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Inutensilio, de Paulo Leminski

La razón poética: la tercera orilla del río.

Traducción de Juan Schulz

La dictadura de la utilidad

La burguesía creó un universo donde todo gesto tiene que ser útil. Todo tiene que tener un para qué, desde que los mercaderes, con la Revolución Industrial, sustituyeron en el poder aquella nobleza cultivadora de inútiles heráldicas, pompas no rentables y ostentosas ceremonias intransitivas. Parecía cosa de indio, o de negro. El pragmatismo de empresarios, vendedores y compradores que le quieren poner precio a todo. Porque todo tiene que tener lucro. Hace trescientos años, por lo menos, la dictadura de la utilidad es uña y mugre con el lucrocentrismo de toda nuestra civilización. Y el principio de utilidad corrompe todos los sectores de la vida, haciéndonos creer que la propia vida tiene que lucrar. La vida es el don de los dioses para saborear intensamente hasta que la Bomba de Neutrones o el derrame en una central nuclear nos separe de este pedazo de carne pulsante, único bien del que tenemos certeza.

Los locos somos otro cosmos. Minuit, Dominique Zinkpè.

Más allá de la utilidad

El amor. La amistad. El convivio. El júbilo de un gol. La fiesta. La embriaguez. La poesía. La rebeldía. Los estados de gracia. La posesión diabólica. La plenitud de la carne. El orgasmo. Estas cosas no necesitan justificación ni justificativas.

Todos sabemos que son la propia finalidad de la vida. Las únicas cosas grandes y buenas que nos puede dar este paso por la corteza de este tercer planeta después del sol (¿alguien conoce algo más allá? Cartas a la redacción). Hacemos las cosas útiles para tener acceso a estos dones absolutos y finales. La lucha de los trabajadores por mejores condiciones de vida es, en el fondo, la lucha por el acceso a estos bienes, que brillan más allá de los horizontes estrechos de lo útil, de lo práctico y del lucro.

Cosas inútiles (o in-útiles) son la propia finalidad de la vida.

Una cosquilla nos mira viendo pasar el tiempo. De la serie Os veteranos, de Gérard Quenum.

Vivimos en un mundo que está en contra de la vida. La verdadera vida. Que está hecha de júbilo, libertad y fulgor animal.

Cien mil años luz más allá de la utilidad que la mística inmigrante del trabajo cultiva entre nosotros, flores perversas en el jardín del diablo, nombre que le damos a todas las fuerzas que nos separan de nuestra felicidad, ya sea como individuo o ya sea como tribu.

La poesía es el principio del placer en el uso del lenguaje. Y los poderes de este mundo no soportan el placer. La sociedad industrial, centrada en el trabajo servomecánico, de USA a la URSS, compra, por salario, el potencial erótico de las personas a cambio de performances productivos, numéricamente calculables. 

La función de la poesía es la función del placer en la vida humana. 

Quien quiera que la poesía sirva para alguna cosa no ama la poesía. Ama otra cosa. Al final, el arte sólo tiene alcance práctico en sus manifestaciones inferiores, en la dilución de la información original. Los que exigen contenidos quieren que la poesía produzca un lucro ideológico.

El lucro de la poesía, cuando es verdadera, es el surgimiento de nuevos objetos en el mundo. Objetos que signifiquen la capacidad de la gente de producir nuevos mundos. Una capacidad in-útil. Más allá de la utilidad. 

Existe una política en la poesía que no se confunde con la política que va en la cabeza de los políticos. Una política más compleja, más ligera, una luz política ultravioleta o infrarroja. Una política profunda, que es crítica de la propia política, en cuanto a modo limitado de ver la vida.

Una idea como una contundencia. De la serie Os veteranos.

Lo indispensable inútil

Las personas sin imaginación siempre están queriendo que el arte sirva para alguna cosa. Servir. Ser útil. El servicio militar. Lucrar. No exageran al decir que el arte (la poesía es arte) es la única chance que el humano tiene de vivenciar la experiencia de un  mundo de libertad, más allá de la necesidad. Las utopías, al final de cuentas, son, sobre todo, obras de arte. Y las obras de arte son rebeldías. 

La rebeldía es un bien absoluto. Su manifestación en el lenguaje la llamamos poesía, inestimable inutensilio.

Las varias prosas de lo cotidiano y del(os) sistema(s) intentan domar a la desgraciada.

Con la radical incomodidad de una cosa inútil, en un mundo donde todo tiene que generar ganancia y tener un por qué.

¿Para qué por qué?

Toda una mano lagartija. Dragão entre dois mundos, Gérard Quenum

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Paulo Leminski (1944-1989)
es uno de los poetas brasileños más relevantes de la segunda mitad del siglo XX. Inventivo, humorístico, experimental, llevó a Descartes a la selva y lo abandonó en su alucinación (Catatau). Nació un 24 de agosto, bajo el signo de virgo.

Todas las obras pictóricas que acompañan esta entrada fueron tomadas del Museo Afro Brasil. La que funciona como portada se titula Minotauro, de Sidney Amaral y Toyin Ojih Odutola.

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