¿Qué se escribe en dictadura?

por Samuel Cortés Hamdan

Como todo mundo sabe, principalmente el perpetrador del crimen: el Departamento de Estado de los criminales Estados Unidos (“Latinoamérica es un pueblo al sur de Estados Unidos”, cantan Los Prisioneros), Chile fue gobernado por una dictadura militar entre 1973 y 1990. 

Cuatro años después del derrocamiento del presidente Salvador Allende, elegido democráticamente y asesinado por traición de las fuerzas armadas bajo comanda del general Augusto Pinochet, un poeta sin exilio publicó uno de los mejores libros de poesía en el país refrendado una y otra vez como país de poetas: el Chile de Gabriela Mistral y Pablo Neruda, ambos laureados con el Premio Nobel de Literatura. Por presentar alguna credencial, aunque las hay mucho mejores.

Me refiero, claro, a La nueva novela de Juan Luis Martínez, publicada en 1977 y que desde su título comienza los juegos de la transfiguración, la mixtura, la mimesis interrupta, la provocación, la reconfiguración del mundo por apetito de invención: un poemario que se autoproclama novela y que avanza como disertación sobre la imagen, como colección de críticas vaporosas sobre la inteligencia poética china, como un presunto manojo erudito de citas y entrecruzamientos, como una tensa pero tierna pregunta, como una invitación al flujo irreversible de los cambios, que, para empezar, vuelve a dinamitar a la poesía institucional.

“El Lenguaje de los Pájaros o Confabulación Fonética”, proclama, “es un lenguaje inarticulado por medio del cual casi todos los pájaros y algunos escritores se expresan de la manera más irracional posible, es decir a través del silencio”.

O bien: “Tristuraban las agras sus temorios/ Los lirosos durfían tiestamente/ Y ustiales que utilaban afimorios/ A las folces turaban distamente.// Hoy que dulgen y ermedan los larorios/ Las oveñas patizan el bramante/ Y las fólgicas barlan los filorios/ Tras la Urla que valiñan ristramente”, escribe Martínez, en consonancia, en México, con los sonetos rupturistas de Raúl Renán y, en Argentina, con el mentadísimo capítulo 68 de la Rayuela (1963) de Julio Cortázar, por mencionar algunos alientos gemelos.

La nueva novela, además, es un libro que desobedece el mandato de la tristeza. Y que en plena dictadura, responsable de someter a violencia política a miles de chilenos, de acuerdo con la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación configurada en 1990, decide hablar de los pájaros y los gatos, los peces, la jitanjáfora, un cisne troquelado, el círculo de la soledad, las burbujas en la superficie del café contenido en una taza. 

Portada del poemario publicado en 1977. Imagen tomada del sitio Memoria chilena.

¿Evasión cómoda en la pomposidad de la metáfora mientras los derechos humanos en Chile son violados por la policía política del general Pinochet, la Dirección de Inteligencia Nacional (Dina)? 

Primero, hay que anotar la precisión de que Martínez tomó ocho años en la elaboración de La nueva novela: es decir, se comprometió con el proyecto antes de la traición contra el presidente Allende. 

Y, segundo, especular un poco: la literatura se escribe para la desobediencia. También cuando el mandato es el apocamiento amargo ante la violencia. 

Frente al autoritarismo, la imaginación, por supuesto; frente a la censura y las verdades oficiales, la tenacidad amplificada por delicia plástica (como hicieron el Arcipreste de Hita, fray Servando Teresa de Mier, Ernesto Cardenal, Upton Sinclair o Miguel Hernández). Frente a la ruptura de los referentes de encuentro, las más exquisitas especulaciones que, en cambio, propongan el vínculo trascendental, “el salto alto de la Poesía por encima de mi cabeza”, como asentó Gonzalo Rojas en su “Materia de testamento”, despedida del mundo.

El domingo 25 de octubre una mayoría aplastante en Chile, más del 78 por ciento de los participantes en el plebiscito constituyente, votó por la opción de echar abajo la constitución que actualmente rige en el país y que fue aprobada durante la dictadura militar de Pinochet. Tras la resolución popular, se inicia el proceso para redactar una nueva carta magna en el país sudamericano. En la imagen, miles de chilenos festejan el resultado del plebiscito en la llamada Plaza de la Dignidad, punto clave de las protestas ciudadanas que, iniciadas en octubre de 2019, llevaron a este ejercicio democrático.
Fotografía tomada del Twitter de Luis Bahamondes (@LuisBahamondes).

Si no escribimos, si no leemos para desobedecer, para rebelarnos ante el abuso de autoridad, el hostigamiento, la arbitrariedad, las órdenes impertinentes, la instrucción de silencio, ¿para qué lo hacemos? 

Saber y no hacer es no saber nada, dicen que dijo el maestro budista antes de preguntarse, con Juan Luis Martínez: “¿Cómo se representa usted la falta de pescado? ¿Cómo hace usted para sorprender a los personajes indeseables que se deslizan entre sus pensamientos? Enumere diversos procedimientos”.

***
Samuel Cortés Hamdan (Guadalajara, 1988). Licenciado en letras por la UNAM, ha trabajado como editor y reportero en distintos medios. Escribe sobre cine, lo que pasa en la calle, los reveses de la emoción y su apego a los accidentes del terreno, así como de libros que querrían su reedición. Guarda dos inéditos en el cajón.

Twitter: @cilantrus

Imagen principal: Retrato del autor, tomado de Memoria chilena.

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