Del mundo para Iztapalapa

por Emmanuel Vizcaya

Yo no tuve una conciencia real de ser de Iztapalapa hasta que entré a la universidad y experimenté la distancia que había desde Los Ángeles Apanoaya hasta el campus principal de la UNAM, Ciudad Universitaria. A partir de entonces, significó un lugar lejano de lo que serían mis zonas usuales de movimiento. Era el 2008 y siempre había percibido mis calles y contexto geográfico como algo que no me levantaba inquietud; sólo una consecuencia porque mis padres eligieron comprar allí una casa. Ser de Iztapalapa, hablando con toda la honestidad, nunca me fue algo significativo. No quiero sonar pesado pero es cierto que cuando estás tan acostumbrado a un lugar, tan inmerso, se dejan de percibir sus texturas y particularidades. Para mí significaba venir “de lejos”, aunque no tan lejos como Neza o Chalco, digamos que un punto intermedio. Ahora bien, ¿lejos respecto de qué? Respecto de la evidente centralización de la ciudad.

El arte y su ambrosía cercadas por sangre, sudor y gomichelas. Ilustración de Iurhi Peña.

Es por eso que ser de Iztapalapa me resonó más cuando pude verlo a la distancia, en los meses posteriores a haber dejado la casa de mis padres para irme a vivir a otro barrio, Santa María la Ribera, y luego a otro, y a otro, y a otro más. Ahora me doy cuenta de que las mudanzas han sido mi constante y quizá eso sirva para entender esta experiencia. Fue por ese movimiento cuando más o menos supe (y acaso me llegué a preguntar) qué significaba ser iztapalapense. En 22 años no hice algo tan representativo: nunca asistí al viacrucis de Semana Santa (ésta es una de las cosas que más les sorprenden a mis amigos) y tampoco viví de cerca la peligrosidad o “el barrio pesado”, aunque me hayan asaltado cuatro veces por los alrededores. Los Ángeles Apanoaya no se caracteriza por ser una colonia de riesgo y más bien está un poco en la orilla, relativamente cerca de las fronteras con Coyoacán, Tláhuac e Iztacalco; por lo tanto, para mí ser de ahí era ser también de esos otros lugares. Por supuesto que recorrí barrios característicos, como Santa Cruz Meyehualco o la Vicente Guerrero, me subí a los juegos de feria instalados en La Purísima, viví la experiencia de los sonideros y aproveché las rectas que bordean el Reclusorio Oriente para practicar mis habilidades manejando. O sea, hice cosas que también acostumbraban mis vecinos, pero no fueron ni más ni menos significativas que si las hubiera hecho en Chimalhuacán o en la Balbuena. Sé moverme por la mayoría de sus calles, sé a dónde no meterme y otras particularidades porque crecí rodeado de ellas, pero la vida cambia y uno sigue construyendo su identidad, con lo nuevo que tiene a la mano, para nunca acabar de construirla.

“La subida del Gólgota es dura, muy dura…” Ilustración de ketsueki_koibito.

Algo que quizá me hizo sentir en algún momento “orgulloso” fue que el famoso poeta Max Rojas no sólo era del 4 de junio al igual que yo, sino que también, increíble azar, era de Iztapalapa. “¡Wow, Max Rojas es del 4 de junio Y DE IZTAPALAPA como yo!”, pensé, y ésa fue la primera vez que creí relevante la mención del lugar originario para reforzar la coincidencia de fechas de nacimiento, que con el tiempo se me olvidó. Y sí, claro que Los Ángeles Azules son otro gran distintivo que admiro muchísimo y me gusta ser de su colonia vecina (de ahí tomaron el nombre). “De Iztapalapa para el mundo” es un lema perfectamente identificable y no negaré que varias veces ha sido la manera en que me he presentado ya un poco borracho en las fiestas. Creo que gracias a ellos (pero sobre todo a su renacimiento a partir de colaboraciones con nuevos artistas) Iztapalapa entró más fuertemente en el radar del mundo y de lo trendy, y como siempre que eso pasa hay consecuencias positivas y negativas. Por un lado, se volvió cool visitar alguna parte emblemática, buscar fiestas salvajes, micheladas exóticas, cruzar toda la avenida Ermita desde Churubusco hasta Los Reyes, subir el Cerro de la Estrella, etcétera; por otro lado, lo cool provino de una clara exotización del territorio, y tristemente, de quienes lo habitan.

La second children, Asuka Langley Sohryu, celebra sus quince tras la hecatombe del Tercer Impacto. Ilustración de ketsueki_koibito.

Desde hace tiempo se busca contrarrestar los fenómenos socioeconómicos y socioculturales que hacen que todo el flujo de capitales se concentre en zonas específicamente céntricas de la Ciudad de México. No quiero ahondar en detalles, pero para empezar creo que una parte fundamental para lograr esa descentralización es dejar de ver al Otro como un ser distinto. Particular, sí, pero no extraño. La exotización no es la vía para lograrlo. ¿A dónde voy? Bueno, no me gusta remarcar el hecho de que alguien sea de Naucalpan o de Neza o Chalco o Polanco o Coyoacán. Claro que hay muchos matices, pero de ahí a mirar esos espacios como extrañezas existe mucha distancia. Visitar Iztapalapa (así como cualquiera de los lugares mencionados) no es ir de safari. Entonces, ¿qué significaría ser iztapalapense? No lo sé. No tengo una descripción específica. Por supuesto que hay estereotipos, pero están completamente sesgados. Lo en verdad importante es la capacidad que tenemos de construir nuestras identidades con todos los elementos posibles. Cada barrio al que llegamos nos deja un nuevo aprendizaje. Cada escenario recorrido es un horizonte que se amplía. Nacimos en determinado sitio, pero lo que eso signifique lo delineamos nosotros. A pesar de que a la fecha llevo nueve años sin vivir en Iztapalapa, mi credencial del INE sigue teniendo la dirección de la casa familiar. ¿Por qué tomé esa decisión al momento de renovarla? Porque aun con la distancia y todo lo dicho sigo sintiendo esa pertenencia: no importa a cuántas alcaldías o colonias nuevas me mude, la casa familiar es una especie de eje. Me gusta haber pasado allí mis primeros 22 años, así como sigo disfrutando visitarla dos o tres veces al mes; y ver con perspectiva es de lo más enriquecedor para, al menos, hacernos una breve idea de lo que es el panorama de nuestras identidades.

Zapatito blanco, zapatito azul, dime cuántos años tienes tú… Ilustración de ketsueki_koibito.

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Emmanuel Vizcaya (Ciudad de México, 1989). Ha publicado ensayo, cuento y poesía. Con frecuencia imparte talleres de escritura creativa y produce el proyecto de música electrónica ROTTTOR. Experimenta con literatura en redes sociales desde la cuenta de Instagram e_vizcaya

Texto publicado originalmente en la revista oficial del Festival de Cine de Barrio (Feciba) en su edición Iztapalapa 2020.

Imagen de portada: Iurhi Peña
Imágenes de interiores: Iurhi Peña y ketsueki_koibito

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