La nueva canción del fuego: Family romance, LLC

por Samuel Cortés Hamdan

En 1985, un alemán visitó la capital de Japón para, entre otras cosas, estudiar el alma de la metrópoli tras el trauma de la segunda guerra mundial, y encontró una dolorosa fascinación en un fenómeno en específico: la fabricación de platillos simulados para su exhibición plastificada en restaurantes proliferados en la ciudad. Había nacido un negocio singular: jengibres, tallarines, huevos rebanados por la mitad, todos hulespuma profesional simulando delicia para los escaparates de la premura. El alemán se llama Wim Wenders y sus hallazgos los compartió en la película Tokyo-Ga, que traza un constante paralelismo entre el cine de cámara fija y cigarra rural de Yasujiro Ozu (1903-1963) y la febrilidad capitalina, que se encierra en redes sintéticas monumentales para practicar sus swings de golf y se adormece entre máquinas tragamonedas, en una presunta anulación del dolor del pasado, que quemó la piel y derritió los ojos en sus cuencas con la bomba.

Casi 40 años después, otro alemán recorre el mismo país para esta vez encontrar nuevos desarrollos de la simulación, de los fingimientos, ahora sofisticados hasta la capacidad de transitar con solvencia el agua de una pecera lujosa o entretejer los tendones de la ternura familiar.

Un malabarista. Fotografía difundida por la plataforma Mubi, que estrenó la película Family romance, LLC.

Con su Family romance, LLC, el siempre celebrado por renacentista Werner Herzog compone el relato de ficción de una realidad ya operativa en Japón: el de la renta de afectos por prepago, la oferta de escenografías del cariño articuladas por profesionales para ocupar los espacios emocionales del accidente humano, o recibir los regaños de un jefe rabioso, o devenir celebridad en las calles con paparazzis cómplices, o reiterar la emoción inusitada de ganar la lotería: pagar los amores para paladearlos, aunque su manifestación provenga de la usura y no de las imprecisas monumentalidades de la existencia, de las travesuras también hirientes, accidentadas, imposibles, del pecho, que sin embargo en ocasiones siembran una morsa en el túnel del dolor.

En su Lo & behold: reveries of the connected world (2016), el cineasta alemán estudiaba ya las posibilidades poéticas del internet, que quizás sueñe consigo mismo, que nació como la conjunción de varios lanzamientos de la imaginación científica, que es capaz de crear comunidades que descifran cadenas simuladas de adn con infinito, anónimo y colectivo placer; estudiaba los accidentes sociológicos de monjes budistas en busca del delicioso tuit, los testimonios de los heridos por la electricidad, el luto de los agredidos por la crueldad enmascarada de la red, los tropiezos en la búsqueda de la interconectividad planetaria. Detrás de los robots programados en universidades para meter goles puede palpitar el rabioso amor, decía entonces. 

Póster del documental de Herzog sobre el internet, que recupera una de las imágenes más reveladoras del film: jóvenes budistas explorando Twitter. Imagen tomada de IMDB.

Y aun ahí, en el pináculo del desarrollo tecnológico y sus telecomunicaciones, Herzog decidió cerrar su extraordinaria película con el retrato de una práctica primitiva donde las haya: la de un grupo de seres humanos cantando alrededor del fuego. El futuro más altisonante, más rebuscado, más exquisito en fibra óptica, se compone del pasado, de las flautas de hueso de los primeros pintores humanos, parece pensar el cineasta de las diversidades, de los mitos volcánicos, de la supervivencia extraordinaria a un avionazo en el Amazonas, de los pingüinos suicidas, del mandala más complejo erguido para su desaparición en la ventisca cotidiana, del sueño sagrado de las hormigas verdes en Australia, de los cantos guturales de la fe en la Rusia profunda, del apetito extraviado de sonar a Caruso en la selva peruana. 

La canción en torno al fuego del difícil oficio de ser humanos hoy arrienda el cariño a la sombra de los cerezos en flor, y en el fingimiento profesional parece dormir una total claridad de intenciones, o así lo transmite Ishii Yuichi, protagonista del filme que representa ante la cámara la oferta de su homónimo emprendedor en la vida fuera del cine. La evolución de las voluntades radicales, que tanto se ha afanado en retratar el director en sus diversos trabajos, encuentra sus nuevas oportunidades entre el dinamismo de la oferta y la demanda que ha logrado impregnar casi la totalidad del globo. Ahora la inteligencia emocional, sin pesadillas ni arrepentidas incomodidades, dispone nuevas habitaciones de intercambio equilibradas por el pago, en la persecución del placer o de los consuelos del abrazo integrador.

El temperado Yuichi no asomará muy pirotécnico asombro ni se derretirá en ironía al concentrarse durante varios segundos en el nado de un pez artificial, perla de adorno en un hotel magníficamente operado por robots humanizados con aparente piel tersa: una posible nueva letra del vocabulario de su empresa de romance familiar. 

El imitador especializado admira al imitador especializado, en cauto, educativo y provechoso silencio.

Pero por supuesto que el ramalazo de la canción primitiva que ronda el fuego espera a la vuelta de la calle al domador de facultades y resquebrajamientos emocionales. Detrás del temple de la inteligencia para los negocios habita únicamente una persona con sus sangres.

Ishii Yuichi y Miki Fujimaki, actores. Imagen tomada de IMDB.

***
Samuel Cortés Hamdan (Guadalajara, 1988). Licenciado en letras por la UNAM, ha trabajado como editor y reportero en distintos medios. Escribe sobre cine, lo que pasa en la calle, los reveses de la emoción y su apego a los accidentes del terreno, así como de libros que querrían su reedición. Guarda dos inéditos en el cajón.

Twitter: @cilantrus

Imagen principal: filmación de la cinta con Werner Herzog en la cámara, tomada de IMDB

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