por Boris Franklin
Traducción original de David Ornelas
Durante 11 años fui uno de los más de dos millones de estadounidenses presos en el sistema penitenciario. La prisión es un universo cultural con sus propias reglas y formas de comportamiento. Sin embargo, si eres una persona negra y pobre, te van condicionando a ella desde que asistes a una mala escuela, saturada, en la que cada mañana te recibe un policía con un detector de metal y donde las peleas en el patio son el pan de cada día. Además, vives en un condominio de interés social inseguro y en ruinas, cuya decadencia y mal olor se parece mucho al de las prisiones insalubres. Te mueves por las calles de una zona industrial abandonada, donde la desigualdad impera y las drogas, el alcohol y el crimen son la puerta de salida más fácil de encontrar. Un día te arrastran a la corte y te obligan a escuchar una larga lista de cargos inventados por los mismos policías que han instaurado un microrreino de terror en tu barrio. No les va a temblar la mano al obligarte a que te declares culpable. Ni tú ni la mayoría de los detenidos tienen acceso a un juicio adecuado. El sistema de justicia no está diseñado para ayudarte. La prisión no significó un choque cultural grande para mí ni lo es para la mayoría de los carnales con los que conviví adentro.
Una vez que caes en la prisión, el Estado busca borrar tu identidad. Cuando entras por primera vez, te obligan a desnudarte y luego te registran todo el cuerpo. Esta humillación pública se repite cada día hasta que sales libre. El Estado no sólo te arrebata la dignidad y la libertad al obligarte a vivir en una jaula, también te quita el nombre y lo remplaza por un número. Te obligan a renunciar a los derechos que tenías como ciudadano, que ya de por sí eran limitados. Te visten con los mismos pantalones caqui que usan todos para que no luzcas diferente. Te dejan tener muy pocas cosas en prisión, y por el simple capricho de un guardia te las pueden confiscar en cualquier momento. No existen las visitas conyugales. Si eres hetero, pierdes acceso a tu vida sexual, y esta podría ser una de las razones por las que la homofobia es asfixiante dentro de las cárceles para varones.
No te puedes mover sin permiso por las instalaciones de la prisión. La mayoría de las veces que vas de un lado a otro tienes que hacerlo en formación militar junto a otros presos. Cada día te tienes que poner de pie para el conteo. Vives bajo vigilancia extrema. La palabra del guardia es ley, la tuya no vale nada. En cualquier momento y sin razón aparente las autoridades pueden mandar a un grupo de guardias bien equipados, a los que llamamos tortugas, para que te golpeen, te amarren y te lleven al área de confinamiento solitario. Las celdas de aislamiento están diseñadas para quebrarte psicológicamente si los guardias consideran que necesitan quebrarte. Ahí mandan a los presos que intentan rebelarse, a los que organizan cualquier tipo de oposición colectiva a las reglas, incluso si se trata de una resistencia pacífica. También te aíslan si no eres suficientemente obsequioso con las autoridades.
Si consigues un trabajo en prisión, te pagan 22 centavos de dólar por hora, lo que significa que al mes apenas ganas alrededor de 28 dólares. Y ese poco dinero te lo exprimen ahí mismo con las cuotas que hay que pagarle al comisario, la enfermería, el teléfono y los servicios de transferencia de dinero. Las corporaciones generan miles de millones de dólares explotando a los más vulnerables. Las familias hacen un gran esfuerzo para ayudar a sus familiares presos; aun así, muchos de ellos salen con deudas de la cárcel. Las vejaciones constantes a lo que eres en esencia y a tu identidad, incluyendo, por ejemplo, la vergüenza de rogarle a tu familia por un poco de dinero, destruyen por completo tu autoestima. Eso es precisamente lo que quieren.
Las autoridades de la prisión fomentan las jerarquías entre los presos con la intención de ponerlos a pelear. Algunas personas con buen récord disciplinario trabajan como mensajeros y pueden vagar por las instalaciones con más libertad. Los soplones colaboran con los guardias a cambio de privilegios mínimos. Los violadores abusan especialmente de hombres jóvenes recién llegados, a quienes se les conoce en el caló de la cárcel como new fishes. Los líderes de las clicas se organizan para controlar y oprimir al resto de los presos, obligándolos a entregar sus pertenencias o a ceder algún trabajo privilegiado. Y al final están los asesinos reales, con los que nadie quiere tener nada que ver, aunque, sorprendentemente, hay pocos de ellos en prisión.
Ahora que Estados Unidos se ha convertido en un sistema en el que las élites dominantes ostentan un poder absoluto, les toca a los que están afuera mirar con atención lo que el Estado les ha hecho a los que están o han estado en prisión. Cuesta trabajo adaptarse a este sistema que es, en esencia, totalitario. Si eres una persona con integridad, nunca vas a vender a tus hermanos. Vas a tratar de ayudar a los que están sufriendo emocionalmente o a los que no tienen a nadie que les pueda mandar algo de dinero. Te vas a resistir a que el Estado te convierta en un zombi, porque eso es lo que quieren de ti, que no muestres tu dolor y tus emociones abiertamente. Como dijo alguna vez mi amigo Ron Pierce sobre la cárcel: “Esta es la casa del dolor. Como nadie quiere hablar sobre más dolor, te toca llorar a solas”. En la prisión nunca le puedes preguntar a un compañero por qué lo metieron. Casi nadie habla de su vida anterior. Te guardas tu historia y tus emociones para ti mismo.

Otra cosa importante en la prisión es tratar de evitar todo contacto físico. Y si chocas con alguien, le debes pedir disculpas cuantas veces sea necesario, a menos de que estés buscando pleito. Los prisioneros pueden llegar a ser las personas más corteses del mundo. El prisionero más poderoso no es el gánster, sino el que se gana el respeto de los demás prisioneros y de los guardias. Hay mucho menos violencia en una prisión de la que muchos asumen, y es precisamente la autoridad moral de estos presos respetables la que garantiza la cohesión social. Estos líderes evitan los conflictos entre prisioneros, llaman la atención de las autoridades sobre algunos asuntos a resolver y ayudan en las negociaciones con los guardias. Intuyen cómo moverse por la angostura de las reglas impuestas por las autoridades, y esto les brinda algo que se parece un poco a la libertad.
La prisión se parece mucho al mundo de afuera. Siempre hay un grupo de personas al que no quieres pertenecer. Por un lado, están los presos que pasan todo su tiempo libre con la boca abierta frente a la televisión; por el otro, los que han logrado recuperar su integridad, e incluso, hasta cierto punto, su autonomía moral. Estas personas trascienden los muros de la prisión para convertirse en mejores personas. Aun sí, las autoridades los pueden mandar en cualquier momento a la celda de aislamiento o los pueden trasladar, de la noche a la mañana, a una nueva prisión. Todo mundo es desechable en la cárcel.
Cuando el profesor Chris Hedges entró al salón de clases de la prisión de Rahway, Nueva Jersey, en septiembre de 2013 se encontró con un grupo de 28 estudiantes, que a su vez formábamos parte de los 140 prisioneros que estudiaban en la Universidad de Rahway, como le solíamos llamar. Dedicábamos todo nuestro tiempo libre a estudiar para obtener un título universitario. Hablábamos de Platón y de San Agustín mientras trabajábamos en los patios. Discutíamos las lecturas en las literas o en el comedor. Algunos fungíamos como tutores de los que se iban quedando atrás en alguna materia. Convertimos nuestras celdas en bibliotecas. Los libros eran nuestras posesiones más preciadas, sobre todo porque teníamos que rascarle a nuestros ahorros para comprarlos. No se los prestábamos a nadie a menos que estuviéramos bien seguros de que esa persona los iba a leer, y, más importante aún, que nos los iba a regresar. Y a aquel que leyera alguno de nuestros libros, más le valía preparar un comentario inteligente sobre su contenido. Nos convertimos en una fraternidad de presos intelectuales muy aplicados.
Todos habíamos tomado otras clases en el programa universitario de la prisión a cargo de la Universidad de Rutgers, pero esta clase fue única. Hizo volar en pedazos todas las reglas no escritas de la prisión, bajo las cuales convivíamos. Nos ayudó a conocernos y a entendernos como nunca lo habíamos hecho, y eso que muchos de nosotros llevábamos muchos años viviendo juntos. La clase, en pocas palabras, nos dio una voz que se hizo escuchar más allá de los muros.
Lo que sucedió en la clase del profesor Hedges no fue planeado. Al principio, su intención era sólo darnos una clase de teatro, pero no se había planteado la posibilidad de que nosotros escribiéramos. Su objetivo era acercarnos a la dramaturgia, porque nadie estaba muy familiarizado con el género. Quería que leyéramos obras de varios autores, como August Wilson, James Baldwin o Amiri Baraka, para que aprendiéramos a pensar en el lenguaje teatral.
Un de los primeros días nos pidió que escribiéramos diálogos sobre nuestra experiencia, en prisión y fuera de ella, y sobre la manera en la que nos relacionábamos con nuestras familias. Hicimos contacto con nuestro pasado para producir escenas dramáticas breves. Revivimos emociones y experiencias dolorosas, pero también momentos de amor y alegría que estaban enterradas al fondo de nuestras almas. El profesor Hedges seleccionaba varias de estas escenas para leerlas en clase y a veces le pedía al autor que la leyera en voz alta. Fueron muchos momentos en los que el dolor plasmado en el papel nos impedía leerles a nuestros compañeros.
Dos semanas después de que había arrancado el curso, el profesor dijo que teníamos el talento suficiente para escribir una obra completa sobre nuestras vidas en prisión y nuestra vida en el exterior, donde las rejas son más sutiles. Nos propuso ser el editor, pero la decisión final de la pieza sería siempre de nosotros. Logró que le autorizaran venir un día más a la semana para darnos asesorías a quienes quisiéramos, aunque en realidad él nos inscribió a todos a esas sesiones.
Las historias que escribimos estaban llenas de dolor, humillación, amor, rabia, duelo, soledad, pérdida, vergüenza y culpa. Cayeron todas las barreras emocionales que nos separaban. Al escuchar las historias que los compañeros leían, a veces con las voces quebradas, entendimos que todos los afrodescendientes en Estados Unidos tenemos una historia común. Hay variaciones de esta historia, pero el argumento central tiene los mismos elementos: supremacía blanca, pobreza, negligencia, desigualdad, violencia, adicciones y abandono. Fue liberador contar esta historia, que es nuestra historia. Encontramos nuestra voz y la transformamos en la obra de teatro que titulamos Caged.
Queríamos que la clase durara para siempre. Nos servía, de alguna manera, como terapia. Nos unió como compañeros. Nos reconocíamos en la mirada del otro. Aprendimos a hablar de lo inefable. Cuando empezamos a escribir, sólo siete estudiantes estábamos interesados; al final, los 28 queríamos un rol en la obra. Todo lo que poníamos sobre el papel eran cosas que habíamos vivido o de las que habíamos sido testigos. Se trata de un trabajo de ficción que cuenta una verdad universal. Debatimos con mucho entusiasmo lo que queríamos en Caged, especialmente sobre el final, en el que a uno de los protagonistas se le presenta la disyuntiva entre hacerle honor al código de venganza y violencia de la prisión o romper con el código para trascender. Al final, el profesor Hedges nos prometió que encontraría un teatro que estuviera dispuesto a llevar esta verdad universal al escenario. Mucha gente les hace promesas a los presos, pocos las cumplen.

Salí de prisión en la primavera de 2015. El profesor Hedges, mi madre, mi hermana y mis hijas me estaban esperando en la puerta. Me convertí en el único estudiante de la clase de teatro que estaba libre. Como no podíamos montar una obra con 28 personajes, nos pusimos a trabajar de inmediato en la manera de recortar a algunos y fusionar a otros. Los personajes necesitaban más profundidad dramática, especialmente los que pertenecen a la familia que sostiene el eje narrativo desde el principio de la obra. Nuestra misión era convertir el manuscrito en una obra que funcionara en el escenario; el problema, lo sabíamos muy bien, era que ninguno de nosotros dos era dramaturgo.
Le dábamos algunas escenas a Eunice Wong, quien es actriz profesional y esposa del profesor Hedges, y ella nos devolvía el manuscrito con algunos comentarios que muchas veces nos obligaban a empezar desde cero. El director de teatro neoyorkino Jeff Wise nos contactó para ofrecernos que él podía patrocinar algunas sesiones con actores profesionales en Nueva York. La idea era que pudiéramos probar distintas versiones de la obra para así descartar lo que no servía. A estas sesiones invitamos a otras personas especialistas en el tema, como al teólogo James Cone y al director de cine Marty Brest. Además, invitamos a algunas personas que habían estado en la cárcel, pues su retroalimentación nos sería de gran ayuda.
Tiempo después, se sumaron al proyecto otros escritores que habían estado presos y nos ayudaron con el manuscrito. Entre ellos estaban Ojore Latulo y Ron Pirce. También invitamos a Serena Green, quien aportó la experiencia de las mujeres en prisión, la cual suele ser aun más difícil que la de los hombres. En el taller de Jeff Wise analizábamos las escenas y a los personajes con lujo de detalle. Después lo comentábamos y reconstruíamos lo que fuera necesario. El texto evolucionó y los personajes cobraron vida. La obra se llenó de matices y ganó complejidad. Ahora sí podíamos decir que teníamos una obra de teatro en nuestras manos.
Muchas de las escenas del manuscrito en las que aparece la familia Moore están basadas en mi familia. Crecí con una madre cristiana devota y con un padre estafador y adicto a las drogas. Convertí mi historia y la de mis seres queridos en la de los tres personajes de la familia Moore. Intenté crear una pieza que tuviera la complejidad emocional y las dinámicas familiares mediante las que se expresa el amor radical, que es el corazón de esta historia. Si se mira bien, la obra se trata del sacrificio personal en favor de los que amamos, aunque muchas veces no podamos salvar a nadie, pues vivimos en un mundo implacable. Por eso el autosacrificio es a la vez noble y trágico.
En mayo de 2018, la obra se presentó en el teatro The Passage, en Trenton, Nueva Jersey. Los boletos se agotaban cada noche. El encarcelamiento masivo ha dañado a mucha gente en Trenton y en todos los barrios empobrecidos de Estados Unidos. Yo actué en la obra y los demás personajes los interpretaron actores profesionales. Cada noche volvía a escuchar las voces de los compañeros de la prisión, con quienes pasé tanto tiempo y a los que llegué a querer mucho. Varios de ellos morirán tras las rejas.
Esta es una historia que se cuenta poco y en este caso está contada por las víctimas, aquellos a los que el doctor Cone llama “los crucificados de la tierra.” La posibilidad de tener una voz en el exterior les permite a los presos reafirmarse como seres humanos dignos de ser escuchados. La escritura y la producción de la obra llenaron de creatividad, expresividad y sentido los tiempos muertos que nos oprimían en la cárcel. Hay muchas obras que hablan de la vida en prisión, pero muy pocas han sido escritas por prisioneros. Casi siempre, el mundo escucha nuestras voces interpretadas por alguien más. En Caged vas a escuchar nuestra voz cruda y sin adornos, y podrás atestiguar la dignidad del oprimido. El racismo estructural que mantiene al pobre siendo pobre está siempre presente en esta obra de teatro. Esta estructura social ha definido por siglos la lucha de las familias afroamericanas en Estados Unidos. Muchas veces se niega esta realidad o no se quiere ver, pero en esta obra la realidad del racismo está tan presente en el escenario como los propios actores.

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David Ornelas nació en la Ciudad de México en 1986. Ha publicado poesía, narrativa y crítica de cine en revistas y antologías de México, Colombia, Estados Unidos y Argentina. En 2024 publicó El lugar de la noche (Abismos), su primera novela. También le interesan la traducción, los estudios sobre comida, la relación entre escritura e ilustración y las bicicletas.
Instagram: @david_ornelas_m
El texto aquí reproducido es uno de los dos prólogos de la obra Caged, publicado en Nueva York en 2022 por Haymarket Books.
Todas las obras pictóricas que acompañan este texto fueron tomadas del acervo digital de la National Gallery of Art, de Washington D. C. La que trabaja como portada corresponde a Horace Pippin y se titula School Studies.
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