El ángel de la historia del Corán

por Adam A. Vázquez Cruz

Es evidente que aludo a Benjamin. Así como todos los que quieren citarlo como puedan. Pido disculpas. Ofrezco disculpas. Confieso que me avergüenza la incontinencia. Reconocerlo es un acto de contrición. Es como hacer tawba. Según dicen, si Mahoma hubiera creado siervos que no pecaran, los hubiera cambiado por otros que fueran pecadores, para que hicieran tawba. Se valora más el acto de pedir perdón que la ausencia de pecado. Mala suerte para Alessandro Paganini, impresor veneciano que no era musulmán y de todas formas imprimió fallidamente el Corán. O eso decían. Siglos pasaron sin que se viera una copia. Después de todo, Paganini era un impresor católico del siglo XVI. Los protestantes dijeron que, de haber existido el tiraje, la Iglesia lo habría mandado quemar. Apenas hace tres décadas se probó que estaban equivocados. En 1987, una estudiante de bibliotecología regresó al mundo de los mortales un libro sobre el que se había especulado mucho y del que había pocas certezas. Descubrió en una pequeña biblioteca italiana un libro llamado Alcoranus arabicus sine anno. Esto naturalmente me lleva a Benjamin: el nombre de la investigadora no podía ser ninguno otro que Angela Nuovo.

“Hay un cuadro de Klee que se titula Angelus Novus”, reza la primera oración de la tesis IX de Benjamin. No puedo sino pensar en Angela Nuovo. Como el ángel de Benjamin, tiene la cara vuelta hacia el pasado. Cuando llegó acompañada de su profesor Giorgio Montechi a la hoy vacía biblioteca del convento de la isla de San Michele, no sabía que su mirada al pasado iba a lanzar su carrera académica tempestuosamente al futuro. Dice Benjamin que el ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Quizá su paronomónima de alguna manera pudo restituir lo que los muertos presumían en pedazos desde hace tiempo.

El verde es el color del profeta.

Aquí inicia una serie de dimes y diretes, de calamidades sobre el destino del libro. Las une que explican la falta del Corán veneciano, ya sea con su destrucción o al dudar de su existencia. En el siglo XVII una fuente alemana afirmaba que la tirada de libros se había hundido junto con el barco que los llevaba a Constantinopla. Se creía que los Paganini habían enviado los libros como regalo al sultán. Si resultaba de su agrado, los Paganini esperaban obtener el privilegio exclusivo de imprimir el libro sagrado en esas tierras y expandir su negocio. Era una práctica común en su lado del mundo. Pero no salió bien. Según la fuente alemana, el sultán consideró aquello obra del demonio, una blasfemia. Ordenó hundir en aguas profundas el barco que contenía los ejemplares para que jamás pudieran escapar de las profundidades del mar. No sabemos cuánta verdad hay en ese relato. Después, Tomás Erpenius aseguraba que todos los ejemplares fueron quemados, como era la costumbre de la Contrarreforma, para adelantarse al tiempo y convertirlos en polvo. Más tarde Wilhelm Ernst Tentzel fue más lejos y afirmó que los libros formaron una hoguera porque Dios mismo no permitía imprimir el Corán en árabe. Especialistas más cercanos a nuestros tiempos no aventuraron destrucciones definitivas; sin embargo, sus dichos sobre el Corán veneciano tenían un dejo de incertidumbre. Geoffrey Roper, en 1984, decía que de este libro no sobrevivía ni una sola copia.

Por eso cuando Angela Nuovo llegó a la biblioteca de la isla de San Michele, cuando sorteó el recelo del viejo bibliotecario Vittorino Meneghin, erigido guardián de aquellos libros que casi no recibían visitas en parte por la protección del fraile y en parte por el olvido, y Angela pudo revisar el catálogo mecanografiado por Meneghin, con el rostro vuelto hacia el pasado, posó su mirada sobre aquel título: Alcoranus arabicus sine anno. Así, no sólo proyectó su carrera académica al futuro, sino que recompuso lo despedazado, sacó al libro de las profundidades del mar, de hogueras impías, de sus velos de misterio o de la negación de su existencia. Trajo al mundo un libro fundamental para la historia: el primer Corán impreso.

Si el descubrimiento de Angela Nuovo nos da el lado de la tesis de Benjamin que restituye lo destrozado, la historia de la reproducción del Corán nos dará el otro. Copiar el Corán no es para todos. En esta historia de tocayos, además de Alessandro Paganini, nos encontramos con Alessandro Marzo Magno (a un mes de ser Alejandro Magno). En su libro sobre los editores de Venecia, afirma que en la época de su homónimo Paganini, el binomio Corán-copista era indisoluble. Era necesario que hubiera un especialista a cargo de la copia. Era necesario saber a quién responsabilizar en caso de error. Añade que según Mahmoud Salem Elsheikh: “bastaba con un error para arriesgarse a ser decapitado”. El ejemplar impreso por Paganini está plagado de fallas. En retrospectiva y bien mirado, que la empresa del impresor veneciano haya fracasado no parece un destino tan terrible.

Edición de finales del siglo XVII.

Además, hay una complicación técnica. Aunque Alessandro Paganini contaba en su familia con su suegro, Giorgio Rusconi, que ya se había enfrentado al reto de imprimir en cirílico, es decir, tipos ajenos a la escritura de su lengua, esto no suponía una operación homologable. La impresión del árabe se dificulta por la naturaleza cursiva de su escritura: las letras presentan formas distintas dependiendo de su posición y de las que las anteceden y suceden. El mismo Aldo Manuzio (impresor notable a quien la extinta editorial mexicana ALDVS homenajeaba con su nombre) en las raras ocasiones en que imprimió árabe lo hizo con entalladuras xilográficas, no con tipos móviles. Y si a eso añadimos la alta estima por la manuscritura, se hace patente la resistencia a sumarse al futuro de las técnicas europeas. Pasaron 200 años del experimento de Paganini para que en 1727 Ahmed III, sultán otomano, permitiera la imprenta en árabe. Aun así, explícitamente pidió que se excluyera a los textos sagrados del rango de alcance del llamado invento de Gutenberg.

Angela Nuovo con la cara vuelta hacia el pasado nos permite hablar de las catástrofes y corregir las palabras que habían vuelto pedazos un libro. Como el Angelus Novus de Klee y Benjamin, el Corán resiste el embate de una tormenta que se arremolina en sus alas y no le permite plegarlas. Es arrastrado irremediablemente hacia el futuro, o algún futuro que es la tempestad de las técnicas europeas en nombre de las cuales se ha solapado tanta destrucción. La última oración de la tesis de Benjamin dice: “tal tempestad es lo que llamamos progreso”.

Palimpsesto arquitectónico.

***
Adam A. Vázquez Cruz. Candidato a doctor por la Universidad de Saskatchewan y profesor de la UNAM. La búsqueda en Google de “Saskatchewan” y “vórtice polar” no es poco frecuente, por lo que Adam está de vuelta en la cálida Ciudad de México. Espera siempre que Spotify lo sorprenda el lunes con un buen descubrimiento semanal, aunque últimamente no ha pasado.
Más que publicar, mira ser desde Instagram: @sumadrealan y Twitter: @adam_scriveyn.

Imagen de portada: edición del siglo XII del libro sagrado. Imagen tomada del Museo Salar Jung de la India.
Imágenes de interiores: tomadas del Museo de Arte Islámico de Qatar.

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