La llaga que arde: poesía de Aketzaly Moreno

por Aketzaly Moreno

No me juzgues tan pronto

No me juzgues tan pronto,
cuando me veas orinando los bustos de piedra
y te parezca fácil.
Acaso antes de llevarte la mano a la nariz
y despreciar la miseria que me cubre,
sentenciosamente señalarás
mi pobre educación y falta de valores,

después, te seguirás derecho sin volver la mirada
con la fortuna de haber nacido
atravesado por otra historia,
bajo otro techo,
con otro nombre de venas cerradas.

Te he escuchado decir,
desde tu figura de mártir ejemplar,
que funcionaría mejor el mundo sin mi sombra,
sin los jirones de mi cuerpo
desperdigados en las aceras;
si, en cambio,
escondiera de una vez la mano que mantengo extendida
y como tú y otros tantos
encontrara ocupación que me sacara adelante.

Pero, compañero,
¿qué es salir adelante?
¿Quién te ha dicho que los hombres como yo no luchan ni lloran?
¿Qué te hace creer que tu medida del éxito
también me sirve para medirme el frío?
Tal vez no lo sepas,
pero no es fácil buscar calor en la fragancia de la mierda.

Temo también al hambre como a la noche,
a las sequías que traen consigo ese delirio
que me atormenta y me confunde.

Mientras tu línea siga trazada,
mientras no tenga pan ni luz para enfrentar mis terrores
y la esperanza no sea sino una carga que agobia el camino
de aquel que no tiene más lugar
que los huesos dentro de su piel
y la lengua dentro de su boca,
no me digas
qué es lo que debería hacer
con las monedas que me han dado.

Sé que no es heroico ni valiente
aspirar el olvido
para esquivar el llanto de la miseria;
pero es lo único que tengo,
no preciso una historia de gloria,
quizás, entrar inconsciente en la muerte
y acaso en eso seamos parecidos.

Pero a diferencia de ti,
y no sé si eso me haga más transparente,
no te pediría
que escupieras fuego en la avenida
para que supieras que la vida
que a unos les quema
a otros nos arde.

Agüero

A muy temprana edad
padecí la fiebre de las pérdidas;
era muy necia para poder reconocer
en el tuétano de las alucinaciones
el tono de las grandes profecías,
develadas sólo en la angustiante parálisis del sueño:

“Serás muy joven todavía,
pero ya tendrás la vida embargada,
pondrás el lomo bajo las horas
y atizarás el fogón con la pura mano;
a ti también van a decirte,
qué ingenua serás entonces para creerlo,
que el esfuerzo se cobra alto
(y mira si no lo estoy pagando caro);
dejarás los riñones en el fuete
porque estarás aferrada a la gloria
y a las victorias materiales;
te dirán que eso es la felicidad,
y tú confiarás que es ahí donde reposa.
Todavía tendrás los dientes completos
pero ya estarás enferma y avejentada;
en el último intento
verás cómo basta con anhelar algo
para saberlo destruido.

Por eso te digo ahora que estás a tiempo,
abandona todo,
sé el edificio que se desploma a la vista del mundo,
que el asombro ajeno no te intimide;
nadie meterá el cuerpo en los escombros en nombre de la vida
pues saben que todas esas alcobas ya estaban deshabitadas.
Desiste,
renuncia:
renunciar es el modo más legítimo de aferrarse a la voluntad.
Persigue el ocio y venéralo,
hazlo tu principio más sagrado
y la finalidad de todas tus decisiones.
Avanza sólo si es para detenerte en un lecho
donde se consagre a la vida;
procura siempre que tu sudor se desprenda sólo del orgasmo;
sé verde como lo son las plantas,
imítalas hasta en el silencio;
busca la dicha en la tierra y el agua;
toda felicidad que descansa
en el andamiaje del capital
se paga sólo con quebrantos.
Pero si eres indiferente a este presagio
y entregas tu cuerpo a las jornadas,
sabrás por tu propia carne que el trabajo
empobrece más que la miseria”.

El entenado

Con esa misma severidad con que juzgas
al hijo del hombre (de otro hombre),
quiero ver que castigues el fruto de tu cuerpo;
que enjuicies sus actos adolescentes
como obra del más experimentado
y raciones afecto y alimento
a cambio de suntuosas reverencias;

Así como le exiges a la madre
que decida entre tú y el intruso,
quiero ver que le pidas que reniegue
de la carne de tu carne.

Y esa dureza y ese rechazo
que llamas educación y disciplina,
sean también la vara con que midas lo que es tuyo.

Qué duro es cargar con la semilla que no es de uno
y darle de tragar lo que no se ha ganado,
qué joda es culpar al del otro
por el fracaso de una relación que no puede ser perfecta,
qué joda ser esa madre que concuerda con el juez
y en todo caso,
qué verdadera joda tan más grande ser ese entenado.

La condena de Abrahán

Fuera de escena, Jehová, reproché tus palabras:
adiviné luego por qué el hombre
lleva prensada la ambición en el hocico.

Yo era un viejo de apenas cien años,
cuando decidiste cribar mi semen
en el vientre de aquella
con quien acordaste la partida de Agar;
¿qué puede decir del reposo
éste que desde entonces tuvo pocas noches tranquilas?

¡Qué precio cobra tu apetito!
Agar merodeando en el desierto
con el niño a cuestas,
con la sed de plomo;
acaso lo abandonara para no verlo morir,
quizá prefiriera huir de ese tránsito como si fuera lejos de la muerte
(premonición de tu recelo),
¡pero yo nunca quise rechazar a ningún hijo mío!

Tenía cien años cumplidos, Jehová,
cuando elegiste mi primogénito;
qué vergüenza ser un padre viejo,
qué triste verlo mamar las tetas
marchitas de su madre.
Sin embargo, amé a este niño
más que las telas preciosas
o la danza de las mujeres,
cuyas matrices habías cerrado para mí;
adoré a este niño mío
que nombré incluso para tu gracia.

Fuera de cuadro, Jehová, me reprochaste el amor;
rompió tu rabia las cortinas de cristal donde guardabas las aguas
y atestigüé tus celos y tu coraje
porque en mí había el amor más grande y más puro
que un hombre puede profesar,
y éste no era para ti.

Fuera del guion, Jehová, te recriminé;
no escribiste que en noche previa
me emborraché hasta el desconocimiento
y golpeé la puerta de mis siervos temblando
y ascendí el monte llorando los tres días;
no está escrito el modo en que se quebró mi pecho
cuando Isaac preguntó por el carnero
y yo, Jehová, con qué cara iba a decirle,
qué cara tengo ahora sino de perro mentiroso;
y qué dócil se puso cuando comprendió el sacrificio.
Y todas las criaturas que me diste –afán de súbditos–,
la esposa que llegó después, la bonanza y el respeto ajeno
no valen ni una sola de las lágrimas de mi niño.
¿De qué crees tú que tengo el corazón hecho
para ser capaz de trocar su terror?
¿Cómo hay que hacer para sacar de la cabeza del hijo
la imagen de su padre empuñando el cuchillo de degüello?
¿Cómo crees tú que se puede vivir después de este suplicio?
Pero claro, ya sé con qué clase de padre estoy hablando.

Enmarcado, Jehová, está tu egoísmo divino,
tus aires de héroe en boca de ángel,
tu ofrenda ardiendo en el matorral;
y probablemente, sintiendo lealtad,
hayas por fin dormido con toda la tranquilidad
que yo ya no tuve nunca.

Fuera de escena, Jehová, quedó la imprecación:
todas las palabras con que te reñí,
todos los modos con que te nombré
quedaron fuera de tu sagrado argumento,
porque en la vanidad de tus memorias
no hay lugar para mis perpetuas maldiciones.

La danza de la vida

En la imperfecta redondez del mundo
atraída por el magnetismo de su fuego,
no lucho contra el dínamo del tiempo.
Contemplo la danza de los hombres,
sus negras encendidas cabelleras,
su estruendo que de lejos es murmullo;
han olfateado a distancia el susurro
de las secreciones esparcidas;
rompen filas,
chillan, aúllan dolorosamente,
persiguen la fragancia suspendida
que encuentran derramada en las cortezas;
babeando los jugos que lamieron
de los poros abiertos de la tierra
han corrido a refugiarse
a las faldas de la noche,
por la urgencia de la perpetuidad.
La trabada contienda de la sal
se desata con un grito de muerte;
corren a la vida
sobre el sendero de la sangre
albos potros de cascos silenciosos;
bestias que se fustigan con su propio flagelo,
cansados por el dolor del trayecto
se ahogan en el líquido que los impulsa,
excepto uno,
que ya relincha a la cabeza.
Una grieta parte en dos los cuerpos
y una esfera ahora perfecta
germina en el centro de la carne.
El eco de su forma se proyecta en sí misma
doce y cuatro veces repetida;
es un espacio en el espacio
habitado por las pulsaciones,
contradicción de sí,
forma hambrienta de vida en la inconsciencia;
en el rigor de su función,
mastica hebras de sangre
con el ombligo de su boca;
no se sabe dentro ni fuera,
anida sobre un lecho viscoso
en el que nada espera.
Su joven agonía de célula perfecta
avanza con los días;
envejece:
crecer es también descomponerse,
como el fruto
que para llegar a su estado maduro
tiene que dejar de ser verde.
Pronto,
digna de la mutilación del mundo,
nace deforme y enferma de tiempo;
se fermenta a los ojos de los hombres
que no obstante sus temores
danzan por instinto,
porque saben aun sin entenderlo
que la vida es un homenaje que se rinde a la muerte.

***
Aketzaly Moreno (México DF, 1992)

Estudió lengua y literaturas hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha publicado Vuelo de muerte (2018), Nada queda en pie (2019) y recientemente Relámpago en la sangre con Mantra Edixiones. Ha participado en encuentros de poesía en Argentina, Bolivia y México. Organiza el Festival Internacional de Poesía en Milpa Alta. Actualmente dirige la editorial Ojo de Golondrina.
Facebook: @aketzaly.moreno

Las fotografías de portada e interiores son cortesía de Alejandro Téllez (@demente_q).

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