por Chris Hedges
Traducción de David Ornelas
A principios de septiembre del 2013 comencé a dar una clase a 28 reclusos en una prisión de máxima seguridad en Nueva Jersey. El curso giraba en torno a algunas obras de August Wilson, James Baldwin, John Herbert, Tarrell Alvin McCraney, Miguel Piñero y Amiri Baraka, entre otros dramaturgos que examinaron y le dieron voz a la realidad de las personas negras de la clase trabajadora en Estados Unidos, así como a la cultura carcelaria. También leímos The New Jim Crow: Mass Incarceration in the Age of Colorblindness, un libro muy importante de Michelle Alexander.
Cada semana, los estudiantes debían escribir escenas dramáticas basándose en sus experiencias dentro y fuera de la cárcel. Aunque al principio no lo sabía, a mi clase se inscribieron los escritores más cultos y aplicados de la prisión. Me di cuenta de que tenían un talento excepcional en cuanto leí las primeras escenas que escribieron.
Los estudiantes tenían un ojo agudo para los detalles, habían sufrido las dificultades físicas y emocionales de la vida en la prisión y eran capaces de capturar el slang urbano y carcelario de los pobres. En unas cuantas escenas con diálogo lograban retratar el horror de haber vivido encerrados en jaulas durante largos años. Aunque la obra que escribieron en colectivo es, en esencia, acerca del amor radical y del sacrificio (el sacrificio de las madres por sus hijos, de los prisioneros por otros prisioneros), el título que escogieron fue Caged (enjaulado). Dejaron claro que las rejas que los limitan están tan presentes en los barrios pobres como en las prisiones.
El encarcelamiento masivo es una de las injusticias más vergonzosas en Estados Unidos. Se comete principalmente contra personas pobres y de color que apenas tienen acceso a una defensa legal adecuada y que, muchas veces, están tras las rejas cumpliendo largas condenas por delitos menores o por crímenes que nunca cometieron. Se trata del problema relacionado con los derechos civiles más agudo de nuestro tiempo. Los 28 estudiantes de mi clase sumaban 515 años en prisión entre todos. Algunas de las sentencias eran absolutamente desproporcionadas para el delito que se les imputaba. La mayoría, después de cinco años, no estaba ni cerca de cumplir su condena ni tenía la posibilidad de que una comisión les otorgara la libertad condicional, pues es raro que se la otorguen a alguien que aplica por primera vez. Muchos de ellos están sentenciados a cadena perpetua.

Uno de mis estudiantes fue arrestado a los catorce años por un delito que, de acuerdo con evidencias sólidas, nunca cometió. No será candidato a la libertad condicional hasta que cumpla 70 años. Nunca tuvo una oportunidad en la corte y, como no le alcanza para un abogado privado, no hay forma en que pueda impugnar la grotesca sentencia que le dieron cuando era un niño.
Las escenas que mis alumnos escribían cada semana en hojas impregnadas del olor agrio y mohoso de la cárcel se fueron acumulando en pilas desgarbadas. Me dediqué con diligencia a editar y a darle forma a todo el material que fue creciendo, línea por línea, escena por escena, hasta que se convirtió en un vehículo dramático poderoso y profundamente conmovedor. La voz y la realidad de aquellos que están en el peldaño más bajo de nuestra sociedad —las más de dos millones de personas en las prisiones y cárceles, aquellos a los que como sociedad nos hemos permitido odiar y satanizar, de la misma manera en la que los afrodescendientes lo fueron durante la esclavitud y el posterior periodo de segregación legal— comenzaron a destellar en las páginas como truenos. Encontré más genialidad, literatura, pasión, sabiduría e integridad en ese salón de clases que en cualquier otro en el que me hubiera tocado enseñar, y para entonces había enseñado en las universidades más prestigiosas del país. El encarcelamiento masivo de hombres y mujeres como mis estudiantes no sólo los empobrece a ellos, a sus familias y a sus comunidades, nos empobrece a todos.
“Los afrodescendientes más importantes son los que están en prisión”, dijo alguna vez el dramaturgo August Wilson, “porque ellos son los que tienen el espíritu más combativo y preservan un sentido de pertenencia al Continente Africano. Ellos proveen a sus esposas y a sus hijos con lo que necesitan, cuando todas las otras opciones les han sido negadas”. Después añadió: “El espíritu más grande de resistencia entre los afrodescendientes lo tienen aquellos que están en prisión”.
Decidí aumentar un día de clases a la semana y le mostré las escenas de mis alumnos a mi esposa, Eunice Wong, quien es actriz profesional. También compartí los textos con algunos amigos, entre ellos el caricaturista Joe Sacco y el teólogo James Cone. Este último, después de leerlas, dijo que reconocía en las voces de estos dramaturgos “el lamento de los crucificados de la tierra y el mensaje liberador y radical del Góspel”. Algo único, casi mágico, estaba sucediendo en aquel salón de clases dentro de la prisión, un lugar al que sólo podía llegar después de pasar por dos puertas de acero, un detector de metal, la revisión minuciosa de un oficial, una inspección con rayos x de mi bolsa con libros y papeles, un sello en mi mano que luego revisaban con rayos ultravioleta, otra puerta metálica que me abría paso hacia un recinto circular rodeado de barrotes. En cada visita me hacían permanecer en este último recinto por varios minutos hasta que los oficiales me dejaban subir unas escaleras metálicas azules, en donde un grupo de oficiales, vestidos también de azul y en fila india, me escudriñaban con la mirada hasta que llegaba a mi salón de clases.
La creación de la obra de teatro convirtió la clase en un espacio de reflexión, debate y autodescubrimiento intenso. Algunos comentarios espontáneos capturaron a la perfección el dolor, la soledad y el abandono enraizado en sus vidas, como aquella vez en que uno de los estudiantes que llevaba 22 años tras las rejas dijo: “que tu familia no te visite no significa que no te quieran”.
Otro estudiante, que llevaba 19 años tras las rejas, leyó un monólogo telefónico entre él y su madre. En ese diálogo, él le dice a ella que se ha sacrificado para mantener fuera de prisión a su medio hermano, el único hijo al que, en su opinión, su madre ama de verdad. Mi estudiante fue concebido como resultado de una violación. En la lectura final, que se llevó a cabo en la capilla de la prisión, leyó el siguiente pasaje.
TERRACE: No me estás entendiendo, ma.
Pausa
TERRACE: Sí, tienes razón. Olvídalo.
Pausa
TERRACE: Ma, iban a meter a Bruce al bote. La pistola estaba en el carro; si nadie confesaba, a todos los que estaban dentro les iban a dar cargos por homicidio…
Pausa
TERRACE: Yo no maté a nadie, ma. ¡Ok! Claro, se me olvida que si alguien viene a decirte que yo lo hice, entonces yo lo hice.
Pausa
TERRACE: Les dije lo que querían escuchar. Eso es lo que se espera de un negro como yo en Newark. Les dije lo que querían escuchar para salvar a Bruce. ¿Te dijeron a quién mataron? Mataron a mi papá, ¿te enteraste?
Pausa
TERRACE: Mamá, por favor, si Bruce hubiera terminado en la cárcel tú nunca me lo hubieras perdonado. Por otro lado, yo no debería estar aquí.
Pausa
TERRACE: Perdón, ma. Perdóname. No llores. Bruce está en casa contigo. Él es tú bebé. Nos vemos, ma. Te llamo luego.
Cuando acabó de leer desapareció del escenario. Lo encontré en el baño, agazapado en un rincón, sollozando.
Cuando Boris Franklin, quizá el mejor de los escritores de mi clase, fue puesto en libertad en 2005, trabajamos juntos para rearmar la obra. Esto significó cortar y fusionar algunos de los 28 personajes originales (uno por cada estudiante) para llegar a una versión con un elenco manejable y con protagonistas más profundos y complejos. La obra, tal cual fue escrita, buscaba darle una voz a cada uno de los estudiantes, sin pensar si funcionaría o no como producción teatral. Por lo tanto, nos vimos obligados a cortar material muy poderoso, incluyendo la conversación telefónica que aparece arriba. Boris y yo, junto con Eunice y el director Jeff Wise, quien organizó algunos talleres en Nueva York que fueron vitales para darle vida a la obra, nos dedicamos a editar y perfeccionar el material hasta que estuvo listo para presentarse en el escenario.
En la obra, cuando un muchacho se plantea matar a otro dentro de la cárcel, recibe consejo de otro viejo prisionero, que lleva 30 años tras las rejas con una sentencia de doble cadena perpetua. El viejo le explica al joven lo que le espera en una celda de aislamiento. En los Estados Unidos hay 80 mil prisioneros recluidos en confinamiento solitario, lo cual está catalogado como una forma de tortura por muchas organizaciones de derechos humanos, entre ellas Amnistía Internacional. En esta escena, el prisionero más viejo le dice al joven lo que debe esperar de los agentes penitenciarios.

Going to Church.
OJORE (hablando bajito y con suavidad): Cuando vengan por ti, porque van a venir, pon las manos arriba, frente a ti, mostrando las palmas. Muéstrales que no estás armado. No hagas ningún movimiento súbito. Luego, pon tus manos detrás de tu cabeza y arrodíllate de inmediato cuando empiecen a ladrar sus órdenes.
OMAR: ¿De rodillas?
OJORE: No tienes de otra. Sólo así podrás sobrevivir en el infierno al que estás a punto de entrar. Cuando te metan a ese hoyo no te dejarán tener nada, sólo lo que ellos te den. Si los haces encabronar te van a poner en una celda seca, donde el lavamanos y el retrete se controlan desde afuera. Te van a aislar por completo. Sin contacto. Sin comunicación.
OMAR: ¿Por qué?
OJORE: Porque no quieren que hables con nadie hasta que ellos interroguen a algunos de tus hermanos del pabellón. Te van a venir a ver los de asuntos internos. Te van a pedir que declares. Y si no hablas, te van a intentar quebrar. Van a dejar las ventanas abiertas para que se meta el frío. Te van a quitar las sábanas y las cobijas. Van a jugar con tu comida para que no te la puedas comer. Y mejor no te comas nada que venga del comedor porque escupen, se mean y se cagan en las charolas de comida. Los guardias te van a despertar cada hora para que no puedas dormir por largo rato. Van a poner una lámpara frente a tu celda, la más pinche brillante, y la van a dejar prendida día y noche. Te van a arrinconar con todo tipo de amenazas para obligarte a cooperar. Te van a mandar a los guardias armados como tortugas ninja, con rodilleras, coderas, cascos y chalecos antibalas para darte una madriza.
OMAR: ¿Cuánto tiempo te tienen ahí?
OJORE: Hasta que te quiebren. O quizá nunca te quiebren. Tres días. Tres semanas. Si no te quiebras, te van a seguir madreando por mucho tiempo. Si crees que no vas a aguantar, mejor ni te metas en este infierno. Simplemente diles lo que quieren escuchar antes de que entren a tu celda. Vas a estar aislado por dos o tres años, te van a enjuiciar por asesinato y te van a dar cadena perpetua. Y acuérdate que el aislamiento no es nada más para aislarte. Te llevan ahí para hacerte mierda. Los guardias vestidos como granaderos te despiertan a la una de la mañana, te encueran a la fuerza, agarran todas tus cosas y te llevan a otra celda, nomás por chingar. Tienen perros entrenados para arrancarte los huevos. El primer día pasas 24 horas solo en la celda y el siguiente día 22. Te aíslan y esperan a que te destruyas tú solo. No hay manera de librarla. Hay tipos que se automutilan, otros se vuelven paranoicos y sufren ataques de pánico. Escuchan voces, hablan solos como locos. Una vez vi a un tipo que se comió un paquete de pilas AA. Otro se enterró un lápiz en el pito. Un día vi a unos tipos lanzándose una bola de mierda como si estuvieran jugando con una pelota. Otros se embarran su propia mierda en todo el cuerpo, como si fuera crema para la piel. Al final, cuando pierdes la cabeza por completo, cuando de verdad pierdes el control, los custodios preparan sus instrumentos de tortura, las cadenas y los cinturones para amarrarte de la cintura y de los tobillos, las pistolas y granadas de aturdimiento, la capucha para que no muerdas ni escupas. Pero la tortura física no es lo peor. Lo peor es la tortura psicológica: la humillación, la privación del sueño, la desorientación total de tus sentidos, la luz o la oscuridad extremas, mucho frío o mucho calor, y las semanas y meses que pasas en solead absoluta. Si no tienes un propósito claro, no sobrevives. Lo que buscan es darle en la madre a tu mente. He visto a muchos tipos muy madreados.
Todos los borradores de la obra final, construidos con diálogos y escenas que cada estudiante aportó, revelaban las emociones reprimidas y el dolor que los estudiantes aguantaban con estoicismo y dignidad. Uno de ellos, quien llevaba 22 años tras las rejas, escribió sobre la conversación que tuvo con su esposa la última vez que ella lo visitó en la prisión, en 1997. Poco tiempo antes, su hijo de seis años había revelado, inocentemente, que ella estaba saliendo con alguien más. “Yo sé que estoy pagando una condena larga”, le dijo a su esposa, “desde que me declararon culpable te dije que era mejor que tú siguieras adelante con tu vida, porque sabía los años que me darían, pero decidiste quedarte. La razón por la que te pedí que siguieras adelante es porque no quiero ser egoísta. Así que haz lo que tengas que hacer, sólo no me impidas ver a mi hijo. Es todo lo que te pido”. Nunca volvió a ver a su hijo. Cuando le pregunté si quería leer su diálogo en clase, los ojos se le inundaron de lágrimas y apenas alcanzó a decir “no puedo”.
Los estudiantes que estaban condenados a cadena perpetua escribieron sobre morir en prisión. Tristemente, saben muy bien que terminarán sus días solos en el ala de atención médica, sin familiares ni amigos, ni siquiera sus antiguos compañeros de celda. Uno de los estudiantes escribió acerca de cómo los presos que pasan mucho tiempo aislados en completa soledad adoptan ratones como mascotas y los mantienen atados con pequeñas cuerdas, les ponen nombre, los bañan y hablan con ellos. Él trabajaba en la enfermería de la prisión y en una clase contó que algunos prisioneros, cuando estaban a punto de morir, le pedían que sostuviera su mano. En muchas ocasiones, nadie reclama esos cuerpos. Muchas veces, sus amigos y familiares han muerto también o se han distanciado. Las autoridades de la prisión se llevan los cuerpos y los depositan en tumbas sin nombre.
Cuando discutimos Fences, de August Wilson, la conversación se convirtió en una exploración sobre la masculinidad tóxica y sobre cómo los patrones de abuso se transmiten de padre a hijo. “Me pasé toda la vida tratando de no ser como mi padre”, dijo un estudiante que llevaba 23 años en la cárcel, “y cuando me trajeron a la prisión de Trenton me pusieron en la que alguna vez fue su celda”.
La tarde que hablamos de Dutchman, la obra brillante de Amira Baraka, la discusión de la clase giró en torno a los estereotipos profundamente arraigados en la mente de las personas blancas y el miedo que le tienen a las personas negras. También les había pasado la tira cómica mordaz de Robert Crumb “When the Niggers Take Over America”, la cual retrata, al mismo tiempo, el temor que tienen las personas blancas por los hombres negros y la ira que las personas negras sienten y que rara vez es entendida por la sociedad blanca.
Los estudiantes querían hablar con honestidad sobre la violencia y la brutalidad en las calles y en las prisiones —lugares en los que pocas veces se pueden dar el lujo de actuar sin violencia—, pero al mismo tiempo buscaban afirmarse a sí mismos como seres humanos dignos y sensibles. No querían retratar a todos los presos como inocentes, pero sabían que la transformación y la redención son reales.

The Family Embraces.
Hay muchos musulmanes en la prisión. Forman una comunidad muy unida, tienen un gran sentido de la disciplina y son personas que conocen su historia, la historia de subyugación y represión de los afroamericanos. Muchos musulmanes son muy cuidadosos de la forma en la que hablan y no maldicen a nadie, por lo que tenía que ser muy selectivo con los papeles que les asignaba durante las clases.
En la prisión hay mucha admiración y reverencia por Malcolm X. Cuando los estudiantes hablaban de él, uno casi podía sentir su presencia. La figura de Malcolm X articula, de una manera que Martin Luther King Jr. no lo hace, la dura realidad de los afroamericanos pobres atrapados en los suburbios empobrecidos del norte de Estados Unidos.
Los estudiantes quisieron que el oráculo central de la obra fuera un musulmán practicante. La fe, cuando estás en el mundo totalitario de la prisión, suele ser vital. El final de la obra es el resultado de una larga y acalorada discusión que tuvieron sobre la efectividad y la naturaleza de la violencia y el perdón. Al final de esa discusión, que duró cerca de una hora, los estudiantes estuvieron de acuerdo con la escena final de manera unánime. El mensaje central que buscaban compartir con quienes, desde afuera, los perciben como despojados de humanidad, fue su entrega al amor radical.
La obra está llena de furia cruda y visceral, y de una verdad innegable que sólo pueden articular los que alguna vez han estado perdidos y condenados. Los estudiantes escribieron una dedicatoria que dice: “Hemos sido enterrados vivos tras estos muros por años, décadas. Casi toda la gente de allá afuera nos ha abandonado. Pero algunos familiares y amigos no han olvidado que somos seres humanos que merecen vivir. Es a ellos, a nuestros santos, a quienes dedicamos esta obra”.
En clase también leímos Joe Turner’s Come and Gone, de Wilson. El personaje Bynum Walker, un prestidigitador, les dice a los afroamericanos destrozados que están saliendo de la pesadilla de la esclavitud que cada uno de ellos, en su interior, tiene una melodía y que deben buscarla, porque cuando la encuentren, encontrarán la unidad como pueblo, la libertad de su alma y su identidad. La búsqueda de la melodía interna en la obra de Wilson funciona como el acto de orar. Le da a cada persona fuerza y esperanza, además de un propósito. Les permite desafiar al mundo y contar su verdadera historia, incluso si han sido amargamente reprimidas. Nuestra melodía interna nos afirma como seres humanos, aun si nos sentimos abatidos o menospreciados.
Cuando sonaba la campana al final de la clase, les daban muy poco tiempo a los estudiantes para hacer una fila en el pasillo afuera del salón. Si se demoraban más tiempo del permitido, les ponían un castigo, lo cual implicaba perder algunos de los pocos privilegios y libertades que tenían. Por eso el salón se quedó vacío muy rápido después de la última clase, un viernes por la noche. Me quedé solo, con los ojos húmedos, apretando sus manuscritos con las manos temblorosas. Todos me habían puesto una dedicatoria en la portada de sus textos. Caminé de regreso por el largo pasillo de la prisión hasta la oscuridad y el frío del estacionamiento. Miré hacia atrás y por encima del alambre de púas que coronaba la malla contemplé la estructura colosal y oscura de la prisión. Tenía la melodía interna de esas personas en mis manos. Ahora sería escuchada.

The Struggle.
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David Ornelas nació en la Ciudad de México en 1986. Ha publicado poesía, narrativa y crítica de cine en revistas y antologías de México, Colombia, Estados Unidos y Argentina. En 2024 publicó El lugar de la noche (Abismos), su primera novela. También le interesan la traducción, los estudios sobre comida, la relación entre escritura e ilustración y las bicicletas.
Instagram: @david_ornelas_m
El texto aquí reproducido es uno de los dos prólogos de la obra Caged, publicado en Nueva York en 2022 por Haymarket Books.
Todas las obras pictóricas que acompañan este texto fueron tomadas del acervo digital del Smithsonian American Art Museum. La que funciona como portada se titula Stagger Lee, de Frederick Brown.
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