por Samuel Cortés Hamdan
Algo nos pasa a la Nina y a mí que nos saludamos cada siete años. Dos veces la he visto surgir del subterráneo de Santiago con su prodigiosa sonrisa. La primera fue en el metro Bellas Artes, rinconcito entre murales; la última, en la histórica, deliciosa Plaza de la Dignidad, epicentro de las protestas del estallido social de 2019, elocuencia hoy tan contrastada en Chile con el dominante discurso de la seguridad y la xenofobia, pues los males del Cono Sur deben ser responsabilidad de los venezolanos.
¿Y el derecho de vivir en paz?
La Nina Avellaneda es una de las escritoras más diligentes que yo conozca. Tampoco es que conozca muchas, pero siempre me asombra el cuidado con que habla de sus valoraciones sobre el arte, y en su momento tuve la fortuna de escucharla especular sobre el desarrollo de los personajes de su novela Souza, que pude comprar físicamente siete años después.
En la primera visita a Santiago me apuré a adquirir su La extravía, que ya desde el título promete la polisemia: ¿sustantivo femenino que surge al extraviarse, verbo que nos indica que ella las cosas las extravía, vía extraordinaria hacia el extravío? Nadie lo sabe —y además no importa, o importa en el sentido en que se desgranan las importancias literarias.
En sus libros son prioritarias las sensibilidades, el amor a los detalles, la paciencia enunciativa y de sucesos, donde de todos modos asoma la embriaguez de la pasión. En sus libros se multiplican los enamoramientos.
Publicó en 2015, por ejemplo, líneas como las que siguen: “La mujer no sabe que su pecho está lleno de flores, y sin embargo, a veces, cuando sueña, no puede encontrar sus manos. Si ella pudiera sumergir la cabeza en el pecho de la mujer, no daría con algo que sostenga las flores, daría con nada, daría con el milagro de más flores. Pero eso esta mujer no lo sabe, solo piensa que las manos se le ocultan por vergüenza”.
Y en 2021, por ejemplo: “Desobedece el tórax a quien lo piensa. Nadie tiembla voluntariamente. Tiembla como desatar viento”.
Ahora es julio de 2024, otoño preinvernal en Santiago, y me pasea por el centro de aquella ciudad que Pablo Milanés prometió pisar nuevamente. A las afueras de la Biblioteca Nacional, para destrabar el frío se combina un gorro, ¿comprado a una mujer migrante?, y terminamos tomando un pastel de zanahoria (torta, dicen los sudamericanos) en un cafecito de aquel nudo cultural icónico conocido como el Barrio Lastarria. Yo habría querido el silencio de la intimidad, pero ella escogió ese recinto y me animo a hacerle mis preguntas así, entre otros desconocidos, sonidos de platos, canciones del Bloque depresivo y una mesera menor de edad, ni modos.

Disfrutar un poco más la escritura
“Mi nombre literario es Nina Avellaneda y soy escritora. Mi nombre de carnet, o real —de carnet, digo yo—, es Carolina Astudillo. Y también soy profesora de lenguaje y bibliotecaria últimamente. Últimamente trabajo con niños en biblioteca”, arranca quien comparte sus contemplaciones sobre la selva valdiviana con un gato llamado Hosty.
En Souza, le digo, hay una constante resonancia en torno a la música brasileña, Ney Matogrosso, María Bethania, Tom Zé, la ineludible Elis Regina y demás. Le comento una escena que atestigüé en Valparaíso: una mesera escucha bossa nova callejero y dice que su mamá se equivocó, pues ella en vez de chilena debió ser brasilera.
“Según nosotros, bajo nuestras creencias, todos son más divertidos y bailarines que nosotros, lo que yo no sé si es cierto, pero algo de cierto tiene porque sí somos bastante melancólicos y callados.
“Y de pronto nos sale también como una cosa dicharachera, pero siempre medio vinculada al alcohol, igual, no sé si es una chispa innata, como lo percibo yo, desde mi visión extranjera, en Brasil, creo que (allá) es una cuestión mucho más interna y que no se despierta sólo en la fiesta o con el copete”, que es la voz chilena para pistache, chupirul, la tomadera.
Con esas resonancias en la cultura brasilera, le pregunto si su libro es un homenaje deliberado al forró y la tropicalia.
“Cuando estaba escribiendo y cuando estaba construyendo el personaje no tenía un objetivo, un propósito definido, al contrario, el personaje se iba armando a medida que se iba escribiendo, pero también como que el personaje tenía un rostro, estaba armadito corporalmente desde el inicio, sobre todo, por esta idea de que yo quería que el protagonista de la novela fuera un trabajador, un hombre muy común y corriente que le ocurría este hecho insólito de encontrarte con uno igual a él, pero en una situación muy cotidiana, muy de trabajo, nada espectacular”, dice la Nina.
“Yo creo que nunca hubo una intención de que fuese una especie de chileno brasileño, sino que coincidió que, además de escribir esa escena del doble, quería disfrutar más la escritura, más que en el libro anterior, que había sido un poco autobiográfico y con muchas escenas dolorosas”.
Una estrategia de viaje hacia los espacios del gusto en lo que permiten de amplificación y de calma.

“Quería escribir un libro con menos dolor tal vez, menos autobiográfico, y conectarme mucho más con las cosas que a mí espontáneamente me gustaban, me gustan todavía, porque tampoco las podía compartir con muchas personas, la música que aparece ahí es música antigua, música que, digamos, no es lo que la lleva en Chile en estos momentos. Pero como el papel aguanta todo, yo pensé que podía escribir sobre las cosas que me gustaban, sobre las cosas que amaba en realidad.
“Entonces, adocé mis gustos personales a los personajes del libro, y las atmósferas están teñidas por esas canciones. El personaje tiene un doble brasileño como una excusa, porque en realidad quería hablar de la música brasileña, pero no era ir hacia lo brasileño porque poco conozco de la cultura brasileña, más que algo de literatura y algo de música popular. No sé mucho de historia, sé que tuvieron una dictadura como nosotros, pero no más que eso”, comparte.
Sutileza y desangramiento
Le pregunto a la Nina si su libro se trata de lo que no acontece y cito como ejemplo el Paterson (2016) de Jim Jarmusch, que andaba por los aires cuando comencé a escucharla hablar de la novela de un trabajador que, en resonancia de Borges, se encuentra con su doble en el metro. Y la autora se me inconforma y expone que a veces el juego de las resonancias discretas ocurre también debajo de la fragancia más escandalosa, inmediata, evidente, como con Quentin Tarantino.
En la novela, dice, “pasan muchas cosas todo el tiempo, tal vez no hay acción espectacular, no hay tanto dramatismo, pero todo el rato están pasando cosas, y yo creo que en el libro pasa en primer lugar la vida cotidiana, que está llena de cosas”.
La sutileza, dice, abre la perspectiva hacia las opciones no alineadas con lo que se supone que debe mirarse, con los dictados que marca un puñado de líneas enfocadas en un mismo tipo de intenciones.
“Yo creo que el arte en general, no sólo la literatura, es un espacio para ensayar otras maneras. También creo que se puede hacer arte con cosas sutiles. Pienso en películas como de Tarantino, que no son sutiles, no sería el calificativo que uno le daría, ¿cierto?, pero también hacen muchos cruces que son interesantes, de la cultura popular, una mezcla que es también una mirada alternativa porque, ¿a quién se le ocurriría mezclar peras con manzanas y porotos granados?”.
Circulación literaria: encuentro latinoamericano de la soledad
Le planteo a la autora de La extravía que nuestra conversación artística continental opera bajo la manipulación de nidos empresariales multinacionales que convencen a millones de potenciales lectores de la relevancia de algunos nombres, como Gabriel Gracía Márquez o Mario Vargas Llosa, mientras que estrenos como los suyos son más difíciles de encontrar.
Souza, por ejemplo, salió en dos sellos editoriales independientes: Komorebi en la edición chilena y Tenemos las máquinas para Buenos Aires. Pero se dificulta conocernos entre nosotros mismos también por estas complicaciones de producción.

Nina Avellaneda encara que estar en todas partes de las mesas de novedades significa, por ahora, sí o sí, conceder a las grandes editoriales, de cadena. Sin embargo, subraya que sus intenciones artísticas no contemplan figurar en todos lados, sino que la complace la recepción local.
“No me parece mal no estar en todos lados, me parece ya muy valioso que haya un diálogo con la gente que está también cerca, yo me sentía súper afortunada, en realidad, con todas las lecturas que recibí, no me lo esperaba”.
Hubo una buena recepción de Souza, me platica, en la crítica literaria chilena. “Me sentí muy afortunada en ese sentido”.
Y me habla de la escena. “Tengo amigos escritores, poetas sobre todo, que escriben libros muy buenos y no existe crítica para esos libros. Creo que los críticos —no sé si suena mal decirlo— no están a veces a la altura de los poetas, no los entienden, o tal vez hay menos crítica para la poesía, hay más critica para la narrativa”.
A la conversación fragmentaria de la escritura latinoamericana, Nina contrapone como una ventana las ferias del libro, que fomentan el diálogo internacional entre editores y autores.
“Y claro, me parece súper bien eso, pero también me parece bien escribir para un lector que es más local y que el diálogo se produzca. Hay para todo”.
Y reconoce que la perspectiva de multiplicar el acceso entre nuestros países al libro contemporáneo plantea incógnitas.
“No sé cómo podría ser que fuese más democrático todo. Obviamente, a mí me encantaría que este libro estuviera en México, por ejemplo, pero la verdad es que ni lo he pensado, no se me ocurre cómo hacer más democrático el asunto y que no tenga que ver con publicar en una trasnacional para poder acceder a estos lectores”.

El estallido social y el desvanecimiento en la seguridad
El año 2019 fue tan hermoso para Chile como desafiante el futuro siguiente: las movilizaciones de octubre de aquel año, que pusieron a la gente a repudiar el pinochetismo en las calles mientras cantaban a Víctor Jara y Los Prisioneros, condujeron a la oportunidad de escribir una nueva carta magna que echara abajo la que hoy rige el país y que fue impuesta durante la dictadura.
Sin embargo, los conglomerados empresariales, que se beneficiaron de la cancelación del proyecto popular de Salvador Allende y que concentran los principales medios de comunicación, lograron articular una campaña de desprestigio que condujo al rechazo en las urnas de la iniciativa de constitución que, en su momento, dirigió la lingüista mapuche Elisa Loncón.
A unos años de aquellos años, le pregunto a Nina su perspectiva sobre el presente de aquel pasado, que fuera de la escritora domina las portadas de los diarios con un discurso sobre el miedo y la urgencia de la seguridad —lo contrario a las espontaneidades solidarias de aquellos días de la Plaza de la Dignidad, en las que hasta los 31 minutos se vieron involucrados.
“Tengo una idea más bien pesimista de todo lo que sea organización social en este país y en todos lados”, asienta la escritora chilena.

“Creo que la gente vota muy antojadizamente, no hay una conciencia muy profunda, política o ideológica. Entonces, votan como consumidor. Es una visión que es negativa en realidad, pero eso es lo que veo, entonces no tengo muchas esperanzas en la cosa social, así que por ahora mi refugio es la literatura, el arte, la amistad.
“Y bueno, tampoco pierdo la esperanza de que las cosas pueden cambiar, trato en mi día a día de sumar para ese lado, pero estoy bastante desmotivada y desinteresada”, confía.
El mar arriba
También le hago la pregunta obligada sobre su futuro escritural. Con algo de camino andado, ¿en qué proyecto poético se involucra ahora?, a lo que me contesta que está terminando un tercer libro.
Con una editorial ya interesada en el manuscrito, me confiesa que lleva un título provisorio: El mar arriba, que previamente se llamó también La voz persuasiva de los lirios, donde predominan las intenciones poéticas por sobre el desarrollo del relato, apenas con un pequeño argumento, que “no es para nada lo central en realidad”.
“Son un montón de fragmentos que tienen un hilo conductor, pero según yo podrían funcionar también separados y me gusta que funcionen separados. Podría ser una novela muy libre”.
Además, sigue buscando nuevas tensiones que la lleven a la escritura, “esperando que llegue el momento también de volver a reencantarme con algo”.
“Creo que me ha gustado escribir de esa manera poco profesional, diría. A veces me la cuestiono, pienso que debería escribir más profesionalmente todos los días, como un hábito, pensar que es por trabajo, pero estoy media encantada también con esta otra manera, que es como trabajar mucho en la cabeza, estar escribiendo como internamente o masticando cosas que me gustan o cosas que no entiendo.
“Masticarlas mucho y después de pronto empiezan a salir los textos, como si se escribieran solos”.
Un respeto por el silencio, que es también una oportunidad para la diversión.
“Es mucho más entretenido hacerlo así que sentarse a escribir desde la razón solamente, sino esta cosa en donde uno sería una especie como de medio. Pero bueno, tampoco creo en eso, creo que uno hace un trabajo, solamente que es interno. Pero no se trabaja mucho”, en un sentido tradicional, o sea.
Por ahí nos despedimos, desvanecidas la torta y el café. La Nina me habla de la poeta Ximena Rivera, identidad del puerto de Valparaíso que Carmen Berenguer de alguna manera categorizó como La casa de la poesía, y me voy a buscar sus libros, sin medio filón de éxito.
Quedamos, a lo mejor, de vernos en una tertulia de fin de semana, pero no lo logramos porque se restablecen las reglas, el azar se me viene enredando poderoso, invencible: tendrán que pasar otros siete años antes de volvernos a saludar.

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Nina Avellaneda (Limache, 1989) es escritora, licenciada en literatura por la Pontifica Universidad Católica de Valparaíso y maestra en arte, pensamiento y cultura latinoamericanos por la Universidad de Santiago de Chile.
Instagram: @ninaaveces
Samuel Cortés Hamdan (Guadalajara, 1988) es periodista y licenciado en literatura por la UNAM. Autor de las memorias digitales Me acuerdo (2022) y del libro de varia invención Trenzas de madera (2025). Ha publicado textos de distinta naturaleza en medios nacionales e internacionales, como la Revista de la Universidad, Tierra Adentro o Sputnik.
Bluesky: @cilantrus
Todas las fotografías que acompañan esta entrada son materiales originales de Altura desprendida.
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