El capitán Memo y los piratas de la noche

por Rodolfo Ruiz Vázquez

Desde la azotea, fumando, Osmar oteaba el parque. Aneblada la ciudad esa mañana, su paleta usualmente festiva era un daguerrotipo frío y gris, pero coloreado a posteriori, a la manera de ciertas postales decimonónicas, con esos tonos de un langor artificial que aduro emergían de la calígine. El que sí destacaba, desde bastante lejos, era un incitante brasier, rojo como un filete crudo, anunciándose en un espectacular LED.

El frío se parapetaba al interior de los árboles, inflitrados por la noche en venopunción de hielo negro. La bruma, algodonado paño, restañaba las heridas del colorín, y provocaba a Osmar acariciando los senos que rebosaban del brasier LED. Ante la poca luminosidad ambiente, los faroles seguían prendidos; uno de ellos, envuelto por un olmo, era una batiesfera en un bosque de algas. La lectura interrumpida lo estaba sugestionando: nada más faltaba que empezara a ver calamares y escafandras. Se siguió con dos cigarritos más. El break era para uno, pero Osmar se tomaba sus licencias.

Al cuarto, el claror había ganado en fuerza. El tiempo seguía su marcha, y la clepsidra de liquidámbar debía gotear. Todo iniciaba cuando el sol prorrumpía de la niebla y, estocado por una araucaria, la sangre escurría frondabajo, filtrándose por los poros de ésta, primero en un estilicidio que rociaba el macadán con finas brencas doradas, apenas perceptibles. El estilicidio medraba, la llovizna embarnecía y, calado el tamiz, arreciaba un chaparrón de oro fundido. Y regado por la luz, florecieron sobre el macadán gruesos goterones de luz, como guineas orondas y brillantes que palpitaban deflagrando. El sitiador vencía: la lumbre irrigaba el corazón del olmo, lo encendía como un menorá: cada hoja, una llama. Cual floretes, los visos punzaron la malla arbórea.

Los corredores humeaban azules penachos. El vapor envolvía, estopeño, los floretes. Las llaves y el cambio repicaban en los bolsillos. Maracas en traslación, los corredores consultaban el metrónomo pulsera y, a la par, a las curvilíneas maracas que se contoneaban frente a ellos y por las que, esperanzados, echaban el bofe. Osmar, aburrido ante un amanecer cualquiera, prefería catar las grupas que los arboluchos.

Malviaje de Juan Soriano.

Entre los corredores lo vio: el dealer. Ni hacía por camuflarse, aun estando el módulo de policía a doce pasos, gozando el truhan de connivencia con las autoridades. Ofertaba ponzoña quitadísimo de la pena, deambulando entre quienes no consumían más que productos light, entre quienes cuidaban la figura para mantener sus chances en el Juego. Seguramente de él había obtenido Memo la Golden espolvoreada con crack molido. El abogado basó la defensa en ese elemento intrusivo, adjudicándole la desinhibición que había llevado al inculpado a cometer la estupidez aquella.

Prendía el quinto y último de la cajetilla cuando a las nueve se reanudó la obra donde se levantaría una pantalla publicitaria para anunciar perfumes, chicles contra el mal aliento, cremas rejuvenecedoras y convertibles que acapararían la atención en detrimento de los arboluchos. Eso a Osmar le iba y le venía; el pedo fue que, con la reanudación del taladrar, desde el segundo piso Memo empezó a desgañitarse. Afasia y todo, aunque no se le entendiera nada, el cuate daba unos gritos… Osmar apachurró el cigarro contra el pretil y bajó corriendo. Una hedentina fecal flotaba en la habitación, la ventana siempre clausurada. Previa atomización de un desodorante en cuya etiqueta aparecía una cabaña alpina y una pastora rubia, preparó la jeringa y administró a su paciente el sedante por vía intramuscular. Si Memo se resistió con pataletas y aleteos de la única mitad del cuerpo que podía mover, Osmar, astuto, le inyectó el hombro tullido. Fuera de su música, a la que estaba conectado todo el día, Memo no toleraba el menor ruido, y el doctor había autorizado esta medida en lo que terminaba la instalación de la pantalla publicitaria, porque los taladros sacaban de quicio a Memo, y los gritos de Memo desquiciaban a su vez a todo el vecindario.

Poco a poco Memo se hundió en un sopor imperturbable. Osmar ocupó una silla y abrió el libro que llevaba hojeando desde que lo contrataran en reemplazo del otro enfermero, que robaba. Él jamás haría algo así… y mucho menos algo como lo que había hecho Memo. La señora decía que era un pan de Dios, y culpaba a las drogas. Era normal que lo viera así, con el cariño de una madre. Compañeros de la prepa daban fe de un ojo un poco demasiado alegre, y una mentalidad inmadura, lindante con lo fantaseoso y con lo fetichista, en materia de queveres. Macheterón, medio nerd, aficionado a la ciencia ficción y a la música de Beethoven, pasaba el día haciéndose chaquetas y dándose uno que otro pasón escuchando el “Claro de luna”. Nada más que la piedra no era cosa de juego. Osmar conocía compas que habían hecho auténticas barrabasadas bajo la influencia de esa porquería. Y barrabasada, al fin, había sido lo de Memo. Tímido, sin una sola novia en su haber, que una tarde en el cine, donde se proyectaba una sobre Giacomo Casanova, sonsacado por el genio y figura y por el crack, creyendo que era pura mota el tonto, comenzara a sobarle la rodilla a la mujer de junto, atreviéndose por primera vez en su vida a salir de su caparazón: esto, con el perdón de la señora, únicamente podía calificar de estupidez. Claro que al novio la estupidez no le hizo gracia: jalándolo fuera del asiento, se lo agarró a madrazos en el pasillo, patéandole la cabeza en el piso aun cuando Memo yacía inconsciente. La mujer interpuso demanda por hostigamiento, y Memo hubiera llevado las de perder si la hemiplejia y la afasia que le endilgó la madriza no le merecieran arresto domiciliario. ¿Y a dónde habría podido ir, de todos modos?

El penoso accidente, de Xavier Esqueda.

Distraído, pensaba más en Memo que en Nemo. Vaya novelita la de las veinte mil leguas. Según la señora, era el último libro que había leído Memo antes del accidente. Las partes con aventuras entretenían un algo qué a Osmar, pero tanta descripción de algas, corales y peces intercalada le daba una hueva… Se las saltaba, yéndose a la carnita, como él la llamaba: los encontronazos con los navíos, la batalla contra el pulpo.

En la lectura se le fue la mañana; la tarde, en el cambio de pañal. Cuando estaba despierto, escuchando su musiquita —siempre Beethoven—, Memo canturreaba, o más bien melorreaba, por su falta de entonación y aliento cacoso, a la vez que literalmente cagaba los pañales, y eso a cualquier hora del día, estuviese sedado o no. Pero, quitando las cagadas, los gritos y el canturreo caquil, la chamba era tolerable, y pagaba bien. Mucho mejor que la clínica del Seguro: los privilegios de provomerte como particular.

Osmar miró por la ventana. A medida que se hundía el sol, la sombra del altillo remontaba la buganvilla. Como frambuesas expuestas a la voracidad de un saurio de obsidiana, las brácteas engullidas traslucían, a través del vientre semiopaco, un oscurecido crepúsculo de su brillantez original. Y sólo hasta alcanzar las púas, y al apagar la última cabrilla con su baba negra, se daba por satisfecho el monstruo. Un brasier de regaliz, y no pinches brácteas rojas, habría mordisqueado Osmar.

Caía la noche. El volcán extinto, fría entraña, desprendió una burbuja de hielo: la luna asomaba por el cráter. En el jardín, un charco brilló encandecido. Vientos de distintos rumbos brindaron entrechocando levemente un alcatraz con otro, sin que el cristal repicara, sin derramar la leche. Y sobre la barda asimismo entrechocaban vasos dos enamorados con sonrisa Colgate, publicitando con luminosa estridencia un vodka.

Osmar no prendió la luz; a Memo no le gustaba. En parvada, las sombras planearon hacia el jardín. La ciudad dormitaba en un océano. Bajo la brisa, el olmo era una cabellera de sirena ondeada por remolinos subacuáticos. Boyas eléctricas para una regata, las estrellas lanzaban palpitaciones que, ya en el fondo, donde los hombres-peces habitaban, languidecían. Como que le estaba afectando Julio Verne.

Un gemido espástico lo perturbó. Memo se había despertado. Sobre la musiquita —alguna sinfonía del Gran Sordo— Memo seguía la melodía con gruñidos carentes de eufonía. Afasia, sí, ni una palabra inteligible, pero cómo melorreaba el canijo. La colonia era tranquila y las noches serenas, pero ay de quien tosiera, de quien tardara en apagar la alarma del coche, porque si un mendrugo sonoro lograba allanar la habitación, tapizada de corcho y con la ventana de doble cristal perennemente cerrada, a ver quién calmaba al nene.

Gra-bra-gra… —mugía Memo.

—Sí, Memo —le dio el avión Osmar, al tiempo que se enchufaba los audífonos y ponía una de banda con el volumen bajito, para estar a las vivas—. Claro que sí, Memo.

Bra-dra-gra

Grita Grieta Mía

Y así tiraba, llevando con el pie el ritmo alegre que los Huevonudos arrojaban por sus chícharos mientras Memo balbuceaba con esos audífonos de diadema que, comparados con los de Osmar, eran como un Audi frente a un Ka. Pobre Memín. Barboteando la música, movía el único brazo bueno como un director de orquesta enloquecido, como esos monigotes publicitarios que reguiletean agitados por un ventilador. 

Bra-gra-rra-cra

—Tienes la boca llena de razón. —Y de halitosis, decía Osmar para sus adentros.

—Brab-rab-trab-con-tra-bra-drab-con-tra-ma-es-tre-be-to-gra-cra-brab-contra-grabra-con-tra-ma-es-tre-beethoven… Contramaestre Beethoven —se oyó el vozarrón, nítido y articulado, sólo en su propia mente—, preciso es valernos de sus armas.

—Lo que digas, Memo. —Así respondió al galimatías Osmar; en cambio, Memo oyó una voz rasposa, cargada de acento alemán—: Temo contradecirlo, capitán, pero mis armas podrían resultar excesivas. Contraproducentes, incluso.

—¡Contramaestre B.! —repuso el tullido en el intercambio que se desarrollaba al interior de su maltrecho magín—. ¡Qué pusilanimidad la suya! Conozco la maldad del enemigo porque yo también pequé. Sus armas serán: no me retracto.

—¿Y si les arrojamos torpedos?

El capitán manoteó su muslo con sonoro énfasis. Recién amodorrado, Osmar dio un brinquito en la silla. 

—¿Torpeditos a mí? ¿A mí torpeditos y a estas alturas de la civilización? ¿Acaso les habría hablado de brulotes allá en el Teatro del Pacífico? Lo habrían tirado de a loco. Necesitamos armas psíquicas, y de tal potencia como sólo su música puede aportarla.

—Lo que tú digas, carnal —rezongó el enfermero tras haber sido arrancado de la duermevela. Pero todo ello sonó distinto en voz del resignado Beethoven, y a oídos del hemipléjico—: ¿Y cuál de mis armas propone, capitán?

Memo sonrió; a la luz de la farola que trasminaba el follaje, el rictus espantó a Osmar.

—No se haga pendejo, contramaestre. La Novena.

Y fue la “Coral”. Memo, blandiendo el brazo útil, vibró rayos musicales contra los faroles que centelleaban entre la buganvilla y el alambrado cuando el viento, agitándola, abría huecos en el retículo foliáceo. Estos centelleos dimanaban del impacto de las notas-proyectil contra las batiesferas en que los piratas de la noche traficaban engañifas que estimulaban la ingenuidad y el deseo. Entrevistas por la vegetación de algas, estallaban en chispas submarinas. Memo zamarreaba a quienes explotaban el vacío de las personas, engatusándolas con sucedáneos de la felicidad en la forma de fantasías publicitarias, entretenimiento embrutecedor, boato y drogas, minimizando placeres sencillos como un amanecer, una charla amena: los promotores de un sistema en que se aguijoneaba el apetito, se castigaba a los incontinentes y se promovía, a fin de generar portadas, el miedo que inspiraban los monstruos paridos por la provocación. En tanto se zurraba, Memo daba una zurra musical a los inicuos que explotaban la vulnerabilidad humana.

Dando zurras y zurrado, a Memo lo sorprendió la aurora. Osmar salió por cigarros. Camino de la tienda, oyó al dealer silbando el “Himno a la alegría”. A medio bostezo, Osmar se carcajeó, ironizando sobre cuándo llegaría ese fulano mejor mañana.  

Salida y baile con Soriano.

***
Rodolfo Ruiz Vázquez
(Ciudad de México, 1987). Narrador. Su trabajo ha aparecido en las revistas Punto de Partida, Punto en Línea, Narrativas, Nocturnario, Marabunta, Almiar, Primera Página, Kopek, Bitácora de Vuelos y Codalario.

Todas las imágenes fueron tomadas de las redes sociales del Museo de Arte Moderno de México.

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