jorobado; Wilde, el Reo Dandi; Sartre, el Rechazante Consumado; Él, el Rechazante Fallido. Habría rechazado la vida, pero como estaban las cosas barruntaba un nuevo fracaso. Eso sí lo mataría: Rechazante y Suicida Fallido. Y todo por confiar, sin razón alguna, en el quesque amuletejo de la «sinrazón».

Hijos de puta. ¿No habría una cláusula por ai susceptible de manipulación que le permitiera zafarse? Paseándose por la red, vino en conocimiento de que dos años antes había tenido lugar un rechazo, a su vez rechazado, por parte de un físico alemán: Kurt Fürtlohmfengst. A la sazón, las reglas aún no habían cambiado; no obstante, como el retintín y algunos juegos de palabras en el comunicado de Fürtlohmfengst se prestaban a la ambigüedad, la Academia se aferró a esa mínima ventana, declarando que el laureado carecía de equilibrio mental y autonomía de decisión. Según el artículo, Fürtlohmfengst había rechazado el de Física como protesta por no haber recibido el de Literatura, que era el que él deseaba y por el que se desvivía desde niño. Era, por lo que se echaba de ver, un novelista prolífico y, a decir de la crítica especializada, mefítico también. Llevaba, en paralelo, una faceta periodística como divulgador de la física cuántica.

Máquina de trabajo químico utilizada por Marcellin Berthelot.

Picando un enlace a una de sus columnas, y leyendo en diagonal, algo le sonó conocido… Pues claro: era el güey cuyos fragmentos proliferaban en las páginas de correción gramatical y estilística, ejemplificados como «abuso de», «empleo equivocado de», sin mencionar el nombre del autor, aludiendo simplemente a que «En la prosa periodística, es común hallar…».

La tentación de hojear sus novelas se estrelló contra el blindaje del copyright. Puesto que no pensaba desembolsar, se dirigió a alguna reseña o crítica. «El Nobel acecha todo el tiempo: Argos, que domina el panóptico, listo para pescar al más exquisito de los reos». Así rezaba el fragmento inicial de la última novela de Fürtlohmfengst, tal como aparecía en la sinopsis comercial publicada en la página de su casa editora. Luego de una introducción laudatoria, el publicista continuaba: «Una bomba en los cimientos de la civilización, un huracán que arrasa con todo lo que pensábamos inamovible. Con ritmo vertiginoso e imaginería alucinante, este tour de force…».  ¿No era el cuate que le había reseñado varios de sus libros, endilgándole a cada uno la misma hipérbole? Concluía el valedor: «En definitiva, Fürtlohmfengst hace un urgente llamado a la Civilización, al Orden y Desorden Mundial, y de paso a la Academia Sueca, para que reconsideren sus debatibles prioridades y criterios».

Se dirigió a un foro de literatura. La opinión estaba dividida. Y entre los defensores había dos bandos, avenidos en lo sustancial: que, no obstante «las evidencias», la verdadera y genial producción de Fürtlohmfi permanecía inédita, y que su ambición frustrada era un distractor, toda vez que no ambicionaba más que no ambicionar en absoluto. Pero mientras el primer bando aseguraba que cada obra concluida de las pertenecientes a la producción auténtica era eliminada, el segundo sostenía que dicho corpus estaba guardado en el disco duro, con la instrucción de que el albacea de Fürtlohmfi lo publicara tras su muerte.

Ah, chasqueó, al tiempo que se remontaba a su mocedad. Se vio colmando el procesador de bellas frases, respaldando los archivos, ocultándolos. Luego, el envío equivocado, la lectura imprudente y sin licencia, el halago, la motivación, por no decir coacción: y la publicación del opus 1. Ah, qué ingenuo… Habiéndote exhibido, no te les escapabas, no había amuleto que valiera contra la vigilancia ubicua de Argos.

Pero si el Fürtlohmfi mitificado le inspiraba ternura, el malogrado Fürtlohmfengst le inspiró una idea genial. La emoción lo agitó en un nuevo estallido. Aunque maltrechona, su vieja arma secreta, la sinrazón, cobraba un segundo aire, un como… flato letal. ¿Le alcanzaría el talento para desacreditarse pergeñando una chambonada al estilo Fürtlohmfengst, un bodrio que indignase a la crítica y forzara a la Academia a revocar el fallo? Que lo despojaran del Nobel era casi como recusarlo. A riesgo de condenarse para la posteridad, estaba dispuesto a todo con tal de conseguir en esta nueva coyuntura, aunque a medias, el anhelo de su vida.

«Nocturno a cierto tipo de nieve», se llamaría el poemastro, nada más que los albos copos en precipitación caerían de las cloacas de una ingente parvada de palomas, y la voz poética, cedida al palomo mayor, concluiría con memorable serie de calambures: «Como, pienso, cago. / Como pienso. Cago. / Como pienso, cago. / ¡Cómo pienso, cago! / “¡Cómo! —pienso—, ¿cago?”. / Como pienso, cago… / Y luego existo en mi mierda». Mjm…   

Ahora bien, las mafufadas no debían ser demasiado obvias, por cuanto se exponía a que las tomasen por innovaciones. Apenas hubo nacido, el entusiasmo comenzó a desvanecerse. Dudaba de sus capacidades. No se sentía a la altura de la empresa. Su reputación lo condenaba, como al niño mentiroso del cuento. Nadie esperaba de él sino calidad pura. Aun dándoles mierda, la colocarían en los estantes. No, su destino era ganar, vencer y convencer con o sin razones, y entre más pronto lo asumiera, mejor.

Raro: que ésa fuera su estrella. Como que desde chico no lograba sacudirse el éxito. Mhhh… ¿Y si (mera conjetura) había una conjura para hacerlo sobresalir? ¿Que, en contubernio, Fürtlohmfi et al. chapucearan a propósito, a fin de destacarlo a ojos de la Academia? ¿O estaban conchabados con la Academia? ¿O acaso el complot venía sólo de Estocolmo? Raro.    

Entre si eran peras o manzanas, había otro recurso. Ya que la sinrazón no le servía de una cagada, valiéndose de su reputación ¿podría influir en el ánimo del público e indirectamente en el de la Academia trasloando a un contendiente? El aspirante más serio, después de él claro está, era Pipino Popossi, dramaturgo italiano creador de la corriente conocida como «vacuismo». Había leído algunos dramas suyos, que era como decir que no, a tenor de los lineamientos estéticos que regían su producción, o falta de ella. En contraste con los muchos yerros de Fürtlohmfengst, los de Pipino brillaban por su ejemplar ausencia en gramáticas y manuales del buen escribir.

El muy serio oficio de leer. Grabado que ilustra la sala de lectura
del Museo Británico, de H. Melville.

«Pi-pi-no Po-po-ssi», saboreó las sílabas, remedando el acento italiano. Y acto seguido ejecutó el plan: «Cuando una obra sintetiza todo lo que no ha sido, lo que no es y lo que no será, podemos decir que esa obra ha logrado nada, o todo. Tal es el caso de Pipino Popossi. Por vano que resulte ponderar su grandeza, ni vanidad ni envidia acallarán los loores que aun el favorito de las musas y los momios está obligado a tributarle…».

Esto fue lo que difundió previa consulta de una semblanza. Y, al acto, los momios dieron un vuelco brutal. Popossi, arriba; él, no sólo debajo de Popossi, sino al fondo. Entró a la página de la Academia y la refrescó una y otra vez a la espera de lo que sabía próximo: éxito o fracaso. Estuvo así eternidades, y sólo cuando el dramaturgo italiano fue proclamado victorioso, se tranquilizó. De momento, postergaría la ignominia un año más.

Ya listo para descansar, lo bombardeó la noticia. Estupefacto, miró desplegarse miles de atónitas reacciones ante el portento. Pipino Popossi era, en realidad, uno de los tres perfiles que conformaban una personalidad dividida, completada por Fürtlohmfengst y un oscuro poetastro llamado Nil Nel, al que nadie logró rastrear, pero cuya obra, por copiosa, era punto menos que inasible. Y Pipino, muy astuto, dijo que no.

La Academia se vio en una encrucijada. El galardón, en este caso, amén de múltiple, era divisible, factor que no contemplaban los nuevos estatutos y que ponía en entredicho la interdicción de la repulsa. Independientemente de lo que deseara Nil Nel, si Fürtlohmfengst aceptaba gustoso el cacharro, Pipino, no. ¿Qué hacer? ¿Dárselo a Nel por default, cumplir el sueño de Fürtlohmfi, y aceptar el no de Pipino? ¿Declarar desierta la categoría?

Nada de eso. Ajustándose a las circunstancias imprevistas, como resolución extrema la Academia dijo que no al no de Pipino, ponchó el sueño de Fürtlohmfi confirmando su nulidad como creador y negó la existencia de Nil Nel, a quien le enjaretó el premio fuesen cuales fueran esos ignotos frutos de su genio y dondequiera que el genio mismo estuviese o faltase. Protestas vacías de sustancia asediaron a la Academia desde una cuenta de correo no del todo desconocida en el mundillo literario. En la única historia literaria en la que constan los nombres, sendas lagunas en el archivo madre nulifican hogaño las tres brevísimas entradas. Todo esto se reconstruyó con base en las deducciones de los eruditos.

Ilustración de Jayne Company sobre la extensión de la naturaleza en los libros.

***
Rodolfo Ruiz Vázquez
 (Ciudad de México, 1987). Narrador. Su trabajo ha aparecido en las revistas Punto de PartidaPunto en LíneaNarrativasNocturnarioMarabuntaAlmiarPrimera PáginaKopekBitácora de VuelosCodalario.

Imágenes de portada e interiores tomadas de la Wellcome Collection.

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