Witold Gombrowicz o el arte de caer con estilo

por Carlos A. Chávez

Comenzábamos a dejar de ser jóvenes, a aceptar el fin de los sueños.
Roberto Bolaño

A los veinte años creí ser devoto de la literatura argentina. Leía a los nombres que habían encontrado en las calles de Buenos Aires la experiencia universal, me deleitaba con su español cargado de agudas y ambicionaba la perfección con que confeccionaban narraciones donde, desde una cotidianidad chabacana, se desmenuzaba el problema de la eternidad, de la constitución del ser, de la lejanía epistémica del otro, del agobio fascinado por la multiplicidad y la repetición de lo mismo; asuntos trascendentales de la humanidad, sin duda… Claramente no salía del grupo de la revista Sur y de sus discípulos afrancesados, figuras prodigiosas cuya cátedra no se limitaba a sus obras, sino que con su trayectoria dictaban el camino al aspirante a escritor que dormita en las inseguridades de todo estudiante de literatura. Me obsesionaba con las fechas de sus primeras publicaciones para tranquilizar mi angustia ante la tardanza de mi debut literario, pero la comparación con el genio desalienta. Pronto me convencí de que la juventud me estaba tragando, de que nunca alcanzaría la madurez para escribir la obra perfecta.

Publicación mensual. Tomada de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, Buenos Aires.

Desconocía por entonces que en los mismos años en que Bioy Casares, Borges, Victoria y Silvina Ocampo se reunían en afelpadas residencias, un joven Witold Gombrowicz (1904-1969) venido de Polonia urdía su conflagración contra conventículos y personajes almidonados en la pose de monografía, contra el respeto y la autoconfianza excesivos que terminan por reducir el fango tornasolado que es el mundo a una entrada de enciclopedia. El programa de su insurgencia apelaba a la jovialidad, a la irresponsabilidad, a aceptar la inferioridad y lo informe. Había intercambiado el sitio de honor que la intelectualidad ofrecía a todo escritor europeo, por la oportunidad de forjar su irreverencia en un cigarro retorcido y jorobado, armado con espontaneidad entre las distracciones de su vagabundeo, con el cual echarles el humo a los rostros maduros de Kant y Churchill.

Recorría muerto de hambre las calles de Buenos Aires con el fin de coincidir con algún conocido que lo invitara a comer; por las noches, visitaba los bares de la zona portuaria (El Retiro) lamiendo el sudor de la juventud trabajadora; de cuando en cuando cenaba en la mansión de su mecenas, Cecilia Benedit de Debenedetti; se sabe que consumía muchas tardes estériles y felices frente a un tablero de ajedrez en el café Rex.

A la mitad del siglo XX, Latinoamérica intenta sacudirse los discursos coloniales que habían supeditado su devenir y reformula historia y destino por medio de una identidad que reclama se le reconozca moderna. Esa exigencia es la cáscara que contiene y nutre la promesa de resolver la dialéctica europea. No importa si tiene la forma del compromiso político nacional o las curvaturas del cosmopolitismo, esa pulpa se sabe ya dulce, jugosa y pende robusta de la rama. Pero mientras las facciones de la sociedad se disputan el fruto maduro, Gombrowicz labra una flauta con la que endulza los oídos de la juventud. La mayor parte de los veinticuatro años que recorrió Buenos Aires parecía rodearse únicamente de jóvenes artistas, a los que sumaba a su carrera en dirección contraria a la consagración intelectual exigida por su edad, su talento y su cultura. “La gente joven se convierte en el único lujo; es la única aristocracia accesible”. Eran jóvenes que, por definición, rondaban desde los márgenes de la institucionalidad los frutos prohibidos; tan pronto encontraran una brecha en la muralla del jardín, olvidarían el campo libre y salvaje. En eso se parecían a su flautista hipnotizador: en cuanto su obra llamó la atención de la crítica europea, en cuanto los aplausos se confundieron con el granizo, regresó al Viejo Continente.

Gombrowicz llegó a Argentina en 1939 a bordo de un trasatlántico que lo había invitado, junto con otros tres escritores polacos, a promocionar con un relato de viajes esa experiencia turística. No hablaba español y le pesaban como losas Memorias del periodo de inmadurez (cuentos) y Ferdydurke, que había publicado con relativo éxito en su país natal. Tenía 35 años y la certeza de que era ya un prófugo de la madurez. Olía el hedor de los cuerpos calcinados de la guerra que se aproximaba, perpetrada por individuos consumados, una de las razones por las que decidió abrazar el “eterno hechizo ante la juventud y su encantadora inferioridad”. A los 33 años, edad perfecta, edad en que muere Cristo y nace Huidobro, había logrado hacer de sus complejos por no estar a la altura de la madurez que la civilización exige, una confesión narrada desaforadamente, una novela confeccionada con ironía y espíritu desmesurado, juguetón, violento en su audacia: el relato de José Kowalski, un hombre de 30 años que, resuelto a nunca madurar, es confinado en un colegio a vivir una forzada juventud a manos de la pedagogía y del amor.

Archivo de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno.

 Si insisto tanto en la edad del autor no es sólo por mi costumbre a las comparaciones biográficas, sino para señalar, junto con el polaco, que al desarrollo biológico le corresponde un mandato social, no por ridículo menos grave: “Atravesé hace poco el Rubicón de la ineludible treintena, crucé la frontera, según mis documentos y mi apariencia semejo un hombre maduro y, sin embargo, no estaba maduro”. Con esta declaración, José Kowalski señala la construcción civilizatoria, por ende artificial, de las etapas del desarrollo humano, cuyos fundamentos biológicos se desdibujan en los comportamientos asumidos por los roles sociales asignados. De modo que se nos obliga a cobijarnos tras un gesto, una mueca donde se cifran los requisitos para la validación personal: en México quien ha pasado de los 30 años no puede ser un “escritor en formación”, y con más de 35 deja de pertenecer a los “jóvenes creadores”.

¿Defensor de la juventud o resentido aspirante a la “trágica y nada atractiva, madura superioridad”? Para Gombrowicz no hay disyuntiva; ambos caminos son una cárcel. “La edad convierte en una trampa de hierro la vida del hombre”. Para este escritor que encontraba insufrible la seriedad de los artistas, maestros o políticos, “la vida digna de admiración está en lo inacabado”. Incluso en el prólogo a su novela sugiere que el tema de la inmadurez puede traducirse como un cuestionamiento de la forma. Es decir, toda construcción social, toda institución, toda convención son especímenes adultos en tanto que están completos, acabados y bien delimitados. Así, la apuesta de Kowalski por permanecer informe implica una transgresión, desde el género de la novela hasta el funcionamiento del Estado; aun más, pone en entredicho la misma idea de ser joven.     

Gombrowicz sabía que la juventud también es perseguida para formalizarse, al grado que en las últimas décadas se ha difundido como un artículo de consumo. No sólo se ofertan productos para vivirla plenamente y sin arrugas; se nos ha enseñado que es la única forma de disfrutar la vida, la etapa en que la felicidad llega sin saberlo y el amor puede ejercerse sin resultar obsceno. Comodín de los halagos, el ser joven se puede experimentar a cualquier edad, basta asumirlo en el espíritu y con el corazón. Por ello, tan pronto José Kowalski rechaza el establishment, se le introducen dispositivos de control (la escuela, la autoestima basada en la superioridad, una familia moderna, el amor y el deseo sexual) que configuran la idea prefabricada del joven. Como él, estamos sometidos a un clima de forzado rejuvenecimiento, promovido no sólo por el espíritu colectivo que hace de la euforia el único signo de vitalidad, sino también por el mercado y las instituciones de la democracia liberal, beneficiados por la irresponsabilidad, la falta de decisión, la incongruencia y nula capacidad de acción de la juventud. No, joven, así no se va a poder. Ser adulto es desaprender a madurar.

En su Diario argentino, un ensayo personal a veces más apreciado que sus novelas, Gombrowicz llama a su obsesión “demonio de la inmadurez”. Sus seguidores parecen surgir del infierno: ser joven es un compromiso con lo monstruoso, con la incompletud, lo informe y la imperfección, con la inferioridad y la humillación. El adulto en la sociedad son los “machos tensos que daban lecciones de masculinidad”. En cambio, la actitud por la que apuesta consiste en la ductilidad y fluidez, una rabia indeterminada entre lo femenino y lo masculino; en suma, un deseo vivo, continuamente insatisfecho. Como tal, el joven se reconoce incapaz de la obra maestra; está llamado a improvisar, a sepultar las formas y dislocarse a sí mismo. Sabe que está condenado a ser un segundón, a permanecer en la insignificancia, “eterno aspirante, candidato a la grandeza y a la perfección”, porque, ante todo, su único propósito es balbucear. Reconoce su insuficiencia y la ansía.

De ahí que no le tema a las contradicciones. Su Diario es sintomático al respecto, pues más que una consignación fehaciente y honesta de hechos, se trata de la selección de textos, muchos de los cuales fueron escritos con posterioridad, para ser presentada a sus seguidores argentinos. Gombrowicz, quien desde su defensa de la inferioridad no tiene reparos en aceptar su obsesión porque reconozcan su talento, acepta construir un personaje, una “facha”, pues es el único recurso que logra “convocar este espíritu en movimiento en las páginas de un diario”. Al conjurar su experiencia argentina a través de la pose, el escritor se asoma al umbral del ensayo personal y la autoficción con el que intentamos narrarnos en los últimos años.

Del Diario se desprende su conjunto de sombras: el polaco que escribió el grueso de su obra en Argentina sin rozar el español; el viajero que hizo de la Segunda Guerra Mundial la oportunidad perfecta para exiliarse no sólo de su país, sino de la civilización occidental; el novelista que prefería las sombras de las buhardillas de ajedrez y los bares de jóvenes borrachos a las refinadas tertulias intelectuales; el falso conde que decidió vivir el carnaval al que aspiraban las vanguardias; el escritor inmaduro, el eterno aspirante, el acomplejado con la inferioridad, el entronizador del fracaso, el chavorruco que se supo una caricatura de sí mismo.

La angustia por envejecer refrendada día a día por la falta de un sistema digno de jubilaciones no ha impulsado las ediciones de Ferdydurke ni mucho menos ha generado un tsunami de fans que caminen con la mano en la oreja derecha (como él recomendaba a sus aficionados identificarse por las calles). Quizá porque su concepto de inmadurez contradice nuestra juventud; quizá porque hemos preferido la “facha” y consumir el mito del autor, lo cual seguramente no le hubiera desagradado. “Ya estoy acostumbrado a la mistificación. Sé a tal punto que los más ilustres no desdeñan semejante mistificación”.

Recuerdo que se leía y compartía entre los pasillos de la Facultad; a la par, se acrecentaba su ficción de exiliado y marginal, se ensalzaba su ánimo indomeñable. Hoy me basta una búsqueda en internet para comprobar que su relevancia en la cultura occidental lo llevó a engrosar las ternas para el Nobel. La profilaxis de su perfil se complementa con sobradas ediciones de Seix Barral, Tusquets, Anagrama y, recientemente, El cuenco de Plata (Argentina); sellan sus ventas con cuartas de forros iluminadas por las declaraciones de Saer y Piglia, los nuevos maestros: “el mejor escritor del siglo XX”.

Witold Gombrowicz
Afiche de la adaptación cinematográfica de la novela de Gombrowicz Cosmos (1965), dirigida por el también polaco Andrzej Zulawski y estrenada en 2015.

Yo lo conocí a través de Vila-Matas, quien puso en el centro la marginalidad y la rareza, y para quien es una de sus figuras tutelares por haber hecho de la juventud un ariete contra el hombre civilizado. A pesar de que su trabajo intelectual y vital fue una cruzada contra la solemnidad y el compromiso, un desafío a las instituciones sociales y culturales, a Gombrowicz le fascinó su consagración en sus últimos años de vida. Si llegó a contar cómo prefería patear las noches por los bares porteños, mendigando un trago, a asistir a las cenas fastuosas con poetas y editores, también es cierto que era consciente del impacto cultural de su figura de sombras, pues “eran valores que ya no respetaba porque no me importaban, y en consecuencia podía manejarlos a mi antojo”.

Quizá su rasgo característico sea que hizo de las contradicciones y las paradojas, más que un estilo, una poética. Nada en él es unívoco, a excepción de la certeza de su equivocidad. Una de ellas: las excentricidades de Gombrowicz lo hubieran oscurecido como a un autor de culto de no haber publicado a lo largo del apogeo de las vanguardias, ese periodo en que la insatisfacción ante la inercia caníbal de la modernidad urdió exasperados proyectos estéticos de cimbrar las bases civilizatorias, y cuya dinamita de euforia y sacrificio terminó estallando como gasolina en los motores de la publicidad y el esnobismo.

Ferdydurke ha aportado a nuestro idioma más palabras que otras novelas concebidas originalmente en español, gracias a su desfachatez. “Cuculeito”, en la que se transparenta el tartamudo “cu-cu” del individuo tímido e inseguro, con el “culito” con que los profesores argentinos someten en su lugar a los adolescentes; “nopodermiento”, la capacidad de ser incapaz para sentir y actuar en consecuencia de las expectativas sociales.

Estas dos obras de Gombrowicz han sido para mí una muestra de otra literatura argentina relegada del circuito cultural dominante. En efecto, a pesar de haber sido escritas originalmente en polaco, el Diario argentino y Ferdydurke tienen la rara peculiaridad de pertenecer a la literatura hispanoamericana, aun cuando la novela ni siquiera fuera compuesta en el continente. El primero, porque es resultado de una selección que su círculo de amigos hispanohablantes quería leer del único libro que el propio autor consideró como verdadero ejercicio de literatura, sus diarios. De modo que el Diario argentino se lee como producto del intercambio entre lenguas, pues las partes elegidas exponen una consciencia plena del lector al que van dirigidas.

En cuanto a la novela, su proceso de traducción al español debe leerse como un acto de apropiación colectiva por parte del Círculo de Traductores del café Rex. Organizados por los cubanos Virgilio Piñera y Rodríguez Tomeu, este grupo de escritores bohemios ajedrecistas intervino la traducción que el propio Gombrowicz hacía de su novela con el fin de compartírselas. El autor polaco también tenía el propósito de convencer a Piñera de que era un buen novelista, pues entre ambos existía una declarada lucha por demostrar su superioridad intelectual ante ese grupo de chavos. “Escribir no significa sino la lucha del artista contra los demás por resaltar su propia superioridad”. El resultado de esta colaboración informal terminó por adoptar a Ferdydurke a las letras hispanoamericanas, pero nunca al novelista.

Enemigo de lo definitivo, Gombrowicz deambuló por los bordes de la cultura occidental que inauguraba su apocalipsis. Se despidió de su ser europeo y nunca se asumió argentino. En la realidad histórica de la región, en su condición híbrida e inacabada, leyó una juventud civilizatoria que contrastaba con el proyecto fallido que lo dejó varado en estas tierras. Sin embargo, las dictaduras posteriores dieron otro nombre a nuestro “divino tesoro”: fracaso y muerte. Las generaciones que escribieron en los setenta y ochenta merecen la caracterización que el polaco hizo de sus amigos cubanos del Rex: “Resignados de antemano, a sabiendas de que no pasaría nada, de antemano vencidos, estaban sin embargo hambrientos de lucha post mortem”. Como llegó a escribir en su Diario, era como si, hasta cierto punto, de alguna forma pero no exactamente nos invitara a la mudanza continua, a la movilidad, a construirnos infatigablemente, más allá de cualquier límite.

***
Carlos A. Chávez (Ciudad de México, 1988). A sus 31 años, su inmadurez lo impulsa a nadar en mar abierto; por fortuna, apenas y hay agua en su alcaldía. La edición le ha permitido escribir con otros nombres. Con Papel picado inauguró la colección Ediciones Digitales Punto de Partida en la categoría de ensayo.

Imagen de portada: Witold Gombrowicz
Vía: IMDB

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