El 21 de junio de 2025 la librería El Eco del libro, recinto de esperanza y cultura para el centro de Coyoacán, alojó la presentación de Trenzas de madera: mariposario de urbanidades sacramentales, una obra del editor de Altura desprendida Samuel Cortés Hamdan, en la que se pretenden la suma de la greguería con el chiste, el poemínimo y el aforismo más o menos grave, tal vez.
Acompañado del grupo de son jarocho Rompe Nubes, del historiador Gustavo Toris y de la periodista Mariana Betanzos, Emiliano Mora Barajas participó en la mesa con la lectura del siguiente texto, que se reproduce íntegro.
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Buenas tardes, me presento, soy Emiliano.
Estoy muy contento y orgulloso de estar aquí esta tarde para hablar del poemario Trenzas de madera y de su autor, mi gran amigo Samuel. Debo confesar que lo quiero tanto como lo admiro. Hemos compartido ya por casi 20 años de todo: lecturas, música, cafés, adicciones, vida, escuelas, posturas políticas y tantas cosas, por lo que estar aquí hoy me llena de gratitud y satisfacción.
Las Trenzas de Madera, con lo raro que suenan y lo peligrosas que pueden ser cuando agitas la cabeza, están bien chidas y las autorizo como moda para la siguiente temporada, tomando en cuenta que, al ser un mariposario, son poco tóxicas y vuelven suave y vigorizante a la Ciudad de México, como el lugar sagrado que siempre ha sido desde que hubo nopales, serpientes y águilas.
Como todo poemario, tuvo que realizarse en un medio que le permitiera capturar el flujo de la vida y ese medio fue el papel, la impresión, el dibujo y la palabra, es decir, el libro. Reconozco el trabajo que realizó Samuel, apuntalado por Marlene G. Meza, la diseñadora editorial, y Sherezada Leyva Téllez, quien se encargó de las ilustraciones del libro. Es un esfuerzo importante, porque le quita un poco de su monopolio a las editoriales que no apuestan en lo que no vende; que ofrecen muchas soluciones falsas a las problemáticas de vivir, y que, en consecuencia, ya no editan poesía.

Las ilustraciones resaltan porque, como los enunciados del volumen, están hechas con sinceridad. Por tanto, tienen angustia, calle, apetito, preguntas y una esperanza que resulta muy placentera. Por su parte, la lectura es muy cómoda, debido a la selección correcta del tamaño de letra, que quedó equilibrada en la hoja de un poemario ligero y dinámico. Sin hablar al “peso del culo”, porque probé este libro en la calle, en el metro, en el metrobús, en el sillón y en el comedor de mi casa, puedo decir que obtuve unos resultados literarios de su lectura. Y no sentí nada negativo como “me quiere morder si lo tomo con una mano” o “va a reventar mi debilitado bíceps de pasante de letras”. Tuve mucho de “me río con él”, “lo sigo pensando cuando ya lo cerré” y “le caben un chingo de comentarios al margen con una pluma”. Para concluir con su desempeño físico, no queda más que citarlo: “El libro es desobediencia. Una muy modesta, porque hay que pedir permiso para cantar…”
La verdad no sé si Trenzas de madera va a quedar en el librero a lado de Altazor, Odas elementales, Poeta en Nueva York o Poesías completas de César Vallejo. Y no me corresponde saberlo. A quien le corresponde saberlo es alguien que ninguna persona ha podido contactar, la misma entidad que las y los apostadores quisieran que fuera su íntima amiga: el destino. Ese vampiro que está sin estar en todos los espejos y que lo sabe todo. Pero que no habla y no nos dice cuál será el destino de este poemario. Lo poco que podemos predecir de ese destino, de esa trascendencia, del libro está en cuánta identidad produce, en cuánta intimidad provoca.
Con esto en mente y como es la presentación de un poemario y exige leerse poesía, a partir de aquí iré leyendo algunos de los poemas que Samuel ha creado amorosamente para la humanidad, y señalaré lo que me identifica con ellos. A ver si a ustedes también les prenden y forman parte de su destino.
Comienzo:
Una carta de amor necesita mandarinas, una bolsa práctica para cargarlo todo, una tortillería que no cierre tan temprano, un ojo de agua contenido en un bache que resplandezca, una palmera en una llanta, un frijol erguido, comezón en los ojos, improvisación para aceptar como obsequio una caja, improvisación para escurrirse en las moronas peatonales que deja un semáforo, petróleo pospuesto para comer vainas de soya enchiladas, pequeños ejercicios de enterrar dedos en los vientres para escarmentar cariñosamente, un ramillete de gatos, una rebeldía permanente de gatos, con mandíbula desmanteladora, una tríada de sartenes suficiente para alcanzar algún éxtasis con aguacate, aunque falle la sal, un mueble calentado planamente con una perilla, alguna suficiencia aunque falte el agua, alguna voluptuosidad aunque rebote en baldes de plástico, cada día más o menos más.
Aquí Samuel describe el contenido que debe llevar una carta de amor, haciendo referencia a Pablo Neruda. Su lista cuenta con objetos que hemos visto transcurrir siempre a nuestro alrededor. A mí particularmente me gusta un mueble calentado con una perilla, porque es una parrilla eléctrica o una estufa o una mesa o un faje en un sillón —hasta allá vuela mi imaginación, que a diferencia de la de ustedes tiene por frontera la obscenidad. Y así, un objeto de la cocina de un egresado universitario con una situación laboral humilde, por usar un adjetivo que evite la tristeza esta tarde, adquiere una interpretación sexual y asquerosa, de estas, mis hormonas repulsivas. Pero la lista también contiene los detalles tiernos que la industria da como premios de consolación en la publicidad, como “la palmera en una llanta”. No recuerdo qué marca de neumáticos es quien usa esta imagen. Mas siento que no la estoy inventando. Y, para no volver aburrido el poema y ya pasar a otro, cierro con el “ramillete de gatos”, que es juntar dos sustantivos para utilizar la ternura como tortura, ramillete de gatos.

Va otro poema:
Más de una línea de significado atraviesa el pecho del comerciante que infla los precios de sus chicharrones en la plaza pública, más de una vigencia y una legitimidad: comerse un chicharrón en bolsita es una sumatoria inenarrable, irreductible. Los niños de la fuente con las puntas de sus tenis mojadas por el atrevimiento la componen perfectamente.
Coincido con el poeta que si quieres oír cómo truena de placer México debes chingarte unos chicharrones en la plaza pública, como a ti te gusten, y ver que efectivamente no le dieron el día libre a la justicia social para acompañarte, pero que el calzado de las infancias en los charcos es motivación suficiente para regresar dentro de una semana y ver si ya dejaron venir a esa perdida que es la justicia. Este poema, además, tiene para mí una resonancia con el Barco ebrio. Ese poema, donde una embarcación realiza un delirante viaje para sólo atravesar un charco de una calle de Francia del siglo XIX y del que cabe señalar que se trata de un barco de papel hecho por un niño. No cuento esto para demostrar que sí leí el poema, porque como verán quién sabe si lo entendí. Pero la relación entre chicharrones, charcos y tenis de infancias en la plaza pública, y barco de papel en un charco del siglo XIX, sumada a la sutil y honesta preocupación por la desigualdad de la que es víctima el señor de los chicharrones, me hace pisar un puente, acción magnífica que procura siempre la poesía. Para mí se vuelve posible que el gigantesco tiempo de casi doscientos años que separa la ciudad del barco, de la de los chicharrones, no sea más que un suspiro.
Voy a leer tres poemas cortos más:
- Angustia para habitar un edificio. Varilla para sostenerlo.
- Dudar para que crezca el pasto de los ojos.
- Pápalo de las navegaciones, ubícame.
Y ya no voy a decir mis interpretaciones tan valiosas, porque ni me ponen atención…, no es cierto. Es porque el tiempo pide cambio y quiero concluir algunas cosas antes de respetar la irrevocable petición del tiempo. Samuel está desarrollando unos poemas que tienen por tema lo que le rodea, cualidad que considero de mucho valor porque, a veces o casi siempre, las y los artistas que preceden dictan con tanta fuerza su tema que es muy difícil para quien comienza a darle sentido a su voz, oír e incluir su alrededor. También diré que Samuel es un poeta enemigo de los lugares comunes: como traste sucio, se junta y se junta contra la realidad hasta transformarla. Y finalmente señalo que la poesía de este libro es una poesía de la perspectiva de quien la escribe. El poeta mira su mundo, lo siente, lo razona y lo expresa con un chingo de tacos de canasta como a él le gusta.
Sin más, no me queda más que agradecerles a ustedes su atención y a la vida la oportunidad de estar aquí leyendo…

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Emiliano Mora Barajas (Ciudad de México, 1986). Estudió en una escuela privada la educación básica. Careció de carencias sustanciales durante su infancia y adolescencia, pero nunca utilizó tenis de marca originales. Su educación posterior la realizó en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde cursó la licenciatura en lengua y literaturas hispánicas, sin titularse hasta la fecha. Ha trabajado editando libros, montando escenarios y haciendo comunicación para instituciones gubernamentales. Finalmente, es un adorador de la música y la poesía; la oye, la lee y la recita.
La fotografía de portada del presente texto es cortesía de Esteban González de León; la del billar, de Israel Ortega, y la de cierre corresponde a Juan Pablo Guerrero. El retrato de Emiliano Mora Barajas es responsabilidad de Altura desprendida.
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