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Ceremonias de Afaf, de Hernán Lavin Cerda

No puede robarse lo que nació para que lo conozcan todos, como la poesía.

Si toda la lírica chilena es inventiva hasta la resignificación tectónica, la voz del poeta Hernán Lavín Cerda sorprende en ella por su intempestiva búsqueda de una temperatura de mitología absurda, ridícula, desenfadada del problema de la solemnidad, bruta, violenta, y al mismo tiempo capaz de la ceremonialidad, el ahínco de campanario, la desobediencia, un desafán contra los canaletes de la racionalidad y sus asuntos obsesionados en torno a la comprobación.

Prolífico, este autor nacido en Santiago de Chile en 1939 tuvo una etapa especialmente marcada por una febril experimentación sonora, imaginativa, delirante, esperpéntica, arrítmica, en la década de 1970; un clímax que se fue atenuando hacia un estilo más ponderado en los años siguientes, hasta dar lugar a cierta reflexividad burlesca y más paciente en sus libros de madurez.

En los entonces de la febrilidad, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) editó el poemario Ceremonias de Afaf (1975-1979) en la colección de poesía de icónicas tapas amarillas, que entonces dirigía Huberto Batis.

Altura desprendida, que toma su nombre del primer poemario del chileno, editado en Santiago en 1962, entrega una versión íntegra de aquel libro de pretextos turcos para el solaz lector, o lo que corresponda.

El juego era lo que persistía.

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Las dos obras pictóricas que acompañan esta entrada fueron tomadas de la colección virtual del Museo de Arte Contemporáneo de Chile. La que funge como portada se titula Mosaico de recuerdos, de Dinora Doudtchitzky, y la que cierra el texto se titula Niños cantores, firmada por Cundo Bermúdez.

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