“La caguama llama”: trabajar en el Centro en pandemia

por Emmanuel Carrillo 

La cuarentena y la jornada de sana distancia en la Ciudad de México van por su segundo mes, quizá el más crítico por la tasa de contagios, y con su progresividad también crece el desmantelamiento paulatino de la vida rozagante de la urbe más ruidosa y concurrida del mundo.

Estos días es común ver en calles del primer cuadro, como 16 de Septiembre, yendo y viniendo por la acera, a decenas de mujeres y hombres que permanecen fuera de las accesorias de venta de electrónicos, perfumes, ópticas. El comercio no para, a diario la mercancía fluye pese a que hay una restricción para atender al público.

“La caguama llama, carnalito”, dice Eduardo, un atrayente de clientes para ópticas. El silencio de Madero, la calle más transitada del Centro Histórico, sólo es interrumpido por el organillero que busca el sostén de cada día. 


El Zócalo se niega a palpitar con cada protesta de payasos y meseros, quienes cada vez en menor número —diez, seis personas— retan al covid-19 en busca de ser escuchados por el presidente de la república en Palacio Nacional y que les brinde un apoyo. En la mayoría de los casos se van, derrotados, sin más dinero en los bolsillos que para regresar a casa. 

“Mi esposa anda vendiendo gelatinas, tenemos cuidado con la higiene. Llevamos dos meses comiendo frijoles y arroz”, narra Florentino Jiménez, un payaso que clama por apoyo federal para sortear el mes. 

“Me ayuda que mis chavitos no vayan a la escuela, no gastamos, pero ya vivimos al día, no sé cómo llegaremos a fin de mes. Necesito que López Obrador me escuche”, comenta con una carta en la mano. 

Otros, con mejor suerte, son atendidos por representantes de la Oficina de Atención Ciudadana, aunque quede en vilo la respuesta.

El primer cuadro del Centro Histórico está sellado. Todos los negocios enmudecieron. Algunos más vivos se niegan a perder y, toreando a la policía capitalina, reciben a clientes en sus negocios —cortina abajo— y realizan ventas. 

Personal de venta de perfumes, ópticas, ferreterías, electrónicos, telas y equipo y materiales para estéticas son los más abusados. 

Estefanía Puerta, quien trabaja en una distribuidora de productos de belleza al mayoreo sobre Correo Mayor, no tiene miedo al coronavirus. Cree que por laborar en el mismo lugar que López Obrador estará protegida. 

Ella viaja hora y media desde Jardines de Morelos, Ecatepec, hasta el primer cuadro de la capital. Madre de dos hijos, cada tres días permanece con celular en mano o preguntando a los capitalinos que aún se acercan a las calles aledañas a Palacio Nacional: “¿Qué buscas?, te lo consigo”. 

—¿No temes contagiarte? No traes cubrebocas ni nada que te proteja del contacto con la gente —le pregunto. 

—No sé si creer en esa infección, pero si el preciso está aquí y diario sale sin protección, entonces la cosa no está tan grave, ¿no crees? —revira riéndose. Me protejo, a veces me pongo el mentado cubrebocas, pero hace un chingo de calor, no puedo hablar por teléfono o ni me entienden, entonces me lo quito. Aquí vienen puros abuelitos, ellos no contagian. 

El hecho es que la Secretaría de Salud reporta que en el país han muerto más de 5,300 personas y hay más de 51,500 contagios confirmados.

“Tengo que salir a ganarme la vida, mis hijos no saben de no comer y yo no los voy a hacer vivir eso. Si tengo que ganarme el taco de la forma que sea, lo haré”, expresa Estefanía.

El ir y venir de bicitaxis con mujeres y hombres acarreando bolsas negras es una prueba fidedigna de que, detrás de las cortinas cerradas, el comercio sigue activo.

***
Emmanuel Carrillo (Coacalco, 1988). Sigue los pasos de los de abajo, los que sienten con la michelada y charanga en los altavoces. El barrio lo adoptó sin querer. Todas las noches dirige una orquesta con los ojos cerrados. Egresó de la FES Aragón y ahora es reportero.

Twitter: @acarrillomo

Imágenes de portada e interiores: cortesía

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