Crónicas del autoexilio: pandemia en tierra de Sinatra

por Miguel Rohan

Curioso es que el principal camino del virus a Occidente haya sido el mismo de la milenaria seda, canonizado en sensualidad por Marco Polo en la Edad Media. A finales de febrero del año pasado, un amigo envió por un grupo de WhatsApp el tablero de datos sobre covid-19 de la Universidad Johns Hopkins, preguntando “¿Qué pedo con Italia?”. En efecto, Italia entonces aparecía en el diagrama con una gran roncha roja que excedía el ancho de su mapa; China, en el este, con un montón de círculos de distintos tamaños a lo largo de su territorio, era la representación accidental de una infección que se había esparcido a lo amplio de Eurasia mediante las milenarias rutas del comercio, ahora explotadas por el turismo para el que Roma sigue siendo un destino primordial de exposición forzada a la enfermedad de la cultura.

En menos de dos semanas, el mundo había cambiado por completo, como todos pudimos atestiguar. Para la mayor parte de la comunidad de Princeton, sin embargo, el 2020 acabó el viernes 13 de marzo, cuando estaba programado para empezar el receso de primavera. Las autoridades universitarias aprovecharon esta coincidencia para enviar a todos los estudiantes de licenciatura a su casa, invitándolos a que se quedaran allá y así evitar contagios en el campus. Las clases serían en línea durante un breve periodo. El último día que estuve en el salón con los estudiantes de mi clase pude notar su sorpresa e incredulidad ante esta sugerencia. Parecía como si esperaran que la universidad solucionara su situación particular mediante el milagro del poder político y los fondos millonarios. Durante la clase, sin embargo, se supo que todos tenían que irse y que las clases serían remotas durante un tiempo indefinido. Lo que muchos pensaban, pero no se atrevían a decir, es que el valor de una educación hiperelitista en una institución como ésta parecía estar preparándose para desplomarse.

Desde las temporadas de peste en el imperio romano, el temor de la muerte por contagio ha sido también uno de los mejores incentivos para las bacanales. Los primeros contagios en Princeton ocurrieron incluso después de que un par de personas infectadas vinieron desde Boston para un cotorreo. Durante aquel fatídico viernes 13 de marzo y desde dos días antes los veinteañeros de licenciatura se entregaron a los placeres terrenales de manera intempestiva. En varias ocasiones, la policía del campus tuvo que dispersar varias aglomeraciones. Aún no se hablaba de contagio comunitario, ni siquiera de usar mascarilla. Todo tenía que ser interrumpido y eso era lo único que importaba. Pero antes de eso, era justa y necesaria una última interacción masiva. Sólo un día pude observar los vestigios de estas desesperadas celebraciones, decenas de cartones y latas de Bud Light y Budweiser esparcidas por los jardines de las residencias en el campus. “Esta gente está perdida, con o sin virus”, advertí, imaginándome la entelequia de la cerveza —una Corona— y pensando en que, tal vez, si te ves forzado a devengar una educación de 50 mil dólares al semestre quizá no importe tanto poner la basura en su lugar cuando el fin del mundo se aproxima.

El campus central de Princeton muestra un rostro alejado del glamour que caracteriza a la aristocracia académica.

Los estudiantes de posgrado también tuvimos un momento parecido, aunque un poco más elegíaco y con más sensibilidad ante los desechos, de los que nosotros formamos parte, en cierta forma. Sobre todo, había cierta satisfacción en saber que el mundo estaba siendo obligado a detenerse y que nosotros, los de posgrado, la fuerza de trabajo de bajo costo, el eslabón más débil en la cadena alimenticia burocrática de la academia norteamericana, sí, nosotros, nos habíamos convertido en los elegidos para quedarse a esperar su destino final en un campus de la Ivy League. En parte porque no teníamos a dónde más ir. Aun así, días más tarde una mayoría de la cual no formé parte optó por irse a otros lugares donde el tipo de cambio por lo menos les ofrecería una holgura extra en el dinero. La universidad pagaría sus gastos de transportación para que se fueran.

Durante la madrugada siguiente, aún crudo de la noche anterior, sabiendo por supuesto que no podría irme a ningún lado gratis, un coro de voces masculinas del apartamento de abajo comenzó a cantar, o más bien a cantar mediante lamentos, “Hotel California”, una inquietante señal de que efectivamente algo estaba llegando a su fin. Sobresaltado, recordé aquella parte en The Big Lebowski cuando The Dude, después de haber sido drogado y amenazado por un oscuro productor de cine porno en su mansión, tiene además que escuchar a The Eagles en el taxi que lo lleva de vuelta a su bungalow al otro lado de Los Ángeles. “Come on, man. I had a rough night and I HATE THE FUCKING EAGLES, MAN!”, le dice al taxista, quien se detiene en medio de la autopista y, ofendidísimo, lo saca del carro. O estás adentro escuchando a The Eagles o afuera en la carretera, pensé, pero este viaje en taxi llamado 2020 ya se jodió por completo. Y me volví a dormir.

Antes de venir a Princeton, todo lo que sabía de Nueva Jersey venía de unos cuantos episodios de los SopranosBoardwalk Empire y un poco de Karate Kid. Con el tiempo, he aprendido que Nueva Jersey es la parte continental de la costa este que más se parece a una isla y que a su vez está rodeada por otras islas adscritas al estado de Nueva York: Staten Island, Manhattan y Long Island, con los distritos de Brooklyn y Queens en la parte oeste. Conectada al continente en el norte por una corta línea de tierra que después se convierte en el río Delaware, Nueva Jersey es una especie de península cubierta por una red de arroyos de distintas longitudes y grosores, la mayoría contaminados con los residuos de la industrialización masiva que antaño brindó la versión positivista de progreso a esta zona, y cuyos cadáveres arquitectónicos pueden verse a lo largo de la vía del tren que conecta el centro con el norte. Durante las semanas del encierro en abril y mayo otros estados, como Pennsylvania, aprovecharon la coyuntura para reiterar su antiguo puritanismo y prohibir la venta de alcohol. En Nueva Jersey, por el contrario, las vinaterías y expendios de alcohol se convirtieron en espacios de comercio tan esenciales como las farmacias. Los horarios incluso se extendieron: lugares que antes cerraban a las 8 ahora lo hacían a las 10. Comparado con otros estados e incluso con otras ciudades de Estados Unidos, Nueva Jersey antepuso a la moral puritana de la Prohibición su propia identidad de la Prohibición: la de los traficantes de alcohol y cabildeos para mantener activo el consumo etílico. Mucha gente de los estados aledaños, como el ya mencionado Pennsylvania y Marlyand, atravesaba el río Delaware, como seguramente lo hacían también sus antepasados hace 100 años para saciar la sed de la mala, esta vez aumentada por la zozobra de la pandemia. Recordé entones a Steve Buscemi en su papel de Enoch Thompson en Boardwalk Empire y, por primera vez en siete años, me sentí un poco satisfecho de haber tenido que venir a vivir a este lugar.

Un paisaje de Nueva Jersey que no figura en los catálogos turísticos.

Sinatra nació en el norte del estado, en Hoboken, a casi hora y media de la parte central donde está Princeton. Su nombre en este título era, como quizás ya es evidente, un intento de clickbait. Pero antes de venir acá no sabía que había nacido en Nueva Jersey, como también lo hizo Whitney Houston. La vibra bohemia del norte, sin embargo, no se siente tanto más hacia el sur. Una combinación de vecindarios suburbanos, granjas y oficinas públicas y privadas hacen parecer a la parte central del estado como una versión de Cuautitlán Izcalli con un control de población masivo y con una planta de Budweiser en lugar de una de Bacardí. La principal diferencia está quizás en las granjas, que despiden un aire colonial, esclavista, y cuyo principal orgullo son las moras azules, la única fruta originaria de la región. Y en las mansiones de Princeton, donde reposan acogidos por un antiguo bosque y en holgada jubilación los más perversos lobos de Wall Street y sus abogados.

Los lenape, quienes tenían una línea genealógica matriarcal que escandalizó a los monoteístas europeos, y que habitaron estos territorios a ambos lados del río Delaware, fueron quizás los primeros en experimentar una epidemia como la actual, a mediados del siglo XVII, más de 100 años después de que el mismo efecto devastara demográficamente al Valle de México. Hasta entonces habían vivido de forma sedentaria, cultivando principalmente maíz, y cuando les placía o lo necesitaban se mudaban a otro lugar. Junto con otras naciones de la costa este de Estados Unidos, los lenape también inventaron el lacrosse, ese deporte que vernáculamente se identifica con los blancos y con un pasado europeo. Los lenape, entonces, fueron también de los primeros protagonistas del ciclo de destrucción masiva que inició el capitalismo en el siglo XVI, y cuyos modos de extracción, producción y distribución de riqueza son al final los principales responsables de la magnitud de esta pandemia. Por supuesto, los lenape han sobrevivido a las epidemias y a la hipocresía del gobierno estadounidense: sirva esto para honrarlos y recordar que, más allá de los vínculos geográficos en el presente motivados por esta pandemia, existe un vínculo mucho más problemático con el pasado que habla de ciclos —y siglos— de usos irresponsables del poder y muerte masiva que, no obstante, crean nuevas alianzas comunitarias, donde radica el secreto para purgar al capitalismo de su alma enferma.

***
Miguel Rohan (DF, 1986). Escritor e investigador de la vanguardia. Autor de El ojo envenenado: México y el surrealismo (1924-1938). Neófito de la ciencia de datos y su potencial para las Humanidades. Actualmente trabaja en modelos de redes basados en la correspondencia de autores mexicanos.
Instagram: @miguel.rohan

Imagen de portada: Pixabay
Fotografías de interiores: cortesía del autor

Dejar un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s