Ensayos para mudar a otra Tierra: Viaje interestelar

por Karen de Villa

Nacer en la ciudad más grande del mundo

Crecí en un pequeño cuadrante de la que entonces era la ciudad más densamente poblada del mundo: una interesante combinación de estudiantes de primaria y secundaria, indigentes y migrantes chinos. A pesar de estar construida sobre un lago y ser una zona de alta sismicidad, parece ser una ciudad muy indulgente. Nunca hace calor ni frío (sin importar cuánto nos quejemos al apenas alcanzar los 8 o los 30 grados centígrados), hay 11 horas diarias de luz solar durante todo el año, y sabrá dios cómo sigue funcionando a pesar de sus más de 21 millones de habitantes.

La ciudad es como un espejismo que nos hace creer que todo es estable, al punto de que los grandes problemas del imaginario citadino son el tráfico, las largas filas y el exceso de vienevienes.

Sin bosques, lagos, mar ni estrellas, y con su Río de la piedad entubado, mi pequeña ciudad chino-estudiantil era un refugio casi perfecto: podía salir a jugar futbol a la calle, elegir entre unas seis neverías y buscar monografías en por lo menos diez papelerías. Había una panadería con los mejores bolillos de todo Iztacalco, un par de taquerías de fama extradelegacional y un abuelo que me contestaba todas las dudas del mundo:

–¿Abuelo, aquí puede llegar un huracán?

–No, porque estamos muy lejos del mar.

–Ahhh, ¿y un torbellino?

–No, porque estamos en un valle.

–¿Y el EZLN?

–Ellos están en Chiapas.

–¿Y yo puedo ir a Chiapas?

–No, no se puede ir a Chiapas.

–¿Y puede haber un terremoto?

–Eso sí, pero no sabemos cuándo.

–¿Pero va a ser como el del 85?

–No se sabe.

–¿Y cuándo yo sea grande ya no va a haber agua?

–Espero que sí.

–¿Me compras una paleta?

–Sí, vamos, ponte el suéter.

Vivir en la ciudad te hace olvidar fácilmente. Aquí se puede resolver todo con una app si intercambias lo que quieres por el número requerido de horas en el teclado: puedes pedir comida, comprar boletos para el cine, ir a cualquier punto de la ciudad, tener citas instantáneas, pedir fundas de celular a China, cancelar a alguien para siempre por un rato, contactar a tus amigos de la primaria o invertir en la bolsa. Fitter, happier, more productive…

Analfabetismo ecológico

Intentaba nivelar el terreno lo mejor posible con mucho esfuerzo y poca técnica.

–¿No sabes usar el azadón? A ver, te explico cómo –mientras Gabo me mostraba cómo hacer una terraza para el huerto de la casa, pensaba en cómo alguien de quince años puede entender tanto.

–¿Y qué pasó con el chavo de la playera del América?

–No era del América, era de un equipo amateur en el que jugaba su papá, y hace mucho tiempo que no lo veo.

–¿Por qué? ¿Querías que algo así –hace con sus manos la figura de un triángulo– se acomodara en algo que es así? –pone las manos en forma de corazón mientras se caga de risa de mí.

–Tal vez… ¿y por qué ya no te llevas bien con Alicia?

–Últimamente me aburre platicar con ella. Pero no me gusta hablar de eso.

–Discúlpeme, señor madurez.

Esa noche Gabo preparó chocolate y palomitas. Vimos una película hasta que se acabó la energía eléctrica porque el día había estado nublado. Esas noches de verdadera oscuridad se llenaban con el croar de las ranas y a veces con puntos de luz de las luciérnagas. Parece un lugar alejado de los problemas mundanos hasta que en ese bosque de niebla vives días despejados de sol quemante que anuncian el cambio, como el sargazo en la orilla del mar. 

Hasta antes de conocer ese rancho, cada vez que llegaba a un lugar nuevo sentía un desencuentro con mi propia vida: todas las escuelas a las que no fui, todas las casas en las que no viví, las canciones que no me aprendí y la comida que nunca probé. No habría tiempo para vivir esas historias en esos pedazos del mundo. Pero cuando llegué ahí, sentí que sí deseaba vivir mi propia vida por completo. En un sitio así es fácil recordar: el agua viene del río o del manantial, la energía eléctrica viene del sol, lo que comes se transforma en caca que se transforma en composta, que se transforma en suelo, que se transforma en alimento. El agua es siempre la misma, el ciclo es siempre el mismo. Quizás mañana pueda avanzar más de un metro en esa terraza.

28 de noviembre de 2019. Estoy viviendo de nuevo en la casa del magnolio. Llega una mujer del gobierno y le prende fuego al árbol. Dice que es el servicio de jardinería de la Delegación. Me siento muy enojada, le miento la madre y le digo que un día recordará cada uno de los árboles que ha quemado. Bajo las escaleras de la casa y salgo a la calle, cruzo Insurgentes y me encuentro a mi amiga del rancho, le pregunto a dónde va, me dice que va en dirección contraria a la mía. Nos despedimos y sigo mi camino. Oigo que algo cruje y gritos desesperados de una mujer. Me doy cuenta de que a unos 30 metros se abrió un boquete en el asfalto, al parecer alguien cayó dentro. La mujer asegura que su hijo pequeño cayó por ahí. Antes de poder reaccionar para ayudar a la mujer, el boquete se extiende y ella se cae en él. Sigue extendiéndose. Empiezo a correr y sigue extendiéndose. Me subo por una barda y me trepo a un techo, veo que sigue extendiéndose, nos va a alcanzar a todos, me dice una chica que también trepó la barda. Desperté aliviada esa primera noche después de regresar del rancho a la ciudad.

Más acciones y menos palabras, dice Chuen

Cuando lo conocí, me gustó que siempre hubiera una leve sonrisa dibujada en su cara. Chuen va a limpiar la presa Madín todos los días a cubetadas, como si quisiera vaciar el mar a cucharadas. También riega los árboles del Cerro de Moctezuma y apaga incendios en época de secas. En el Día de Muertos dirige cantos a los cuatro rumbos y en sus ratos libres pasa mucho tiempo en Instagram. Un día terminó de limpiar la presa. Al poco tiempo, la presa amaneció llena de plásticos que venían con las corrientes que bajaron después de una tromba. No alcanzaba a verse el agua entre tantos puntitos de colores y destellos del sol reflejados en el PET. Chuen empezó a limpiar otra vez. Mientras yo discutía, pensaba, escribía, atendía conferencias de ecologistas o veía Netflix, Chuen terminó de limpiar la presa otra vez. El Día de Muertos nos preguntó si estábamos listos para irnos si llegara nuestro momento. Sentí que sí, todos dijeron que sí, pero no estaba segura de si estábamos listos para quedarnos.

Mudanza interestelar

“La vida es sencilla”, dijo una vez un anciano frente al fuego. Parece una constante en el imaginario colectivo que la humanidad, eventualmente, deberá mudarse. Para unos se trata de tomar un cohete y colonizar Marte, porque se podrá cambiar todo –incluyendo la materia, el tiempo y el espacio– menos el sistema capitalista, no importa cuántos planetas haya que destruir. Para otros, se trata de abandonar la civilización tal y como la conocemos para crear algo así como un neo Neolítico avataresco. En contraste, gran parte de la población quizás no tiene ningún interés u opinión clara al respecto, “ya se resolverá todo gracias a la tecnología, así como pasó con la vacuna”. Otros piensan que no les tocará vivir el colapso (que ya empezaron a experimentar), tal y como pensaban que no vivirían una pandemia. También hay quienes piensan que no importa, “ya que se acabe todo, ¿qué más da?”, porque es fácil pensar eso cuando se ha tenido agua y alimento todos los días de la vida. Finalmente, están los que no se plantean el problema porque lo enfrentan cada día y están ocupados sobreviviendo. Pienso que, si hay que mudar a otra Tierra, debería ser a la que estaba aquí antes de ponerle tantas cosas encima, pero habría que aprender a vivir en ella.

“La vida es sencilla”, dijo una vez un anciano frente al fuego esa noche en el desierto. “Los árboles crecen solitos, nadie les dice qué tienen que hacer; el agua se limpia sola, sabe a dónde tiene que ir. Respiramos sin tener que recordarlo, todos los días sale el sol y todos los días nacen unos y se mueren otros”. La sabiduría es siempre un recuerdo atávico recobrado.

La intuición que lleva a la sabiduría es más rápida que la razón. Por eso desconfiamos de ella. Para el orden social y la mente individual no es fácil aceptar que se puede aprender, saber, conocer e incluso tener certeza de algo sin un proceso que implique esfuerzo, método, validación, redundancia o burocracia. Así que nos encontramos en el punto demencial de tener que convencernos lógicamente de que hay un elefante en la habitación.

13 de noviembre de 2021. A la orilla del mar, el día es claro y el viento fresco. Hay una fiesta y miro por el ventanal, veo que ha subido un poco la marea, las olas empiezan a acariciar la parte baja de la casa en la que estoy. Sigo conversando con mis amigos hasta que nos interrumpen, parece ser que la marea está subiendo demasiado. Empezamos a planear qué hacer. Cada vez que miro por el ventanal el agua sube de nivel y las olas son más fuertes. Mientras seguimos discutiendo qué hacer, anochece y se va la luz. Busco a tientas mi mochila y veo que está llena de agua, me aterra saber que mi computadora se echó a perder. Hay que salir, pero todos los caminos están cerrados. Cuando desperté fui al baño, abrí el grifo y no salió agua.

***
Karen de Villa
 (Ciudad de México, 1986) 
Su quehacer se centra en la escritura, el cine documental, la permacultura, los pueblos originarios de América y el baile afrocubano. Se ha formado en la UNAM, la Cineteca Nacional y el bosque de niebla de Veracruz. Actualmente trabaja en un documental sobre permacultura y cambio climático en México.
Instagram: @kala_de_villa y @otra_tierra

Imagen de portada: el cielo de Michoacán captado por Federico Diego (@elhawaii). Las imágenes de interiores son cortesía de la autora.

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