The Act of Killing o la náusea

the act of killing

Hell is empty, and all the devils are here!
William Shakespeare, The Tempest

por César Albatros

¿Cuántas matanzas, genocidios, etnocidios, persecuciones y exterminios, totales o parciales, habrán ocurrido durante el funesto y prodigioso siglo XX? Yo cada vez pienso que sé menos sobre esto y si algún día me fuera concedido entender un poco más, imagino que sería como ver un panorama de ríos de sangre que abrevan en nuevos afluentes, bifurcados a su vez en más y más brazos interminables. Ya no me pongo a pensar ni aspiro a conocer tales execraciones en la historia de la humanidad, porque sería como mirar un inabarcable coágulo de sangre.

Hasta hace poco eran desconocidas para mí las matanzas en algunos países asiáticos como Bangladesh, donde en 1971, durante la Guerra de Liberación, fueron asesinados entre 300 mil y 3 millones de civiles; o Taiwán, donde otras 30 mil personas fueron masacradas en las manifestaciones de 1947. Sin embargo, la que más honda impresión me ha causado es la masacre de Indonesia, donde se estima que de 500 mil a 1 millón de seres humanos fueron exterminados. Todas las matanzas que consigno aquí tienen un punto en común y es que fueron perpetradas en contra de comunistas o supuestos comunistas. Además digo que el genocidio que mayor marca me dejó fue el de Indonesia, porque una obra cinematográfica me permitió adentrarme en sus abismos: The Act of Killing (2012) de Joshua Oppenheimer.    

Si bien son pocas las veces que se nos ofrecen ventanas a estos hechos infaustos, cuando sucede nos trastocan la vida. Tal es el caso de este documental, en el cual los monstruos abren sus fauces para que podamos mirar a través de ellas. El filme del realizador norteamericano nos presenta algo sencillo pero perturbador: quién es y cómo pudo hacer lo que hizo un genocida. Pues resulta que los genocidas indonesios que se nos muestran en esta cinta llevan una vida cómoda y desenvuelta. Enfundados en un traje de seres humanos (viejos bonachones que ilustran pacientemente a sus nietos o gordos graciosos que gustan de travestirse a la menor provocación), en el pasado reciente participaron en la matanza de alrededor de 1 millón de seres humanos. Pero ¿puede alguien ser parte de una carnicería de tales proporciones y no sentir remordimiento alguno?

Lo que inquieta en el largometraje de Oppenheimer es que Anwar Congo y su banda de gángsters y paramilitares (“hombres libres”, se hacen llamar) no sólo no sienten culpa, sino que alardean y se ufanan de las “hazañas” que llevaron a cabo en contra de los comunistas entre 1965 y 1966; explican con orgullo cómo descubrieron métodos para asesinar sin derramar una sola gota de sangre, y rechistan ante la sola pregunta de si se sienten culpables.

Nada más comenzar, un paratexto nos aclara la finalidad del filme: “Cuando conocimos a los asesinos, nos contaron orgullosos anécdotas de lo que hicieron. Para entender el porqué, les pedimos que escenificaran las matanzas como ellos quisieran. Este documental sigue ese proceso y documenta sus consecuencias”. De tal suerte, la obra de Oppenheimer descolla porque permite que los verdugos den rienda suelta a su creatividad y a su monstruosidad. Estos van y vienen como niños jugando a hacer una película de mafiosos en la que pueden ponerse a la altura de estrellas hollywoodenses. Anwar Congo lo ejemplifica a la perfección cuando dice: “¿Por qué ve la gente a James Bond? Para ver la acción. ¿Por qué ve la gente películas sobre nazis? Para ver poder y sadismo. Nosotros podemos hacer algo así”.

the act of killing
Anwar Congo en una representación de sí mismo.

Puesto que no sólo vemos a los asesinos confesar frente a nuestra pantalla, sino que nos es concedido observarlos mientras representan gustosos actos a todas luces aborrecibles (desde la forma en que llevaban a cabo los interrogatorios hasta el incendio de poblados enteros), un sinfín de dudas de orden ético nos asaltan durante la proyección de la cinta: ¿el genocidio es representable? ¿Vale la pena una película donde los genocidas recrean gráficamente sus fechorías y con ello revictimizan a los martirizados? ¿Si la película no tratara sobre el asesinato de comunistas indonesios y en cambio fuera sobre el holocausto judío contado por los sobrevivientes nazis nos dejaría con la misma sensación? ¿No habría protestas encarnizadas en contra de un filme tan irresponsable e hiriente?

Me parece que estas preguntas no tienen una solución precisa, pero bien pueden ser salvadas por un argumento archiconocido, aunque no por ello menos real: la Historia la cuentan los vencedores. El crimen es crimen cuando los victimarios son derrotados, pero el crimen se convierte en historia nacional cuando estos se hacen con el poder. La cinta de Oppenheimer da cuenta de esta diferencia esencial entre holocaustos y nos enseña que no importa cuál sea el tamaño del crimen, siempre y cuando ganes. “Los crímenes de guerra los definen los vencedores. Yo soy un vencedor, así que puedo hacer mi propia definición”, sentencia Adi Zulkrady, un ayudante de Congo en las ejecuciones.

Al final, sin embargo, una nota ambigua nos devuelve una breve esperanza: Anwar Congo parece arrepentirse de sus actos mientras se ve en pantalla actuando como una de las víctimas. La película que hace junto con sus compinches le sirve como espejo ante el cual su propia monstruosidad se ve reflejada. No obstante, su empatía es insuficiente, pues sólo es tal en la medida en que le hace pensar en sí mismo: “¿Se sentía la gente a la que torturé como yo me siento aquí? Puedo sentir lo que sentía la gente a la que torturé, porque aquí han destruido mi dignidad […]. Se lo he hecho a tanta gente, Jos. ¿Vuelve todo a mí ahora? De verdad, espero que no”. Todo lo que le importa a Congo, entonces, es que nada de lo que hizo se le regrese. Sólo un simulacro de empatía se asoma así, nunca un verdadero posicionamiento en el lugar del otro.

the act of killing

De esta manera, la breve esperanza de que por fin el genocida caiga en cuenta de cuán monstruoso fue lo que hizo se disuelve. The Act of Killing nos enseña que cuando no existen las consecuencias ser cruel puede volverse una virtud. Ésta no es una cinta de redención sino de hundimiento absoluto, en ella las ilusiones de que los criminales se puedan regenerar terminan diluyéndose. Sólo queda una sensación posible: la náusea, una náusea tan aterradora como en la que Anwar se sume al final de la película. Un acto postrero de asco y repugnancia como la única salida ante el horror, pues quien vea esta obra sabrá que no se puede sino sentir ganas de vomitar por el género humano, el cual sigue su camino plácidamente luego de desencadenar tantos infiernos.   

***
César Albatros (ex Distrito Federal, 1990). Es desempleado, pero a veces logra ser subempleado. Estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Sus intereses se centran en la poesía, el cine, los movimientos revolucionarios y, sobre todo, en no morirse de hambre. Dice que era una de las jóvenes promesas de la literatura, pero se chingó la rodilla.

Twitter: @CsarAlv5

Imágenes de portada e interiores: fotogramas de la cinta tomados de IMDB

2 Comments

Dejar un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s