De verdaderos creyentes y fanáticos

por Fabián Torres

El tema de la cuestión religiosa es el centro de atención de muchos investigadores en el mundo desde hace siglos y en años recientes ha sido objeto de un interés aun mayor. Los estudiosos, los ensayos, los análisis y los congresos han proliferado y eso ha hecho que cada vez más gente busque estudiar, comprender o mínimo tener una opinión cuando un tema que involucra lo religioso sale en la plática. Las opiniones que sobre el tema se generan son diversas: algunas están bien sustentadas y son dignas de consideración y crédito, mientras que otras son de una ingenuidad enternecedora o de un dolo insultante.

Uno de los resultados de estas opiniones es que se crean y se difunden algunas ideas que adquieren fama en ciertos ambientes y se vuelven lugares comunes. Tomo como excusa una de esas ideas de las que se sueltan así sin más entre los interesados en estos temas y presento una reflexión acerca de una de las muchas aristas que tiene el asunto de los temas religiosos, esperando que sea una lectura amena y que brinde algunas respuestas.

Necesitamos tener un punto de partida: al hablar de estos temas, muchas personas usan el término La Religión ─así, con mayúscula─, que invariablemente ligan a la interacción del individuo con un poder superior antropomorfo y a la militancia dentro de una agrupación determinada. Dicho de otro modo, para muchos sólo se puede hablar de religión si hay dioses y si hay iglesias. Usado así, el término resulta simplista y deja fuera muchos aspectos que necesitan ser tratados si se quiere tener una buena comprensión de todo lo concerniente al asunto de las creencias, las prácticas, las ideas y toda la parafernalia relacionada.

Parafernalia de la élite religiosa en Rusia criticada en la película Leviatán (2014), de Andrey Zvyagintsev.

Por esta razón muchos especialistas no hablan de religión al abordar el asunto, sino de fenómeno religioso, cuya definición es un relajo y no se van a encontrar dos estudiosos que den la misma explicación. De forma muy general y para los propósitos de este artículo, puede definirse el fenómeno religioso como todo aquello concerniente a las manifestaciones consideradas como religiosas, sean éstas individuales o grupales, organizadas o no, aunque se encuentren presentes en esferas ajenas al culto o a las iglesias, como la esfera empresarial o la política.

La idea que quiero abordar se sintetiza en una frase peculiar, la cual no recuerdo dónde leí o escuché, pero que se deriva de las tesis del estadounidense Eric Hoffer: El verdadero creyente [religioso] es el fanático.

No es que Hoffer haya dicho o escrito tal frase, sino que ella puede funcionar como una síntesis de su obra ─un caso como el de Maquiavelo, al que le atribuyen el dicho «El fin justifica los medios», sin que el hombre haya dicho jamás tal cosa.

En segundo lugar, no es el objeto de estas líneas analizar la obra de Hoffer ─algunas de sus tesis me parecen ya rebasadas─, sino hablar de la idea en sí y del uso que se le ha dado. Con esta idea se busca afirmar que sólo aquel que es fanático religioso es quien puede y merece ser llamado creyente verdadero, queriendo ubicar a cualquier otro en calidad de religioso falso o de a mentiritas.

Ni qué decir que tal idea es un sinsentido monumental. ¿Qué hay de malo o de falaz en esta afirmación? Habrá que analizarla.

De los verdaderos creyentes

Por principio de cuentas. el hecho de hablar de verdaderos creyentes es problemático. Quienes dicen que «el verdadero creyente es el fanático» suelen cometer la misma equivocación o usar el mismo truco ─recordemos la diferencia entre ignorancia y dolo─ que los apologetas religiosos, que es el haber establecido arbitrariamente y a priori una serie de criterios que se tienen que seguir para que alguien se gane su etiqueta de creyente, de lo contrario no es verdadero, es decir, falso. Los criterios más comunes son dos y están fuertemente relacionados:

—Los verdaderos creyentes son miembros militantes de algún culto religioso, particularmente monoteísta y específicamente cristiano o musulmán. Esta percepción muestra la incapacidad de concebir el pensamiento religioso existente en un solo individuo y, de paso, rechaza la idea de que se puede creer en un poder superior sin estar adscrito a alguna asociación religiosa.

—Los verdaderos creyentes cumplen cabalmente aquellos pasajes de las escrituras sagradas que ordenan al fiel matar o causar daños a quienes no comparten la misma fe.

Pasolini y su interés por el mito bíblico expresados en El evangelio según san Mateo (1964).

Para ilustrar este punto de vista tienen un rosario de ejemplos, que pueden ser históricos ─las cruzadas o la inquisición─ o contemporáneos ─los ataques a algunos medios de comunicación─.

Esta visión nos remite a la falacia de ningún escocés verdadero,1 tan bien explicada por Antony Flew. Otro autor, Mathew, brinda una explicación simple y buena del asunto (la traducción es mía):

¿Qué define a un verdadero creyente? Hay tantas religiones únicas y verdaderas que es difícil decirlo. Ahí está el cristianismo: hay tantos grupos compitiendo, todos ellos convencidos de que son los únicos cristianos verdaderos. A veces hasta luchan y se matan entre sí. ¿Cómo se supone que un ateo decida quién es y quién no un verdadero cristiano cuando ni siquiera las principales iglesias, como la católica y la anglicana, se ponen de acuerdo?

En el último de los casos, la mayoría de los ateos toman un punto de vista práctico y deciden que debe ser considerado como un cristiano todo aquel que diga serlo y use la fe o el dogma para justificar sus acciones. Tal vez algunos de ellos estén pervirtiendo las enseñanzas cristianas para sus propios fines, pero si la Biblia puede ser usada tan fácilmente para apoyar acciones no cristianas, ¿puede ser en verdad un código moral? Si la Biblia es la palabra de Dios, ¿por qué no pudo hacerla menos ambigua? ¿Y cómo puedes saber que tus creencias no son una perversión de lo que tu dios propuso?

Si no hay una sola interpretación de la Biblia que no sea ambigua, entonces ¿por qué debería un ateo, basado sólo en tu palabra, aceptar una interpretación en lugar de otra? Perdón, pero si alguien dice que cree en Jesús y que asesinó a otros porque Jesús y la Biblia le dijeron que lo hiciera, debemos llamarlo cristiano.

En el último párrafo también puede aplicarse el ejemplo contrario: si alguien dice que cree en Jesús y que decidió amar a otros porque Jesús y la Biblia le dijeron que lo hiciera, debemos llamarlo cristiano. La ambigüedad de muchos de los textos sagrados habla mal de la creencia religiosa y de la asociación que la respalda, no del creyente que elige seguir uno u otro camino.

La cuestión del verdadero creyente puede complicarse aún más. Tomemos un aspecto del fenómeno religioso, sólo uno: el culto a un poder superior. Aunque en esencia se trate de creer y rendir honor a algo que trasciende, hay ciertas diferencias entre la creencia en las fuerzas de la naturaleza ─cultos solares, lunares, a las aguas, a la tierra─ y la creencia en los dioses como tales: seres antropomorfos con atributos, pensamientos, cualidades y defectos determinados.

Dejemos de lado los cultos naturales y veamos que dentro del culto a los dioses hay diferencias entre los cultos politeístas ─el griego, el romano o el hindú─ y los cultos monoteístas, como el judío o el cristiano.

Dejemos de lado los politeísmos y veamos que dentro de los monoteísmos hay diferencias entre el monoteísmo judío y el cristiano.

Dejemos de lado a los judíos y veamos que dentro del cristianismo hay diferencias entre el de tipo protestante o evangélico y el católico.

Diversidad de cultos en La montaña sagrada (1973) de Alejandro Jodorowsky.

Dejemos de lado a los protestantes y evangélicos y veamos que dentro del catolicismo hay diferencias entre el catolicismo de la teología ─contenido en la patrística, las bulas, los concilios y las encíclicas─ y el de las creencias y las prácticas de la gente.

Dejemos de lado la teología y veamos que dentro de las creencias y prácticas hay diferencias entre el catolicismo como se entiende en un país como España y como se entiende en un país como México.

Dejemos de lado a los españoles y veamos que dentro del catolicismo mexicano hay diferencias entre el catolicismo como se entendía en el siglo XVI ─cuando vino a dar por acá─ y como se entiende en el siglo XXI.

Dejemos de lado el siglo XVI y veamos que dentro del catolicismo mexicano del siglo XXI hay diferencias entre el catolicismo como se entiende en comunidades de la sierra de Oaxaca y como se entiende en la Ciudad de México.

Dejemos de lado a los oaxaqueños y veamos que dentro del catolicismo cedemexiquense (¿cuál es el gentilicio de los habitantes de la Ciudad de México?) hay diferencias entre el catolicismo como lo entienden las señoras adineradas de Las Lomas y como lo entiende la gente joven ─de 25 años o menos.

Dejemos de lado a las señoras y veamos que entre los jóvenes católicos hay diferencias entre el catolicismo como lo entiende un universitario y como lo entiende un joven de distinta preparación académica.

Dejemos de lado a los universitarios y veamos que dentro de los jóvenes sin formación académica no es lo mismo el catolicismo como lo entiende un sanjudero ─devoto de San Judas Tadeo─ y como lo entiende un devoto de la Virgen de Guadalupe.

Cascada de Cristos en La montaña sagrada.

La pregunta es: ¿cuál de todos es el verdadero creyente?

—El que rinde culto a la naturaleza
—El politeísta
—El judío
—El protestante
—El evangélico
—El católico de la teología
—El católico español
—El católico del siglo XVI
—El católico oaxaqueño
—La señora de Las Lomas
—El universitario
—El devoto de San Judas
—El devoto de la Virgen de Guadalupe

¿Lo son todos? ¿No lo es ninguno? ¿Verdad que no es tan fácil y hacer esas simplificaciones de creencias verdaderas es una generalización que no corresponde con la realidad?

Del fanatismo

Ahora toca entrarle a otro tema: el del fanatismo. Aquí es posible notar otra muestra de ignorancia ─o quizá de mala fe─ de quienes dicen que el fanático es el verdadero creyente, pues desconocen el trasfondo de la palabra fanático y cuando mucho se atienen a la definición de la Real Academia Española (RAE), que a la letra dice:

fanático, ca. (Del lat. fanaticus)
1. adj. Que defiende con tenacidad desmedida y apasionamiento creencias u opiniones, sobre todo religiosas y políticas.
2. adj. Preocupado o entusiasmado ciegamente por algo. Fanático por la música.

Si nos apegamos a estas solas definiciones, vemos que el término para nada es exclusivo del entorno religioso y no es indicativo de la fidelidad a algo o alguien, sino de su entusiasmo exacerbado. Pero la cosa va más allá de una mera definición de diccionario. Habrá que recurrir a la etimología y la historia, a ver qué pueden aportar al tema.

Fanático viene del latín fanum, que significa «templo». En tiempos de los romanos se conocía a los sacerdotes y a quienes se dedicaban a los cultos exclusivos como los fanaticus o fanatici, pues se entregaban totalmente al servicio del templo. De entre éstos sobresalían algunos como los enfocados en las diosas Belona y de Cibeles, que eran presas de un entusiasmo y un furor exacerbados, al grado de que el fanaticus empezó a ser relacionado con actitudes delirantes, frenéticas, incluso violentas y, por extensión, se comenzó a llamar fanática a toda aquella persona exaltada, efusiva y agresiva.

Monjes budistas elaboran un mandala en Rad der Zeit (2003), documental de Werner Herzog sobre el Tíbet.

Tener todo esto en cuenta hace posible y sencillo ver que no sólo hay fanáticos religiosos, como los que vuelan edificios o acosan gente en las clínicas de interrupción del embarazo; también hay fanáticos del futbol, como aquellos que van a los estadios y son parte de las porras que, además de disfrutar el juego, golpean a cualquiera que ose vitorear al equipo rival; o los fanáticos de tal o cual grupo o cantante, que abarrotan los auditorios donde se presenta la figura admirada y el hotel en el que se hospeda. Es más: es posible hablar de fanáticos del ateísmo, que hablan de que «las ideas del ateísmo pueden resumirse en acabar con Dios y con la religión», afirma Carlos Grima en Iniciativa Atea.

Con el razonamiento propuesto por quienes enarbolan la frase «el verdadero creyente es el fanático» queda entonces preguntarse: ¿entonces el verdadero aficionado al futbol es el fanático?, ¿el verdadero admirador de un artista es el fanático?, ¿el verdadero ateo es el fanático? No sólo eso, ¿el que no defienda su preferencia o sus creencias de forma exaltada y violenta y que no sea capaz de atacar ni de matar al disidente, entonces no es un verdadero creyente? Puede argumentarse que uno puede ser un gran aficionado a un equipo de futbol o a un artista sin necesidad de actuar como un fanático. Si es así, ¿por qué es posible eso en esos casos, mientras que para ser un verdadero creyente religioso hay que ser un fanático? ¿O será que la afición al futbol o a un artista no disparan los resortes emotivos que sí reaccionan ante la creencia religiosa? Son preguntas cuya respuesta corre a cargo de quienes están a favor de aquella afirmación inicial.

El fanatismo es la actitud fúrica hacia el que disiente, pero ese furor no dice mucho ─o francamente nada─ acerca de qué tan verdadero es un creyente.

Consideraciones

El estudio del fenómeno religioso es algo tan rico como complejo. Existen muchos problemas a la hora de abordarlo, como las categorías. Para el caso que nos ocupa hemos visto cómo se considera el fanatismo como una característica eminentemente religiosa y como una condición ineludible del religioso fiel, a pesar de que ni todos los religiosos verdaderos ─es decir, los que viven de acuerdo con lo que creen─ son fanáticos, ni todos los fanáticos son religiosos.

Aquí expreso una hipótesis personal y como tal es susceptible de ser rechazada: Hoffer mencionó que el enemigo del fanático de un bando no es el fanático del otro bando, sino el militante moderado, ése que no está tan enloquecido por su credo. Si tiene razón ─a mí me gusta la idea, pero la tomo con calma─ ésta podría ser una explicación de por qué se considera al fanático como verdadero creyente y se desdeña al moderado.

Michel Piccoli representa al llamado vicario de Cristo en Habemus papam (2011), de Nanni Moretti.

La idea que dio origen a esta reflexión es sólo un ejemplo de lo que puede pensarse cuando se tiene una visión simplista de los temas religiosos. Limitar el fenómeno a los dioses y los grupos, sin tener en cuenta la multitud de expresiones del fenómeno más allá de las iglesias, da lugar a concepciones que no corresponden con la realidad y que suelen ser canalizadas por gente no versada en esos menesteres… o por fanáticos, que no siempre «son tontos. A veces son bien listos» (Mauro Rodríguez Estrada).

Nota:

  1. La falacia de ningún escocés verdadero se usa con el propósito de excluir o incluir adeptos a determinadas ideas. La expresión común de esta falacia consiste en lo siguiente:
    A: Ningún escocés echa azúcar en su avena.
    B: Pero a mi tío Angus, que es escocés, le gusta echar azúcar en su avena.
    A: Ah, sí, pero ningún escocés verdadero echa azúcar en su avena.
    Se hace una afirmación general y cuando un contraejemplo la desmiente, se modifica la definición para excluir el contraejemplo.

***
Fabián Torres.
Estudió historia en la UNAM y se especializó en historia de las religiones, aunque también ha escrito sobre activismos, deportes y medio ambiente, entre otros temas. Como la academia nunca le hizo caso, trabaja como corrector de estilo y ha prestado sus servicios a instituciones públicas y privadas.
Twitter: @bdemontork

Imagen de portada: Desfile de moda litúrgica en Roma (1972), de Federico Fellini.

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