La vida secreta de la señora de las plantas

por Michelle Vázquez

La pausa obligada me ha permitido poner más atención a las plantas que tengo, observarlas y tratar de entenderlas. Sin darme cuenta, mis plantas desarrollaron curvas caprichosas, ondulaciones irregulares, crecimiento voluntarioso. “Adolescentes incomprendidas”, las llamó una amiga, antes de decirme que estaban así porque les faltaba sol. Ante este nuevo descubrimiento, me sentí una torturadora de plantas, casi como aquel que, recordando a Tántalo, ponía al trebolcito cerca, pero no lo suficientemente cerca, de la luz solar: “tentar pero no dar, tentar y negar”.

Ahora que he pasado más tiempo en casa empecé a modificar mi espacio: tenerlo lleno de plantas se ha convertido en mi mayor capricho. Casi como si la imposibilidad de salir me llevara al extremo de querer encerrar a la naturaleza: mi pequeña jungla interior. En este afán no sólo comencé la búsqueda de los ejemplares más maravillosos, sino que quise insinuar lugares nuevos para las que ya tenía. Este anhelo me permitió comenzar a verlas como seres vivos y no como objetos. Antes sabía que estaban ahí, pero no sentía que necesitaran cuidados especiales. Creo que ni siquiera me detenía a pensar en ellas de ninguna forma; tal vez no era falta de interés pero sí una especie de descuido.

Solander, D. Pl. Austral. (NZ) I : 95 – 96 ‘Ancistrum [[diandrum]] decumbens’; Solander, D. Slip. Tomado de Victoria and Albert Museum.

Buscarles lugar supuso un revés atinado que solamente aumentó mi angustia, pues pude advertir que su presencia en la casa tenía algo de intromisión; están donde no estorban, no donde ellas prefieren. Se dice que tienes que prestar mucha atención para percibir pequeños cambios, aprender a escucharlas para conocer sus necesidades. Escucharlas implica seguir sus movimientos, distinguir sus colores, captar sus texturas, dar con la humedad necesaria y la cantidad de luz o sombra, porque o las cuidas o mueren; en resumen: un chantaje perpetuo.

Empecé a seguir varias cuentas de Twitter e Instagram sobre plantas y decoración con ellas para ir no sólo bocetando mi espacio, sino buscando orientación. Qué ingenua he sido al pensar que lo que me muestran estas plataformas es alcanzable. Me asombra su capacidad para hacerme sentir mal hasta en algo que pareciera inocuo. En un afán desesperado, he buscado asesoría con lxs vendedorxs de plantas por sentirlxs más cercanxs a la tierra; desafortunadamente, sólo termino más confundida. Lamento mucho no tener una guía, alguien que rebase el sentido común y se mueva en las veredas de la intuición. Unx asesorx personal que me enseñe lo que debo aprender por mí misma, con base en la dialéctica de prueba y error.

El cuidado. Shyama.

Esta dinámica me ha enseñado qué tipos de plantas se adaptan mejor a mí y a la luz de mi casa, así como a mis cuidados inexpertos, pero no por eso menos amorosos. He descubierto que las flores me sobrepasan y que las suculentas y los cactus se caracterizan por su tenacidad y aguante. Varias veces he comprado plantas con flores que parecen muy vivas y, de alguna manera que aún no consigo comprender, duran menos que las flores cortadas que compra mi mamá para adornar la mesa, como si ella ya se hubiera resignado a esperar su muerte en lugar de preservar la vida. “Flores cadáveres”, las llamo. Por su parte, las suculentas y los cactus se me dan mejor y me gustan mucho. He descubierto cierta personalidad, tal vez afín, que los caracteriza. Yo no los veo como los desamparados que sólo saben estar a la defensiva, con temperamento austero, rígidos; sino con una voluntad inquebrantable.

Aun así, tengo un cactus que creció a los lados y su tallo cada vez se rompe más. Leí que podía cortarlo y volverlo a plantar siempre y cuando tuviera un anillito. Hasta ahora no lo he hecho porque no sé qué es un anillito, ni tampoco si la tierra o la maceta son las adecuadas para él. En pocas palabras: temo matarlo. Estos pensamientos me atormentan de tal manera que prefiero postergarlos y esperar que un milagro de la vida y una prueba de su resistencia y tenacidad hagan que la planta busque y consiga su propia supervivencia.

My herbarium. Koralie.

Cuando observo detenidamente cada una de mis plantas aumenta mi angustia: la angustia de tener una vida en mis manos, una vida frágil, endeble, que confía solamente en mí para continuar existiendo. Aparto la mirada, porque “ojos que no ven, corazón que no siente”, y en un afán de expiación me pongo a buscar datos sobre cada una: su nombre, los cuidados específicos, las temporadas de trasplante. Llega a tal punto mi farsa que busco kits de jardinería y me imagino yendo a Xochimilco por tierra y macetas. En un intento por acallar mi culpa, me fijo fechas específicas que aplazo todo el tiempo.

Me ha dado por subirlas a la azotea y dejar que les dé el sol, constante y de lleno, después de casi ahogarlas con el agua que les niego en el transcurso de la semana. Me siento como esas mamás o esos papás que, al darse cuenta de las carencias con que criaron a sus hijxs, les brindan todo como un torrente robusto y violento que nos hace pensar (a ellxs y a mí) que así recuperamos el tiempo y enmendamos nuestros errores.

Rosaceae, Solander, D. Pl. Austral. (NZ) I : 95 – 96 ‘Ancistrum [[diandrum]] decumbens’; Solander, D. Slip Catalogue II: 63 – 68. Tomada del Natural History Museum.

Quisiera que estos cuidados me transmitieran paz, deberían transmitirme paz. Mi noción de la naturaleza idealizada, que no sé de dónde he sacado, hace que les exija, y me exija al mismo tiempo, un espacio de armonía que me hace falta, sobre todo en estos tiempos tan caóticos. Mi mamá insiste en que cree un vínculo con mis plantas a través de la palabra: que les hable, que les cante y que tal vez así logre ese bienestar que busco y pueda reconciliarme con ellas. Conozco la sabiduría popular detrás de esta exhortación y sé que muchxs lo hacen. A mí simplemente no me nace; entre mis plantas y yo lo que hay es un silencio incómodo que no termina de cuajar. 

Compré tres nuevas plantas aunque me prometí que no lo haría hasta aprender a cuidar las otras. No podía permitirme seguir violentando a seres tan nobles ni perpetuando ese dolor. La fascinación ansiosa que siento por ellas me nubló la razón a tal grado que sucumbí a la pasión; tanta era mi exaltación que no dimensioné la dificultad que entrañaba pasarlas de las bolsas en que venían a las macetas que tenía en casa. Incluso acepté unas flores medio muertas como regalo por mi compra.

Solander, D. Pl. Terra del Fuego: 22 ‘Caltha multicapsularis’; Solander, D. Slip Catalogue XII: 701 – 704. Tomada del Natural History Museum.

En este momento convivo con veinte plantitas que cuido como un compromiso personal a pesar de la congoja. Veinte plantitas a las que les escribo esta carta de amor, un amor nervioso que me llevó a hacer lo que creo que me sale mejor cuando la voz no me alcanza. Una carta donde no sólo reconozco su confianza y paciencia, sino que pretendo recordarme ser paciente también conmigo y tratarnos con delicadeza.

***
Michelle Vázquez. Orgullosa sagitariana, fan del arte contemporáneo y de las películas del llamado “cine de arte”. Tiene una relación amor-odio con la academia, pero encontró en la docencia una trinchera política. Piensa en la educación como un espacio de experimentación y diálogo que permite la interacción desde lugares más amables. Entre sus actividades favoritas están ser feminista, viajar, dormir, bailar y comer.
Twitter: @Mich3ll3_07

Imagen principal: cianotipo de British algae por Anna Atkins, tomado del Natural History Museum.

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