Resurrección de Ernesto Cardenal

Ernesto Cardenal

por Antonio Rubio Reyes

Señor
recibe a esta muchacha conocida en toda la tierra con el nombre de Marilyn Monroe
aunque ese no era su verdadero nombre

“Oración por Marilyn Monroe”

I

Ha muerto Ernesto Cardenal. Al leer la noticia, que en horas dio la vuelta al mundo como en su momento lo hicieron esos conmovedores versos para Claudia, pensé en su poema “Vuelo y Amor”. En concreto, recordé estos versos: “Si no hay otra vida/ estamos jodidos”. Pienso que aquí se condensa el gran atractivo de la poesía de Cardenal: una exploración honesta y directa sobre la espiritualidad, la trascendencia y el amor. Lo señalará después en el mismo poema: “El amor de los amantes exige perentoriamente/ la inmortalidad de los amantes”. Su poesía cala hondo porque, tanto en sus exploraciones místicas como en sus epigramas de juventud, Cardenal apostará por un lenguaje desprovisto de todo hermetismo, recuperando un romance poético (entiéndase “romance” como “vulgar”, “popular”) que se distancia del poeta académico, “el poeta demiurgo”, el “poeta Ratón de Biblioteca” (“Manifiesto”, Nicanor Parra). Los poetas han descendido del Olimpo para difundir la palabra, dice el antipoeta chileno. Ernesto Cardenal fue uno de ellos. Un antipoeta cósmico.

II

Para Cardenal, el poeta debe comprometerse con el lenguaje del pueblo, debe dialogar con él. En Epigramas (1961) hay una seria postura social unida a la idea del amor: “Me contaron que estabas enamorada de otro/ y entonces me fui a mi cuarto/ y escribí este artículo contra el Gobierno/ por el que estoy preso”. La brevedad del texto une la crítica social con la condición emocional del poeta: la ira se traduce en rebeldía y revolución.

El compromiso político del poeta también puede desembocar en la ternura, como sucede en el siguiente epigrama: “Yo he repartido papeletas clandestinas,/ gritando: ¡VIVA LA LIBERTAD! En plena calle/ desafiando a los guardias armados./ Yo participé en la rebelión de abril:/ pero palidezco cuando paso por tu casa/ y tu sola mirada me hace temblar”. La vulnerabilidad emocional que carga el poeta se contrasta con la toma de las calles y el desafío a la autoridad.

No deja de tener su literatura un cauce irónico, el que también Cardenal liga con la idea de trascendencia: “De estos cines, Claudia, de estas fiestas,/ de estas carreras de caballos,/ no quedará nada para la posteridad/ sino los versos de Ernesto Cardenal para Claudia/ (si acaso)/ y el nombre de Claudia que yo puse en esos versos”. Para el poeta, la palabra permanece. De las ciudades, las fiestas, las manifestaciones públicas de júbilo y relajo “no quedará nada”. La inmortalidad no está interesada en ello, sino en la palabra del amor manifestada en el acto de nombrar (Claudia) y nombrarse (Ernesto Cardenal). Sin embargo, el poeta no olvida dejar escapar su ironía política: “y los de mis rivales, si es que yo decido rescatarlos/ del olvido, y los incluyo también en mis versos/ para ridiculizarlos”. Cardenal es consciente de su poder verbal, que trasciende el poder político. Nombrar también al tirano Somoza en varios de sus epigramas cumple una función: que se ridiculice su nombre. Ese potencial de la palabra se siente en “Imitación de Propercio”, donde el poeta reconoce que no cantará sobre grandes acontecimientos, como la defensa de Stalingrado o la cruzada del Rhin del general Eisenhower: “Yo sólo canto la conquista de una muchacha”. No existe para Cardenal acto más político que la manifestación del amor, y esta idea permanecerá en su obra: “Y ella me prefiere, aunque soy pobre, a todos los millones de Somoza”. No hay nada más revolucionario para Cardenal que el amor: a Claudia, a Dios, a la Palabra.

Ernesto Cardenal
Con el novelista Sergio Ramírez. Foto tomada por Daniel Mordzinski y compartida por el escritor.

III

La posición mística en la poesía de Cardenal se funde constantemente con reflexiones sobre la física y la astronomía. Además, el poeta encuentra la presencia de Dios en el estudio del conocimiento y la filosofía del lenguaje. En “La música de las esferas”, realiza un viaje místico —la danza del alma que culmina con su inmersión en la fuerza de Dios— en el que reflexiona sobre el poder de la música (“más que música clásica música de jazz”) y los ritmos de los astros, que “son los de la vida”: “Sinfonía el universo./ La creación es un canto. La creación que no ha terminado todavía. En los lentes gigantes el pasado del universo/ está todavía gloriosamente presente./ Y aunque con vida breve, vivimos en los días de la creación./ Con todo y la trágica entropía./ La tiranía de la segunda ley de la termodinámica”. Es de sumo interés cómo Cardenal funde el discurso científico con un lenguaje poético que asimismo dialoga con una tradición. En concreto, dichas reflexiones del poeta sobre la música y el origen del cosmos recuerdan a “Noche serena”, clásico poema de fray Luis de León: “Quien mira el gran concierto/ de aquestos resplandores eternales,/ su movimiento cierto,/ sus pasos desiguales/ y en proporción concorde tan iguales;/ la luna cómo mueve/ la plateada rueda, y va en pos della/ la luz do el saber llueve,/ y la graciosa estrella/ de amor la sigue reluciente y bella”.

A pesar de estas reflexiones científicas y poéticas, no desaparecerán sus inquietudes políticas ni la noción de que la revolución y la aprehensión de la idea de Dios pueden resolverse desde el amor y ese amor merece una honesta alabanza: “¡Las armas del Señor son más terribles/ que las armas nucleares!/ Los que purgan a otros serán a su vez purgados./ Pero yo te cantaré a ti porque eres justo/ Te cantaré en mis salmos/ en mis poemas” (Salmo 7).

La función de Dios en la poesía de Cardenal desemboca en la idea de resurrección, la cual se lleva a cabo, insisto, por medio del amor: “Y yo un día comprendí/ que ser enamorado de Dios/ era ser enamorado de la nada./ Y apasionadamente enamorado./ O creí que comprendí” (“Vuelo y Amor”). La resurrección, además de ocurrir en la nada, en los corazones vacíos, se da también en las pequeñas cosas, en las cosas a las que nadie presta atención. “La materia no surgió nunca, ha existido siempre”, señala en el mismo poema.  Como se describe en “Detrás del monasterio, junto al camino”, un cementerio de cosas gastadas, alambres retorcidos, pedazos de loza, tubos, cajetillas vacías de cigarros, llantas rotas, esperan “como nosotros la resurrección”. Es una lección poderosa, de singular belleza: todo lo que tiene un dejo de humanidad obtiene el derecho a renacer.

Ernesto Especial
Edición dedicada de la revista del Centro Nicaragüense de Escritores, 2013.

IV

Ha muerto Ernesto Cardenal, en marzo, mes en que resucitan las flores y los cigarros que estuvieron en los labios de Marilyn Monroe la noche en que nadie contestó el teléfono. Los árboles recuperan su gracia perdida. Ir lejos es volver, escribió: “Si Cristo no resucitó/ somos unos pendejos”.

***
Antonio Rubio Reyes (Ciudad Juárez, 1994). Maestro en estudios literarios por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ). Escribió el poemario Blu (Anverso, 2019). Junto con Amalia Rodríguez y Urani Montiel, recibió el premio de crítica literaria Guillermo Rousset Banda por Cartografía literaria de Ciudad Juárez (Eón, 2019).

Twitter: @AntonioRubio411

Imagen principal: Centro Nicaragüense de Escritores

1 comentario

Dejar un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s