Sinsentidos de la alta y la baja cultura

por Samuel Cortés Hamdan

El jazz discrimina a los reguetoneros: pinche música de mamones, podrían decir. Los visitantes de la Cineteca Nacional son despreciables: meritorios de memes de Adam Driver asegurando que amiga, eres arte; estirados que se apasionan por conocer la película ilegible de algún director torturado por sus pasiones indigestas, usualmente ubicado en Europa del Este, acusan los chistes. Ese autor detestaría que lo entiendan, parece decirnos la exploración de páginas de Julia Kristeva, Gilles Deleuze o Fernando del Paso, obsesivos especuladores del cuerpo sin órganos y de los escurrimientos esculturales de los enamorados, se escucha.

Creo que en las conversaciones sobre el arte no son infrecuentes estas valoraciones donde los espectadores, desde su especial trinchera, se inflaman en la defensa de sus valores de percepción. Hay quien se reivindica en contacto con el pueblo porque toma micheladas en el tianguis y disfruta de las tubas danzantes de la Banda MS. Hay quien, en cambio, asegura que escuchar esa música es un estado primitivo en el difícil oficio de la evolución del gusto, en ocasiones coronado por estrenos anglosajones a la Arcade Fire.

Arte de la banda germano noruega The whitest boy alive. Imagen tomada de su Facebook.

En este griterío silencioso, destaco un aspecto inicial: aunque sea desde el insulto y el deslinde, los espectadores están involucrados con el arte que los sublima e interpela a tal grado que se disponen rápidamente al debate apasionado y a la defensa de sus nichos de excitación, placer, identidad, refugio, de ligadura con las otredades cercanas. Casi que, en principio, puede deducirse de estos intercambios envenenados de preferencias que el arte tiene esa facultad nuclear: apelar, inyectar, subvertir, desglosar las pasiones del alma, las ebulliciones humanas, manifestadas igual en la Capilla Sixtina de Miguel Ángel que en la dilatación de los colores de las bancas de Paseo de la Reforma por virtud de alguna marihuana panteonera.

Y también destaco una oportunidad. Malhaya si en esta breve indagatoria sobre el tema invisibilizo que, por supuesto, el arte está condicionado por su entorno de producción, por la clase social que lo desarrolla, lo distribuye, lo consume y lo encumbra (hay que repetir, sí, que el Emmy, el Grammy, el Globo de Oro, el Oscar, tanto como el Súper Tazón o la Serie Mundial, son eficaces maquinarias de extensión planetaria para defender la ideología del régimen estadounidense, incluso cuando se critica con aparente ironía al interior, como sucede en Interstellar, del 2014, por ejemplo): no es lo mismo el violín artesano del ritual rarámuri, claro, que los presupuestos industriales de Christopher Nolan, quien finalmente nos enseña que el amor habita la otra dimensión del universo aunque la explotación capitalista devaste hasta el colapso el funcionamiento del planeta, de pronto desechable. No son lo mismo y sin embargo ambos fenómenos pueden describirse —no sin exactitud— como arte. Pero destaco una oportunidad, decía: por supuesto que en la experiencia estética hay que entender que existe música que se compuso para el deleite de la corte y, en otro plano, música de campesinos que imaginan encuentros sexuales mientras guardan la noche en lo interno del bosque y se acompañan de instrumentos que no requieren electricidad. Pero también resulta indispensable dinamitar, desde un panteísmo propositivo, el límite mental y material que dicta que esa música compuesta originalmente para los consentidos de la monarquía y sus alfombras no puede ser tomada por los muchos, resignificada, reorientada y bailada en el margen de la mugre y el delirio carnavalesco que decapita simbólicamente al rey para hundirlo con el fango y los chicles.

Cartel de Los conspiradores del placer (1996), largometraje del checo Jan Svankmajer sobre una cofradía de exploradores sencillos de las sensaciones del cuerpo.

La mera imagen es chocante: hay una alta cultura para los refinados y una baja cultura próxima a las zonas despreciables del cuerpo. Arriba están el cerebro, la conciencia, el habla, el corazón palpitante teológico, el aliento, la lengua enunciante y persuasiva, la mirada de la serenidad y las honduras. Abajo echan pelos los detritus, el glande requesoniento, la vagina sangrante, las sudoraciones del pie y las llagas de las pantorrillas, el ano que sólo habla mierda y produce comezón por su suciedad caliente, el ombligo habitado de pelusa pestilente. Apolo y Dionisio. Steven Spielberg y Juan Orol. Altura y bajeza: geografías del cristianismo neoplatónico que separó al cuerpo de la idea.

Ante esas divisiones, que en muchas ocasiones derivan en autodiscriminación entre los espectadores humildes y, por supuesto simultáneamente, en esnobismo de los encorbatados que desprecia el lenguaje de los trabajadores y sus costumbres de sublimación ajenas al hieratismo palaciego, habrá que difundir —con trabajos incontables que no idealicen la lucha de clases, la violencia entre explotadores y explotados, las condiciones materiales del mundo, insoslayables— la convicción filosófica, omnímoda, de que el Dante escribió para el vendedor de tacos de canasta y que, por derecho de nacimiento, a él le pertenecen el frontispicio de la catedral de Zacatecas y los versos de Schiller musicalizados por Beethoven en la novena sinfonía, cada una de las teselas del mural de Juan O’Gorman de la Biblioteca Central de la UNAM y las prosas introspectivas y de sensibilidad potente de Clarice Lispector.

Jack Black interpreta a Dewey Finn, profesor sui géneris de música, en The school of rock (2003), del estadounidense Richard Linklater.

La certeza aglutinante, convocatoria, de que las micheladas sabatinas del tianguis —bibliotecas públicas y esfuerzos institucionales definidos de por medio, sin magia especulativa— no tienen que ser ajenas a la discusión de las imágenes decapitadas de Glauber Rocha o los ensayos anticlimáticos de Jean-Luc Godard. La sospecha enamorada de que en algo se compenetran los sueños guturales de Werner Herzog con los atolladeros insoportables con olor a balata quemada y aceite desperdiciado en el tráfico de la Ciudad de México. Que la tradición pertenece a quienes se dejen devorar por ella, en un ritual sanguíneo donde no quede claro qué es mandíbula, qué idea purísima, qué delirio místico, qué cartílago descoyuntado, qué sacrilegio intolerable, qué misa negra, qué dolor como salvoconducto al desmayo, qué una nueva música de las trituraciones, qué la arquitectura corporal de los antojos.

César Vallejo no besará inmediatamente la frente de nadie, obsesivo como es en torno de sus lóbregos mamíferos y su alfabeto gélido; pero hay que abrir interminablemente a los muchos oídos las posibilidades de rendir horas del día al zumbido del abejorro que aventura en torno a sus versos una especulación interpretativa, que sea solamente la primera.

Pier Paolo Pasolini (chamarra negra) durante la filmación de Los cuentos de Canterbury (1972), adaptación cinematográfica del clásico medieval.

***
Samuel Cortés Hamdan (Guadalajara, 1988). Licenciado en letras por la UNAM, ha trabajado como editor y reportero en distintos medios. Escribe sobre cine, lo que pasa en la calle, los reveses de la emoción y su apego a los accidentes del terreno, así como de libros que querrían su reedición. Guarda dos inéditos en el cajón.

Twitter: @cilantrus

Imagen principal: retrato de la Banda MS, tomado de sus redes sociales.

1 comentario

  1. Perdón, pero este artículo está bien malito. Creo que el autor tiene que mejorar su redacción muchísimo y también hacer a un lado sus ganas de impresionar al lector con su cultura, para impresionarlo con lo que se intenta poner sobre la mesa. Saludos

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