Ensayos para mudar a otra Tierra: Apocalipsis ahorita

por Karen de Villa

—Es un elefante —digo sin titubear frente al dibujo hecho con tres plumazos de tinta azul en el cuaderno de raya. El psiquiatra valida mi respuesta asintiendo.

El consultorio tiene una atmósfera fría de luz blanca y polvorienta, está adornado con un característico olor a IMSS. Yo estoy sentada con mis tres años en las piernas de mi madre, frente al escritorio metálico.

—Muy bien, ahora te voy a preguntar algunas cosas —dice él como si supiera de lo que está hablando—­. ¿A quién quieres más: a tu papá o a tu mamá?

Escucho un silencio que no sé cuánto durará.

—A los dos —digo después de hacer una valoración sobre una disyuntiva que nunca antes había creído posible.

—Sí, pero ¿a quién quieres más?

—A los dos.

—Sí, pero ¿a cuál de los dos quieres más?

Él no entiende nada y yo no me atrevo a decírselo. Su voz rodea mi garganta como si una serpiente se deslizara por mi cuello. Busco la manera de desempatar la cuestión y salir del interrogatorio. Mientras me parto en dos, pienso en la sonrisa de mi mamá, en la textura de la piel de mi papá, en la voz de ambos… y contesto.

Ese fue el primer fin del mundo, pero yo no lo sabía.

***

El desenfoque de la decisión.

Mi ventana de quinto piso da a una vista típica de Iztacalco: azoteas descoloridas coronadas por el brillo cobrizo del Palacio de los Deportes, como una corcholata vieja que refleja la luz en medio de la acera. Pero es de noche y solamente alcanzo a ver su silueta. Me asomo porque a veces se ven las estrellas. Hoy el cielo está cargado de nubes, aunque hay un punto de luz distante que parpadea a un ritmo acelerado. La luz se acerca. ¿La luz se acerca? Me doy cuenta de que me están mirando desde ella. Conforme la luz se hace más brillante mi pánico aumenta y pasa lo de siempre: se estrella con un edificio cercano. “Esta vez sí pasó”, me digo a mí misma. Pero nunca sucede, no importa cuántas veces lo sueñe.

—Mi abuela dice que en el año 2000 se va a acabar el mundo. Que nos daremos cuenta porque las mujeres ya no podrán embarazarse y muchas personas van a desaparecer. Pero en el Apocalipsis no dice eso, ya lo busqué. ¿Dónde crees que podamos investigar?

Los expedientes secretos X deben ser una forma de decirnos lo que va a pasar. En el capítulo de ayer, Scully no recuerda lo que pasó, pero dijo algo del triángulo de las Bermudas, ahí debe haber algo muy peligroso de otro planeta.

Estoy segura de que un día llegará el fin del mundo. Es una promesa postergada desde tiempos bíblicos. Alguien tiene que venir a aclararnos qué está pasando. ¿Por qué vienen las abejas africanas? ¿Quién mató al candidato por el que iban a votar mis abuelos? ¿Cuándo se va a acabar la crisis?

Tengo una caja con lo necesario: papas fritas, mi muñeco Trapito, un cuaderno, mi pluma favorita, un yoyo y dos fotos.

Ese fue el segundo final, siempre pospuesto.

***

La ciudad, hervidero de preguntas laberínticas.

La postal decía: “Será un honor pasar el fin del mundo a tu lado. ¡Feliz año nuevo 2012!” Él y yo esperábamos con ilusión el apocalipsis zombie. Sin embargo, lo único que terminó ese año fue la relación y, en cambio, empezó un sexenio.

Hoy mi inconsciente me dice cosas raras. He confundido al leer, por ejemplo, “autopista” con “autopsia” y “multinacionales” con “mutilaciones”. Después me topo con una nota en internet, de una periodista mexicana exiliada en España: “Mi resignación está a punto de encontrarme, puede ser doloroso, hasta miedo me da. Pero siento que está a punto de llegar, lamentablemente puedo presentir que no tendré un buen final, todo apunta a eso. No sé qué vaya a pasar conmigo, quisiera darme un buen final, pero no sólo depende de mí”.

No es casualidad que lea sangre y muerte en los espectaculares que anuncian carreteras o en los banners que venden zapatos. Es 20 de noviembre, los sonidos de helicóptero rondan mi almohada, mi café de la mañana, mis redacciones del día y mi viernes en la noche.

Miro la pantalla que me escupe su brillo, en ella los encabezados suben y suben mientras los periodistas zumban como un refrigerador que fue el Estado. El dolor ajeno se vuelve cercano como un déjà vu porque una mujer cuenta que vende ropa interior de entre 3 y 150 pesos porque su esposo decidió dejar su trabajo pues no quiere golpear niños: era granadero.

Prefiero irme a dormir. Oigo la Obertura 1812 de Tchaikovsky mientras la piedra se convierte en talco y el acero en agua. El jabón fabricado con grasa de liposucción surte su efecto: caen las torres de Babel y los judas arden. Los logos de las corporaciones y los caballos de Troya ya no pueden atravesar ninguna puerta. Los fondos monetarios internacionales y los bancos mundiales colapsan, las bolsas de valores se desploman. Vendetta. Las Marla del mundo bailan, los Tyler Durden no paran de reír, los Guy Fawkes por fin pueden besar a su chica, las pitonisas tienen razón. Y todas las Milena Jesenska, las Gerda Taro, los Robert Capa, los Lorca, los Allen Ginsberg, las sor Juana, los Lucio Cabañas, los Quanah Parker, los Caballo Loco y todos los 43 del mundo vuelven. Al final vamos en una diáspora que se vuelve un carnaval que suena a rumba vieja en La Habana del este, que pasa por debajo de mi ventana de siempre en el quinto piso, y ahí te encuentro.

Ese fue el tercer final. Pensé que sería prehispánico, pero fue burocrático.

***

Una luna que se conmueve en lo alto.

La selva me eriza la piel. Al dejar el cuerpo quieto sobre la bolsa de dormir se magnifica el chirriar de las cigarras y los grillos, los únicos sonidos que soy capaz de distinguir debajo de tantos otros. Sólo distingo la Luna y Orión de entre el mar de estrellas. La alta densidad de vida me mantiene involuntariamente alerta. Soy una intrusa, una turista en un camino de viajeros.

Me avergüenza mi analfabetismo, no puedo siquiera distinguir un árbol de otro o un canto de ave entre los demás. No puedo encender un fuego o bajar un coco. En la selva la vida y la muerte conviven a cada paso. Es la que nos recibe y la que nos lleva. El más complejo de los ecosistemas. La selva hace posible la lluvia alrededor del mundo después de ser fertilizada por la arena del desierto. Lo vi en el documental que narra Will Smith.

Hojas secas sobre troncos en degradación, éstos a su vez sostienen hongos que se comunican entre sí, y todos están conectados a las raíces de los palos mulatos, los plátanos o las ceibas. Una sinfonía de mil orquestas. Un solo gran organismo. La selva volverá una y otra vez como volvió sobre los templos mayas, sin importar lo que tenga que cubrir.

Pero ya no estoy en ninguna selva sino en el sofá de mis papás: desempleada, treintona y con dengue.

El sudor me envuelve por completo con una sensación de frío y calor simultáneos, el olor de mi cuerpo me da náuseas. El olor del virus está en todos mis fluidos. La cabeza me punza como si quisiera recordarme de todas las veces que no paré en el esfuerzo inútil de querer entender mi vida pensando. Con certeza puedo decir que no sé nada. No sé cómo no sentirme culpable de haber dado todo por sentado: desde cagar en el agua hasta el amor romántico. No sé cómo dar la vuelta, no sé cómo explicar, no sé si deba. Tal vez simplemente soy una niña herida que no supo decir lo que sentía. El sargazo en la orilla, el humo en el pantano, el pastizal en la selva, la ciudad en el lago y la inundación en el asfalto… pero ese asfalto también ha sido mi casa. Todo me grita al unísono. Después un silencio corto. La piel de ese otro, el granizo en bicicleta, una salsa vieja en un cabaret, un solo de la guitarra de Gilmore, la sonrisa de una niña corriendo hacia mí, un círculo de personas alrededor del fuego, un trago de café por la mañana. Quizás estoy recuperando el asombro.

Ese final sólo fue mío.

***

Las palabras del agua que seguimos sin comprender.

Por fin llega la catástrofe prometida y no tiene ningún tipo de glamour cinematográfico. Esta catástrofe no requiere de nosotros ninguna habilidad especial: basta con cubrirse la nariz y la boca y sentarse en casa a esperar. Eso dicen las pantallas.

En mi sueño de noviembre de 2019 se abre un socavón en el asfalto, se va abriendo poco a poco y nadie puede escapar de él, porque nadie puede escapar del mundo, ni siquiera Jeff Bezos. Un buen día me alcanza. No me arrepiento de ningún beso, ningún abrazo. Fiebre, dolor de espalda, hipersensibilidad a las redes sociales, el privilegio de vivir sola y tener un amigo en la puerta de al lado. Mi abuelo se escondió en una tienda de la Plaza de las Tres Culturas el 2 de octubre de 1968. Mi mamá huyó de la cama donde cayeron ladrillos el 19 de septiembre de 1985 (y yo con ella). Mi abuela, a sus 87 años, sólo había sentido una gripe la navidad de 2020. Aún no sé si ella sabe qué tan fuerte es.

Lo difícil empieza cuando se terminan los síntomas y la doctora me dice que ya puedo salir a disfrutar la vida. Y la vida se siente como el segundo plano de una secuencia de thriller. En el primer plano algo une mi pecho a una tristeza abstracta y gigante, como los monstruos que asustan a los niños antes de dormir. ¿Así que aquí vienen todos cuando parece que ya no hay esperanza? ¿Aquí se quedan todos los anhelos no cumplidos? ¿Aquí es donde el inconsciente colectivo hace su desmadre?

No me queda más que verme el miedo de cerca, lo más de cerca que puedo. Aprovecho para cambiar de ocupación por cuarta vez, para visitar a todas mis familias, para soñar despierta a la mitad de mi pan con mermelada (la que preparó una amiga), para sentarme en la mañana a ver cómo maduran duraznos del árbol confundido, para darle los buenos días a la gata que no es mía pero que siempre me visita, para decirle al casero que me espere con la renta, para hacer por fin lo que se me da la gana, para conocer personas que no hubiera conocido de otra manera, para ir al cine a mediodía, para comer con hambre, dormir con sueño y querer amarlo todo. Creo que estoy aprendiendo a pactar con la incertidumbre.

He soñado con arrullar a un niño cantándole y no veo cómo podría pasar, no veo aún cómo podría atreverme. Es como si hubiera que mudarse a otra Tierra para hacer algo así.

Este final es un principio.

¿Qué le cantarán los árboles al sol cuando sea la hora de enterrarlo?

***
Karen de Villa
 (Ciudad de México, 1986) 
Su quehacer se centra en la escritura, el cine documental, la permacultura, los pueblos originarios de América y el baile afrocubano. Se ha formado en la UNAM, la Cineteca Nacional y el bosque de niebla de Veracruz. Actualmente trabaja en un documental sobre permacultura y cambio climático en México.
Instagram: @kala_de_villa y @otra_tierra

Imagen principal: participación de Lech Kowalski en la Clínica de realización documental, como parte de la Cátedra Bergman ofrecida por el FICUNAM.
Tanto la imagen principal como las de interiores son cortesía de la autora.

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