Del amor y sus monstruos: Boeng Kak, Camboya

por Dariela Romero

—I’ve five religions, you know? I’m a Muslim, a Christian, Buddhist… You know why is that? Because I’ve five wives all around the world.

El hombre estaba sentado frente a nosotros. Tomaba una margarita azul y no soltaba su cigarro de marihuana a medio fumar. Era un tipo alto y moreno que probablemente aparentaba menos años de los que tenía.

—I’ve five wives and six daughters. I’ve no sons, only daughters.

La terraza del bar era agradable. La rocola tocaba las canciones de siempre y parecía ser un buen lugar para echar un trago. Nosotros sólo íbamos por fruit shakes de postre y a relajarnos. Era nuestro primer día en Phnom Penh y lo habíamos pasado caminando por calles poco o nada turísticas, dibujando un 43 en la cuadrícula de la ciudad. Estábamos exhaustos, física y emocionalmente.

—When I die, my name will be in all those religion’s entrances. It will be in the Christian, Muslim, Buddhist…

No estábamos solos con él. También estaba Libia, un hombre alto, negro, fornido, con una cara muy amable. Minutos antes, mientras esperábamos nuestras bebidas, fue quien primero se sentó frente a nosotros y nos hizo la plática. Lo de siempre: de dónde son, cuánto tiempo llevan aquí, qué les parece Camboya…

Descomposición cósmica. Embriaguez, de Louise Crane, tomada de la Wellcome Collection.

Libia estaba sentado frente al hombre, pensativo, pero esas últimas palabras le habían causado gracia. Y tenía razón: ¿quién puede presumir su nombre en cada una de las entradas al otro mundo? Lo siguiente que dijo estaba lleno de verdad.

—But you know what? They are all the same. They all love the same god with a different name, Buddha, Allah, God… but they are all about love. So, that’s my true religion: Love.

El rostro del hombre estaba surcado por arrugas y, tal vez, una que otra cicatriz. Su voz era grave y seria. Hablaba lentamente, como haciendo todo lo posible por que le entendiéramos. Al mismo tiempo movía sus manos. Tenía un anillo grueso y plateado en el anular izquierdo. “De bodas”, pensé. En una mesa más allá estaban sentados cinco extranjeros —en grupo perdemos nuestra nacionalidad; todos somos “extranjeros”— cada vez un poco más borrachos. Las cervezas y shots iban y venían mientras hablaban más y más fuerte. El ambiente se llenó de un humo de tantas sustancias que ya no se podían distinguir.

—You know what? I’ll put you a song. My song. It’s about love.

El hombre se levantó de un salto y fue al fondo del lugar, donde tenían la laptop que ponía la música. Libia le preguntó algo a Pol y yo me perdí de lo que decían. Miraba a lo lejos al hombre; veía cómo batallaba con YouTube. Al poco rato, comenzó a sonar “Love Is My Religion”, de Ziggy Marley. Algo me atraía del hombre. Tal vez que hablara así del amor pero que al mismo tiempo tuviera tantas mujeres. Regresó; Pol y Libia ya no hablaban, uno veía cómo el otro armaba un cigarro de marihuana.

Los misterios que habitan la copa. El bebedor de absenta, de Pablo Picasso, 1923.

—Can you hear what the song’s saying? Shit. It’s over. Let me put it again —esta vez volvió muy rápido, sonriente y tarareando—. I love it. As I said, I’ve five wives. One in Malaysia, she’s Muslim, one in Cambodia, Christian. Of course, they don’t know about each other. I travel a lot, so they don’t bother me. I love them all, and of course I love my daughters.

Tal vez porque empecé a verlo con más atención dejé de escucharlo. No. Dejó de hablar despacio y fuerte como lo había hecho desde el principio. Bajó su tono y de pronto sólo balbuceaba. ¿Estaba hablándonos en otro idioma? Noté que también a Pol le costaba trabajo entenderle. Ambos nos acercábamos sutilmente a él para escucharlo, casi como si no quisiéramos que se diera cuenta. De alguna manera, estábamos embelesados. Libia estaba en otro mundo, sólo asentía de vez en cuando moviendo todo su cuerpo hacia adelante, como un niño meciéndose.

—My daughters, oh, I love them so much. They are the most important thing to me. They are my diamonds.

Imaginé que alguna de ellas tendría mi edad. Alta, morena, sonriente, de una belleza particular.

—You must know what I mean. You have her, she’s beautiful —me señaló con la mirada—, and you must love her —sonreí y sentí que me sonrojaba un poco—. She is your treasure, and you’d probably do anything for her.

En ese momento desaparecí de la conversación. Fue casi como si me hubiera convertido en un objeto más sobre la mesa. El hombre le hablaba a Pol y lo miró de frente por unos segundos. Se hizo un silencio y se reclinó en el sillón donde estaba sentado, satisfecho. Todo lo demás pasó muy rápido.

—Because of my work, you know?, I could find you anywhere in the world. I belong to the mafia of the world.

Quizás otra. Aguafuerte de T. Sandars, 1773, tomado de la Wellcome Collection.

Iba por el segundo cigarrillo, que Libia le había forjado. Una de las dueñas del lugar se le acercó muy afable a darle otra bebida y platicaron unos segundos, casi en secreto. Ella rio; el hombre se mantuvo serio. Tomó la bebida y volvió hacia nosotros.

—I want you to meet my daughter. She’s beautiful and intelligent. Wait for her, she’s coming. Have you tried Cambodian beer? Let me get you one —tronó los dedos y la mesera le trajo cuatro cervezas.

Como por instinto, Pol y yo acercamos nuestras manos en la banca, rozamos los dedos: estábamos inquietos y obnubilados. Sería la marihuana. Pol se negó y él insistió. Volvió a negarse y volvieron a insistir, ahora los dos, Libia y él. Tratando de ser discreta, le dije a Pol que lo aceptara. Sólo podía pensar que con esos tipos no era una buena idea resistirse.

—Ok, but only one beer for both of us.

—If you like, man —soltó Libia—. Let me get you some glasses, then.

Era el momento. Nuestros dedos se entrelazaron, volteamos a vernos y nos levantamos.

—Maybe we should leave. It’s late and we’re tired, we’ve been walking all day long. Thank you anyways, good bye!

El hombre apenas nos miró de reojo sin dejar de soltar un denso humo. Pienso que estaba molesto, pero en realidad no lo sé. Salimos antes de que Libia volviera con los vasos. Escapamos.

Las colectividades del éxtasis. Grabado tomado de la Wellcome Collection.

***
Dariela Romero (Ciudad de México, 1987)
Hizo la carrera en Estudios Latinoamericanos en la UNAM. Desde 2009 se dedica a la edición y en 2018 fundó Tinta Roja Editoras, agencia editorial feminista que busca visibilizar el trabajo de las mujeres en la industria. Entre sus pasiones fuera de las letras están los viajes de largo aliento y la fotografía, con la que busca reflejar la visión de su mundo interior.
Instagram: @darielaphoto

La fotografía de portada es un amanecer captado por la autora en las ruinas de Angkor Wat, Camboya.

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